jueves, 14 de enero de 2016

JUAN MARÍA MAURY [17.897]



Juan María Maury

Juan María Maury Benítez o Juan María Maury Pleville (Málaga, 1772 - París, 1845), escritor español.

Hijo de Juan Bautista Maury, comerciante acuadalado, y de María Benítez de Castañeda, se educó en el extranjero (Francia e Inglaterra) por lo cual pudo versificar con igual maestría en castellano que en francés. Viajó por Italia. En 1806 publicó en Madrid el poema La agresión británica, escrita con motivo del inesperado ataque que sufrieron en 1804 varios barcos españoles que volvían de América. Tuvo que emigrar a Francia en 1814 como afrancesado por haber apoyado a José Bonaparte y haber sido diputado en las Cortes de Bayona. Años después publicó la oda Al feliz reintegro de la Casa de Borbón en los tronos de España y Francia, Madrid, 1818, traducción italiana del conde Próspero Balbo, Turín, 1822. Siguió Espagne Poétique, París, 1826-1827, donde tradujo primorosamente al francés los clásicos de la lírica española desde el siglo XV con ilustraciones biográficas, históricas y literarias.
En sus poesías pudo tanto mostrar originalidad como imitar a Virgilio, al Ariosto, a Dryden y a Pope; le distingue la plasticidad y dominio de la forma, lo que ofrece gran consistencia a sus estrofas.


Obra

Destacan sus poemas sueltos La ramilletera ciega y el romance La timidez. Es bastante más largo Esvero y Almedora, poema en doce cantos (París, 1840 y Barcelona, 1841), que narra el famoso episodio medieval del Paso Honroso del caballero Suero de Quiñones (Esvero en la obra), en octavas reales. El tema había sido ya tratado por el Duque de Rivas ("El paso honroso", en sus Poesías, 1820 en versión definitiva) y fue un poema de larga gestación, pues ya estaba bastante adelantado en 1826, según declara el autor en ese mismo año en la dedicatoria de su Espagne Poétique y la cita que hizo de él Antonio Alcalá Galiano en el prólogo a El moro expósito del Duque siete años más tarde. No se trata de una epopeya culta, sino de un romanzo a la italiana de compleja pero muy estudiada trama, donde es patente la huella del Orlando furioso de Ludovico Ariosto y donde se intercalan a manera de descanso pequeñas narraciones originales o de origen folklórico o literario, y cuyo propósito es ensalzar las virtudes caballerescas frente a su trivialización por parte de los libros de caballerías. También las ocasionales digresiones, como la que ocupa el principio del canto IV sobre el Arte y la Crítica poseen la función de distraer cuando la acción principal desfallece. Las estrofas están magníficamente cinceladas según los más exigentes criterios del Neoclasicismo. Se trata de un poema de un clasicismo liberado que contrastaba con algo más puramente romántico, el liberalismo moderado de El moro expósito, del Duque de Rivas, que sí puede considerarse propiamente una leyenda. Los valores del poema lo sitúan sin embargo entre lo mejor de la poesía narrativa del siglo XIX. Tras la aparición de este poema su autor sostuvo una cierta polémica con el poeta Juan Nicasio Gallego.

La pericia en cuestiones de métrica de Maury se evidencia en una interesante carta sobre el verso endecasílabo que fue publicada en la Gramática de Vicente Salvá. Fue académico honorario de la Española y poseía la Gran Cruz de Carlos III. Destacó como poeta de formación neoclásica y como comentarista de la lírica española.

Bibliografía

Alberto Gil Novales, (dir.), Diccionario biográfico del Trienio Liberal, Madrid: El Museo Universal, 1991.
Germán Bleiberg y Julián Marías, Diccionario de literatura española, Madrid: Revista de Occidente, 1964 (3.ª ed.)




“Para mí ni belleza ni gala
tiene el mundo, ni luz ni color;
más la rosa del cáliz exhala,
dulce, un hálito, aroma de amor.”


LA RAMILLETERA CIEGA


Caballeros, aquí vendo rosas;
frescas son y fragantes, a fe;
oigo mucho alabarlas de hermosas
eso yo, pobre ciega, no sé.

Para mi ni belleza ni gala
tiene el mundo, ni luz ni color;
mas la rosa del cáliz exhala,
dulce, un hálito, aroma de amor.

Cierra, cierra tu acero oloroso,
tierna flor, y te duele de mí:
no en quitarme tasado reposo
seas cándida cómplice asi.

Me revelas el bien de quien ama,
otra dicha negada a mi ser:
debe el pecho apagar una llama,
que no pueden los ojos arder.

Tú, que dicen la flor de las flores,
sin igual en fragancia y matiz,
tú la vida has vivido de amores
del Favonio halagada feliz.

Caballeros, compradle a la ciega
esa flor que podéis admirar;
la infeliz con su llanto la riega:
ojos hay para solo llorar.


La Timidez


A las márgenes alegres
Que el Guadalquivir fecunda,
donde ostenta pomposo
El orgullo de su cuna,

Vino Rosalba, sirena
De los mares que tributan
A España, entre perlas y oro,
Peregrinas hermosuras.

Más festiva que las auras,
Más ligera que la espuma,
Hermosa como los cielos,
Gallarda como ninguna,

Con el hechicero adorno
De tantas bellezas juntas,
No hay corazón que no robe,
Ni quietud que no destruya.

Así Rosalba se goza,
Mas la que tanto procura
Avasallar libertades,
Al cabo empeña la suya.

Lisardo, joven amable,
Sobresale entre la turba
De esclavos que por Rosalba
Sufren de amor la coyunda.

Tal vez sus floridos años
No bien de la edad adulta
Acaban de ver cumplida
La primavera segunda.

Aventajado en ingenio,
Rico en bienes de fortuna,
Dichoso, en fin, si supiera
Que audacias amor indulta,

Idólatra más que amante,
Con adoración profunda,
A Rosalba reverencia,
Y deidad se la figura.

Un día alcanza a otro día
Sin que su amor le descubra;
El respeto le encadena
Y ella su respeto culpa.

Bien a Lisardo sus ojos
Dijeran que más presuma;
Pero él, comedido amante,
O los huye o no los busca.

Perdido y desconsolado,
Una noche en que natura
A meditación convida
Con su pompa taciturna,

Mientras el disco mudable,
En que ceñirse acostumbra,
Entre celajes de nácar
Esconde tímida luna;

Al margen del sacro río
La inocente suerte acusa,
Y así fatiga los aires
Con endechas importunas:

«Baja tu velo
Amor altivo,
Mira que al cielo
Osado va;
Buscas en vano
Correspondencia;
Amor insano,
Déjame ya.

»Déjame el alma
Que otra vez libre
Plácida calma
Vuelva a tener:
¡Qué digo, necio!
El cielo sabe
Si más aprecio
Mi padecer.

»Gima y padezca,
Una esperanza
Sin que merezca
A mi deidad;
Sin que le pida
Jamás el premio
De mi perdida
Felicidad.

»Tímida boca,
Nunca le digas
La pasión loca
Del corazón,
Adonde oculto
Está su templo,
Y ofrenda y culto
Lágrimas son.»

Más dijera, pero el llanto,
En que sus ojos abundan,
Le interrumpe, y las palabras
En la garganta se anudan.

Cuando junto a la ribera,
En un valle donde muchas
Del árbol grato a Minerva
Opimas ramas se cruzan,

Süave cuanto sonora,
Lisardo otra voz escucha,
Que, enamorando los ecos
Tales acentos modula:

«Prepara el ensayo
De más atractivos
La rosa en los vivos
Albores de Mayo:

»Si al férvido rayo
Su cáliz expone,
Que el sol la corone
En premio ha logrado,
Y es reina del prado
Y amor de Dïone.

»¡Oh fuente! En eterno
Olvido quedaras
Si no te lanzaras
Del seno materno;

»Tal vez el invierno
Tu curso demora,
Mas tú, vencedora,
Burlando las nieves,
A tu ímpetu debes
Los besos de Flora.

»Y tú, que en dolores
Consumes los años,
Autor de tus daños
Por vanos temores,

»En pago de amores
No temas enojos,
Enjuga los ojos;
Que el dios que te hiere
Más culto no quiere
Que audacias y arrojos.»

Rayo son estas palabras
Que al ciego joven alumbran,
Quien su engallo reconoce
Y la voz que las pronuncia.

Y al valle se arroja, adonde
Testigos de su ventura
Fueron las amigas sombras
De la noche y selva muda;

Mas muda la selva en vano
Y en vano la sombra oscura:
No sufre orgullosa Venus
Que sus victorias se encubran.

Lo que celaron los ramos
Las cortezas lo divulgan,
Que en ellas dulces memorias
Con emblemas perpetúan.

Las Náyades en los troncos
La fe y amor que se juran
Leyeron, y ruborosas
Se volvieron a sus urnas.









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