sábado, 28 de mayo de 2016

ELLEN BASS [18.793]


Ellen Bass 

Nacida en 1947 en Filadelfia, es una poeta americana.

Bass creció en Margate City, Nueva Jersey, donde sus padres eran propietarios de una tienda de licores. Asistió al Goucher College, donde se graduó con honores en 1968 con su licenciatura. Persiguió un grado de maestría en la Universidad de Boston, donde estudió con Anne Sexton y se graduó en 1970. Desde 1970 hasta 1974, Bass trabajó como administradora en un centro de servicios sociales en Boston. En la actualidad enseña en el programa MFA en la Universidad del Pacífico en Oregon y reside desde 1974 en Santa Cruz, California. 

Sus poemas han aparecido en cientos de revistas y antologías, entre ellos The New Yorker, The Atlantic Monthly, Ms., The American Poetry Review, The Kenyon Review, Ploughshares, and Field .  
Gran parte de su escritura anterior es poesía confesional.

Poesía 

Colecciones 

I'm not your laughing daughter . University of Massachusetts Press. 1973. ISBN 978-0-87023-128-5 .
No More Masks! An Anthology of Poems by Women , co-edited with Florence Howe (Doubleday, 1973) ISBN 978-0-385-02553-9
Mules of Love . BOA Editions. 2002. ISBN 978-1-929918-22-5 .
The Human Line ( Copper Canyon Press , 2007) ISBN 978-1-55659-255-3
Like A Beggar ( Copper Canyon Press , 2014) ISBN 978-1-55659-464-9

No ficción 

I Never Told Anyone: Writings by Women Survivors of Child Sexual Abuse (HarperCollins 1983, 1991) (co-authored with Louise Thornton and others)
The Courage to Heal: A Guide for Women Survivors of Child Sexual Abuse (HarperCollins 1988, 1994) (co-authored with Laura Davis)
Beginning to Heal: A First Book for Men and Women Who Were Sexually Abused as Children (HarperCollins 1993, 2003) (co-authored with Laura Davis)
Free Your Mind: The Book for Gay, Lesbian and Bisexual Youth—and Their Allies (HarperCollins, 1996) (co-authored with Kate Kaufman)

Libros para niños

I like you to make jokes with me, but I don't want you to touch me (Lollipop Power, 1981; Carolina Wren Press, 1993)



Qué me encantaba 

Ver­sión de Rodrigo Flo­res Sánchez

¿Qué me encantaba de matar a los pol­los? Déjenme comenzar
con el camino hacia la granja, cuando la oscuridad
se hundía de nuevo en la Tierra.
La car­retera húmeda y bril­lante como el listón plateado
de un cara­col, y el huerto
con sus ramas escuál­i­das. Me encanta­ban los delan­tales amarillos
de goma y el modo en que Janet anud­aba mi tirante roto.
Y los altares de acero inoxidable
que blan­queábamos, Brian afilando
los cuchil­los, probando el filo con la uña de su pulgar.
Las ochenta y ocho gallini­tas agaza­padas en sus cajas.
Envolviendo con mis manos
sus alas blan­cas, las metía en la urna cónica.
Algu­nas se mostra­ban despre­venidas al estrecharse el mundo;
algu­nas cacare­a­ban y revolote­a­ban; algu­nas luchaban.
Asía una por una, doblaba sus patas brillosas,
sacaba su cabeza a través del embudo para sacrificio,
su pico de quer­atina y la hir­suta y vas­cu­lar cresta roja
que alguna vez las man­tuvo frescas
cuando picote­a­ban en su man­sión de herbaje.
Yo no veía esos ojos pétreos. No pedía perdón.
Desliz­aba la navaja entre las plumas y hacía
rápi­dos cortes semi­cir­cu­lares, cercenando
las arte­rias justo debajo de la mandíbula. La san­gre escurría
como vino de una botella. Después, al ver su miga de corazón,
me cuesta creer que una estrella tan pequeña
pudiera bril­lar de esa forma. Lev­antaba cada cuerpo, lo sumergía en agua caliente
hasta que la escamosa mem­brana de las patas
se desprendía bajo mi pulgar.
Y luego de ser lan­zadas al desplumador,
me encan­tan las aves recién desnudas.Al separar
con pre­cisión cabezas y patas de las artic­u­la­ciones: riquezas
de un hom­bre pobre para un caldo dorado. Hacer
una gri­eta, alcan­zar su cavidad,
lib­erar los órganos, el der­rame del intestino, las molle­jas teñi­das de azul,
las bol­si­tas de los pul­mones, los cora­zones majestuosos,
y aflo­jar, escrupu­losa­mente, de la vesícula el hígado fofo,
su amarga bilis. Y la fas­cia desplegándose
como un aban­ico trans­par­ente. Cuando jalo el esófago
por el pes­cuezo, me encanta la suc­ción y la distensión
al despren­derse. Luego cerceno el ano con su grisácea perla
de caca. Una y otra vez, mis manos exploran
cada cueva, apren­den a ver con las yemas de los dedos.
Como foras­tero en un país desconocido,
entrando en igle­sia tras igle­sia. En cada una, las mis­mas figuras
de la Vir­gen, el Cristo crucificado,
que siem­pre con­sid­eré aterrador,
hasta que Marie dijo que era tierna,
la ima­gen más tierna, cada santo y cada pri­sionero político,
cada poeta encar­ce­lado y cada monje en llamas.
Pero aunque tengo todo el tiempo del mundo
para pen­sar pen­samien­tos así, no lo hago.
Estoy en blanco al enjua­gar cada esqueleto,
y esto es lo que más me gusta.
Como cuando se apaga el refrig­er­ador y escuchas
el silen­cio. Mien­tras el sol ascendía
nos quitábamos nues­tras sudaderas y trasladábamos las hiel­eras a la sombra,
pero salvo eso, no tran­scur­ría el tiempo.
No tenía ham­bre. No deseaba detenerme.
Estaba tomando aire de una reserva luminosa.
Doblábamos cada pol­lita, colocán­dola en una bolsa de plástico,
las con­gelábamos y las sub­íamos a los coches.
Amaba la ver­dad. Incluso en esta única cosa:
ver de frente a lo terrible,
el pacto uni­lat­eral que hace­mos con lo vivo de este mundo.
Al final, restregábamos las mesas, con la manguera limpiábamos la san­gre seca,
la man­cha que flo­recía a través del agua.




What Did I Love

What did I love about killing the chickens?  Let me start
with the drive to the farm as darkness
was sinking back into the earth.
The road damp and shining like the snail’s silver
ribbon and the orchard
with its bony branches. I loved the yellow rubber
aprons and the way Janet knotted my broken strap.
And the stainless-steel altars
we bleached, Brian sharpening
the knives, testing the edge on his thumbnail. All eighty-eight Cornish
hens huddled in their crates. Wrapping my palms around
their white wings, lowering them into the tapered urn.
Some seemed unwitting as the world narrowed;
some cackled and fluttered; some struggled.
I gathered each one, tucked her bright feet,
drew her head through the kill cone’s sharp collar,
her keratin beak and the rumpled red vascular comb
that once kept her cool as she pecked in her mansion of grass.
I didn’t look into those stone eyes. I didn’t ask forgiveness.
I slid the blade between the feathers
and made quick crescent cuts, severing
the arteries just under the jaw. Blood like liquor
pouring out of the bottle. When I see the nub of heart later,
it’s hard to believe such a small star could flare
like that. I lifted each body, bathing it in heated water
until the scaly membrane of the shanks
sloughed off under my thumb.
And after they were tossed in the large plucking drum
I loved the newly naked birds. Sundering
the heads and feet neatly at the joints, a poor
man’s riches for golden stock. Slitting a fissure
reaching into the chamber,
freeing the organs, the spill of intestines, blue-tinged gizzard,
the small purses of lungs, the royal hearts,
easing the floppy liver, carefully, from the green gall bladder,
its bitter bile. And the fascia unfurling
like a transparent fan. When I tug the esophagus
down through the neck, I love the suck and release
as it lets go. Then slicing off the anus with its gray pearl
of shit. Over and over, my hands explore
each cave, learning to see with my fingertips. Like a traveller
in a foreign country, entering church after church.
In every one the same figures of the Madonna, Christ on the Cross,
which I’d always thought was gore
until Marie said to her it was tender,
the most tender image, every saint and political prisoner,
every jailed poet and burning monk.
But though I have all the time in the world
to think thoughts like this, I don’t.
I’m empty as I rinse each carcass,
and this is what I love most.
It’s like when the refrigerator turns off and you hear
the silence. As the sun rose higher
we shed our sweatshirts and moved the coolers into the shade,
but, other than that, no time passed.
I didn’t get hungry. I didn’t want to stop.
I was breathing from some bright reserve.
We twisted each pullet into plastic, iced and loaded them in the cars.
I loved the truth. Even in just this one thing:
looking straight at the terrible,
one-sided accord we make with the living of this world.
At the end, we scoured the tables, hosed the dried blood,
the stain blossoming through the water.


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