miércoles, 20 de enero de 2016

ELÍAS ADBEEL [17.965]



ELÍAS ADBEEL

Poeta de México.
Llevo en mi nombre la contienda de dos pueblos: Elías representa a los hijos de Israel, y Adbeel a los de Ismael. Intenté escribir mis primeros versos cuando era niño. Ahora sé escribirlos y tengo la arrogancia de llamarlos poesía, aunque hay quienes dicen que como poeta soy un excelente cuentista. Escribo también cuentos, pero no hay quien diga que soy un gran poeta cuando de escribir cuentos se trata. ¿Qué soy, entonces? Creo que eso lo termina decidiendo el tiempo. Coqueteo con el ensayo, el guion cinematográfico, el teatro y la novela. He publicado dos libros de poesía y uno de cuentos (el cual, si pudiera regresar en el tiempo, me impediría a mí mismo publicarlo). Colaboré también con el poemario Rumor de todas partes, con el que se inauguró la editorial independiente La Orquídea Errante. El cine es mi otro amor. Si hubiera podido filmar tantas películas como libros he publicado, sería doblemente feliz. Todavía queda tiempo, me digo a mí mismo, a manera de consuelo. La música es el arte que termina de cerrar mi triángulo amoroso. Toco la guitarra y grito en una banda de hard-grunge, pero no me atrevo a decir que soy músico por el respeto y el amor que le tengo a la música, y a los verdaderos músicos. Nacido en cuna evangélica, fui abandonando, al crecer, la fe que me inculcaron. Prófugo del comunismo y decepcionado de casi toda ideología política, en el presente estoy en proceso de convertirme al Libertarismo. Actualmente vivo con mi esposa y mi hija de dos años; amo a mi esposa con todo el odio de mi corazón, y a mi hija con la ternura que todavía me queda dentro. Trabajo, regularmente, en empleos que odio para comprar mierdas que no necesito (¿dónde escuché esa frase?) Mantengo vivo el sueño burgessiano de escribir cuanto pueda mientras viva, para que cuando muera, mi familia pueda vivir de las regalías de mi obra… Ya pueden reírse.


HETERÓNIMOS    Por Elías Adbeel.

     
Poemas de Eulogio Epíphanes 
(Uruguay) 


Tren de la tarde de Eulogio Epíphanes

Lleváme donde vos quieras, tren de la tarde.

Yo no digo que no voy
si vos me decís “Vamos”.
Viajaré en tus adentros
hasta que se cansen tus motores.
Escucharé rechinar los rieles
mientras vos cortás el tiempo
y digo otra vez “Lleváme”.
No diré que no voy
si vos me decís “Vamos”.
Lleváme, tren de la tarde,
lleváme donde vos quieras.



Doscientos años

Acá ya no hay más nada:
llegué al final de la calle:
la calle está hecha de tierra gris y nada.
No de arena fina ni de piedras
sólo tierra y pedazos de suelo y qué más.
Allá no hay dónde andar ni qué mirar.
Puedo volverme hacia donde va la lluvia
y andar el lodazal descalzo,
o puedo ir pisando una baldosa y otra
pero las baldosas todas están flojas…
Yo me recuesto encima de este suelo roto
y espero la vejiga atormentada de Dios
a que me orine con lluvias divinas.
A mí no me enferma el tiempo,
apenas me doy cuenta de que pasa,
apenas me pasa por encima sin tocarme.
Yo voy a vivir doscientos años.
Viviré nada más doscientos
por no ser injusto
con otros que también quieran vivir doscientos.
Todo se levanta alrededor mío como un fuerte,
un fuerte fantasma.
Yo todo lo miro con brazos quietos y piernas de barro.
Barro seco, inmóvil.
Porque es verdad: me abraza la fatiga.
Me abraza y yo no la echo fuera.
Cierro los ojos. Abro los ojos. No cambia nada.
Todo lo miro transparente.
A veces todo brilla como el asfalto después de la lluvia.
A veces todo se apaga y me quedo quieto,
como si estuviera esperando,
como si ya hubiera esperado lo bastante,
y vengo a este final de calle donde no hay más nada,
y me quedo a dejar que el tiempo pase
sin darse cuenta de que sigo aquí.
(Todavía sigo aquí).


15

 ¡Las veces que te he sentido tocar tu propio cuerpo!
Frotar las manos de frío, juntar las piernas,
recargar la risa en las memorias que te alegran.
 Te he sentido también la lengua recorrer los dientes,
mojar los labios,
te he sentido la piel desde tus propios nervios.
Pero viajás las estaciones del día
dejando la mitad de tu fe a cargo
de la fácil voluntad del tedio:
misterioso tren que te transporta.
Bajás en algún verano de este largo martes
y te acomodás en medio de su fuego.
Descubrís que estoy dando vueltas alrededor tuyo como un planeta,
atraído por tu centro.
Las veces que te he sentido salir temprano del mundo
son las mismas que me doy cuenta que llegás de nuevo.
Las veces que te he imaginado sin ropa, sin sol.
 ¡Lo cerca que te he escuchado recostar el cuerpo!
Cerrar los ojos de sueño, juntar los brazos,
soplar un bostezo sobre el cuello del insomnio.


Algo entre no verla y tus manos

Es su culpa,
o es culpa de estar tan solo,
o sentir que estás solo
aunque no estés solo.
Es común,
es común como llamarse Pablo, Laura, Viridiana;
es común como decir “buen día” o “tengo sueño”;
como estornudar cuando se está resfriado.
Es su culpa,
es por ella que guardás
cincuenta centavos de quetzal en la cartera,
y guardás por ella el recuerdo de los cielos
de la Antigua Guetemala en donde no has estado nunca
pero los imaginás como si fueran tuyos por su culpa.
Es porque sentís que algo en el dolor de tu vientre
la echa de menos,
algo mezclado a tu sangre,
a tu saliva,
algo mezclado a tus mitocondrias y a tu dermis;
es porque sentís
que entre no verla y tus manos
hay algo
que la echa de menos.


IMPRESIÓN DE LO PLATEADO

Siempre tengo la impresión
de que hay algo de verde
en lo plateado.
No sé si en sus afilados brillos
o en su habitual paciencia de aluminio,
pero sé que está ahí,
o me queda al menos la sospecha
de que hay siempre en lo plateado
algo de verde.




Poemas de Galván de la Torre


Libertad

Arrancad del tiempo las horas
como se arranca la hierba de la tierra.
Vaciad de vuestro cuerpo la sed y el hambre;
de vuestro espíritu, la carne y sangre.
Venga, decidme ahora
cómo se siente ser libre.



Si sobrevives

Si sobrevives, échame de tu lado.
No me esperes.
No me levantes no.
No me despiertes.
Yo me quedo en la muerte.




Poemas de Elías Adbeel

Viento invierno

Gajos de sombras en parvada cruzan el viento,
el viento gris de invierno.
Volaron encima del arbusto:
los tiernos follajes siguen temblando.



Otra vez la tarde

Demasiado abierto.
Estaba el cielo demasiado abierto.
Desnudo, iba a decir desnudo.
No: casi desnudo.
No podía vérsele lo azul de lo tan blanco.
Blanco no de nubes pero de luz.
¡Cómo estallaba la luz encima de la tarde!
(Otra vez la tarde).
¡Cómo estallaba la luz ardiente!
¡Qué ardor de día en las cabezas en las caras!
¡Qué ardor arrancapieles!
Abierto. Demasiado abierto.
Estaba el cielo abierto encima de la tarde.
Otra vez la tarde.




Ítaca

Quiero alcanzar hambriento
tus senos de sierra madre,
asentar todos mis puertos
a la orilla
de tus olas
galopantes,
para volver como un héroe
fatigado y sangrante
al mismo lugar siempre:
mi antigua Ítaca, tu cuerpo;
mi propia ínsula, tu centro.
Quiero alcanzar en vuelo
la constelación
de todos
tus orgasmos
y acomodar sus lumbreras
sobre cualquier ciudad,
en cualquier parte;
encajárselas al tedio de una tarde
como se encaja el sol
en el reflejo
de los mares.



Más poesía

Hay que ir haciendo más poesía
porque se nos está terminando.
Hay que irla poniendo al fuego de una vez
para que esté lista cuando se acabe la que nos queda.








No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada