sábado, 10 de enero de 2015

MARCELO GOBBO [14.446]


Marcelo Gobbo 

(Argentina, 1966) es escritor, realizador televisivo y cinematográfico, músico y docente. Ha escrito ensayos, poemas y relatos, algunos de los cuales han aparecido en diversas publicaciones de Buenos Aires y del interior de la Argentina, en un libro editado por la Universidad de Pittsburg (sobre Ricardo Piglia) y en diversos sitios de internet, además de tener dos novelas rigurosamente inéditas. Creó una publicación sobre literatura, cine y música, fue coordinador y docente en la escuela de cine Aquilea, trabajó como editor, libretista y realizador en varios canales por cable dedicados a la educación y compuso música para comerciales, videos y teatro. El Camarote Ediciones publicó su libro de relatos Barbarie y civilización y Ediciones De La Grieta el volumen Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas, ambos en 2012. Es colaborador habitual del blog La Estantería.


Desbordado

Sabes, este manicomio tiene
un patio
un cielo
y los hombres atados a sus mástiles.

Buenos Aires, 1982



Nieve

El silencio que precede a la nieve es absoluto.

Es absoluto el silencio
que precede a la nieve
cuando me aferro a este teclado
para calmar la ansiedad
por los primeros copos.

La nieve precedida por el silencio absoluto
no sabe de explotaciones turísticas
ni de partes meteorológicos
ni de poemas. Es nieve.

Y cuando por fin llega
tampoco de mí sabe,
ni del silencio.

Solo nieva



Una brisa
sopla el velo
de sus ojos
y al silencio
de la noche
llegan árboles.


Regreso

            Hoy el universo es lo que ves,
            tu cuerpo ya no es mi rincón,
            hay elementos que ahora están de más.
            De una canción de Entre Ríos

La ciudad está en ruinas, sin calma:
la antigua daga indócil.
Inútil respirar mientras me inspira;
soy su hijo y la paro.
La primera luz: amnesia,
tajo anclado en los ojos,
y el sol que palpita sobre un
titilar de hojas muertas,
como mi reflejo
en el agua estancada
de su amor seco.
Lucho contra su voz que no me llama.

Fantasma, ¿también yo
soy tu espectro?
El silencio no admite
más que reconocimientos
allí donde la mirada
es otro exilio sin postales.

Soy papel y soy lápiz,
soy tu mano,
soy un pecho ahuecado
por el cemento:
bajo esta misma luz, la calle
repite el día de ayer


La muerte en este jardín

En memoria de Carlos Fuentealba

I

Vuelve a sí el instante y el fragmento,
lo único acordado para el paso
de tu muerte
por mi pena.


II

Cuando la muerte sabe a rabia
la infección se extiende y brotan
jaurías de la tierra,
del fango, del estiércol;

brotan como plaga, los dientes enlazados
a la carne ajena, cual sarmientos voraces.

III

La ley de la muerte no es
la legalización de la muerte:
es el aliento que huye
y no el desaliento que ejecuta;
es el retorno a la tierra y no
la desesperada convulsión
sobre el asfalto que pronto
se hace mortaja de sangre.


IV

El único cambio absoluto
de nuestras vidas
es la muerte.

La muerte propia.

La ajena sólo golpea
como el cincel del escultor
que da forma a la piedra que nunca sangra.


V

Ocultar la muerte: la estrategia
de una excitada multitud de zombies.

San Martín de los Andes, 2007


http://circulodepoesia.com/2015/01/poesia-argentina-actual-marcelo-gobbo-foja-de-poesia-no-490/





El repliegue, El suri porfiado, 2015.

8

Para la embarazada
dos disparos
delante del marido

uno en la panza
dos pájaros de un tiro
el otro en la sien

pero qué hizo
imbécil
no le dio tiempo al zurdito a abrir la boca

pero qué hizo
tagarna
no sabe que no somos abortistas

eso va contra
la tradición la familia
la e-co-no-mí-a

contra las sobremesas
y después
si no se para

bastaba con violarla hasta cansarnos
si estaba fuerte la mina
a pesar del bombo

o acaso es puto usté.



10

Mi abuelo Carlos
suplantó a Brahms y a Scheherezade
por el mate cocido y las galletas
en el segundo recreo del secundario

él sí
sabía nutrirme

mi abuela lo evitaba
y él siempre la miraba extraviado
entre el embeleso y la calentura
como hacemos todos

los varones
enamorados

también tenía
una estufa de cuarzo junto al escritorio
y una úlcera en la pierna
a la que había que curar con azúcar

siempre supe
que murió de amor y tristeza.






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