lunes, 30 de mayo de 2016

CONSUELO MARTÍNEZ ASTORGA [18.808]


Consuelo Martínez Astorga 

(Temuco, Chile 1989) poeta nacida en el lluvioso territorio que cobijó a grandes representantes de la lírica como Teillier, Neruda, Mistral, entre otros,  en este tiempo se detiene en su quehacer diario para sumergirnos en el universo del lenguaje poético.

Con dos publicaciones “La Sombra del Pájaro” (2012) y “Curso de Anatomía” (2015) nos presenta en su propuesta escritural una poesía basada en fragmentos que representan el todo del universo poético. 




Te tocó un té 
con sabor a tilo,
tartamudo y tosco.

Traía trocitos de tímido,
Tesoro tildado y tupido.

Te tocó un té
Taciturno y tranquilo.






Hace un instante, la infancia.

Ahora mismo, otra época.


Hace horas, hoy,                  
Y el reloj sigue igual.  

Años, mañana,                  
Y las estaciones son las mismas.                  

Tiempo todo cruza,                  
Tiempo se consume

¡Se abren los cielos
Y se desatan cadenas!

Porque existe camino
A la libertad.



Descenso

Fragilidad.
El paso interrumpido del resto del cuerpo, 
despojándose como un otoño pisoteado. Una puerta 
oculta los ojos quebrados, 
            el pecho partido, la piel congelada.
Silencio.
El palpitar violento se apacigua
 en el regazo del silencio. 
El reflejo de la noche se agolpa
 tras los ojos.
Polvo.
La herida se abre 
liberando 
su vieja sangre: 
nunca se sabe 
cuándo volverá
y otra
 vez 
la
 luz 
se 
muere 
en los
 párpados 
de 
un 
recuerdo.


La voz del visitante

Todavía me ronda el visitante intempestivo.
Vela bajo la aparición de un fraudulento lenguaje
                                               : ruidos en cadena
                                               : gritos que no se ahogan
                                               : dolores falsos y mentirosos
dilatándome en sus propias veces.
Él en mí y yo en mí. Viene 
cuando se extiende la noche. Pretende entronarse 
pegajosamente sobre mi sangre temblorosa, con miedo desvanecedor
                        Patrón persistente y frecuente.
                        Constante, sin causa alguna.
                        Crónica y exagerada inquietud: inestabilidad
hasta que mi mano
escribe sobre su pellejo: esta es la máscara de otro cerebro.
Y ahora:         Suda dentro de mí, agita
la voz del sueño: falta de conciliación y finge.
No hay razón para su existencia.
Empiezo a oír que esta voz es ficticia.
Así
cargo con mi cuerpo como si no fuera mío,
me percibo lejos e invisible. Desapareciendo
tantas veces
            regresando a mí misma,
terminando por creer en la desconfianza.
(Tal vez nadie creería que soy carne
después de haber sido tantas veces aire).
                        Todo esto es de fuego,
                        se enciende en el aire
                        quemándose en mí
                        y haciéndome otra nueva, cada vez,
                        sin soplar la ceniza.
Aún persiste en mí.
Todavía me ronda la voz del visitante
desea hablar y dejarse brotar: que se hagan seguidor del silencio,
pero aunque en el silencio me enfrente como una copia borrosa 
defiendo y empuño el corazón para vencer.



El conjuro de Léctor Rívano

Para Carla  M. V.


I

El tiempo dilata los fantasmas
y multiplica su intuición,
limitando el mundo y las formas
que, angustiosas, son posibilidades muertas.
Léctor Rívano los conoce.
Cada tarde, frente al libro
posa sus grandes noches sobre las palabras: 
                        las conjura y son inmortales, 
                        las convierte en espíritus que suplantan su credo 
                                                                       por todo aquello que no es cierto.

Con sus astucias abre el laberinto y sale por él.
Léctor permanece a cuentas con su atávico espanto
y los fantasmas
             vuelven a sus polvorientos cajones.
Este conjuro lo salva de que enloquezcan sus sufrimientos,
y descubre que mientras descubre el poema
se le transfigura la muerte.



II

Esta es el alma pasajera,
empuñada, tan silenciosa y lejana
que de las viejas páginas enciende el vapor                       
                        para despertar al escritor perdido
                        e imaginarse los lugares que al amanecer no existen.
Léctor bien sabe
que enunciando los paisajes
continuará conjurando la ilusión entre libros.



III

Desde lejos, el trueno habla a los espejos de Léctor,
combatiendo a luz y agua por la tinta de los viejos libros:
            para hacer volver el aroma de las aguas desconocidas,
            darle patio a las aves que vuelan lejos,
            ocultarse  tras la voz de un mundo invisible
            y empezar por el fuego antes del mar.



IV

Léctor y la noche acercarán las horas, muy cerca,
para que más tarde se unan a crear las hojas
antes de que se vuelen a la memoria perdida.
Se deja al silencio sin relojes
y se convierte en un viento 
que, más allá, viajará a las lindes de la emoción.



V

Rívano nació escuchando la música de los poemas.
Antes de fundarse su profundo sueño
ya quemaba sus ojos de carne
                        con las palabras de sus enterrados escritores favoritos.
Así aprendió que lo invisible es escolta y poción
que sabrán desvanecer las murallas que espantan el alma
y no habrá llave ni lengua más que la suya
que despierten a los árboles muertos.



La entrada experi-mental a la calle 
de los mil ojos

Por la entrada de la calle ya veo los mil ojos,
 mil ojos para probar qué evito cuando tiemblo.

La luna llena les abrió las pupilas 
                        y  frente a mí se multiplican,
se me acercan como estatuas blancas, de grandes patas,
(como la última vez que anduve por aquí).
El sonido de sus pasos percute en mi pecho
y entonces, voy perdiendo el respiro,
disminuyo a cada paso y en mí despiertan las voces.

Se fijan con los párpados muertos
y palpito por completo: ellos se han vuelto para rodearme,
            abren sus bocas
            y estirando sus manos monstruosas no me dejan ni pies ni brazos, 
pero camino 
con la boca cerrada,
endureciendo mis labios,
para no gritar que la noche otra vez me ha llegado a la cabeza.
Yo los miro 
y sus miradas negras se redoblan a bandada
tan dentro como me laten las venas,
y a unas cuadras ya no comprendo y desvanezco.                                             
Todos los ojos se ocultan: otra vez mi invención muere.
                                               Imaginé sus ojos hambrientos y creí en ellos.
Ahora la calle es una callecita y los ojos: una especie mental.



El navegante

Mañana seré un navegante invisible 
                        (Ese que siempre quise ser)
Las velas me llevarán a donde
la mente se niega.
Las aguas me dirán
que los mares existen
y que la inmovilidad es una
                                   obsesión
                                   improlongable.
Pregúntenme, mi cuerpo así no se duerme,
puedo capitanear con los ojos
cerrados,
puedo mover velas de madera.
Allí, entre los dos azules,
iré tras mi tripulación
para dejar esos caminos
                        verdaderamente pocos.
Mi barca está en la orilla,
todavía escuchando la voz de los gestos.
Pronto zarparé
y me iré a las olas trazando 
            otro universo que no obra como yo.

http://grupocasaazul.blogspot.com.es/p/poetica-de-los-plexos.html





COMENTARIO CRÍTICO La anatomía y la sombra: a propósito de la poesía de Consuelo Martínez.


Marcelo Garrido Monroy
Dr. en Literatura Latinoamericana

Publicado en Proyecto Kallfü - Literatura y Humanidades
Región de la Araucanía, Temuco. Chile.
 www.kallfü.cl


0.- Consuelo Martínez Astorga ha publicado dos libros de poesía en la sureña ciudad de Temuco:
La sombra del pájaro (Auto-ediciones Rodríguez, 2012) y Curso de Anatomía (Kallfü Ediciones, 2015). Temuco es una ciudad talismánica (permítaseme el adjetivo raro), enclave urbano clave para el surgimiento del Chile “moderno”: en su derredor se llevó a cabo el proceso brutal de la pacificación del pueblo mapuche; en su cercanía se sigue viviendo la atávica violencia occidental… Talismánica ciudad; en su humedad se reunieron en los años 20 del siglo XX los poetas mayores de esta tierra gravosa: el delgado adolescente Nefalí Reyes, joven-poeta oscuro y Gabriela Mistral, la alta maestra-poeta, de paso, como siempre, por el mundo. Consuelo está siendo, con su poesía, una materialización, una encarnación de esos dos linajes humanos: joven poeta de Temuco y maestra de lenguaje.

1.- En su primer libro, en realidad un poema de largo aliento, hecho de fragmentos, bellamente dispuestos, discurre la poeta sobre los atributos de la sombra y la levedad. Una poética del vuelo en el que cifra con acierto el asunto difícil de la permanencia y las apariciones. Decía yo entonces, a propósito de su poema: “[…] mediante los enigmas del doble y la sombra, el poema expone la antigua tragedia, siempre viva, de este encuentro transfigurador, en el que se gana en sombra lo que se pierde en presencia. El poeta es el gran ausente de sí mismo.” El poeta se fuga de los lastres del yo para hablar desde la sombra. No por impostura cobarde, ciertamente, sino que por una renuncia, que tiene que ver más bien que un desollamiento que con la huida: “la poesía de Consuelo (bascula) entre el deseo liberador del aire, del viento, del vuelo y la negación de este deseo, es decir, del hostigamiento de la materia y su abrazo terrible. Es por esto que el poema se funda en lo que bien pudiéramos llamar la poética de las aves la poética del vuelo.” Con esto quiero decir que, entregado al vuelo al pájaro le queda y le grava la carne escasa y los huesos huecos. La imagen es bella: el ave al vuelo y la del poeta a la caza de la sombra.

2.-Su segundo libro, Curso de anatomía, impresiona todavía más por la expresión breve. La brevedad es velocidad. Y en esta su segunda poesía se ve así, velozmente las formas de lo vivo y su caducidad exasperante. La marcha acompasada del corazón es ya un poema, el ritmo del poema del cuerpo: brevedad epigramática mortal de la carne.

Lo hice: he muerto. Mis labios yacen todavía
ardientes y una levedad profunda me dice que el
sueño se terminó y que mi cuerpo ha regresado
al infinito

(“regreso” de Curso de Anatomía)

3.- El poeta recupera para nosotros el mundo a partir del roce erótico con su cuerpo. Es cierto que ese roce no siempre es placentero, es cierto que de tanto en vez se prefiere la distancia y el ensimismamiento, pero habrá que considerar que esa ruta es estéril o bien conduce a un silencio huero y habrá que considerar entonces la rabiosa restriega amorosa con el mundo. Este eros parte con el reconocimiento del cuerpo propio, es decir, con un cuerpo, salvado para ese amor con las cosas, para que la voz sea y con la voz, las palabras en las que el otro se cita conmigo. Entonces si es así, yo entiendo la conspiración de esta poesía; el cuerpo como conspiración, que me parece viene a ser el último hallazgo de la joven poesía de Consuelo Martínez.






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