martes, 4 de octubre de 2016

ALBANY FLORES GARCA [19.205]


Albany Flores Garca

Albany Flores Garca, Honduras, Centroamérica, 1989. Ha sido actor en la compañía teatral “La Mandrágora” y proyectos teatrales independientes. Ha escrito y colaborado para revistas y periódicos de su país, es editor en máladive editores, y ha publicado el libro Geografía de la Ausencia. 

Ha cursado estudios de Historia de la UNAH. Es escritor, ensayista y poeta. El 10 de octubre de 2014 este talentoso escritor latinoamericano, presento su más reciente hijo literario, al que tituló; "La Muerte Prodigiosa".




Este libro fue un árbol. Los inmóviles muebles donde se hospedan mis libros también lo son sin saberlo. Me lo recuerdan cada día las páginas en blanco que he tirado sin pudor, sin sosiego y sin llanto. Mi vida entera es un árbol; el cigarrillo que quemo con un fósforo incendiado, el techo y las puertas de mi casa; la ventana que observo desde un cuarto piso, la hoja que se aferra a la rama del San Juan, el pájaro que anida entre mis manos; y la mesa donde escribo estos versos de madera. Este poema será un libro que fue hecho de un árbol, cada palabra dicha es una hoja perdida que cayó para siempre.



A: E. Dickinson.

Nuestros pájaros nos dejarán de nuevo, volarán para siempre. Cerca de la tibia casa que habitamos, se dirá que son pájaros nuestros que volaron del nido. Nuestros pájaros se irán, no volverán jamás, y si vuelven, ya no serán los tordos que te gustaban tanto, ni los faisanes que amaste; serán pájaros negros perdidos en tus ojos. Entonces cambiaremos el verde por el blanco, el amarillo por el blanco, el negro por el blanco, con pájaros blancos como tu blanca elección. Lo dejaremos todo por el blanco, incluso los pájaros tordos que siempre esperarás. Y así nos quedaremos solos, sin la blanca elección de nuestros ojos, y sin los pájaros tordos; que ya no volverán más a tu casa.



II

Todos mis poemas le nacieron al papel. A la noche que llueve en la quietud de la tarde, a la lluvia de casa que hace correr los días, y a los días de lluvia. Todas las palabras fueron mías una vez, fueron también del silencio; de la limpia mañana que olvidé en una puerta que hace tiempo no toco. Mis poemas me cuidan porque yo vivo en ellos, me pellizcan cuando hablo y digo demasiado; me protegen del tiempo que hace cuando es marzo, cuando es abril y mayo y hay poca primavera. Mis poemas me saben.



XI

De aquella chica triste… ya no recuerdo nada. Nicanor Parra La vi una vez, nada más. Fue casi sin pensarlo, pero sucedió. A ambos nos gustaba Charly Parker, hacíamos promesas, y hablábamos del mar. Después, ella y yo fuimos amantes. Retengo su recuerdo solamente en la memoria; ella se fue hace mucho, yo, regresé a mi hogar. Jamás volví a buscarla, aunque la extraño, y si la amé, no lo recuerdo todavía.



XVII

En la costa más lejana descubrimos un sueño, noche tras noche, día tras día. Lo sabíamos bien, pero no lo decíamos porque también sabíamos que nadie está listo para la honestidad, y que es más fácil perderse que encontrarse. Pero vivíamos solos en el calor de una isla que ya en otro tiempo nos pareció un simple sueño. Otras tempestades nos trajeron las barcas de aquel último invierno; la última noche que esperamos juntos en la orilla de un mar que nos colmó de distancia y nos llevó hasta otro sitio. Pero había que volver. Quizá no para conversar sobre el precipitado vuelo de los Albatros, pero sí para soñar durante días enteros, durante noches enteras; como si fuésemos capaces de subir a la balsa donde creímos vivir por un tiempo, donde creímos estar; donde nos aferramos al sol de nuestros días, por la palpable certeza de no vivir, como ahora, para toda la vida.



XVIII

Al rumor de la lluvia las mariposas se marchan, los pescadores se cubren de los soles del día. Los provincianos se alejan en los días de marzo, los alacranes se aferran al calor de los techos en las casas de zinc, y las cigarras se acercan a las ciudades de las tierras sombrías. El mediodía es fuerte. El verano inesperado portador de nuevas nos sorprende en silencio; nada se mueve sin que venga la tarde.

Dentro y fuera de los calores del istmo, las islas aledañas mueven todo lo circundante, todo ritmo y esencia de las aproximaciones del hombre al interior del verano. Todo se mueve sin sustancia, sin la mágica oleada del mar cuando se asusta. Fuera el viento despeja los amarillos caminos, el istmo se extiende sobre la frágil cintura de los continentes, sobre los mares de mis amaneceres en los puertos.

Lejos de este mar no está la casa; la casa es vieja y fría y no despierta sombras más que en sus saudades. Veo la aproximación de las proximidades del istmo aparecer de golpe, y la amarga desesperanza de este mar de mi vida. El istmo se rompe en la soledad de su espíritu, hace ruido de silencios que nos hablan de siglos, de mares imborrables, de tiempos sin edades alrededor del mundo, y mágicas criaturas que hacen señal al centinela. El istmo nos cuenta la habitación ciega del hombre, sesenta millones de años congelados en la nada. El istmo son los siglos que emergen de latitudes, de las profundidades, de incontables peligros y marítimas batallas.



A: C. McCullers.

¿Quién te ha visto alguna vez vistiendo el día con una serpiente que parece una flor? Cerca de cada acto imposible, el mar se abraza a La Tierra en señal de desesperación. La misteriosa causa del amor se hace sombra; como en los años de baile y de fiesta, al son de las viejas canciones de Hank Williams; como en las estaciones de frío en los años de nostalgia, al lado siempre de aquellos poemas susurrados de Flannery O´Connor que hablaban del sur. Tu corazón era ese cazador solitario que habitaba la noche bajo un par de ojos verdes y tistes, un cutis perfecto demasiado blanco, un flequillo disperso ondeando a veces la frente, un corto cigarrillo soportado en la mano —tirada sobre la cabeza—, una camisa clara plegada a una fotografía, unos inquietos párpados azulados de frío, 24 y una mirada inerte pidiendo a gritos un árbol. Yo dejaré cada palabra junto a ti, y enterraré tu corazón junto a la noche.



Llamadas telefónicas a Roberto Bolaño. (Omaggio)

Sobre el auricular, las banderas se encogen sobre mástiles. Tu vestido y tus actos me recuerdan a ellas; aquellas banderas que sabías y eran todo tu traje. El teléfono resuena en tus oídos casi todos los días en las vecindades, en las tristes callecillas azules de tus viejos países, de tus nuevos países. Y hay algo en tu voz que no suena, que no dice nada de estas mañanas terribles. Entonces te recordaba como en los años mejores de la adolescencia; con los grandes espejos en la mitad del rostro, y el cabello revuelto de revolución. Te recordaba mal vestido, y enfermo, pero vivo. Andabas sucio de tiempo entre las multitudes, solo y aislado de la patria y de casa. Te veo lejos ahora, inventando para todos, otra patria, y una propia bandera.



XVII

En la costa más lejana descubrimos un sueño, noche tras noche, día tras día. Lo sabíamos bien, pero no lo decíamos porque también sabíamos que nadie está listo para la honestidad, y que es más fácil perderse que encontrarse. Pero vivíamos solos en el calor de una isla que ya en otro tiempo nos pareció un simple sueño. Otras tempestades nos trajeron las barcas de aquel último invierno; la última noche que esperamos juntos en la orilla de un mar que nos colmó de distancia y nos llevó hasta otro sitio. Pero había que volver. Quizá no para conversar sobre el precipitado vuelo de los Albatros, pero sí para soñar durante días enteros, durante noches enteras; como si fuésemos capaces de subir a la balsa donde creímos vivir por un tiempo, donde creímos estar; donde nos aferramos al sol de nuestros días, por la palpable certeza de no vivir, como ahora, para toda la vida.



XXI

Alguien te llamaba desde los vitrales. No escuché su voz. Los aledaños caminos te rodeaban desde los andenes, en los meses en que el frío despierta y hace ronda en las casas. La puerta no te reconocía y se cerraba. Todos te recordábamos como cuando llegaste a la casa que te esperaba entreabierta, decorada de pájaros; como cuando grabaste tu nombre con un trozo de crayón en las paredes familiares, y escribiste en la página de una libreta de apuntes, aquel poema de Retamar que olvidaste; que revivió en nuestras flores cuando llovió en nuestro patio. Y habías cambiado, era cierto. Pero en las tardes de octubre en que llueve, nuestras hojas, nuestro patio y nuestras flores, te lloverán un día en los ojos; y en el recuerdo amable de la casa tibia donde nos queríamos.



XXII

La casa se rompe en pedazos. La certeza de no volver a estar desesperado en el viejo balcón del tercer piso, esperando llegar hasta la puerta cerrada, de aquella casa lejana que se ha quedado más fría. Una mano que no estará más sobre el solo llamador de esa puerta, esperando impaciente que mi mano la auxilie y la salve, del tiempo interminable en los días difíciles. La casa sombría se va quedando cada vez más sola; como si no existiera en el mundo más presencia de lo que no está, más soledad de lo que se ha vuelto presencia. En la casa deshabitada las habitaciones insisten en que no hay nada más qué decir, excepto un mar de distancias que se mece en silencio, bajo el rostro ojeroso y descascarado de una casa que llora en silencio, a oscuras.

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