miércoles, 26 de agosto de 2015

JENNY BORNHOLDT [16.887] Poeta de Nueva Zelanda


Jenny Bornholdt

Jennifer Mary Bornholdt (nacida el 01 de noviembre 1960) es una poeta y antóloga de Nueva Zelanda. 

Nacido en Lower Hutt, Bornholdt recibió una licenciatura en Inglés y un Diploma en Periodismo. Estudió poesía con Bill Manhire en la Universidad Victoria de Wellington en 1984.

Es co-editora de Heart Goes Swimming: New Zealand Love Poems y de Oxford Anthology of New Zealand Poetry in English, que ganó el Premio Montana Nueva Zelanda Libro de Poesía en 1997. Además, Bornholdt ganó en 2002 Meridian Energy Katherine Mansfield Memorial Fellowship, fue galardonads con uno de los 2003 Fundación de las Artes de Nueva Zelanda Laureate premios. 

En 2005 se convirtió en la quinta poeta en recibir el Te Mata Estate New Zealand Poet Laureate, el más importante galardón que puede recibir un poeta en Nueva Zelanda.

Sus poemas fueron seleccionados para la serie al mejor de Nueva Zelanda Poemas en 2001, 2002, 2003 y 2005.

Libros 

Su poesía 

La poesía de Bornholdt ha sido publicado en varios volúmenes:

1988: This Big Face
1989: Moving House
1991: Waiting Shelter
1995: How We Met
1997: Miss New Zealand: Selected Poems
2000: These Days
2003: Summer

Editor 

Co-editor, with Gregory O'Brien , My Heart Goes Swimming: New Zealand Love Poems , Random House New Zealand (2000) ISBN 0-908877-81-1 , ISBN 978-0-908877-81-2
Co-editor Oxford Anthology of New Zealand Poetry in English





Entonces llegó Murray

Fue aquella mañana en que venderíamos
el coche, pero cuando salí para echarlo
a andar, no cedió.
Greg fue a traer gasolina en la bicicleta.
Yo llamé a la A.A. Poco después llegó Ray.
Le dije: lo siento. No hay problema, dijo él,
y miró el coche y las llantas y al interior de la cajuela
y dijo: es hermoso este cacharro.
Golpeteó la bobina de encendido y la bomba
de gasolina para intentar encenderlo.
Greg regresó con la gasolina, pero nada.
Entonces, como no había nada más que hacer,
entramos a casa y tomamos café y Ray
fumó y habló de ir a Outward Bound y
dormir y relajarse.
Entonces llegó Murray.
Subió la colina en su coche amarillo de la A.A,
sacudiendo la cabeza. Descendió y dijo
estaba seguro que me llamarían. La última vez
que estuve aquí dijeron que lo estaban vendiendo
y el otro día los vi caminando hacia el centro
de la ciudad y pensé: “gracias a Dios que ya vendieron
ese cosa”. Limpió el carburador y se rió.
Puso más gasolina ahí y reemplazó el filtro.
Dije: no estaba bromeando, hay alguien que quiere
comprarlo. Murry rió y replicó: seguro. No, no, dije,
es cierto, Ray. Ve, es él, allá en la ventana.
Murray alzó la vista y Greg y Ray saludaron.
¿Cuánto pagará por esto?, preguntó Murray. Ya
iba a decirle y me detuvo. Dijo: no, espera,
mejor no me digas. No quiero saberlo.
Ray bajó y ayudó levantando el cofre del coche.
¿Cuál es tu nombre?, preguntó a Murray.
Murray, dijo Murray. Bien, yo soy Ray, este
es Greg y esta Jen. Hola Murray, dijimos.
Y entonces el coche arrancó.

Traducido por  Rogelio Guedea 



Las películas

Ella lleva un vestido rojo.
Ella lleva un vestido azul.

La vieja casa tiene
escaleras
hasta la puerta de entrada.

Se abre.
Se cierra.
La campana no sonará.

Ella se desmaya al mirar
las flores.

Pensamos que la enfermera
es una embustera.

Una mano ensangrentada
es peligrosa.

Los ojos de los cocodrilos
son de la buena suerte
y así es un trébol.

Incluso el pez
tiene memoria.

El niño está en peligro.

Puedes fumar discretamente
en la biblioteca.

Sofía es la que vigila.

Puedo tener la llave
del pequeño maletero.

Te ves hermosa de rojo.
Te ves hermosa de azul.

Oh tenme cerca
Roberto.

Es hereditario.

Tu esposa fue
mi hermana.

Tu futuro es el presente.

La niña se ha convertido
en una monja.

Demos un paseo en bote.

Traducido por  Rogelio Guedea 
http://poesianeozelandesa.com/poesia/






Storm

A day so full of promise
you might kiss
your own arm.
The baby bowls
our gathered avocados
across the kitchen floor’s
worn lino. We
bowl them back then
step outside to where
there’s always air
to go around. We breathe
our share, watch
as a mountain range of clouds,
edges lit like art,
moves in.

This morning someone mowed
an oval in the grass
around the cottage.
Outside the mown border all is wild,
roaring. Inside, the grass is groomed,
serene, just like the lawn the year
our childhoods upped a gear. Elm trees
elderly, autumnal. Beneath them
our father and an uncle locked
in combat, fringed
by the herbaceous border.






Poem About a Horse

This poem could be about your horse.
This horse here, or a horse
you remember, either one will be fine

and either way you will need to include
some other animal to keep the horse
company. This could be your friend’s dog—

your friend from childhood who spent
a lot of time in trees and climbed down
once, with you not noticing, still reading

in the tree hut. Or your sister’s guinea pigs—
again from childhood—eating up the back
lawn. At a stretch, it could be the chocolate reindeer

you bought and carried around in your pocket
all day, though that’s not much company
for a horse. Yaks could be good. The yaks

you heard about from the nice young man who sold you
your phone—the global roaming one. His uncle
was a yak farmer who lived next door to an Amish

community. In exchange for wool they helped him
build his house—big, so the yaks could come
inside. Tables and chairs were nailed to the floor

so the animals wouldn’t knock them over
as they wandered about the kitchen. Yes,
a yak could be good. Once, when I was global

roaming—high above the earth, trembling
towards home—the lights below were soft
and woolly, just like a yak, I thought. So,

your horse might like a yak for company.
I myself would like that, though a yak
certainly wouldn’t fit inside our house,

not the way it is at present. We could always get
a tradesman to widen the doorways and fix
the furniture, but our record with tradesmen is hardly

spectacular. We attract the kind of man who is very nice,
but whose personal circumstances—surfing and a new
fiancée, for instance—mean he starts a job but never

finishes. This accounts for things like the very long skirting board
which sticks up and out from behind our sofa like a piece of wood
you might tie an old pillowcase to to prevent other people

driving into it as you deliver it to the tip. We wouldn’t invite
that particular tradesman back to yak-proof the house.
Your horse might prefer a hare or quail. Both appear

at dusk, so you could introduce them then. They also like it
after a thunderstorm, the sort that comes quickly, out of
nowhere, so you’re stuck barbecuing rain.

Once you’ve settled on your animal, your horse might need a drink,
and by then, of course, it could be evening, the time of day when
light flees for safety in the hills. The poem can wait. It’s time now

to stable your horse. If it’s the horse that’s here, that’s an easy matter;
but if it’s the horse you’ve remembered, you’ll need to also remember
the stable and the colour of the girl’s shoes as she took the horse
XXinside

last night to settle. What was on her mind as she led the horse, clip
clop, through the stable door? Was it the boy with the voice like
a river? Or was it the river with a boat that would take her to the
XXhouse

of the man who, for heaven’s sake, was old enough to be
her father? You’ll need to think about that. And her shoes? Were they
her sister’s or her brother’s? The colour of the sky needs to be

remembered, the state of the moon, and which bird makes a racket;
and then, most importantly, you’ll need to forget that sound,
deep inside your ear, which is the sound of the world unravelling
XXitself.

“Poem About a Horse” has been used with the kind permission of VUP. You can read more about The Hill of Wool on Victoria University Press’ website.




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El Traductor

Rogelio Guedea. (México, 1974)
Traductor y director de la página “Poesía Neozelandesa”

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Colima y doctor en Letras por la Universidad de Córdoba (España), con un POST-DOC en Literatura Latinoamericana por la Texas A&M University (USA).Es  autor de más de cuarenta libros en ensayo, narrativa, traducción y poesía. En poesía es autor de: Los dolores de la carne (Praxis, 1997), Testimonios de la ausencia (Praxis, 1998), Senos sones y otros huapanguitos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2001), Mientras olvido (Follas Novas, Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro 2001), Ni siquiera el tiempo (Instituto Mexiquense de Cultura, 2002), Colmenar (LunArena2004), Razón de mundo (Instituto de Cultura de Nayarit, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2004), Fragmento (Instituto Sonorense de Cultura, Premio Nacional de Poesía Sonora 2005), Borrador (Cedma, 2007),  Corrección (Praxis, 2007), Kora (Rialp Ediciones, Premio Adonáis de Poesía 2008), Exilio. Poemas 2001-2010 (Rilke Ediciones, 2010), Campo minado (Aldus, 2012) y Si no te hubieras ido/If only you hadn’t gone (Cold Hub Press, 2014). Actualmente es columnista de los medios mexicanos Sinembargo y La Jornada Semanal. 

Más sobre Rogelio Guedea en www.rogelioguedea.com
Correo electrónico: rguedea@hotmail.com




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