miércoles, 13 de enero de 2016

SARAH HOWE [17.891] Poeta de Hong Kong

Photo credit: Marc Lixenberg 

Sarah Howe

Es un poeta británica nacida en Hong Kong en 1983, académica y editora. Su primera colección de poemas es Loop de Jade (Chatto y Windus, 2015).

Sarah Howe ha resultado ganadora del prestigioso T.S. Eliot Prize. Presentamos cuatro poemas de la poeta británica nacida en Hong Kong, entre ellos la versión al español de Relativity junto a la lectura que hizo del poema el físico Stephen Hawking, a quien está dedicado. Sarah Howe (Hong Kong, 1983). De madre china y padre británico, es una de las voces jóvenes más diversas y lúdicas de la poesía británica contemporánea. Sus poemas toman inspiración tanto de la tradición china como de la inglesa. En 2015 fue nombrada “escritora joven del año” por The Sunday Times y, al ganar el T.S. Eliot Prize de este año, se convirtió en la primera ocasión que un libro debut se alza con el galardón. Las versiones son de Sergio Eduardo Cruz (1994). http://circulodepoesia.com/2016/01/sarah-howe-ts-eliot-prize/.




LOOP OF JADE (CHATTO & WINDUS, 2015)

Winner of The Sunday Times / PFD Young Writer of the Year Award 
Shortlisted for the TS Eliot Prize 
Shortlisted for the Forward Prize for Best First Collection 
A 2015 Book of the Year in the TLS , Observer , Independent & New Statesman



Relatividad[1]
            
para Stephen Hawking

Cuando despertamos, movidos por el pánico, en la oscuridad
nuestras pupilas se aferran a la forma de las cosas conocidas.

Los fotones sueltos de sus rendijas como sabuesos husmeantes
revelan la doble naturaleza de la luz en sus sombras contenidas

que llenan de rayas un laboratorio sin luz, y ya no son partículas,
sino que ondean para dar a todas las certezas su despedida.

Porque, ¿qué es certero en un universo que hace efecto doppler
como si fuera el grito de una sirena a media noche? Se diría

que una luz vista desde arriba o desde abajo cuando se mueve el tren
explica certeramente por qué el tiempo se dilata como una tarde

perfecta: predice agujeros negros donde se entrecruzarán las líneas
rectas, cuyos horizontes pesados no serán conocidos siquiera

por la luz de las estrellas. Si a tanta abstracción podemos llegar,
¿podrán nuestros ojos alguna vez acostumbrarse a la oscuridad?



Relativity

            for Stephen Hawking

When we wake up brushed by panic in the dark
our pupils grope for the shape of things we know.

Photons loosed from slits like greyhounds at the track
reveal light’s doubleness in their cast shadows

that stripe a dimmed lab’s wall – particles no more –
and with a wave bid all certainties goodbye.

For what’s sure in a universe that dopplers
away like a siren’s midnight cry? They say

a flash seen from on and off a hurtling train
will explain why time dilates like a perfect

afternoon; predicts black holes where parallel lines
will meet, whose stark horizon even starlight,

bent in its tracks, can’t resist. If we can think
this far, might not our eyes adjust to the dark?




Perteneciente al Emperador

Mi nombre de hoy es Desgracia.
Eso cantó el primer ruiseñor del emperador.
El emperador era un dios frágil.
Prefería que un pájaro autómata hecho de filigranas de oro

Lo entretuviera. Una caja musical, repitiéndose.
Ámame, por favor. Botón de flor naranja.

Veo a mi padre bañarse al ritmo de la misma
aria, toqueteando la repetición

en su control remoto. Chiamerà, chiamerà –
Su cara está roja. Húmeda, bajo sus lentes.


Belonging to the Emperor

Today my name is Sorrow.
So sang the emperor’s first nightingale.

The emperor was a fickle god.
He preferred to be thrilled by an automatic bird

in filigreed gold. A musicbox, a leitmotif.
Love me, please. Orange blossom.

I see my father bathed in the blare of that same
aria, prodding the remote

to loop. Chiamerà, chiamerà –
His face is red. Beneath his glasses, it is wet.




MONOPOLIO

(a la manera de Ashberry)


Guardo todo hasta que llega su momento.
Poseo el brillo en la mirada del director de tu banco.
Nunca como tarta en caso de crisis mundial.
Soy mi propio consuelo.

Mantengo una relación complicada con los asuntos materiales.
Lanzo con prepotencia mis monedas al río.
Todo lo hago con una insoportable vanidad.
Propongo un voto de gratitud.

Cometo pequeños errores a tu favor. A veces
Finjo que todo va bien.
Gané el segundo premio en un concurso de belleza.
Comienzo a amarillear por los bordes.

Fui vista por última vez sacando la pajita más corta.
Vagabundeo trágicamente por las esquinas, donde
Reparto cartas que dicen: si ves que
Me está costando levantar esta carta, por favor, no me ayudes.

-- poema perteneciente a "Loop of Jade" (2015, Chatto Poetry)

-- versión española de Tive Martínez, 2016 




El cielo es siempre lo más complicado

1.

Necesito skypear para decirte que los mayas
imaginaron sin influencias la rueda
pero aún el alba está a tres horas
en San Petersburgo: en la oscuridad de tu cuarto
de hotel un reloj pulsa su luz roja
exterminadora. ¿Te has preguntado
alguna vez cómo moriste en tu vida
pasada? No, tú no harías eso. Además
un montón de viejas civilizaciones
comparten la misma campana. Quizás
te quemaron en la hoguera en Salem. El Maya
antiguo, viendo que no había uso práctico
para esos discos móviles tan curiosos, los limitó
a ser juguetes infantiles. Quiero decirte, en verdad,
que me comeré los ojos de todo aquél que te lastime.


2.

El sol tartamudea como un .gif pornográfico
que muestra para ti el plano secuencia del mediodía.
Un ringtone ya esperado suena. Nuestros pixeles
hiperventilados se conjugan, se separan, se pierden
entre los cables. ¿La física material exige
que haya un Dios personalizable? Has pasado
la mañana perdido en un banco de turistas
que se pegan contra el río del Hermitage,
con los instintos gruesos como bestias. Inventamos
a Dios en la imagen de nuestra webcam: los electrones
hechos carne, gimoteo de cansancio, ventana
hacia quién sabe dónde. Jugamos un juego llamado
“adivinar pensamientos.” Mis palabras de estática vuelven
a ti como calor de ozono, como canturreo solipsista.


3.

La luna caprichosa, alejándose siempre
para atender sus negocios, deja su huella digital
en el visor de la tarde. La misma, antigua,
miseria se derrapa sobre pequeñas ruedas
sujetadas por fierros a las patas de una llama
de barro. Esto no es retórica. Tu wi-fi encendido
en el tren hace que yo pueda escuchar cómo un diente
te duele. Los Mayas pensaban que el tiempo era una rueda.
Aquí sólo se escucha el violín de plástico de un músico callejero.
¿Eso es el rugido de un túnel? Me muevo
en tus pensamientos de rompecabezas, sumergida
en montones color cian degradado, piezas con
un pedazo revelador de la luna. No sé qué pasa
de este lado. Los continentes bucean y se encojen a tu alrededor.


Sky is always the hardest part 

1

I need to skype to tell you the Mayans
independently imagined the wheel
but dawn is still three hours away
in Petersburg: in your hotel room’s dark
a clock throbs its terminator eyebeam
red. Ever wonder how you died in your
last life? No, you wouldn’t would you. Besides
a bunch of early civilizations
share the selfsame gong. Maybe they burned you
at the Salem stake. The ancient Maya,
seeing no practical application
for the funny rollable disks, confined
them to children’s toys. What I mean to say
is, those who hurt you, I will eat their eyes.


2

The sun stutters up like a porny .gif
which for you pans the tracking shot of noon.
A fathomed ringtone gargles. Our breathy
pixels mingle, split, miss each other down
the wire. Does material physics call
for a personable God? You have spent
the morning caught in a shoal of tourists
muscling against the Hermitage’s stream,
instincts thick as curdled spawn. We invent
Him in our webcams’ image: electrons
made flesh, that panting beat, window onto
haloed elsewhere. We play at a game called
‘guessing thoughts’. My staticky words ping back
like ozoned heat, solipsistic plainsong.


3

The pesky moon, always bouncing away
on urgent business, its huffed thumbprint hangs
in the afternoon’s viewfinder. Same old
misery squeaks by on miniature wheels –
pinned through a clay llama’s ankles. This is
not a trope. Your on-train wi-fi means I
can hear how the tooth is hurting again.
The Mayans thought time was a wheel. This side,
only the busker’s plastic violin.
Is that a tunnel’s roar? Your jigsawed thoughts
I rotate, sort into piles of graded
cyan, the pieces with a telltale tranche
of moon. I have no idea what goes in
here. Continents swim and shrink around you.


Frenéticos

Quizás mantener los estribos
es nada más otra clase

de necesidad. Soy un durazno
azul a media luz.

Tú eres un tigre
que devora sus propias patas.

El día en que nos casamos
todos los árboles temblaban

como si estuvieran locos–
sé buena conmigo, dijiste.



Frenzied

Maybe holding back
is just another kind

of need. I am a blue
plum in the half-light.

You are a tiger who
eats his own paws.

The day we married
all the trees trembled

as if they were mad –
be kind to me, you said.


[1] Nota de la autora:

En términos formales, “Relatividad” es un soneto: una forma que he pensado como una especie de agujero negro que emana su propia fuerza gravitacional, comprimiendo al universo en su pequeña recámara. Sin embargo, mi soneto empieza con la luz en el nivel subatómico de la física cuántica en lugar de con la luz en nuestro mundo que gravita a gran escala; esto es porque la reconciliación de tales extremos teóricos es el santo grial de la física contemporánea. La primera parte de este poema narra el experimento físico que demuestra la doble vida de la luz. Un rayo de luz pasa por dos rendijas paralelas: los fotones se comportan como partícuas cuando son vistos desde las aperturas, pero cuando llegan a la pantalla que está del otro lado actúan como ondas, creando un patrón de rayas oscuras y claras, justo como las estrofas de mi poema. Lo que llamamos “dualidad onda-partícula” es la noción de que los objetos cuánticos se comportan como ondas hasta que se intenta localizarlos, que es cuando tal comportamiento desaparece. Los físicos ahora creen que esta idea y el famoso “principio de incertidumbre” de Heisenberg son sólo dos manifestaciones de un mismo fenómeno subyacente.

            Hay, claro, poetas mucho más recientes que Milton que se han inspirado en la ciencia: Lavinia Greenlaw, Gwyneth Lewis, Jorie Graham, J.H. Prynne, sólo por nombrar algunos. Mientras escribía “Relatividad” me encontré encantada por un verso, “nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad”, que se encuentra en la colección Life of Mars de Tracy K. Smith, ganadora del Pulitzer. El padre de Smith fue uno de los ingenieros que trabajaron en la construcción del telescopio espacial Hubble. En el poema “My God, it’s Full of Stars”, imagina al “ojo-oráculo” del Hubble iluminando “la base de todo lo que hay.” ¿Nuestros ojos se acostumbrarán a la oscuridad? La frase de Smith hace eco al final de mi poema, donde reaparece como una pregunta: hipotética, aunque esperanzada. Después de todo, tanto Milton como Galileo confiaron en ojos distintos a los humanos cuando les llegó la ceguera.

            -Sarah Howe.




TAME

It is more profitable to raise geese than daughters.

– CHINESE PROVERB

This is the tale of the woodsman's daughter. Born with a box 
of ashes set beside the bed, 
in case. Before the baby's first cry, he rolled her face into the cinders – 
held it. Weak from the bloom 
of too-much-blood, the new mother tried to stop his hand. He dragged 
her out into the yard, flogged her 
with the usual branch. If it was magic in the wood, they never 
said, but she began to change: 

her scar-ridged back, beneath his lashes, toughened to a rind; it split 
and crusted into bark. Her prone 
knees dug in the sandy ground and rooted, questing for water, 
as her work-grained fingers lengthened 
into twigs. The tree – a lychee – he continued to curse as if it 
were his wife – its useless, meagre 
fruit. Meanwhile the girl survived. Feathered in greyish ash, 
her face tucked in, a little gosling. 

He called her Mei Ming : No Name. She never learned to speak. Her life 
maimed by her father's sorrow. 
For grief is a powerful thing – even for objects never conceived. 
He should have dropped her down 
the well. Then at least he could forget. Sometimes when he set 
to work, hefting up his axe 
to watch the cleanness of its arc, she butted at his elbow – again, 
again – with her restive head, 

till angry, he flapped her from him. But if these silent pleas had 
meaning, neither knew. 
The child's only comfort came from nestling under the 
lychee tree. Its shifting branches 
whistled her wordless lullabies: the lychees with their watchful eyes, 
the wild geese crossing overhead. 
The fruit, the geese. They marked her seasons. She didn't long to join 
the birds, if longing implies 

a will beyond the blindest instinct. Then one mid-autumn, she craned 
her neck so far to mark the geese 
wheeling through the clouded hills – it kept on stretching – till 
it tapered in a beak. Her pink toes 
sprouted webs and claws; her helpless arms found strength 
in wings. The goose daughter 
soared to join the arrowed skein: kin linked by a single aim 
and tide, she knew their heading 

and their need. They spent that year or more in flight, but where – 
across what sparkling tundral wastes – 
I've not heard tell. Some say the fable ended there. But those 
who know the ways of wild geese 
know too the obligation to return, to their first dwelling place. Let this 
suffice: late spring. A woodsman 
snares a wild goose that spirals clean into his yard – almost like 
it knows. Gripping its sinewed neck 

he presses it down into the block, cross-hewn from a lychee trunk. 
A single blow. Profit, loss.


A PAINTING 

I watched the turquoise pastel 
melt between your fingerpads; 
how later you flayed 

the waxen surface back 
to the sunflower patch 
of a forethought, your 

instrument an upturned 
brush, flaked to the grain – 
the fusty sugar paper buckled. 

You upended everything, 
always careless of things: 
finest sables splayed 

under their own weight, 
weeks forgotten – to emerge 
gunged, from the silted 

floor of a chemical jamjar. 
I tidied, like a verger 
or prefect, purging 

with the stream from the oil- 
fingered tap. Stop, 
you said, printing 

my elbow with a rusty index, 
pointing past an ancient 
meal's craquelured dish 

to the oyster-crust 
at the edge of an unscraped palette – 
chewy rainbow, blistered jewels. 









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