miércoles, 12 de octubre de 2016

MASSIMO GEZZI [19.269]



Massimo Gezzi 

(Sant'Elpidio a Mare, Italia 1976) ha publicado dos libros de poesía, Il mare a destra (Edizioni Atelier, 2004) y L'attimo dopo (Luca Sossella Editore 2009, Premio Metauro), que aquí en España publicó la editorial cántabra Quálea, como El instante después; más la plaquette trilingüe In altre forme/En d'autres formes/Ina andere Formen, con traducciones del francés de Jacqueline Aerne y del alemán de Mathilde Vischer (Transeuropa, 2011). Sus poemas  han sido también traducidos a inglés, francés, alemán y croata. Ha preparado el volumen L'autocommento nella poesia del Novecento: Italia e Svizzera italiana (Pacini Editore, 2010), la edición crítica del Diario del '71 y del '72 de Eugenio Montale (Mondadori, 2010) y Poesía, de Franco Bufroni (en prensa en Mondadori). Traductor del inglés, actualmente trabaja como profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Berna. La selección de poemas que aquí presentamos forma parte del poemario El instante después (Torrelavega: Quálea, 2012).



El instante después. Massimo Gezzi. Quálea editorial. 2012, 160 pp., 18,50 €. Edición bilingüe a cargo de Juan Carlos Abril.



HALLAZGOS

En la tierra se leen muchísimos
acontecimientos, me doy cuenta mientras voy por
un sendero de campo que no había
vuelto a recorrer: los troncos sesgados a la par
del terreno resisten por siglos;
a veces reaparece un objeto
que parece extraterrestre, tanta es la distancia
que lo separa del presente. Un día, por ejemplo,
he encontrado en el pequeño jardín
de delante de mi casa una máquina
de coser en miniatura, trastería o juguete,
negra y desconchada pero del todo
conservada, que al limpiarla habría dado
una elegancia démodé a un mueble
antiguo. Más raramente se encuentran
confetis de papel, a veces de periódicos pornográficos,
otros de marcas y escrituras impronunciables,
desteñidos por las babas o recortados
por quién sabe qué mandíbula paciente.
                                         Yo también sé decir
dónde están sepultados mis dos perros, blancos
y poderosos, enterrados por mi padre
después de años de paseos vespertinos
y de caricias. Quién sabe qué resiste, ahora,
de aquellos cuerpos, si los largos filamentos del pelo
o los colmillos caninos, o si es como
si hubieran transitado para nada
por aquella tierra, extintos del todo, devorados por insectos
que tal vez habré pisado sin demasiada
atención, no entendiendo que en el cric
de aquellos esqueletos retumbaba el latido
familiar de mis perros, la saliva que dejaba
minúsculos globos más oscuros en el cemento,
breves constelaciones evaporadas
en un segundo, en seguida desaparecidas en otras formas
ellas también.



LA MEMORIA DE UNA TIERRA

Esta tierra está cargada de memoria:
desde los edificios de la costa se cuentan
los claros perfiles de las colinas, hacia el oeste,
y los años que fluyen no cambian
paisaje, la retina permanece fatigada
por la luz o por el medio cono de sombra
observados desde siempre — cambian por estación
las voces de los pájaros; por años las luces
que esclarecen la concha semioscura
entre la casa y el paseo marítimo, corredor
de nieves balcánicas y de albas.
Hay sabiduría en esta
duración de la tierra, en la muda decisión
de las cosas que quedan. Hasta en el peso
que envejece las facciones, hay sabiduría:
pasan los hombres, se rinden ante el espacio,
en el hacerlo se convencen
de que pasar es su único motivo
para estar en el mundo. Es increíble que todo
nos sobrevivirá: la tierra trabajada
perderá cualquier apariencia y será
otra vez maleza, como el automóvil del abuelo,
que se quedó a la intemperie, en los faros escondía
dos nidos de avispas, y los convólvulos
llegados desde el huerto le entrelazaban
las ruedas en el claro,
la reclamaban para ellos.



LA SEMILLA DEL TILO

Mientras esperaba el autobús miraba
las oleadas de semillas de los tilos
llover sobre el asfalto después de un vuelo
de pocos metros: no arraigarán,
las ruedas de los autos las aplastarán
en polvo finísimo que la tierra
absorberá, con las lluvias de septiembre.
Me asombraba de su ingenio, del pequeño
aeroplano natural que tienen encima
y las acompañan, en la bajada hacia un tiempo
que no verán nunca.
Al atardecer regresando a casa en automóvil
he sentido algo resbalarme
de los cabellos: y en un brazo me ha aterrizado
una de estas semillas, con las alas
aplastadas y el pedúnculo doblado.
Lástima que no fuera
un bisonte de pradera, o un antílope
que a saltos atraviesa las montañas:
en un pronto de la carrera habría depuesto
la semilla anidada en mi pelo
en tierra fértil. En cambio soy un hombre
de ciudad, y de poco ha servido
su breve travesía, si ahora
abandono aquel grano en la terraza,
esperando algo más útil
que yo, un viento.



INSOMNIO

Una noche malgastada es poca cosa:
si la miras al trasluz es solo un punto
entre tantos, y un punto
pierde consistencia en el fondo
del tiempo. Por eso sería hermoso
tragar una pastilla para partir
el cansancio del trabajo y estar
fijos en la terraza para dividir el viento,
que bate los postigos no sujetos
de la casa de enfrente —
y escudriñándonos fijamente contemplar
el equilibrio de quietud de la sala,
los diodos de los standby que queman
la oscuridad — pero entender especialmente
lo que dice una golondrina
que pasa y chilla a las tres
de la madrugada: qué fin del mundo
hay en ese grito, y el instante después
qué silencio.



LA TEMPESTAD

Es sólo una tempestad semiveraniega:
el estruendo es del trueno,
la multitud que parece de piernas
aterrorizadas por el granizo se precipita
a la terraza por el viento — las sirenas,
lejanas o más cerca, son los bomberos,
que desalojan un tronco de una carretera
o absorben la salida de purines
de una cloaca — ¿no lo crees?, intenta alargar
la mano en lo oscuro, lo ves, no es sangre
que baja del cielo, es agua fresca,
y no es el silencio del terror
que escuchamos: es lo de la gente
protegida en su cubil y que quizá, como tú,
está buscando un abrazo — es solo
la tempestad de una noche occidental:
podemos dormirnos olvidados
de todo, soñar el mar abierto
desde la orilla de la cama.


El instante después, Massimo Gezzi

Por Carlos Javier González Serrano

La editorial cántabra Quálea presenta un nuevo título en su colección de poesía de un joven pero ya consolidado autor (traducido a diversos idiomas): El instante después, de Massimo Gezzi. Un poemario en el que se nos invita a pensar y sentir la huida del tiempo...

Instante

En ocasiones la lectura de un libro despierta la sospecha de que acaso ciertos mensajes pudieran estar escritos para ser leídos en un momento puntual, cuando -digamos- el ánimo acompaña. Esta peculiar unión, aunque ficticia, entre escritor y lector, se hace si cabe más rica y profunda cuando el texto en cuestión se alía con la fuerza musical del verso. 

... pasan los hombres, se rinden ante el espacio,
en el hacerlo se convencen
que pasar es su único motivo
para estar en el mundo.

(Massimo Gezzi, "La memoria de una tierra")

Si algo tienen en común música y poesía es la importancia que sobre ambas expresiones del espíritu humano posee el tiempo, es decir, la estructuración adecuada de momentos sucesivos de acuerdo al contenido que desean exponer: en el caso de la primera, las notas llenan un cuerpo sonoro, cuyo corazón es la melodía y cuya cabeza es la armonía; por su parte, son las propias palabras y la cadencia de los versos y signos de puntuación lo que en la poesía permite descubrir un "más allá" del texto impreso.

Hasta hace algunas décadas, cuando no existían medios electrónicos de reproducción o el tratamiento del papel exigía precios editoriales lejos del alcance del gran público, los aficionados a la música y la lectura debían memorizar sus piezas y fragmentos favoritos con el objetivo de reproducirlos en diferido. El tiempo era pensado de forma muy diferente a como lo tratamos hoy: cuando escuchamos a alguien recitar un poena en un auditorio, o si estamos disfrutando de una sinfonía de Brahms en el iPod, somos perfectamente conscientes de que tales actividades pueden ser interrumpidas sin temor a que tal hecho suponga una "quiebra cultural": podemos localizar aquella poesía recitada en la Red (y, por supuesto, copiarla e imprimirla con un ligero movimiento de nuestro índice) o reproducir hasta la extenuación la sinfonía. 

Aunque sólo me haya referido a dos experiencias puntuales, podemos observar a través de ellas cómo perdemos paulatinamente la consciencia sobre el carácter irrepetible del ahora, más aún en el terreno cultural. Esta característica, como nos sugiere Massimo Gezzi en sus poemas, se halla delimitada por dos límites -en ocasiones, inconfesables para nosotros mismos-: el pasado (o como él expresa en su poema "Mandamiento, "no vuelve nunca nada") y lo venidero (deambulamos errantes "hacia un tiempo que no [veremos] nunca", escribe Gezzi en "La semilla del tilo"). 

Massimo Gezzi, evitando "la mirada trágica en favor de una lírica que observa el mundo circundante y lo dota de un sentido inesperado, epifánico, profundamente evocador" (nos explican desde Quálea), muestra plásticamente lo dicho hasta ahora en su poema "Catorce hojas":


Esta mañana la luna tiene un humo pálido alrededor,
y los parabrisas están cargados de hielo:
las manos extraídas de la tibieza de los bolsillos
se enrojecen, para arañarlos. Quedan quince hojas
de castaño colgadas en las ramas: catorce,
cuando una ráfaga más larga las agita
y manda una de ellas al suelo: ciclo concluido,
cita para algún mes para ver
de nuevo la pequeña mano restituirse,
donde estaba hace poco.


Más adelante Gezzi nos aboca al verdadero meollo de la cuestión (en el mismo poema): buscar "los indicios de una nueva aparición", de un nuevo amanecer de la experiencia perdida, extinta. Y es que "tenemos pocas cosas que escondernos/ y demasiadas que mostrarnos", escribe el italiano en "Augurio", en un guiño que bien podría recordarnos a la tradición psicoanalítica. 

Un libro fantástico para leer en verano, que nos permitirá disfrutar de la poesía mientras reflexionamos con el autor sobre diversos objetos, experiencias y acontecimientos, y que Quálea nos presenta en brillante edición bilingüe (con traducción y prólogo de Juan Carlos Abril). Un poemario en el que Gezzi quiere "hacer ladrillos"... quizás, para que el lector construya con ellos una vida de sentido habitable: 


Si quisieses un ladrillo deberías coger
un ladrillo, para arreglar una muralla
o para tapar un agujero
en un pavimento en espiga.
Un ladrillo: un sólido que vive dentro de tres
dimensiones, pesa, al tacto parece
rugoso y poroso, y dejando amontonado
junto a otros por mucho tiempo
hace de nido a ciempiés, arañas y tijeretas.
Un ladrillo que existe, que despedazado con el martillo
hace tac una sola vez, un sonido bello,
de ladrillo, seco, preciso.
Un ladrillo cuenta más que las palabras
que lo imitan apoyándose una sobre otra.
Yo con la poesía quisiera hacer ladrillos.

(Poema: "Ladrillos")




Massimo Gezzi è nato a S.Elpidio a Mare (FM) nel 1976 e risiede a Berna, dove lavora come Assistente alla Cattedra di Letteratura italiana dell’Università. Ha pubblicato Il mare a destra (Atelier 2004) e L’attimo dopo (Sossella 2009, Premi Metauro e Marazza Giovani, pubblicato in Spagna da Quálea), più la plaquette trilingue In altre forme/En d’autres formes/In andere Formen, con traduzioni di J. Aerne e M. Vischer. Per Mondadori Ha curato il Diario del ’71 e del ’72 di E. Montale e Poesie 1975-2012 di F. Buffoni. È uno dei fondatori del sito letterario Le parole e le cose. Traduce dall’inglese.
E-mail: massimogezzi@gmail.com

Sito web: http://ilmareadestra.wordpress.com, www.leparoleelecose.it





ESTRATTI
da Il numero dei vivi, di Massimo Gezzi, Donzelli Editore, 2015 


Tre noccioli di albicocca lanciati dalla collina


I.

Il primo rimbalzò sul terrazzino,
come da regole, si sollevò nella sera
e roteando velocemente su se stesso
si abbatté sull’avvolgibile,
scavandoci un cratere.


II.

Il secondo rimbalzò sul terrazzino,
come da regole, prese un angolo sbagliato
e sfrondò le foglie giovani del fico,
frullando come un tordo.


III.

Il terzo rimbalzò sul terrazzino,
come da regole, si alzò all’altezza giusta
e con un angolo perfetto finì
contro il grido esterrefatto della maestra
che proprio in quel momento
si affacciava alla finestra.



Strillo

Una ragazza contro l’alba che si affaccia
dal Ceneri. Compita, le labbra messe a u,
mentre sfoglia un quotidiano.

«Si barrica in casa e ferisce a morte il figlio»,
è lo strillo di apertura.
Quali abissi attraversano gli uomini
e le donne? Niente, nessuno
sembra scandire la domanda.
L’avrà pure pugnalato, risponde la luce,
ma tu mi vedi ancora indorare
i binari e fare glicine l’aria.
Hai ragione, luce d’alba.
Ha ragione pure lei, che sfoglia
distratta e si aggiusta lentamente
una ciocca di capelli, sbirciandosi al finestrino?
Un giorno gli abissi spaccheranno
la nostra pelle e non importa
chi farà il titolo, con quali dimensioni.
Gli altri sbadiglieranno di fronte a un nome
sconosciuto, schiacceranno tra le palpebre
il sonno che li vince.

Alla stazione successiva apre gli occhi e guarda fuori:
un’unghiata di sole ha ritagliato
una lama di smeraldo lungo il fianco dei monti.



Discorso ai nuovi vicini

Difendere un perimetro di luci:
qui il muro, lì un tavolo disegnato
contro il bianco, delle tende, il bagliore
intermittente del televisore che le incanta
e le rende vive. Dentro storie semplici,
né colpevoli né innocenti: il termometro
per la febbre, un quadro, uno sguardo
che rade il buio e si consuma nell’attesa.
Chi abbia ragione e chi abbia torto non lo dicono
le case. Eppure tutti, appesi al vostro vuoto
che un passato di generazioni riempie sempre
di un senso, scambiate una parola con il monte
che incombe e guarda il lago come un angelo
di terracotta veglia una casa: senza vederla.
Difendere un perimetro di spazio,
di esistenze, appartenersi nel rito
del risveglio sotto un unico
tetto che sembra casa e non lo è,
perché le luci già tremano e il termometro
dice febbre, e in una, due giornate uno vende
una discendenza, spicca i quadri, strappa le tende,
ne fa stracci. Nella breve parentesi
di questi istanti vivete voi.



Traccia n. 4

Una delle tracce è sulla nostra capacità
di «abitare poeticamente la terra»
(Morin, e molti altri – troppi? – prima di lui).
«Poeticamente, dice?» Sono gli occhi
di una ragazza che quasi sbigottisce,
quando legge quella frase.
«Anche poeticamente», preciso: «Anche. Non ti pare?»
«Mah», risponde subito «Magari qualche volta.
Ma solo per un attimo. E per poche persone».

Per poche, già. Non ci avrà mai pensato, Morin,
a limitare quella frase? A inserire un inciso,
a precisare che magari per qualcuno
– per troppi? – la poesia è appena un lusso
o un impaccio, quando dietro uno sguardo
mezzo ironico e mezzo serio si intuisce
che qualcosa è accaduto, o che qualcosa…

«Per pochi, dici bene. E allora
spiega perché è così. Contestalo,
il filosofo, se non dice la verità».
Risponde e abbassa gli occhi, inarcando
un po’ il labbro:
«No, prof, grazie: ho scelto un’altra traccia».

Prima che tocchi l’erba
la boccia appesa in aria contro il cielo
viola chiaro, prima che atterri –
prima che l’onda si rovesci sulla sabbia
e cancelli
le orme di chi ci ha camminato
per disperdere un pensiero –
prima che l’odore dei pitosfori
sia gelato dall’inverno

devi dirlo il dolore di non essere
più, se la memoria è anche questa
incompiuta congrega di persone
che hanno amato inutilmente,
preoccupate o distratte,
ma per sempre stagliate nell’azzurro
navigato dai pipistrelli che gremivano
il buio rischiarato dai fanali.

Sono loro, ti hanno amato.
Hanno potuto quel che hanno saputo.
Hanno sbagliato.




[Massimo Gezzi, L’attimo dopo, Sossella, Roma 2009.]



Da “L’attimo dopo” di Massimo Gezzi


di Massimo Gezzi

Gelsi

Hai fatto questo semplice gesto con la mano:
l’hai sollevata fino al volto,
l’hai tesa verso il mio finestrino,
mentre guidavo: ho guardato,
e contro la luce caliginosa
della mattina li ho contati,
otto, otto gelsi a chioma aperta
come la coda di un pavone imbalsamato,
in processione lungo la linea
del nostro sguardo, così perfetti
che per un attimo ho scordato
orari coincidenze
e ho rallentato per capire
come mai di otto alberi in fila si possa dire
“guarda che belli!”, come hai detto,
se loro non decidono di esserlo e tutto
è un avvicendamento senza senso,
o se basta un movimento della mano
e un sorriso per fare di otto alberi
in riga un’illusione di riscatto.



Tuesday Wonderland

Settembre, si direbbe. O forse una mattina
di metà maggio: il treno, il paesaggio
assopito dell’Oberland, contro il fumo
pesante delle fabbriche, sullo sfondo –
era il solito percorso
da casa alla stazione, cinque minuti
(poco meno), prima di prendere la rampa
di scale mobili che ascende
al cielo grigioazzurro di Länggasse.
Una musica ripetitiva scardinava
la catena degli eventi: la signora
diretta al suo lavoro, come sempre,
il folle barbuto che aguzzava gli occhietti
sbirciando il contenuto delle tasche:
un giorno come tanti, probabilmente martedì.
Il treno rallentò, le porte si aprirono.
Le scale mobili ripresero a salire
al primo tocco di piede.
Le cose restarono tutte quel che erano
l’attimo precedente: la luce fu luce,
gli autobus autobus,
gli aceri gli stessi, con qualche foglia in più.
Eppure sembrava lo sapessero tutti,
mentre tranquilli aspettavano al semaforo
o carichi di spesa, a piedi o in bicicletta,
svoltavano un angolo, e non c’erano mai stati.


Ultimo trasloco

Come se ci fosse altro tempo, oltre a questo,
altri giorni per sentire questo freddo
salutare, imparare un’altra lingua,
bussare a una porta socchiusa, entrare –
le processioni sulle auto sul corso, l’intuizione
di un bene nascosto al di là
di tutti i muri e che solo rinunciando
a tutti i muri brillerà
(come la tavola del mare corrugata
dalla brezza scintillava
di origine ai prime raggi dell’alba).

Allora il nostro dovere di uomini liberi
è di contare le finestre illuminate
nel buio. Perché sul confine
tra il paese e la campagna una donna
si è svegliata a ruminare la sua angoscia
(disoccupazione, amore inconfessabile che svelle
la serratura della porta, malattia).
Perché un uomo abbandona
la sua casa una notte e tutti pensano
che è vita, in fondo, quella, è bellezza.

Nei mobili ereditati dai nonni i nipoti
leggono il passato come gli anni
nel legno, accarezzano le assi
e risvegliano il timbro della voce
degli assenti, li invitano nella casa
pitturata di fresco, li sistemano
negli angoli, acquattati
con il viso schiacciato sulle ginocchia a mormorare
la preghiera che il vento ogni sera
chiede al mandorlo, la perfetta consistenza
del tuo sangue che attraversa
ogni singolo millimetro di te,
senza svegliarti.



L’amore, i cromosomi

Passo sulla cenere di un fuoco, affondato
in un cratere di carbone. Qualcuno qui
ha incrociato parole, contorni, sospeso
al filo dell’alba che avrebbe
di nuovo sfoderato la bandiera della boa,
la riga dei legni accumulati sulla riva.
Seduto qui vicino, sento ancora il tepore della sabbia,
il benessere che dà, quando è notte,
un corpo più caldo dell’aria e della pelle.
Non ho capito niente più di questo:
ho incontrato e scordato molti uomini
e donne negli anni, ne ho visto maturare
i figli e i tumori, a volte la stanchezza contenuta
nei piccoli particolari apparentemente
privi di interesse, come un capo
vecchissimo dai colori troppo accesi,
o un sedile anteriore troppo ingombro
per essere almeno per ipotesi abitato
da qualcuno. Verranno a questa spiaggia
uomini e bambini: rideranno nella luce,
senza che un no a tutto questo possa essere
un no per davvero: i cadaveri dei granchi
per metà sono già vento, invisibili e reali
come l’amore, i cromosomi.



Grottammare

Le generazioni che hanno fatto Grottammare,
gli uomini che ordinatamente hanno issato
le pietre di questo muraglione
a strapiombo – gli inquilini delle case
deserte tutto l’anno, che hanno tolto
gli infissi incrinati per sceglierne di nuovi –
i muratori, che hanno spinto nelle sedi
i cubetti di porfido, gli anziani
che hanno messo a dimora i getti dei cespugli
che adesso impazziscono di bocci.
E a sinistra, questo scarno lungomare
che pare senza limiti, di notte
questo domino di luci che attraversa
i confini regionali, per tutte le persone
che dividono una terra, e davanti a una tavola
conversano, o si ignorano –

al debole silenzio della luna, stanotte,
come vogliono parlare di loro ai passanti,
additare con orgoglio il muro edificato
con le proprie energie, l’agave piantata per gioco
e poi proliferata, il loro passato in questa casa
o in quest’altra, invisibili e muti, convinti
che le cose, alla fine, si ricordino di ognuno,
mentre cade la brina sul balcone e l’autostrada
scompare dentro il tunnel, e in un giro di piloni
risospinge via tutto.



Poco prima

Le braci degli sms che si spengono,
la stanza inerme sprangata
in cui tutte le notti affiora una polla
d’acqua e luce, che chiede di sedersi
sul cuscino, a contemplare.
Il sonno atomico che marchia
il materasso delle doghe,
il fondale plasmato dalla notte
a piccole dune. E l’esistenza quotidiana,
fatta di carne e vetri sporchi,
la cenere sottile dell’alba
che scavalca le colline e pronuncia
sulle labbra di ognuno la parola
misteriosa, quella che fa sfilare dalle porte
le sagome instabili dei corpi, poco prima
che scocchi il rintocco sul quadrante
e si popolino di altri le stanze
che occupavamo noi.



Il seme del tiglio

Mentre aspettavo l’autobus guardavo
le ondate di semi dei tigli
piovere sull’asfalto dopo un volo
di pochi metri: non attecchiranno,
le ruote delle auto li schiacceranno
in polvere finissima che la terra
assorbirà, con le piogge di settembre.
Mi stupivo del loro ingegno, del piccolo
velivolo naturale che li sovrasta
e li accompagna, nella discesa verso un tempo
che non vedranno mai.
La sera rincasando in automobile
ho sentito qualcosa scivolarmi
dai capelli: e su un braccio mi è atterrato
uno di questi semi, con le ali
acciaccate e il peduncolo piegato.
Peccato che non fossi
un bisonte di prateria, o un’antilope
che a balzi attraversa le montagne:
in uno scatto della corsa avrei deposto
il seme annidato nel mio pelo
in terra fertile. Invece sono un uomo
di città, e a poco è servita
la sua breve traversata, se adesso
abbandono quel chicco sul terrazzo,
sperando in qualcosa di più utile
di me, in un vento.



La pioggia non serve

Dicono che lavi, la pioggia di settembre:
i marciapiedi tappezzati di impronte,
gli asfalti anneriti di copertoni
consumati, le foglie impolverate dal sole
o dai fumi del traffico. Ma sporgiti un secondo
dal balcone, dai un’occhiata:
la gronda costipata sta cedendo
sotto il carico dell’acqua,
le castagne selvatiche rimbalzano
a coppie sul cemento compatto. Si bagnano
le scarpe delle donne che rientrano a casa.
La pioggia non serve alla città:
un velo appena più spesso dell’aria
capace di appannare gli abitacoli
e di ingolfare gli incroci, imparagonabile
al fumo rarefatto che si leva
da una forra bagnata, ai primi raggi dell’alba.
La pioggia non serve:
il cemento non assorbe e le antenne
non succhiano l’acqua dalle gronde
(ma il tamburo di gocce sull’asfalto:
chi potrebbe immaginare quella musica, senza?).



Mattoni

Se volessi un mattone dovresti prendere
un mattone, per rabberciare una muraglia
o per tappare una buca
in un pavimento a lisca di pesce.

Un mattone: un solido che vive dentro tre
dimensioni, pesa, al tatto sembra
ruvido o poroso, e lasciato ammucchiato
assieme ad altri per lungo tempo fa
da nido a millepiedi, ragni e forbicine.

Un mattone che esiste, che spaccato col martello
fa tac una volta sola, un suono bello,
di mattone, secco, preciso.

Un mattone conta più delle parole
che lo imitano appoggiandosi
una sopra l’altra.

Io con la poesia vorrei fare mattoni.





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