martes, 20 de enero de 2015

ELAINE VILAR MADRUGA [14.540] Poeta de Cuba


Elaine Vilar Madruga

La Habana, Cuba  1989. Narradora, poeta y dramaturga. Licenciada en Arte Teatral, especialidad Dramaturgia por el Instituto Superior de Arte (ISA). Miembro de la AHS. Ganadora de diversos premios nacionales e internacionales. Su obra ha sido editada en antologías a lo largo del mundo.

Ha publicado la cuenti-novela Al límite de los Olivos, Editorial Extramuros 2009; La hembra alfa (cuento), Editorial Letras Cubanas 2013; Promesas de la Tierra Rota (novela juvenil), Editorial Gente Nueva, año 2013; Salomé (noveleta), Casa Editorial Abril, 2013; Dime, bruja que destellas (cuentos infantiles), Casa Editorial Abril, 2013; Alter Medea (teatro), Antares Publishing House of Spanish Culture, Canadá, 2014; De caballeros y dragones (cuentos infantiles), Ediciones La Luz, 2014; Framboyán (poesía), Ediciones La Luz, 2014; Soy la abuela que vuela (cuento infantil), Ediciones Unión, 2014; El árbol de los gatos (teatro), Metec Alegre Edizioni, Italia, 2015; Bestia (novela), Lugar Común Editorial, Canadá, 2015, Los arcos del norte (cuento), Editorial Gente Nueva, 2015; Carmen, la gitana del amor, (literatura juvenil, escrita en colaboración con Enrique Pérez Díaz), Editorial Gente Nueva, 2015; Escudo de todas las cabezas (poesía), Ediciones Loynaz, 2015; Hentai (teatro), Ediciones Loynaz, 2015; Culto de acoplamiento (cuento), Editorial José Martí, 2015; Las criaturas del silencio (poesía infantil), Editorial Sanlope, 2015; Canto de cisne (poesía), Editorial Voces de Hoy, Miami, Estados Unidos, 2016 y Sakura (poesía), Editorial Desbordes, Santiago de Chile, 2016.
  
También ha compilado y prologado Axis Mundi: antología de cuentos cubanos de fantasía, Editorial Gente Nueva 2012 e Hijos de Korad: antología del taller literario Espacio Abierto, Editorial Gente Nueva, año 2013.





Semejanza remota entre las manos de Penélope y las mías…

He comido de la carne de los nidos.
El hambre fue insuficiente,
esqueleto de las crueldades que pude esperar
para asomarme a las luces baldías,
inclinadas sobre el filo de las aguas.
Mi intimidad es insignificante
ante tantas cosas,
me acecha la perversidad
como la mordida de cien rutas ateridas.
El camino del tedio no ha encontrado otros senderos
que la llamada de mi cuerpo,
el camino del tedio emigra
a través de los ojos de la noche.
Veo la ironía como las barcas impronunciables de Ítaca,
llevando  una decadencia minuciosa en cada ancla,
la derrota del deslave aferrándose a lo remoto.
Las barcas de Ítaca eran sólo un anuncio de mejores tiempos.
Las barcas de Ítaca no pudieron nadar hacia la costa:
buscaron la muerte salobre del olvido.
Cuánto se parecen a mis manos.

22 de junio de 2011



El Árbol

A aquellos que ya olvidamos.
A Mamaíta.
A mi familia. 
El sol negro de la espera es estéril:
ya sé que nadie regresará
desde la orilla perdonada por mis manos.
Es amargo el vino y la uva,
y mi cuerpo un adiós irreversible
a esos otros que no veré nacer
-acaso no conozca ni sus nombres.
Me serán invisibles como el polvo
sus cortejos de jazmines,
no sabré si les faltan las palabras,
si el tarot los ancla a esa otra tierra
como las crines empotradas del tiempo.
Mi espera es inútil: su asombro ha indagado
por caminos de regreso ya inexistentes,
el arco de los muelles
tiene preparada la saeta y la ponzoña.
No existen agujas para cerrar el círculo y coser distancias.
Mis ojos son dos luciérnagas tardías
que no ven las millas invisibles
donde no llega la ira ni el lamento,
acaso tampoco las palabras que nutren el mapa de regreso:
amargos aún el vino y la uva
y el asombro domesticado de la espera.
El Árbol de mis hijos se ha quebrado,
dirían los patriarcas con una mueca imperdonable.
El Árbol se ha roto en el fuego,
y luego las cenizas fueron a abonar las aguas
-las malditas aguas del viaje de no retorno-
y esas cenizas se nos hicieron un cáncer de olvido en los pulmones.
El sol negro de la espera es este Árbol estéril
donde colgamos todos de cabeza,
con los ojos abiertos como peces.
Somos espejos del Árbol muerto,
dirían los patriarcas si pudieran,
pero el tiempo de hablar se ha terminado
y la incógnita del Árbol
es sólo otra bestia silenciosa.

4 de marzo de 2010




666

“... interpreten la cifra de la Bestia.
Se trata de un hombre, y su cifra es 666.”
Apocalipsis 14; 17,9 
Voy a interpretar la cifra de la Bestia:
tres números en fila,
la abstracción,
una música de Satie suena en mi lengua
y la utiliza como cuerda.
Babilonia ya ha sido degollada
y las piedras se alimentan de su verbo.
El tiempo se acaba con el 6,
yo no desisto:
tengo que interpretar la fila,
la cifra de la Bestia,
consumir la abstracción
así sea a dentelladas,
acunar al cangrejo de mi muerte
como antes acuné a mis hijos.
Hay poder hasta en los números.
Nadie sabe qué venganza,
qué bestia marina se oculta
en una fila de tres caracteres,
seducción efímera de agujas.
La tinta no me alcanza
Y Satie se mueve entre mis labios
con saudades grávidas de tiempo.
Se trata de un hombre y una cifra:
una escalera de tres,
un naipe bestial que se aglomera
sobre una gota de agua.
La ola paralela de la costumbre
detiene a mi cabeza.
Las matemáticas y mi madre
son otros dolores abstractos
de esa Bestia que llamamos Tiempo.
Ya sé que no puedo comprárselos a la muerte,
ni inscribirlos con tinta necesaria
en el libro de la vida.
A mi madre la parí con sangre y dolor
-el dolor es una ley escarlata-.
Aun así cayó bajo las nieblas de los años
y hoy no puedo recordar
los gestos que hacía con los ojos,
ni signos al azar,
ni restas ni ecuaciones
que me hagan sobrevivir en estos números
de los cuáles soy sólo la cabeza.

30 de enero de 2010





Dejarte amar III

Me he asomado al lodo vidrioso de los ríos.
Entonces supe que era Ofelia,
y la muerte en mi pómulo
una larva abatida de la incógnita:
ser o no ser,
                    y el sargazo impávido
del vientre de las bestias
una escupida de dios para mostrarme
que he tragado la eternidad,
                                        buche a buche,
con el hábito fértil de la espera.
Donde otros descubrirán la herrumbre
yo pongo las flores azules del ahogado.
El grano vendrá a sembrarse
en mi mejilla como la pregunta a dios
que otros podrán responder
cuando sepan que soy Ofelia:
míos todos los maderos imposibles
a los cuales pude asirme,
                                     pero no.
El esqueleto de las aguas
era una espiral demasiado portentosa
para negarme a beber lo eterno de su carne,
y esta pantomima de fingirme muerta
una parte más de la máscara que llamo rostro:
soy la bestia llamada mujer ahogada.
Esta incredulidad que otros leerán en mis manos
es nada más que un insulto a los escribas
y a sus manías de animales sumergidos.
Sepan todos que yo tuve la promesa de un rescate,
el juego de las improbabilidades
abandonándome en el segundo
en que el aire fue agua,
                                     y nada más.
Yo esperaba la luz,
                             el rumor de la mano conocida
arrastrándome a los márgenes de la historia,
no sabía que la eternidad era persistente
y se introducía en mis palabras como un naufragio premeditado.
Sepan todos que esperé
como se espera al animal milagroso de los incrédulos.
Sepan todos que esperé
la incoherencia de lo eterno,
con la manía lógica de las bestias
que no saben dejar de amar.
                                                                                   
23 de junio, 2010





Safo abandonada

Ella abrazó la disonancia.

Sus huesos rugían en la incredulidad.
No supo cómo,
pero todas las playas del mundo se le convirtieron
en un cuenco vacío.
Debajo de ella:
                               las legiones de mi signo,
mi nuca diluviante.
Pero había buscado la disonancia
en esas otras leyendas
de los huesos,
y lamió todo el fango y la violencia,
y los nidos de los insectos que jadeaban.
Había buscado las pandemias desmedidas.
Prefirió todo a estar junto a mí
en esta costa de Lesbos donde yo
                                                         (sólo yo)
fui la incrédula,
tonta mujer de poesías
que escribió sobre el escorzo de sus huesos,
una mañana antes de dios:
                            ella abrazó la disonancia y los escudos.

Sobre el polvo escribí mis torceduras,
pero qué puedo saber yo de la leyenda:
soy sólo esa mujer que se esconde
en los huecos de las costas siempre iguales,
todavía tengo la ingenuidad entre los párpados
para escribir del aliento de bestias fabulosas.
Ella eligió la incoherencia.
Eligió amar los telones desconocidos
donde se extendió como una sombra sin mesura.
Escogió la blasfemia y el desorden,
—tenía los dedos más hermosos de esta tierra—
pero qué puedo saber yo,
                                                mujer que canta
                                a ese nombre que todos olvidaron,
qué puedo saber yo
si cargo con una ignorancia de diez milenios,
si fue suya otra costa, y otros hijos, y otra manera de ver el mar,
y un signo para desnudar los ojos de los monstruos.
A mí me tocó quedarme entre estas piedras
con una taza de polvo en los dedos:
                                                      escribiendo.

Ella eligió por mí, por lo imposible.

Hoy, amante mía,
                            diluvias
en la raíz acorralada de las hambres.
Yo también escogí ser la mujer,
la esclava de Lesbos y la espada,
la Reina que atrapó las melenas de la muerte
con un peine ancho como la tierra.

A veces soy todavía Safo.
Otras,
                       la noche.
Casi siempre el silencio,
                                la gota jadeante.
A veces soy Safo.
                            Poeta.
                                           Y Maldita.
Mujer que llora.
Cuándo dejaré de ser yo.
                                                                           
24 de diciembre, 2011




Tigres de Blake

William Blake hablaba sobre un tigre.
Se me adelantó más de un centenar de años.
A mí, los tigres me fascinan,
sobre todo aquellos que describió Willie
con minuciosa lengua sobre las páginas.
La asimetría me parece cosa inconstante,
pero aun así siento la perversidad del tigre de Blake,
su doble llamado en el desgarro,
las manos colocadas en la boca.
Willie gritaba esas cosas que son el privilegio de los dóciles,
el tigre se abría de panza para enseñarle las entrañas marchitas.
Qué podría saber Blake de los tigres.
Imaginaba hambres oscuras,
arrodillarse ante sus ubres y mamar la leche delatada,
qué podría saber Blake de los mamíferos rayados,
aunque los llamaba como nadie más supo,
como quien le grita al vecino por un pedazo de pan,
un gramo de azúcar,
la sal necesaria para implicarse los dedos.
Willie llamaba a los tigres
con extrañas ramificaciones de hambre.
Se me adelantó dos siglos y tantos años más.
Tomó una distancia intolerante,
me escupió la ignorancia de no saber,
                                                               hasta hoy,
con cuánta verdad llamaba a los tigres,
les cerraba los ojos,
les limpiaba los colmillos.
Blake sabía tantas cosas:
me obligó a amar a los animales desnudos,
a temer a dios,
a besar los ojos de la bestia.
                                                                              
22 de junio, 2011


*




Estos textos pertenecen al libro Escudo de todas las cabezas (Ediciones Loynaz, 2015).


Quedaste sola


A ti, que has vivido junto a mí las vidas de tantos.


I

hoy vendí mis ojos mi paciencia mi corazón mis pulmones mi páncreas
[mi hígado.
vendí hasta mi útero.
subasté mis viejas cosas       cambié de casa
de cuerpo.
algo demasiado nuevo se ha mudado
pero yo revierto la entropía
escribo finjo que escribo la última línea
algo que dice
hoy vendí mis ojos mi paciencia mi corazón mis pulmones mi páncreas
[y mi hígado.
hoy demolí mi casa. se acaba el mundo     muere dios y la palabra.
se vomita la niebla.

nadie me mira. nadie entiende.
no es tan simple entender.


II

siempre hay alguien que se atreve a comprar un corazón usado un hígado
[viejo
pulmones sin garantía de reembolso.
        siempre se compran los derechos sobre tus despojos .
y mis viejas cosas se van mi viejo mundo se va dentro del cuerpo de tanta
[gente
mi carne diseminada por cinco continentes como la peste bubónica.


III

hacer el mundo de nuevo.
en siete días y algunos segundos de más.
crear el mundo. crearte.
y el descanso del séptimo día es solo una negación enorme
[temblor del agua.


IV

he respirado el jardín, y de mi soplo se hizo el cuerpo enorme del hombre.
y amé al hombre, revuelta en la tierra como una elefanta preñada.
y el hombre me amó, revuelto en el fango como un elefante en celo.
y luego volví a respirar   era imposible seguir conteniendo el soplo
[y la hice a ella
a la elefanta desnuda que envolvió su cuerpo en la crisálida.


V

no hay nido. no hay roca. no hay agua.
muy pocas cosas van quedando.
apenas contadas con los dedos de una mano.
la sombra del mundo es un espejo enorme que tiembla/se rompe
/siete años de mala suerte/
se abre.


VI

tengo el tiempo de mi lado: yo parí al tiempo, y le limpié la sangre,
[y saqué su placenta, y
corté el hilo umbilical que nos unía.
y el tiempo me miró a los ojos antes de beber mi leche.


VII

se venden mis cosas viejas. se venden mis cosas nuevas.
el letrero estaba colgado en mi frente.
muchos llamaron a mi casa. querían comprarme, y yo les di un precio
[casi estúpido para que todos fueran felices.
hoy vendí lo poco que quedaba.
siete años de mala suerte son en realidad siete años.

          hay tanto que aguardar bajo los árboles.



Eleusis


“Dios habla a cada uno tan solo antes de hacerle…”
Rainer María Rilke.


en sión
      conocí
la paciencia desnuda    sin ojos:
todo en ella me sobraba.

los héroes ascendía por las laderas
con sus cráneos de hueso
con sus manos de hueso.
apacibles bestias
          que subían
más hermosas que dios
indiferentes a eso que no pude darles
ni siquiera
        quedándome
                 abajo.




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