sábado, 23 de enero de 2016

TOM CHIVERS [17.996]


Tom Chivers 

(Londres, Inglaterra, 1983). Obtuvo el Eric Gregory Award en 2011.
Es escritor, editor y productor artes, nacido en 1983 en el sur de Londres. Sus publicaciones incluyen How to Build a City (Salt, 2009), The Terrors (Nine Arches, 2009), Flood Drain (Annexe, 2014) and, as editor, the anthologies Adventures in Form and Mount London(Penned in the Margins, 2012 & 2014). 

Su segunda colección completa, Dark Islands, sean publicadas por el Centro de Ensayos en 2015. 

 
Seguridad

No todos los me-da-mi-halloween son niños
como no todos los panes son de dios
y yo quisiera que los bancos empezaran a prestar
o al menos mejoraran su servicio al cliente sabes
que tengo que usar un teclado de plástico
para checar mi saldo invaluable
en la lucha contra el fraude así que
cuando ruedas hacia mí fuera del banco
disfrazada y pintada de calaca debo preguntar
por el valor de esa finta tan hostil
tú claramente te diviertes cosa buena
no quiero detenerte
en mi isla nada de esto es verdad


Entierro; o el poema ataúd biodegradable

No eres nada sino carbón de Midas.
Todo lo que tocas se convierte en informe policiaco.
El chico mostró su eléctrico ritmo
y yo era de nervios un sismo.
Pedos lentos de vaca. La niña confunde un poste eléctrico
con la Torre Eiffel. Tú también puedes
azar el metal. Mi ventana está llena de hélices.
Si todas mis declaraciones
implican su historia, ¿cómo podemos empezar?
Demolamos el viejo pueblo, baby.
Porque yo ya he perdido en varios frentes.
Luego del poema estoy gastado
como cartucho, como dinero.
Oh, linda, podemos ir tan lejos
flota por mi flujo hasta que me funda
hundido en una tumba sin final.




Poema como topitaria

Jardinero al fresco jala un cuchillo de pan
del rosal. STOP. Aparece Al Gore

en una isla fuera de la costa de Second Life
(un equipo de Al Jaseera va detrás). STOP.

Yo me geolocalizo en cinco configuraciones:
despierto; dormido; montado en la frondosa barda

con la podadora, et caetera. Suave tronido
del monitor latencia de carbonos.

STOP. No hay tazer en el clóset;
Señala Fallujah con un diccionario de chupitos,

un avatar moreno se desplaza en los campos de jazmín.
STOP. Negro como cinta de archivo agotado. Y entonces

para cortar y armar la alheña como obelisco
o laberinto de calles empolvadas —esto es un acto

de crueldad sobre el que leo.
Corriendo por Babel con casco de soldado

inglés, contemplo la torre,
imperio de jardines colgantes; cuánta

historia cabe en un solo lugar.
El letargo es suave como los primeros segundos

del sueño.



Pine release

walked into the mountains (actually 
rain:   rain on path   rain on dogs 
rain falling in the bay through sun 

     direction of    ie. towards    the 
fuming mountains   (also, on crown 
of Hitler Youth til slick)   where the mist 
(a kind of purple)   clung or shrouded 
whatever   and (it fell on our faces and 
hands)     made to stop and go left 
(pine release, very wet)   at the fence-line 
even though I didn’t see any military 
personnel or smart bombs and correctly 
identified the tiny bird that was flying 
         in the storm 
  
                         when the mountain 
was biggest        (I saw a crane, you 
a house, it was pouring)  on the bypass 
with four lanes      two for local traffic 
direction of    ie. towards

Puerta Pollenca, Mallorca 
January 2010



Poem as bullet

A typographic rukus interrupts 
their dense arrangement of wires; 

for its own sake language was 
alone on top of a cold building. 

Steel performs a shedding of skin 
in reverse. The snake creeps back 

inside. In truth, the whole metropolis 
is bleeding from the guts and gums. 

To order space when we cannot even 
tell the time –that seems, to me, absurd. 

University of Life, mate. (Up a garret 
down a side road with no heating.) 

Some scrag in a poncho screaming 
How’s your father? to a rookery of 

knaves who’ve missed the deadline, 
press execute and drop. The signal 

to advance arrives, but through a process 
of erasure, ritualised in stocks, fails to 

register; they slump. Soon it will be 2010. 
Incendiary devices are improvised 

from the rotting shells of dead poets.




Snapshot

                 Over the border 
the taken, the missing, the dead 
are ten years younger, in polo necks 
and uncompromising 1980s hair, stare 
goggle-eyed in booths for that snapshot 
their wives or mothers will keep.

                        At Metulla 
the uncapped lens of a Sony digicam 
nuzzles in the heat of a day; they scan 
the brown hills, the silent date fields: 
“I came to take pictures, to smell it… 
to see where the Katyusha burned.”





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