viernes, 7 de octubre de 2016

ÁNGEL NIMBÉ [19.217]


Ángel Nimbé 

San Francisco de Campeche, México  1988. Poeta, periodista y promotora cultural. Estudió Literatura enla Universidad Autónoma de Campeche. Actualmente cursa la maestría en Creación y Apreciación Literaria en el Instituto de Estudios Universitarios. Becaria Pecda en su emisión 2012. Autora de Las danzas de la serpiente, premio estatal de poesía 2015.


CUENTOS DE HADAS DESGRACIADOS

I

Mamá me dijo que el hombre de arena no es real,
que no morderá mis juguetes,
ni jalará mis pies si resbalo
cuando juegue en el columpio a medianoche.
No me arrastrará a su reino de morfinas
debajo de la cama
ni me convertiré en una de esas niñas
a las que a veces se les caen los ojos
que los rincones devoran.

Mamá me contaba cuentos
pero nunca creí en ellos demasiado
ni alcancé a oír uno con verdadero final.

Pero en mi sueño los caballeros morían
y otras batallas quebraban a las princesas.
Por la noche me despierto y pregunto por mamá.
Y no la encuentro.
La bruja gana, indefinidamente.


II

Ella había dicho que no temiera al rayo
ni a la oscuridad, que no vendrían
soldados a incendiar la casa,
ni los entes deformes
saldrían de los charcos de agua sucia.
Ella mentía.


III

Mamá me dijo que un día a todos nos llegaría la muerte.
Que un día ella, papá y el gato cerrarían los ojos.
me habló del último destino,
pero nunca mencionó el abandono.



Ruinas que serán ruinas

                                       José Emilio Pacheco

No te puedo echar, entonces,
en cara que no me quisieras,
que sólo te demoraras
un ratito
-turisteando-
las ruinas que ya son
un patrimonio para el mundo.

Pensando en mantenimiento,
restauración y excavaciones,
creo que sería bueno
cobrar desde hoy la entrada.

          
III

Todo es inútil cuando te habita la noche
y entre el cuerpo no caben ya las sombras
lleno hasta el tope, como está, de versos
lleno de manzanas, gusanos,
 dimensiones y criaturas mundo.

Inútil cuando miramos las partidas.
Cuando el trópico se alarga hacia la luna
cuando la Salomé decide cortarse a sí misma la cabeza
Irreversible cuando callas.
Cuando te quedas mirando el paisaje de las letras que no cambian
y no contestas,
no gritas, no hay nada.
Todo es irrespetuoso cuando hablas
y sin embargo ahí está el génesis del mundo:

En la palabra coño debería estar tu sepultura.



Leptomar (las bitácoras del desahuciado)

Día Primero. El dolor y la luz

Me interno en un recinto blanco parecido al insomnio. Hay brújulas que apuntan a mis venas. Me entierro en una leche espesa, papilla que mis tías, con rostro informe y gris, servían de alimento.

Tengo el cuello rígido, congelado en un gesto hacia las nubes. A qué sabrá la luz sobre lo blanco. Al tocarla con la lengua me derrite.

Tengo fija la mirada en las paredes y no consigo ver afuera de mí mismo. Con esta luz deben vivir los condenados.

Recuerdo a medias, un relato de mi infancia, sobre monstruos que poblaban los abismos, pero en éste solo habitan los espejos, ninguna cara entre esas sombras reconozco.

Este recinto blanco me sofoca. Debe tener el sabor del abandono. Con esta esclavitud deben vivir los muertos.

Antes de aquél entierro era octubre. Recordaba a mis muertos con las velas que otros me enseñaron a encender. Estaban ahí los diablos a los que me encomendó la abuela ─con sus colgajos rojos─ desde antes de mi concepción.

Me pregunto si soy el único maldito de mi estirpe.



Día tercero

Salta el pez de la fiebre en los canales de las arterias. Debería ser un celacanto, monstruo de épocas extintas atorado en los capilares, rompiéndolos de uno en uno. 

Mi cráneo ya no soporta su contenido. Más de un siglo de antibióticos me duelen.

He decidido acabar conmigo. Me arrojaré en el siguiente risco al estómago del mar. Busco ahora un precipicio entre las sombras. Tal vez el pez interior, rabioso por la sangre, anhela la inquietud del agua.

Suero.

Reposan un instante las arterias, antes que un nuevo latido las sacuda. 

Debí hallar el mar hace mucho y destruirlo. Intentar beberlo o vaciarlo en otra parte, como tratamos de exorcizar los miedos de la infancia, el terror que nuestra casa se destruya y nos devore el fuego uno a uno, o que acaso nos invadan otros rostros.

Así cómo intentamos vaciar esos miedos en los años para que los olvidemos, aunque sepamos que siempre tememos la finitud, perder lo amado, aunque tenga ya otro nombre.

Sueño.

Alguna vez mi madre dijo que debí matarla en su vientre. Que fui como esos niños casi engendros de monstruos que aparecían en el insomnio.

Nunca creyó, hasta no verlo, que devorara las cabezas de las aves, cuyas alas aún se agitaban en mi boca.

Mi mejor amigo tenía el cuerpo diminuto y delgado. Era un niño blanco como solían ser las princesas de los cuentos. Tal vez cuando crezca halle un hada y se case. Tal vez se acuerde de mí, que solía devorar los corazones de los lobos.

Mi mejor amigo de la infancia se desmayaba a ratos. Mucho tiempo bajo el sol le hacía desvanecerse. Solía cargarlo y correr hasta ponerlo a salvo de las patadas de los otros que hacían leña del caído. Aunque su cuerpo era extrañamente resistente. 

Mi amigo solía saltar de los techos de las casas y siempre caía de pie. Cobraba por el show lo que un paquete de galletas o un juguito.

Estoy seguro que de haberlo yo intentado algo en mi interior se hubiera perdido. El pez de mis arterias no está hecho para soportar el duro embate del asfalto.

Cómo arde.

Duele abrir los ojos, contemplar en un instante todo el cauce de la vida, como dicen los creyentes que miran a los desahuciados.

En alguno de esos viajes veo las paredes de mi infancia, los troncos rotos de árboles donde solía enterrar a los conejos.

Trato de repasar mi vida en un intento de convencerme que no siempre fui un monstruo. Que alguna vez olí una flor para apreciar más sus contornos, no para rellenar la piel de aquellos seres que se pudrían en el patio.

Creo que mis intentos de felicidad ya fracasaron, murieron desde la primera vez que abrí los ojos.


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