miércoles, 12 de octubre de 2016

GUSTAVO IÑIGUEZ [19.259]


Gustavo Iñiguez

(Valle de Guadalupe, Jalisco, México 1984). Textos de su autoría han aparecido en diversas publicaciones periódicas. Dirigió la revista literaria Quiescencia y es autor de la columna crítica Muérdago, en el suplemento terraplén.bajopalabra.com.mx. Coordinador editorial y editor adjunto de Mantis editores. Autor del cuaderno de poesía Dromedario (2008). En 2013, con el apoyo del CECA Jalisco, publicó el libro de poemas Espantapáramos. Becario del PECDA en 2015. Junto a Luis Armenta Malpica es compilador de Equinoccio. 50 poemas ecuatorianos del siglo XX (Mantis editores, México, 2015).


Lo animal, esa condición que supera la razón, aquella inquietud que lleva al hombre a examinar sus actos más íntimos. Gustavo Iñiguez parte de dicha pregunta y presenta su libro Vocación de animal editado por Mantis Editores, el cual en palabras de Jeremías Marquines: “es una demostración del poder modelador de la poesía como instrumento conceptual, pero también es un recordatorio permanente de que dentro de nosotros hay seres terribles, refugiados que abren la carne y lamen las heridas de nuestras huellas”.





de su libro Vocación de animal editado por Mantis Editores,2016



El individuo


Escribo
porque soy el animal.
Por los seres terribles
refugiados en mí que abren la carne
y lamen las heridas de sus huellas.

Recobro el instinto
al escapar 
aturdido
en los vapores del asedio.

Abro el hocico para decir su nombre
y marcar mi territorio
en la lengua

porque ahí
en la tierra que se dice
también hay cosas que se rompen:
palabras con las que acecho
abandono
y vuelvo sin garras a tallar
la punta diotica de mis flechas.



*



Con el corazón abierto 
por el filo del sonido
es difícil perpetuar la máscara.

A ti que me has visto árido
por captar el reflejo de tu vuelo en los ríos
hoy te busco en la sed.
Escuchas mis ojos 
en los fresnos donde hay líneas
donde baja la luz con argumentos de yerba.

Llevas tu consolación a las palabras que habitan
como ciervos sagrados
la memoria.

Y te incito en la sombra.

Dejas caer los destellos del cielo
para mostrar el metal y la herida
la sangre
y el impulso.

Yo te busco en el filo.

Tú has atado la luz al fuego
y el individuo a la especie.

Construiste un imperio de panteras que rasgan 
el paisaje con odio.

Te procuro en la ruina.

Perduras en la lumbre
y te busco en las brasas.

Te procuro en el aire: 
entre nosotros
luz
quiere decir relámpago.




La sala de los toros

Un toro como Dios en la tierra: rumia
en los campos aún nómadas.
Llevo su cabeza como máscara:
          aparición por semejanza
del hombre con la bestia 
                        y la virilidad
               como una epifanía.
Desciende 
y nos marca
el pecho con la sangre
del hombre 
al que sacrifica
para que nosotros ascendamos
al lugar en el que los animales muertos rumian.

Porque 
            arriba
todo tiene un sitio a la derecha
                                               de este poema.




*




Échenle sal al lomo del poema
para que se conserve 
y no se pudra.
Déjenlo atado para que nos confronte.
Colgado en la madera 
que no va a convertirse en barca
para surcar los ríos del tiempo.

Échenle sal al lomo del poema
           al dios 
para que nos refleje
y señale
con la punta de sus huesos.




*




Dichosos los que sin conocer la claridad
           sin haberla bebido
hablan de cielo

porque es suyo el delirio
la altura
               el animal
                                   y el reino.




*




La niebla dio paso a la nevada
en palabras que eran árboles
sobre la nieve.

Pisé las hojas de los robles
y se comunicaron:
                Las sombras y los sueños tienen el mismo peso
                dijeron con la voz quebrada y
                el crujir nos fue hablando en el lenguaje
                de las hojas al romperse.

Padre miraba y oía
con desconfianza
           para él éramos desconocidos
yo        la nieve
y el paisaje.
Todo le parecía el lomo interminable
De la oveja que alguna vez vio en sueños.
Eran la estación y los copos
la copia de sus canas
             : por el robledal
             íbamos hablando el mismo idioma
             levantado del crujir
             oponiéndolo a los copos

que empezaban a caer
en mi cabeza:

             Todo ahora
             bien tibio
             bajo tu abrigo leve
             casi sólo de bruma y de bordado
             nieve, Señora misericordiosa.*


*Las citas de este poema, en itálicas, corresponden al libro Principio y fin de la nieve de Yves Bonnefoy.





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