miércoles, 12 de octubre de 2016

DAVID MARÍN-HINCAPIÉ [19.265]


David Marín-Hincapié

David Marín-Hincapié (Colombia, 1990).
Escritor y profesor universitario. Realizó estudios de literatura en la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros Abro la noche (2011, Beca de Creación Alcaldía de Medellín - Fundación Arte y Ciencia) y Remanencia (2014, Corazón Negro Editores). En 2014 el Festival Internacional de Poesía de Medellín le otorgó el Premio de poesía Joven por su libro Remanencia. Actualmente se desempeña como docente de la Red de Escritores Ciudad de Medellín y realiza estudios de Arte en el Taller del maestro Samuel Vásquez.


El escritor colombiano Fredy Yezzed, nos presenta una selección de poemas del libro Remanencia del joven poeta David Marín-Hincapié (Buga, 1990). Con este libro fue merecedor del Premio de poesía Joven (2014) del Festival Internacional de Poesía de Medellín.



Remanencia
 
Lo irreal intacto en lo real devastado.
René Char


VERANO

I

Después de largas vigilias han bajado de los montes. Quieren sumergirse en el agua, que la luz los roce tan pronto despunte la claridad. Quieren apaciguar la sed devorando moras y arándanos, frutillas del bosque que han brotado en la duración de la lluvia. Ignoran que se alejan cada vez más. Que la renuncia al deseo es su destino inaplazable. Llegarán pronto al olvido.


II

Tornan al temperamento del verano. Encuentran agilidad en los cuerpos y beben la fertilidad del río. Hay un color en el que condescienden con el placer y adoptan la claridad. Son semejantes al pájaro que el sol hincha y prepara para la sumisión en el gozo del canto. Están paseando bajo la prueba del encantamiento.
 

III

Bordean el lago. Advierten que es el verano de los nacimientos. Una música de pájaros los conduce al interior de los frutos. Están presos en la locura de los hongos. Ni siquiera el aroma del rosal ocultará el detritus para el que están destinados. No saben que cosechan la traición.

 
IV

¿Cómo pueden mirarse con indiferencia un par de animales sosegados? ¿Cómo pueden suponerse colmados dos cuerpos a los que se les impone la transparencia de unos labios expertos en vértigos y desapariciones? Han morado lo suficiente en el deseo como para olvidarse. Pueden escapar a la opacidad de una noche, y luego sobreponerse a la fugacidad. Pueden dejarlo todo, sumidos en el residuo de un cause blanco entre las manos. Que la humedad preserve esta serenidad de los cuerpos y que no se extinga la luz en la posterioridad de la eyaculación.


V

Todo deseo se ha extinguido. Cada cuerpo reclama para sí la exhumación. Antes podían atravesar a ciegas un cuerpo desconocido, beber las formas del labio, deleitarse en el misterio de los contornos. Ya no responde igual la piel a las manifestaciones de la luna en la penumbra. Animales cerrados a un verano lleno de trasparencias y frutos a punto de caer. Animales cautivos en el peso del plomo y la angustia de saberse plenos. ¿Cómo insisten en avanzar a la luz que es ahora una presencia frugal?


VI

Para regresar al bosque les han dado un par de piedras, un sendero de hierbas maltratadas, un río exacto en rumores y las vibraciones de la luz. Irán sordos ante los designios de los pájaros y avanzarán silenciosos en la pureza del color y se entregarán a las dádivas del verano. Después, acogerán la marca de un ardor en las dos manos con que se aferran. Y por el temor con que fueron rodeados, no les resultará distante este estigma ante el abandono.


VII

Han sido tragados otra vez por la oscuridad. Y son pacíficos ante las fieras nocturnas. Ya se reconocen en el nombre impuro de las traiciones. Los aromas en los que consultan la nostalgia es materia aborrecible. Se dejarán seducir por las palpitaciones del bosque como lobos que cohabitan la irritación. Indiferentes al oxido y al olvido, de la verdad solo conservan la lágrima.


VIII

Lo que tenían por decirse está clausurado por ciertas heridas. No eran acusaciones bajo la intemperie. No eran inscripciones bajo tantos sueños muertos o entre sombras que presagian las trasparencias. No era la invasión de la memoria como un grito que atraviesa el umbral y escarba la señal de la locura sobre el rostro. Eran caudales internos. Era algo semejante al desgarro de la luz en el fondo de las entrañas.


IX

Nombrar este abrazo es cargarlo de aromas innecesarios. Pueden justificar el transcurrir de las horas y recoger el calor en sus vientres y alentar un sabor dulce en los dedos. Son ya animales ínfimos en la mansedumbre y han visto desaparecer un ciervo herido en el interior del bosque. Las palabras han penetrado como sombras extraviadas. El temor acrecienta esta docilidad. Ahora el fulgor de dos cuerpos reposa como estampas vagas en la noche.


X

Desnudos. Tienen los ojos blancos y es casi como abrazar la lengua de un muerto. Vienen manos cubiertas por el terror y se adentran por túneles irreparables bajo la herrumbre. Temen. Es una soledad sucia en la que tiemblan los residuos de la memoria. No hay palabras ante la destrucción. Esta desolación inefable endurece las bocas.

Homenaje a Egon Schiele
Medellín, septiembre de 2014



La poesía no está en todas partes. La poesía es esquiva. Se abisma. Ella está en la conciencia de las palabras, en la tensa vigilia de la realidad más próxima, y es en esta conciencia, en esta vigilia, en su deseo, en su búsqueda, donde el poeta se instala. Remanencia es lo que surge de la ceniza para reinventarse. Es el silencio que deja una mano al desprenderse de su escritura, pero también su insistencia. Es el límite, el riesgo de dar un paso más en la sombra y no saber a dónde lo llevará ese gesto. Remanencia es lo que impulsa al cuerpo hacia una aventura íntima, hacia un gozo que respira más allá de las manos, más allá de las bocas, en el misterio...

Lucía Estrada

Fuente:
Hincapié Marín, David. Remanencia. Corazón Negro Editores, Medellín, 2014.






Abro la noche, de David Marín Hincapié, Edit. Fundación Arte & Ciencia, 2011. Beca de Poesía Joven Alcaldía de Medellín.

Disquisiciones en torno al libro “Abro la noche”  
Por Antonio Botero Palacio

Poesía y no verso

Abrir las puertas de la noche no es fácil. Alumbran su misterio y su insondable soledad luceros tránsfugas que desnudan la intimidad de los soñadores. Se prenden a su inasible transparencia, atadas con lianas inconsútiles, escaleras de sueños, donde la luna cómplice pinta la palidez de los muertos que viajan por los caminos de lo incierto o arrojan al infinito las gélidas cenizas que van a finiquitar “en la boca del olvido”.

Abrir las puertas de la noche es llenar el horizonte de espejos multiformes.

David Marín Hincapié, que es apenas un niño travieso de la poesía, invoca una temática que adjetivan el frío y la nostalgia y alimentan “los delicados pájaros del delirio”. El sueño acurrucado en “el vientre de la noche”; “la lengua de la noche mostrando la puerta del olvido”; el mar, que “es el grito que arroja la desnudez del agua” y, la noche donde “los pezones surgen como una elongación divina de lo oscuro”.

Así discurre iluminada de magia la poesía de este joven poeta que: “Puestas las manos sobre la piel de las palabras”; en su viaje nocturnal “se hunde en la noche que es de pelusa tibia”, para regresar con un cansancio prematuro, “Quizá después de haber recorrido mis silencios, mis desfiladeros, mis indescifrables caídas, mi noche ebria”.

No entiendo hasta donde el alma del escritor que apenas inicia la jubilosa carrera trasteando infinitos y saboreando las primicias de la metáfora, –no entiendo– esa desatada propensión a gravitar en los peligrosos mundos de un saudade, más natural para viejos y son incomprensibles sus palabras: “Cuando el ave traza el canto puedes escuchar la sinfonía de no creer en la esperanza”.

Su altiva juventud es la borrosa imagen de un potro salvaje que se detiene al precipicio que le ofrecen las reconditeces de lo abstracto, y, es precisamente en ese momento cuando le asaltan: “El gesto inocente de la mariposa que muere”, “el temblor del niño”, “una mano que se aferra a la otra”, para exclamar en su demencia: “He llegado a la muerte, lo sé”.

Como figuras fantasmales, trascienden en su obra los signos de la oscuridad, y lo grita desvergonzadamente desde la cúpula de sus veinte años: “Soy un fantasma de la palabra, me digo. Debo decir adiós a las visiones de la vida, del nombre, del poema, definitivamente”.


David Marín Hincapié - Abro la noche

Este poeta, símbolo de una juventud, lanza en ristre, está plantado en el escenario de sus sueños enfermos y es, sin duda, el actor principal de una tragicomedia escrita con pinceladas de sangre, pero, que, en su grito dolorido, definitivamente tiene el encanto de una voz en tono mayor donde desembocan apretujados todos los gritos de un porvenir maravilloso.

Este retazo de juventud con todas las banderas, de la locura, de la esperanza, de la fantasía y de los sueños echadas al viento llegará, indudablemente muy lejos si encuentra los caminos del amor y de la constancia. Creo en su palabra: “No son los libros lo único dispuesto para leer. Se pueden leer las estrellas, las nubes, las manchas de las lagartijas… y saber lo que dice el agua inmóvil, es entender que lo bello en el mundo se reduce al silencio”.

antonioboteropalacio@hotmail.com




El gusano

Arthur Rimbaud, recostado en materias deleznables, persigue el ritmo de la respiración. El aire de esta noche es su perpetua búsqueda. Sumergido en la oscuridad, su único deseo es salir corriendo. Ahí está, como la piedra y el metal, el cuerpo tocado por la fiebre. Ahí está el grito sórdido de cada célula. La piel erizada. Pobre muchacho, toma aire para arrebatarle la calma a las estrellas. Aspiras, entonces, el vacío y el silencio. Mueves un ojo y luego otro para beber la imagen. Percibes un leve mascullo del cerebro en la inmensidad de la tierra. A tu mente llega la visión: un campo de rostros apretados, las manos ocultan la boca. Un gusano húmedo y baboso se arrastra por tu pierna derecha. Detrás de él hay una estela azul. Ahora se dirige al ombligo. Penetra la carne lentamente como una verdad tibia. Sientes el ahogo. Invadido por la sensación recuerdas el orgasmo. Los pulmones vuelven a inspirar. El ojo vuelve a abrirse. La piel vuelve a erizarse. Gimes. Miles de gusanos abandonan ese pedazo de cuero que se desinfla y reposa en un montón de huesos.


La espera

Despierto en ese lugar del silencio. Me oculto en los pliegues del espanto y el deseo de callar. Ojos que pasan y repasan el brillo de un sol negro. Puerta de la noche que se abre al jardín del mutismo. A un lado, un murmullo de hiedra. Al otro una melodía cercana al llanto. Negras y más negras las miradas del ojo que todo lo ve. Mis manos en la piel de las palabras. Humedad, bruma, vapor de locura. Celebración del éxtasis en la punta de los dedos. También de la imagen que inhalo desde la oscuridad. Y de aquella que asciende y se difumina. Me pregunto si habrá algo más después del espejo nocturno. Sé que no hay temblor entre los labios. Es esto una fiesta de la quietud. Alguien debería inmolar el gemido de un veneno que se fermenta en la cabeza. Otro, que ha escuchado, debería cortarse las orejas y arrojarlas hacia atrás en su camino. Un soplo de calma recubre el escollo y el ensueño de la expectativa. Ahí enfrente alguien se espera a sí mismo. Ahora es el instante para comprender que no hay senda ni recorrido. Que la permanencia es un temblor prístino alrededor del fuego nocturno. Que toda espera es abolir la certidumbre.



La caricia

La muchacha es de costumbres árabes. Sus piernas desnudas traen el brillo del desierto. El cuerpo es una manifestación de seducción que intenta traspasarme. Puedo notar la elongación de sus ojos. Y más allá esa mirada diciéndome: “Tu pasado es fulgor de sensaciones. Eres línea celestial disipada en espanto. En tu piel, más que claridad, encuentro ímpetu, anhelos de salir corriendo por los campos. Eres la eternidad del poema, porque lejos del reconocimiento y la aceptación, tú eres el propio poema. Nadie volverá a leer esos versos de la infancia. Esos balbuceos de la adolescencia. Ya ni tú mismo los recuerdas. Has olvidado las blasfemias, los escándalos del amor y el desamor. La escritura que diste es una selección de hermetismo e ingenuidad. Y de alguna manera se aferra a tu biografía para escapar de la desilusión. Tu palabra no tiene la fuerza de esas ventiscas que te ensimismaban en los bosques franceses. Porque tus revelaciones provenían de esa relación casi mística con la naturaleza. Tus dioses del parnaso te han desterrado de la geografía poética. Te creías ángel rodeado de palomas blancas, cuando eres rebeldía cultivada en los predios del egoísmo y la vanidad. ¿Qué misterio piensas desentrañar, cuando la gangrena te masque y te escupa para devolverte a la nada como una insoportable putrefacción? ¿Qué gemido prorrumpirás cuando huelas a plenitud de bacterias y la sangre te abandone por los orificios que fabriquen los gusanos? ¿Qué ay proferirás cuando la mosca sea el único animal que se te arrime?”. Entonces la tomo por las manos que huelen a jazmín. Una música de panderetas invade mis oídos. Le pido que baile. Escucho los sonidos que producen sus nalgas. Le doy una palmada en ellas y de su boca surge una sonrisa. La muchacha pasa una mano por mi mejilla. Y en esa caricia sus preguntas se han ido de mi mente.



El rostro

Tu pierna sangra. Tu tiempo va a ningún lado. Porque el tiempo se desperdiga en el goteo. Hay moho en rincones de tu cuerpo. Moverte sería provocar el cauce de líquidos viscosos que te invaden. Estás acostado y a tu lado una ventana deja ver la dimensión del día. Tu rostro es una dolencia que se alimenta de nostalgias. No persigues la salvación porque no hay nada para preservar. Estar en algún lugar de la incertidumbre es estar en los dominios de la muerte, piensas. Miras a cada momento por el ventanal. Hay movimiento en las nubes. Se forma una cadena de ellas y tú descubres allí el signo de la brevedad. Porque el rostro que creías ver se ha convertido en el vuelo de un cuervo. El ave traza el canto y en el puedes escuchar la desesperanza. Prefieres, entonces, cerrar los ojos. Sientes que te surcan intensos dolores. Pero te acoges al reino del silencio y caminas territorios donde la placidez deja de ser una simple sensación. Sabes que no hay cuerpo capaz de soportar el ardor de esta etapa incandescente de la vida. Y mientras terminas de concebir ese pensamiento, te dejas llevar por un soplo que entra y con el cual te sientes curado. Intentas levantarte. Tus huesos traquean como una banca destartalada. El movimiento es un grito que se disipa en gemidos. Es un lamento que recorre la desolación y te lanza, de nuevo, a esa habitación olorosa. Eres ningún sentimiento. Lo sabes porque al entrar en predios de la muerte entras a ningún pensamiento.

Fuente:
Hincapié Marín, David. Abro la noche. Fundación Arte y Ciencia, Medellín, 2011.





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