martes, 17 de septiembre de 2013

ALTAGRACIA SAVIÑÓN [10.522]




Altagracia Saviñón
  
Altagracia Zoraida Saviñón y Saviñón, Tatá para sus familiares y amigos, nació en Santo Domingo el 28 de septiembre de 1886, hija de José Francisco Saviñón y Águeda Filomena Saviñón Bordas.

Una gran amistad la unió al poeta Osvaldo Bazil, del que se dice estuvo enamorada. Pero tan brillantes perspectivas terminaron en una tragedia personal: pierde la razón siendo aún muy joven y termina su vida, lamentablemente, en una celda del manicomio Padre Billini, entonces situado en la parte sur del antiguo convento de San Francisco. Aún se la recuerda con su sayón gris de San Francisco, pelo cortado al rape y una mueca de extravío en el rostro, garabateando posibles versos en las paredes desportilladas de aquel centro de beneficencia. De acuerdo al psiquiatra Antonio Zaglul, Tatá padecía una esquizofrenia de tipo paranoide, cuya primera explosión psicótica apareció a los treinta y ocho años.

El 3 de mayo de 1903 aparece en La Cuna de América «Mi vaso verde», una composición que habría de inmortalizar a su autora hasta el extremo de que sólo por ella ha logrado ocupar un puesto de honor en el parnaso dominicano, debido a que introduce entre nosotros el simbolismo.

Altagracia Saviñón no tuvo tiempo de escribir su obra, de la que apenas ha llegado a nosotros un par de poemas menores y dos prosas de gran fuerza poética publicadas en La Cuna de América. Sorprende, en un momento propicio a todo tipo de retórica, que una muchacha de 17 años, en sus inicios poéticos, haya producido versos tan depurados, tan avanzados en su factura y en sus imágenes como los de «Mi vaso verde». Muchos de sus artículos los firmó con el seudónimo de Violeta de la Fronda.

Dice el Dr. Mariano Lebrón Saviñón, primo de Tatá y también poeta: "Altagracia Saviñón pertenece al modernismo, hay quienes dicen que ella fue quien lo introdujo en Santo Domingo... Cantarle a un vaso verde tan llena de nostalgia, tan llena de tristeza, porque era una mujer muy sufrida, hermosa, pero enferma. Para Max Henríquez Ureña, ese es el primer poema modernista del país, por lo cual, la pone como pionera, contrario a la corriente que le daba este honor a Valentín Giró. Mi Vaso verde se publicó en 1900 y la Virgínea, de Giró, en 1902, de modo que ella es la introductora del modernismo en Santo Domingo".

Otro poema que posee iguales o parecidos méritos sería «Incendio» de Gastón Fernando Deligne, poema de juventud que desestimado por su autor, quedó en manos de particulares, por lo que fue conocido tardíamente.

Murió en su ciudad natal el 23 de diciembre de 1942.





La Serenata de Schubert 

A Max Henríquez Ureña

Las notas del pesar hirió el artista, 
y al doliente gemir del oceano 
su música divina habló a mi alma 
ese lenguaje trágico 
que en noche triste hablaron al poeta 
la virgen muerta y el callado piano.

Sollozaban las notas en el éter. 
En mi alma el dolor siempre vibrante 
sólo espera que un eco lo despierte 
y ese eco fue tu piano; delirante 
lo sentí palpitar, clavar su garra, 
que el poder del artista es siempre grande: 
él sólo puede dominar las almas 
y en ellas despertar negros pesares.

De una ilusión perdida cada nota 
semejaba, al vibrar, la despedida; 
y al continuo surgir de amores muertos, 
de mi propio dolor compadecida, 
parecióme mi vida un gran desierto 
mi alma una tumba solitaria, 
un páramo sin luz donde el Ensueño 
al rudo batallar quebró sus alas, 
un sepulcro muy frío y muy oscuro 
en donde muerto el Ideal estaba.

Y tú sufrías también; en cada nota 
una queja de tu alma se exhalaba: 
era el dolor que en flores de armonía 
sobre el blanco marfil se deslizaba. 
No sé qué ocultas penas, 
con tu música mística expresabas, 
mientras el mar gimiendo allá a lo lejos 
con dolientes murmullos contestaba.

Yo sólo sé que tu dolor tan grande 
me pareció de mi dolor hermano, 
cuando hablaste a mi alma aquella noche 
ese lenguaje trágico, 
que en hora triste hablaron el poeta 
la virgen muerta y el callado piano...






Mi vaso verde 

A Enriqueta E. Ellis

Mi vaso glauco, pálido y amado, 
donde guardo mis flores predilectas, 
tiene el color de las marinas algas, 
tiene el color de la esperanza muerta...

Las flores tristes, las dolientes flores 
en el agua del vaso se refrescan, 
y bañan sus corolas pensativas 
en una blanca idealidad de perlas.

Y luego se van lejos... se marchitan 
abandonadas, pálidas, enfermas, 
muy lejos del cariño de ese vaso 
que es del color de la esperanza muerta.

Y cuando sola, pensativa, herida 
por la eterna nostalgia, 
siento un perfume triste, moribundo, 
que llega hasta mi alma... 
pienso en mis pobres flores, las marchitas, 
las enfermas, dolientes y olvidadas, 
que antes de marchitarse se despiden 
tristísimas y trágicas 
de ese vaso de pálidos reflejos 
que es del color de las marinas algas...








¡Mírame desde lejos!

Mírame desde lejos.
Hace ya tanto tiempo que mi vida,
Es un martirio trágico y acervo,
Que huyó la dicha a una región sombría;
Dejándome en recuerdo...

Y que el dulce panal de mi alegría,
Lo amargaron de intento
Yo que supe emprender la oscura vida, 
Por un camino lóbrego e incierto.

¡Ay! Yo siento alertear sobre mi frente,
Un pájaro funesto,
Que me narra la oscura pesadumbre,
De algún abismo tétrico.

No te acerques, por Dios, nunca mi alma,
Respeta ese misterio;
Sigue solo tu senda de Alegrías, 
Que la esfinge se deja en el desierto.

Cuando turbas el reposo de la hora,
El palpitar de un corazón enfermo,
De una guitarra los dolientes ecos
Escucho y no te veo...

Pienso en tus ojos negros cual la noche,
Con negruras de trópico e infierno,
Y en la infinita soledad del alma,
Yo, por samarte tanto, siento miedo.

Y la triste leyenda de mis cuitas,
La guardo en el misterio,
De tus ojos tan negros que hacen daño;
Mírame desde lejos...

Publicado en La Cuna de América, el 10 de marzo, 1913. 







Mi pena negra

      La pena tan negra que habita en mi alma
y eterna ensombrece mi dicha y mi bien,
no tiene remedio, consuelo ni calma
sus flechas y espinas coronan mi sien.
            No anhelo laureles ni gloria persigo
si vibra en mi lira canción funeral,
yo canto la pena que vivo conmigo
mi fiel compañera, mi amiga fatal.
            Me llamas “poetisa de la musa triste”
y siempre anhelo saber porqué,
también yo lo ignoro, la pena que viste
de negro mi estrofa, quebranta mi fe.
que siempre vivieron si dicha ni amor
que imprimió en mi frente sus ósculos yertos
bebiendo de su sangre, tristeza y dolor.
            No vibra mi verso, si pena no canta
mi lira enmudece si calma el dolor,
y quiere la pena que oculta quebranta
si inspira mi musa un verso de amor.
            Y ahora tierna amiga que nunca supiste
la causa terrible ni el duelo porqué,
me llamas “poetisa de la musa triste”
ya sabes la causa que siempre oculté.
            Si bien las conoces comparto contigo
mi duelo tan negro, tan negro y tan fiel,
bebamos en copas de ajenjo o de vino
no importa lo amargo si brindo por él.
            Si fuera un veneno bebo mi destino
Y aunque el labio apure acíbar o miel 
Cantemos mi verso, sarcástico y cruel.

Publicado en la Revista de la Policía en 1940    



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