domingo, 29 de mayo de 2016

DANIEL CARPINTEYRO [18.795]


DANIEL CARPINTEYRO 

Daniel Carpinteyro nació en Puebla, México en el año 1977. Posee estudios superiores en Lingüística y Literatura Hispánica, y en Lengua Inglesa. Autor del poemario Neurálgica (Verso Destierro/Profética, 2011) y de la colección de prosas breves Silogismos de la Amargura Región 4 (La Cleta Cartonera 2013).

Ha sido editor y reseñista en Profética Casa de la Lectura, y ha colaborado en diversos portales electrónicos y antologías poéticas. Actualmente ejerce como curador residente en el Centro Cultural Liliput, en la ciudad de Puebla.




Oda

A Gûnter Bruss,
Steven Jason Leyba,
Frida Con Todo Mi Odio,
y la Congelada de Uva.


Artistas como reses en el rastro
Artistas como hígados convulsos
Yo me detengo ante el umbral de su dolor incognoscible
Les veo abstraer esas neuralgias con serenidad tan grácil
Que me siento vivo
En su muerte yo me siento vivo.
Con viva urgencia de empinarme ante la muerte.

Yo saludo el embeleso de sus pieles reventadas.
Querría adorarlas extendidas como lienzos
suspendidos por hilos metálicos
O desplegar esa maceración de símbolos negruzcos
sobre el asta de una carabela somalí
a condición de ser la más feroz y desafiante
tormenta sanguínea de transformaciones corporales.
En cada acción diez odinómetros les aventajan
sobre las otras artes, Mártires Artistas,
sobre las tumbas de las otras artes
Marchan las botas industriales del futuro Cánon:
el Mester de Tanatología:
Atreverse a ir a saquear el Arte
descendiendo más y más en el Esófago.
Ustedes me hacen ver, Artistas,
nuestra ubicación:
El vértice del tiempo humano.
Me hacen ver que para ver qué nos espera,
hay que licuarnos de una vez por todas.

En cada Acción un paso al Gesto,
Emancipador y radical el Gesto
de apropiarse el albedrío del cuerpo,
de la conciencia propia, del suplicio
de la llaga propia, Estado, que no es tuyo
mi albedrío de exacerbarme en un Significado Descarnado.

Mártires Artistas del extremo de los tiempos,
les saludo con el labio de mi herida anómala





Oración

Amo de las moscas
bendice mi palabra arácnida.
Inflama su aguijón de fiebre.
Teje con mis manos la horca de toda certeza.
Mi apostolado acuna en su ética
tu sombra.

Saeta
untada en belladona
no me distraigas de tu culto.
Las musas se resecan y desprenden
Perecederas como piel de la serpiente.
Tu punción, en cambio, extremaunción constante,
abduce más allá del estatismo
y alivia de lo somático.

Soy fragmento de tu mórula,
Arcángel de la libertad,
Dragón del albedrío
Nada envidio en sus grilletes
Yo Te sirvo cuando me venero soberano
Cuando me proclamo mi único arquitecto
Cuando escupo en su tabla de leyes
porque mi ley, Tu Ley,
es impulso primigenio.
Último Ídolo
del perro atropellado
tengo envidia de Tu Sarna
respetuosa envidia de Tu
Ira reventada por la llanta
de los carromatos eclesiásticos
desfilando sobre el mingitorio
secularizado del Eunuco Estupro.

Han de retribuirte
Ellos creen representarte bien
pero no intuyen Tu Dominio
del aturdimiento.
Somos hombres y nos masticamos
unos a otros mientras entendemos.
Pero tú no limas Tus Cuernos, Tú
embistes y nosotros recibimos.
Ven y ayúdame a embestir a la idiocracia
de los bienaventurados
Ven y parte el espinazo
encarnado en la joroba de mi siglo.

A Tu Pavor encomendado entonces,
me reviento las primeras ámpulas.




Nuestros muertos no pueden hablarnos

Cuando no sepas qué margen de toxicidad
quiera seguirte tolerando tu sistema,
marca los números de tus amigos muertos
hasta que el tono te calibre los latidos
-decibel a diástole, decibel a sístole-
a parámetros de fábrica.
Nuestros muertos no pueden hablarnos,
sólo los perseguidores
con los ojos blancos
que nos tocan la ventana
en el umbral del sueño.

Duerme y da gracias a los personajes de tus pesadillas.
por permanecer al otro extremo de la galería de espejos
sin cruzar la plata ni arrancarte la nariz de un tajo
arrodillados en tu pecho con sus ancas de batracio
antes de que empiece el noticiero matutino.

Cuando no sepas qué margen de toxicidad
balancea en el filo del péndulo, sobre tu cordura
piensa que la lógica es un vicio de sirvientes
y que el vuelo brujo es el mayor entendimiento
de un demiurgo consagrado
al escrutinio de las coladeras.

Morir no es malo en cumplimiento del deber.
Tu deber son los reductos de la mente y el abismo
donde el mundo mearía frío su pantalón recién planchado.
Serás carne de cañón por ellos en misiones condenadas
tu servicio es apreciado y su experiencia es limitada
claustrofóbica como una década
en la cámara hiperbárica.

Ello está muy bien. Baños completos en sus habitaciones.
Siempre alguien que les lleve el pensamiento:
Algún loco que se meta una serpiente por la boca.
Una cámara sin miedo de perder un dedo.
Una fosa catadora de la merca sospechosa
Una bitácora en el pabellón de oncología pediátrica.

Las preguntas sobre el margen de toxicidad
padecen hábito de apersonarse demasiado tarde.
has llegado a las fronteras donde el cielo se bifurca,
siempre. Has tirado ya los ases, siempre, y ese mazo
ya no arroja ni otro par de bofetadas espabiladeras.





JUGO

Quien en su yugu­lar alienta el inci­sivo
de La Que Recauda y se refocila
como ado­les­cente ante la mere­triz primera
es bien­aven­tu­rado. Lo ha enten­dido todo,
a saber:
que la esper­anza como tal es procla­mar
que las tor­res de bara­jas son balu­artes de lo más con­fi­ables;
que los hormigueros son impen­e­tra­bles para el plomo der­retido;
que la man­tis sin cabeza haría bien en arras­trarse a un hospital:

“La med­i­c­ina de hoy en día está tan avan­zada.
Ponle una demanda conyu­gal y te harás rico.”

El ilu­mi­nado se son­ríe y baja los pár­pa­dos.
Se aban­dona en la ante­sala del orgasmo .
Entre los fle­cos azabache, la dom­i­na­triz
abre los labios per­fora­dos de mer­cu­rio.
Ella lo bebe. Ella lo chupa
y sus uñas estilete le pati­nan la mor­tal bragueta.
Una sonata ter­mi­nal de chasqui­dos y der­rames.
El mundo se descarga pere­zosa­mente más oscuro,
la sus­tan­cia es nada y todo en el muri­ente
se dispersa.




RUMIA CASTAÑEADA

En algu­nas glacia­ciones las arte­rias cru­jen
y los vahos quisieran incubar cristales.
Los bar­bi­túri­cos dis­cre­tos ya no me sostienen
y los lobos se me escur­ren sin ningún aviso.
Hay quien per­nocta a la intem­perie y no tirita.
Auschwitz y Chi­huahua. No olvi­dar Siberia.
Mien­tras tanto, lamo mis heri­das con mor­fina
y med­ito sobre las mis­e­rias de Narciso.

La mate­ria gris se me fer­menta en los sol­ventes,
páramos del pen­sador enclenque.
La bencina reifi­cada es un alivio.
Somos tan­tos los que anochece­mos
al amanecer, no sin haber probado
una que otra gota de sudor helado.

Lo estra­tocú­mu­los no se con­mueven
ante el ver­dor ni ante la fronda
ni los vór­tices polares con­sid­eran
a los ateri­dos con el corazón lampiño.

Dicen que los esquimales son muy recios
y promis­cuos.
Les mas­ti­can la comida a los ancianos
des­den­ta­dos. Y éstos,
ador­na­dos por la grat­i­tud y la vergüenza
hacen gala de tem­planza cuando los exil­ian
al ple­nario de los osos.
Esto me contó mi padre.

Los pequeños saurios que se reza­garon
–esos ridícu­los Matusalenes trag­amoscas–
han apren­dido entre mor­tales ries­gos
la rig­urosa dosi­fi­cación de las solares radia­ciones.
Admin­istremos los fotones rema­nentes
de nues­tra edad inmac­u­lada
a lo largo de la estepa transcon­ti­nen­tal que nos sep­ara
del fes­tín de los gusanos. Somos hos­tia y ellos,
comul­gantes de nues­tra mate­ria, al fin prestada.

Las hogueras sólo sir­ven para rev­e­larnos ante el enemigo.







Daniel Carpinteyro, Neurál­gica, VersodestierrO/Profética/Diablaco, Méx­ico, 2011, 78 p.


Neurálgica poética
Por José Manuel Ruiz Regil

La paradoja de la modernidad hace más fáciles las cosas que antes eran difíciles y difíciles las que antes eran fáciles. Me explico. Cada vez es más fácil acceder a información que antes llevaba mucho tiempo conseguir. Antes era fácil hacerse notar donde eran pocos los que hablaban. Ahora en un revuelo de voces donde todo se vuelve barullo, lo que hacemos con la información y cómo lo hacemos toma mayor relevancia. 

Hoy prácticamente, cualquiera que se lo proponga puede escribir un libro y publicar. A pesar de las trabas económicas y los intereses de grupo la industria editorial reporta un valor de 8,237 mil millones de pesos en 2010, con 142, 715 títulos y 123,003,510 ejemplares vendidos, en total. De los cuales 13, 208,000 ejemplares son de literatura. Y dentro de esa categoría no sabemos todavía cuáles serán de poesía. Sin embargo, tomando estas referencias podemos inferir que son muchos.

A partir de esto pensar en un título más no parece gran cosa. Pero sí lo es cuando pensamos que de toda esa cantidad de títulos muy pocos son de creación, menos de ficción y todavía mucho menos de poesía.

El advenimiento de un nuevo título, así, parido desde las entrañas de una editorial independiente como lo es VersodestierrO es to`o un acontecimiento que debe cimbrar no a las estadísticas, sino los oídos y las conciencias de quienes hemos sido anunciados de su alumbramiento. Por eso hoy, en medio de la algarabía de tipos y offsets, tintas y papeles mercenarios celebramos la aparición de Neuralgica, opera prima de Daniel Carpinteyro. Un texto inscrito en la estética del deterioro, en la poética de la destrucción –qué paradoja para la poiesis-; un libro cuya voz clama en el anfiteatro del desamparo de los siglos, del dolor colectivo y trata de cubrirse con el manto del lenguaje. Un libro que recorre los parajes emocionales trazados por Rimbaud a finales del siglo XIX (“Senté a la belleza en mis rodillas, y la hallé amarga, y la insulté”) y pareciera aferrarse con uñas y dientes a edulcorarla a través del shock verbal. 

En el texto navegan varias voces. Voces malditas, decadentes, purulentas y excrementicias. El autor busca la metáfora blasfema, la comparación maloliente, el oxímoron sangrante para asumir una condición mínima de humus y reclamar su derecho de conciencia a decir su verdad, donde la orfandad es la madre de todas las posibilidades. 

Para leerlo hay que insertarse en la botarga de Gregorio Samsa y trepar por las paredes de su estructura para ir ganando la dignidad de emancipable, presentando el salvoconducto del poema. Aquel hipócrita lector al que aludía Baudelaire, Carpinteyro lo asimila semejante a él, y en tanto:

“Saprofito de inmundicia orgánica. 
Bacteria de la más absurda de las infecciones. 
Langosta de la plaga más enloquecida y defoliante. 
Carcoma de los templos naturales”.

Hay en estos textos una consciencia visceral centrada en el cerebro, el cual es concebido como un arma letal que dispara ideas, y en sus extremidades neurálgicas: los ojos y los sentidos; aquellos que pedía el maldito desarreglar sistemáticamente para acceder a la poesía. Imágenes del viaje profundo tanto al interior del ser como al centro del encéfalo.

Carpinteyro construye una neurálgica poética dividida en cinco nodos (Germinales, Cuerpo límite, Dislocadores, Desastres naturales y El malogrado ) donde confluyen, a mi parecer dos voces. Una enérgica, apolínea, rigurosa y críptica, que enuncia la fatalidad y se regodea en ella; y otra lumínica, Dionisiaca, con cierto optimismo ético que atisba una esperanza en la ranura no del futuro, sino del texto mismo. Lugar donde sucede la revelación, la destrucción y la construcción de un nuevo lenguaje, el propio. 

Se reconoce en el oficio la lección asimilada de los metros clásicos y la intención de trastocarlos en un verso libre de gran sonoridad y musicalidad científica, donde la tradición es vapuleada por el ímpetu certero del experimento. 

El libro inicia dando fe de una consciencia holística que ve desde dentro, haciendo al lector una invitación a la búsqueda interior, con una autoafirmación exenta de control, pues reconoce que “hay particiones que tienen voluntad propia”. Echa a andar al animal consciente, lleno de libertad, de azar y con una organicidad monstruosamente microscópica que refrenda en Carta de derechos, cínica anfitriónía en el mundo del albedrío y el karma.

“Todo te está permitido.
Ascender por las cortezas cabalgando
en una musaraña
o procurar el crecimiento de baobabs
camuflados en tu barba.
Lamer la sangre bajo el ano de gallinas que dormitan
o desovar tu descendencia
en el cerebro de cadáveres que gritan.
Ocluir las yugulares de los machos alfa
o saciarte de los pechos reventados en hembras omega”.

El poeta Carpinteyro, como lo hiciera Jaime Sabines en su momento, divide también a los poetas en dos. Recordemos primero al Chiapaneco:

"Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: "Lucero, luz cero, luz Eros, y aquellos que tropiezan con una piedra y dicen "pinche piedra". 

Daniel tropieza con la piedra y la enciende. El los separa en los que se prenden fuego a sí mismos y los que le prenden fuego a los demás. Y equipara su gusto por ambos en tanto que los dos se comprometen con la destrucción humana. Mientras que la división de Sabines es lingüística, la de Carpinteyro es moral. Pero las concilia en su poética, porque al tiempk que se prende fuego a sí iismo utiliza para nombrar la materia un lenguaje cercano a la “biología, esa tejedora que trabaja con el tiempo a su servicio” , como él la llama; a la medicina, a la ciencia orgánica, y a la filología, con la cual se sinapsa para obtener esa sonoridad catastrófica, polisémica tan vitalmente contundente que lo sitúa en la primera clasificación. 

“Estregadero malezal de los anélidos sanguíferos” para contrastarla con otros momentos en los que su preocupación es tan cotidiana, y su descripción tan clara como en Liberar un poema, Monólogo de una dentadura postiza o Elogio de una rata, donde brota cierta preceptiva literaria que va muy de la mando con Alfonso Reyes o León Felipe.

Sin embargo, nada lo para en su impulso de autoproclamarse Mester de Tanatología. Y esta postura, lejos de parecer chocante luego de tanta decadencia, resulta congruente, creativa y real, en tanto que la veta explorada sí alcanza a dispararnos, como lo anuncia en sus últimas líneas, hacia un paraje distinto, menos opresivo y fugaz, donde ese hilo que todo lo atraviesa logra liberarse del espiral especular , para tomar al lector de las greñas y subirnos con él en el vagón del metro hacia el panóptico. 

Neurálgica es un libro liminal en cuanto que explora las fronteras del lenguaje, de las disciplinas que lo nutren y del cuerpo como objeto de estudio.

En Utilidades de un cilindro de acero inoxidable honra a esa llaga de nueve aberturas que nombra el Baghavad Ghita. (A uno mismo se entra con cuidado por debajo de las cuencas oculares (…) a la verdad de los desconocidos se entra por el meato urinario (…) a clausurar el ruido hay que ingresar por la mansión vestíbulococlear (…) al recto se entra con alivio y relativa calma). 

Neurálgica termina con una promesa de segunda parte en que se anuncia una poética del renacimiento. Mientras tanto viajemos por los axones de la poesía Neurálgica de Daniel Carpinteyro.






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