martes, 26 de enero de 2016

RECAREDO VEREDAS [18.024]


Recaredo Veredas

Nació en Madrid en 1970. Licenciado en Derecho y Master en Edición por la Universidad de Salamanca, cursó el ciclo completo de creación literaria de la Escuela de Letras, donde fue posteriormente profesor de relato breve y creación literaria. Ha escrito artículos o reseñas en el periódico ABC, las revistas Qué Leer,Quimera, El crítico, Política Exterior, Revista de Libros y en distintos blogs de crítica literaria. Ha trabajado como lector, corrector o editor en la Editorial Alfaguara, en la Editorial El País-Aguilar, en Ediciones Siruela y en el Instituto Universitario de Postgrado. Recientemente ha creado la revista digital micro-revista (www.microrevista.com).

Obra

Narrativa

Pendiente (Madrid, Editorial Dilema, 2004)
Actos imperdonables (Madrid, Bartleby Editores, 2013)
Deudas vencidas (Salto de Página, 2014)

Poesía

Nadar en agua helada (Madrid, Bartleby Editores, 2012)

Ensayo

Cómo escribir un relato y publicarlo (Madrid, Editorial Dilema, 2006)

Opiniones críticas sobre su obra

Su obra ha sido elogiada por críticos como Manuel Rico, Juan Carlos Suñén o Juan Ángel Juristo quien, en una crítica a Pendiente, publicada en ABC, afirmó: "No es fácil encontrar en nuestra narrativa un planteamiento tan lúcido de las motivaciones en que transcurren las llamadas historias cotidianas."


Nadar en agua helada (Madrid, Bartleby Editores, 2012)


De Nadar en agua helada ha dicho Coradino Vega, que comparte con Veredas su condición de escritor y crítico: El resultado es una obra de una calidad poética admirable, una propuesta tan sólida y original como iconoclasta al tiempo que clásica, un conjunto de imágenes abstractas que, si se leen con la misma atención con la que se contempla un cuadro de Lucio Muñoz o se escucha una pieza de Webern, dejan una similar emoción estética, la huella de su recóndita belleza.


Extendí el plano de la ciudad un sábado de lluvia. Él jugaba sobre la hierba, frente a la luz abandonada por los trigales. Sujeté los límites con cinco piedras y tu mano levantó una iglesia con planta griega, cuatro caminos de grava, un depósito de agua, inclinado por el perfil de la tierra. Una mancha de tinta roja anegó la plaza ovalada. 

*

En el borde de la cama, junto a tu cuerpo desnudo. Sujetaba la mañana con cuerdas y clavos mientras la luz descendía sobre las sábanas. Respiraba bocanadas lentas, reteniendo los segundos en el pecho, atemperando la caída del granizo. Las horas cerraron, sin alterar su inercia, el ángulo ciego. 

*

Cada mañana, después del insomnio, señalaba la distancia. Los trigales descendían, hundidos bajo los timbales de la milicia. Tendieron alambres y ropas pardas en todas las llanuras. Sofocaron la profundidad de los valles, vaciaron los sótanos y despejaron los parques. Los niños se escondieron en la sombra de los patios y escribieron sus nombres sobre paredes blancas.

*

Cada mañana, después del insomnio, señalaba la distancia. Los trigales descendían, hundidos bajo los timbales de la milicia. Tendieron alambres y ropas pardas en todas las llanuras. Sofocaron la profundidad de los valles, vaciaron los sótanos y despejaron los parques. Los niños se escondieron en la sombra de los patios y escribieron sus nombres sobre paredes blancas. 

*

Con una bolsa de tela y un abrigo de sarga partí a la mañana siguiente. Dormías, acunada por el sopor de las mantas. Hallé en el sendero un animal muerto y a un hombre refugiado en su calor. Aguardé a la noche en los arcenes, calentando mis manos con el fuego sucio del petróleo. No imaginé tu despertar hasta que aparecieron los primeros arrabales. Espero al sol en el invierno de las fábricas, ocultando las palabras en el cuello, escondiendo los mapas y los lápices.



Esa franja de luz
Del libro homónimo inédito

Veredas es un notable cuentista y un genial microrrelatista, lo que quiere decir que está especialmente dotado para el fogonazo y la sugerencia. Ello implica jugar con la elipsis sin renunciar a la precisión. Menciono estas aptitudes de Veredas porque Nadar en agua helada, conjunto de poemas en prosa que se leen, o que yo he leído, con gusto y admiración, y también como si cada poema fuera un cuarto vacío con vistas que le agradarían a un gótico, conserva estas actitudes trasladándolas al territorio poético. No nos movemos aquí en la concreción de las microhistorias a las que Veredas nos tiene acostumbrados, sino, y no podía ser de otra manera tratándose de poesía, en un territorio abstracto donde lo que prima es la descripción evocadora y la inmersión en la conciencia de la paradoja. Parece que Veredas quiera señalarnos que no hay otro punto de partida más que aquel que lleva a desmentir una y otra vez cualquier interpretación previsible y unilateral…

Elvira Navarro



VII

Cuando abre los ojos la realidad se despliega como un paisaje liberado de la niebla. Ve la alfombra de algodón, manchada con el vómito de su hijo y al fondo, aún en neblina, la desidia de su mujer. Ella, hundida en el sofá, juega con abalorios y piedras de plástico. Compone paisajes nórdicos, rodeados por lagos cristalinos donde reman hombres honestos. Sus manos ansían el agua helada, nadar hasta que los brazos caigan.


IX

Levantarse pese a las nevadas que ciegan los campos, al hielo que nubla los senderos y el renacer del barro. Levantarse aunque quienes habitan la muerte sujeten a quienes pisamos la tierra y cada mañana imaginemos las últimas palabras y los últimos estertores. Porque los objetos y las familias permanecerán, como permanecen los árboles, los galápagos o -así lo demuestran las ánforas- los extraños dibujos asirios.



XIX

No es difícil hablar con los muertos. No es difícil descubrir sus lechos y descansar a su lado, sin miedo al despertar. Duermen en las mismas camas y cruzan las mismas calles. Mantienen los rostros (ajenos, es el único matiz, al tallado del tiempo) las zozobras y las certezas. Sus costumbres son perezosas -han olvidado las prisas y los cumplimientos- pero disfrutan las puestas de la sol y el vuelo de los pájaros.



XXII

Cuando anochece los jabalíes y las garduñas ocupan las sendas del bosque. Los alisos y los cedros respiran hondo, libres del fragor de los hombres. Los muertos también poseen sus bosques. Desde los sueños -profundos e infértiles- nos recuerdan el calor de sus labios.



XXVIII

Las novia quemada ya no cultiva el silencio. Se dedica a trabajar la tierra y esconde sus pagas en un jubón de cuero. Pronto regresará a la ciudad y cruzará sus túneles con el torso erguido. Solo una cicatriz, con rasgos de lagarto, definirá su pasado. Se moverá lenta entre las sombras de su espalda, abandonando un rastro de saliva y polvo.



XLI

En un centímetro de tu piel hay senderos infinitos, borrados por una procesión de mujeres con los labios partidos. Su sombra es la de cien árboles con olor a cieno. En un centímetro de tu piel hay rincones de luz, vértebras quebradas y ciudades con planta de araña. Hay -por supuesto- fracasos ajenos, éxitos mudos, sentencias sin plazo y revanchas compartidas. Ignoran, todos, que habitan en un centímetro de tu piel.




LI

En cada hogar se esconde un infarto. Suele dormir bajo la cama de matrimonio. Es un animal pequeño, peludo, a veces confundido con el polvo. Por la noche rueda sobre las sábanas y contempla con medida distancia –la maldad no habita en sus células- a su víctima. Calcula, junto a otros parámetros, el peso de los ventrículos y la densidad de las arterias. Nadie conoce sus caprichos. Un día cualquiera, irrelevante, desviste el cuchillo, sujeta el corazón del hombre y dibuja su extraña firma.







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