miércoles, 26 de agosto de 2015

JEAN SPARCKLAND [16.906]


JEAN SPARCKLAND

1962, Burton upon Trent, Reino Unido.

En los últimos tres años, Jean Sprackland ha emergido como una de las voces más urgentes de la nueva poesía inglesa. Sprackland estudió inglés y filosofía en la Universidad de Kent en Canterbury, y fue profesora antes de comenzar a escribir poesía a los 30 años. Es autora de tres libros de poesía y una colección de cuentos.

Nueva poesía británica

Tilt de Jean Sprackland

La obra de Sprackland es una de las más alabadas por la crítica británica; según Carie Etter del Times Literary Supplement, su poesía es “una de concisión: líneas tensas, de buen ritmo, con una exactitud que da satisfacción. Su comprensión del habla coloquial y su moderación facilitan una hábil narración.” Jules Smith del British Council habló de su “extraordinaria imaginación […] siempre basada en las emociones humanas.”

por Ben Bollig & Roberto Rodriguez-Saona 

Tatoos for Mothers Day  [Tatuajes para el Día de las Madres] (1997) fue seleccionado para el Forward Prize por el mejor primer libro. Hard Water [Agua dura] (2003) fue recomendado por la Poetry Society, y fue seleccionado para el Premio TS Eliot y el Whitbread Award for Poetry. Con su tercera colección, Tilt,que da origen a los poemas aquí traducidos, ganó la Costa Poetry Award. En 2007 viajó a la Argentina como invitada del British Council para dar talleres de escritura de poesía.

Las presencias poéticas en la obra de Sprackland son diversas: sigue la tradición de las innovadoras poetas feministas, como Carol Ann Duffy, pero con referencias bíblicas, al Romanticismo, y, como piedra de toque, cuestiones ecológicas. El mundo retratado en Tilt es un mundo frágil y peligroso, sin las certezas más básicas de la física o la geografía. Sus voces o personajes viven siempre conscientes de la posibilidad de un desastre no-identificado, desastre de que son y somos, de algún modo, los culpables. Investiga los temas sociales y medioambientales más importantes del momento: desastres ecológicos y la extinción de especies. Además se lee en su poesía una profunda investigación de la experiencia del sexo en una serie de contextos histórico-políticos.

En su trabajo como docente, traza vínculos entres su obra y el mundo contemporáneo. A partir de septiembre 2009, formará parte del cuerpo docente de Manchester Metropolitan University, como profesora de escritura creativa.

Sprackland vive en Southport, cerca de Manchester, y uno de sus poemas más importantes, “The Birkdale Nightingale,” [El ruiseñor de Birkdale] describe el celo y apareamiento del bufo calamita, el sapo natterjack o corredor, uno de las especies más en peligro de extinción en estas islas, y que habitan las costas cerca del famoso campo de golf.

Algunos de los textos originales y más información sobre la poeta se encuentran en www.jeansprackland.com



JEAN SPARCKLAND / POEMAS



Ladeo

I

Cuando el viento por fin se desploma
y el petróleo reluce en la arena
como la neblina de sangre
que exhalaría un moribundo 
sobre el rostro y la camisa de su amigo.

Es este mal tiempo tan raro.
Cinco días y cinco noches la tormenta
hachaba las patas de acero, atacaba las torres.
Se agitaban y vibraban los ductos.
Nada podían los hombres en la plataforma
sino jugar a los naipes y bebérselo todo.

Tiene a su amigo por las mangas
pero se le va de las manos.

No dijeron vertido sino incidente.




IV

Cuando te deslizas por mis superficies ya
escurridizas y de poco fiar

me recuerdas que soy líquido,
me haces descuidar todo menos 
caer, verter, inundar.

Todo hielo quiere ser agua.

Escucha:

aquel sonido al borde de lo oscuro
es el tictac del hielo del mundo.





VI

Una jirafa medio desarmada.
Una fila de jaulas de ratas.
Una cebra que solo puede sudar
y mirarse las pezuñas.

La pala del guarda del zoológico
oxidándose contra una pared
su chaqueta especial llena de arañas
en su gancho en el almacén.

La vibración del alambrado eléctrico. 
El aire parece cola.

Sale un gato vagabundo
con una cría de mono en las fauces.




Tercer día de la luna de miel

Ella se levanta antes de que él se despierte
encuentra su vestido al revés en el piso, 
se pone zapatos de plástico y baja al mar.

El sexo la ha vaciado, se olvida de comer. 
La sal la enjuaga, lustrosa como niña de nuevo, 
Se le pone carne de gallina en su piel de gatillo. 
Salta las olas, hace muecas
ya que nadie la observa.

El agua lame y abofetea, y acontece 
rápido como la palabra sí: tira de la alianza
sobre el nudillo y fuera. 
Arranca unos ramos de agua, pero en realidad 
sabe que se ha ido, centelleando como un truco 
en algún lugar allá abajo en el movimiento 
y maraña de la vida profunda.

Después, él besará la fina huella blanca, dirá
No importa, te compro otra.  
Pero ahora, por fin, está desnuda de verdad.   




Milagros

VI Exorcizada

Hay un demonio que te hace puro sexo. 
Tu bebé berrea por leche detrás de una puerta cerrada
mientras haces esta cosa, la haces, la haces,

indefensa, estaqueada a este hombre. 
Pero luego elige a otra, a la que tienes que 
incendiarle la casa, arrancarle la cabeza

o desfondarle los ojos con tus dedos.
Luego llega el terror de saber por cierto
que el eje está sesgado,

los planetas orbitan al azar. 
Respiras mal, el piso ladea y resbala
tus pulmones explotan con frases soeces de otra,

y las mujeres te atrapan en sus fuertes brazos 
a pesar de tus mordiscos y maldiciones. Te llevan
al sacerdote, que inicia un conjuro,

y levanta su mano, una cruz, un amuleto, 
al que delante de tus ojos le sale una boca
con dientecitos resueltos. Se dispara
            
con salvaje delicadeza en tu boca,
jala una soga de trapos escaldantes, 
tira de tu garganta, atragantándose,

una criatura alada que carboniza el aire. 
Escupe y brilla, se sacude para librarse de
los palabrezos, y luego vuela.

Yaces a los pies de tu sacerdote
en un charco de su luz, ya toda suavidad. 
Te extiende una mano fresca.

Y empujando a un lado a las mujeres que te sujetaban – 
esas mujeres que te acariciaban
y te cantaban – empujándolas a un lado, la agarras.   





Secuestrado

Cuando se siente con el valor para volver a su trabajo
le paga al carpintero para re-empernar los ataúdes.

No se lo dice a nadie. ¿Quién le creería? 
El chirrido de la tapa en la parte trasera del coche fúnebre,
el repentino tufo de desinfectante. Luego
el hielo agrietado de aquella voz. Lléveme al aeropuerto.  


•Por Ben Bollig y Roberto Rodriguez-Saona
Especial para Confines - El extremo Sur
Agosto/Setiembre de 2009  
http://www.confinesdigital.com/conf21/nueva-poesia-britanica-tilt-de-jean-sprackland.html






lost/lust

Stumbling under the kapok tree,
fevering between its cathedral buttresses,
I am loster than lost in a place
where every known sound has its counterpart:

tap dripping into a metal bucket,
fluorescent tube about to blow,
the flicking of switches, the tuning of radios,
a tent unzipped – the jungle crawls with spies –

and I’m looking for the kind of nest you can find
if you peel back the bark, only it’s the nest itself
you’re tearing down: a wall, a nursery chamber –
you can’t move here without a massacre.

At night I’d know it by the points of bluegreen light,
the larvae glittering in the psychedelic dark,
but by day I need a guide to tell me
this sort good to eat, this one not –

if only I’d been paying attention, not
distracted by the circus of high jinks overhead,
the thought that nothing would induce me –
still it’s not for food I want these scurrying thing

but for the droplet of liquid inside each one,
because the river-scent I thought I caught this morning
has been atomised by heat
and I know there’s a birdcall I should follow to find it again –

but is it the hoatzin, with its smoker’s cough,
or the tinamou, wet finger round the rim of a glass?
I’ve sweated out that wisdom and now I only
shiver and burn to wreck the nest, to put my dry mouth
to the broken place, taste panic and allspice.





Tourism

I saw the toppled dictator laid out in the park.
I saw apartment blocks where petunias
trailed over bullet holes in the concrete.

I knew of course to stay away from dogs
but was surprised that in the cafés
it was a crime to speak the wrong language

though in the streets they were more tolerant:
a man with a long beard recited
some guttural verses, and someone threw a coin.

There was a Museum of Griefs
with the usual rusting paraphernalia.
They gave you a lantern and sent you into the castle

to view the obscenities
of wealth and the oubliettes. You could walk it off on a beach of grit and sleet,
but the ruined watchtowers were out of bounds.

They were drawing up a guidebook, 
and the tour would end on the medieval bridge
(which would be strung with coloured lights by then)

and they would re-open the restaurants,
and teach the waiters to smile,
and at night the lights would shine on the river,

and it would look a bit like the Seine,
or the Danube, or the Arno,
or the river that runs through Prague, whatever it’s called.









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