miércoles, 14 de septiembre de 2016

NANCY CÁRDENAS [19.139]


Nancy Cárdenas

Nancy Cárdenas (Parras de la Fuente, Coahuila, 29 de mayo de 1934 - Ciudad de México, 23 de marzo de 1994) fue una locutora radiofónica, actriz, escritora y realizadora de teatro mexicana. Además escribió y realizó el largometraje documental México de mis amores en 1979. Fue particularmente conocida en su país como una de las pioneras del movimiento de liberación gay.

Nancy Cárdenas nació el 29 de mayo de 1934 en Parras, en el estado de Coahuila.

Obtuvo un doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México; estudió puesta en escena en la Universidad de Yale, en los Estados Unidos y tomó cursos de lengua y cultura polacas en Lodz.

Radio, teatro y cine

Nancy Cárdenas comenzó como locutora de radio a la edad de 20 años; luego se hizo actriz de teatro. En la década de 1950, participó en un programa de lecturas Poesía en Voz Alta, dirigido por Héctor Mendoza.

En la década de 1960, pasó a la escritura. Publicó su primera obra de teatro de un acto, El cántaro seco, y comenzó una carrera como periodista en diversas revistas y en las páginas de cultura de diversos diarios.

En 1970 trabaja de realizadora de teatro en El efecto de los rayos gamma sobre las caléndulas, que le valió el Premio de la Asociación de Críticos de Teatro. Dirigió diversas obras de éxito, mostrando una cierta implicación política. También se dedicó al cine: escribió con Carlos Monsiváis un documental para el cine, México de mis amores, que realizó ella misma en 1979.

A partir de 1980 consagró su tiempo a la escritura de obras de teatro y de poesía. Murió en México el 23 de marzo de 1994 de cáncer de mama. 

Sexualidad

A la edad de 39, Nancy Cárdenas reveló su lesbianismo en el programa de televisión 24 horas de Jacobo Zabludovsky, durante una entrevista acerca del despido de un trabajador homosexual. En la década de 1970, fue pionera del movimiento de liberación gay en México, evocando el asunto en diversas entrevistas televisivas, de las que fue memorable la de 1973.

Fundó en 1974 la primera organización homosexual de México, el Frente de Liberación Homosexual (FLH), del que fue militante comprometida. Feminista, además especializada en sexología, realizó numerosas conferencias, congresos, seminarios y entrevistas televisivas nacionales o internacionales sobre el tema. En 1975 escribió con Carlos Monsiváis el Manifiesto en defensa de los Homosexuales en México. El 2 de octubre de 1978, durante la marcha en celebración de la masacre de Tlatelolco, tomó la cabecera de la primera marcha del orgullo gay en la Plaza de las Tres Culturas.
Un centro de actividades gais y lesbianas fue nombrado en su honor: el Centro de Documentación y Archivo Histórico Lésbico de México y América Latina «Nancy Cárdenas» (CDAHL).

Muerte

Nancy Cárdenas falleció a los 59 años el 23 de marzo de 1994 en la Ciudad de México víctima de un cáncer de seno.

Filmografía

1979: México de mis amores (dirección y fotografía — guíon con Carlos Monsiváis)

Puesta en escena

El cántaro seco
Y la maestra bebe un poco
Los chicos de la banda de Mart Crowley
Cuarteto
Misterio bufo
La hiedra
La casa de muñecas de Henrik Ibsen
El pozo de la soledad de Margaret Radclyffe Hall
Sida.... así es la vida

Poesía

1968 - 1993: Cuaderno de amor y desamor




Poemas de amor y desamor*
Nancy Cárdenas
La Insignia. México, junio del 2004.


ENTRE TANTAS LIBERACIONISTAS QUE CONOZCO,
sólo tú
-de apariencia tan frágil-
has querido llevar a la cama
esos principios básicos de la teoría.



¿POR QUÉ A MÍ,
criatura de otras edades culturales,
entregarme la firmeza de ese músculo angelical,
las texturas diversas de tu intimidad
bañadas al instante por las aguas sagradas del amor,
el primer estremecimiento de tu entraña profunda?



SI HABITAMOS EN EL DISTRITO FEDERAL, 
las pueblerinas románticas tenemos que resignarnos:
la vida no transcurre junto a un estanque,
sino a un costado del Periférico.
Allí, Muñeca del Asfalto,
-bajo la lluvia-
decidiste que esa noche dormirías conmigo.



DEJEMOS
que el amor declare su santo nombre
en cada uno de nuestros tejidos, estratos emocionales
y apetencias más escondidas
antes de comprometernos por las dos leyes:
la tuya y la mía.



PARA CASTIGARTE
-aunque ni te enteres-
esta noche dejaré cerrado
el libro que me regalaste.



LO QUE ME REVIENTA,
¿sabes?
es que no te hayas aventurado siquiera a conocerme.
¡Soy un proyecto de vida interesante, carajo!:
confronto al confrontarme y he aprendido a vivir
a salto de mata de entre las ideas.



SUPE QUE ESTABAS ROTA
cuando
intentaste partirme el corazón.



NO SÉ QUÉ TIENEN
las diferencias ideológicas
que enfrían los besos, aligeran los abrazos
y finalmente acedan el aire que respiran los amantes.



SOY PELIGROSA,
es cierto: siempre busco vengarme
de los dueños del capital, los burócratas,
los curas y las mujeres que abusaron de mi cariño.



AHORA COMPRENDO QUE, DESDE AL PUNTO DE VISTA DE TU MAMÁ,
yo no resulto un buen partido:
me exhibo como militante gay,
me comporto como anarquista de izquierda
y vivo la azarosa vida doméstica del artista independiente.
Peor que si fuera iletrada, tonta y pegalona.



a)YA HEMOS VIVIDO EL ESTRUJANTE DRAMA 
DEL MODELO MONOGÁMICO
que estalla ante la poligámica realidad histórica
de la propia vida en ambas dos posiciones.
b) La pareja abierta es divertidísima
en tanto no quieras pareja
c) ¿Y la fidelidad responsable mientras nos nazca del cuerpo?

(*) Textos tomados del libro de la autora Cuaderno de amor y desamor (1968-1993). Presentación de Carlos Monsiváis. 2ª. ed. México, Gobierno del Estado de Coahuila, Instituto Coahuilense de Cultura, Miguel Ángel Porrúa, 2004. 87 p. (Col. Varia literaria, Pirul). Reproducidos con permiso de la editorial.




NANCY CÁRDENAS, LA SIEMPRE INOPORTUNA

POR CARLOS MONSIVÁIS

Dramaturga, poeta, feminista, “valiente y arriesgada no sólo en el amor”. Nancy Cárdenas fue también pionera en la defensa del derecho a la diversidad sexual. Publicamos el texto que Carlos Monsiváis preparó con motivo de las evocaciones que, a una década de su muerte, se le dedicaron.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Mira que morirte el 23 de marzo de 1994, cuando la tragedia de Lomas Taurinas hacía naufragar al país entero en el miedo y la incertidumbre, y cuando los asistentes a tu velorio en la Agencia Gayoso de Sullivan también nos dividíamos entre el dolor cercano y la perplejidad nacional.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Mira que nacer en Parras, Coahuila, hace setenta años y oponerte a las tradiciones entonces dominantes y alejarte de las metas a su alcance (por ejemplo abogada, por ejemplo ama de casa, por ejemplo doctora), y venir a la Ciudad de México a estudiar Arte Dramático en la Facultad de Filosofía y Letras, e integrarte muy pronto a una atmósfera (algo más preciso que un grupo) donde intervenían actores y dramaturgos y novelistas y eruditos y activistas de izquierda y gays y unas cuantas lesbianas. Y haz cuenta que todo lo vivido en la ciudad natal (lo que me hacía llamarte “Parras Atenea”), se te olvidó o, más precisamente, se te volvió la técnica de combate que te impulsaba en un momento excepcional (no reconocido así) de creación intelectual y artística.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Mira que meterte al Partido Comunista en la década de 1950, entonces una organización melancólica y desolada, y entusiasmarte con las masas que no acudían, con la influencia política que nunca se tuvo, con el ánimo internacionalista más bien lánguido. Y sin embargo, te recuerdo alebrestada (la palabra te queda aunque habrías preferido “acelerada”) en las reuniones de la célula Federico Engels, y muy participativa en las sesiones en el departamento de Sergio Pitol, con Luis Prieto Reyes y Pepe Revueltas y otras camaradas cuyos nombres por más que hago todavía recuerdo con precisión. Repartíamos volantes, hablábamos (bueno tú hablabas) en los mítines improvisados, teníamos fe en el socialismo, cuando a éste se le diera la gana de acudir.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Mira que comenzar en el teatro en Poesía en Voz Alta, el experimento escénico más notable de aquella etapa, afirmado en la energía y la belleza casi autónoma de la palabra, en la resurrección de los clásicos y en la burla del teatro de la dicción y del adulterio que nunca se consuma porque los espectadores defendían desde las butacas la fidelidad, no así como lo digo pero casi. Comenzaste a vivir el teatro en Poesía en Voz Alta, y allí aprendiste lo esencial, entre otras cosas que podrías ser mucho mejor directora que actriz.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! O, en este caso, y para contrariar a mi leif motif, qué oportuna, al irte a estudiar arte dramático en Yale, y vivir parte del tiempo en Nueva York, y enviar desde allí cartas que nadie te solicitaba en donde contabas de las maravillosas puestas en escena, y del día que viste en persona a Mae West, y de Broadway y Off-Broadway, y era inútil pedirte por favor que ya no me contaras nada, porque la envidia puede o no ser mala consejera, pero sí que corroe las amistades.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! No te bastaba con hacer teatro y participaba conmigo en Radio UNAM en un programa, El cine y la crítica, que al principio fue de crítica de cine y luego ya descaradamente un fluir de sátiras, parodias, choteos, con un grupo de actores de primera. Yo hacía el esquema de los scripts y luego improvisábamos y nos divertíamos en serio: El cine y la crítica, una serie galopante para los llanos del cuadrante, o El cine y la crítica, la serie pecaminosa que incita a la castidad. Y vino el 68, y cambiamos la temática pero no la técnica del programa, y, por ejemplo, grabamos uno sobre la toma de la preparatoria de San Ildefonso por el ejército, y pusimos como rúbrica la canción de Cri-Cri, amenizada con sonidos de cañones: “Que todos los niños estén muy atentos, / ha sido la orden que dio el General”. Y seguimos de agosto a noviembre de ese año con las parodias y los choteos, y disfrutamos de un gran honor: en la Cámara de Diputados, entre los argumentos en contra del sedicioso rector Javier Barros Sierra, los diputados Octavio Hernández y Luis M. Farías mencionaran a Radio Universidad y Hernández, más específicamente, embistió contra El cine y la crítica.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Si en 1958, al llegar una manifestación estudiantil al Zócalo, encabezas (y promueves) un asalto a mano desarmada al edificio del Departamento Central (que te costó una pedrada funesta), en 1968 eres la gran activista de la Asamblea de Intelectuales y Artistas en apoyo del Movimiento Estudiantil. A ti y a mí nos encargaron la publicación y a veces los textos de los manifiestos, y el manejo de las quinientas firmas permanentes (con algunas deserciones). Tú juntaste la mayoría de las firmas, organizaste los domingos la lectura de poemas en la explanada de CU, organizabas el contingente cultural en las manifestaciones. Y el 2 de octubre, junto con Beatriz Bueno y Luis Prieto saliste milagrosamente de la Plaza de las Tres Culturas (digo “milagrosamente” por si te encuentras localizable en el Más Allá). Y esa noche conversamos largamente por teléfono y fue la única vez que te sentí deprimida a fondo, sin recursos emocionales, sin otra preocupación que la suerte de los amigos desaparecidos. Y todavía al día siguiente te fuiste con Beatriz a buscar el auto que habían estacionado cerca de la Plaza. Era valiente y arriesgada no sólo en el amor.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Nunca te preocuparon los éxitos de taquilla, y los que llegaste a tener no te conmovían de manera especial (te envanecían de modo adolescente pero no te electrizaban). Creíste en el teatro y cuando ensayabas dejabas casi todo (no desde luego las relaciones amorosas, que supongo no requieren de ensayo o de apuntador). Y te entusiasmaba tu trabajo con Carmen Montejo en El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas y con Beatriz Sheridan en Las amargas lágrimas de Petra von Kant.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Cuando decidiste salir del closet, lo hiciste con la vitalidad de tus otras actividades, y muy pronto te dedicaste a saber de la historia de su tribu y entrevistaste a mujeres ya de edad (de menos edad de la que tengo ahora, supongo), y luego evocabas sus relatos, por ejemplo la amistad de dos señoras que estaban siempre juntas y dormían juntas y se querían, y en sus familias murmuraban: “¡Pobres! ¡Nunca han conocido el amor ni el consuelo de una caricia!”. Y te indignabas contra el pasado. Yo un día te dije: “No te enojes tanto. Lo que sucedió ya no lo modificas” (o algo así de sentencioso), y me dijiste: “Claro que sí, si cambiamos el futuro cambiamos el pasado”, y quizás tenías razón, pero yo prefería oír tu relato de la señora que en la noche de bodas le dijo a su marido: “Te quiero mucho pero no en la misma cama”, y el marido la fue a devolver con su padre, y la mujer partió esa madrugada a la capital a compartir el lecho con la compañera del resto de su vida.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! En 1971 convocaste a un grupo de amigas y amigos en tu departamento de Felipe Villanueva, a discutir sobre la liberación gay (luego lésbico-gay), y aunque el grupo careció siempre de nombre (le decían simplemente “el Gay”), era un esfuerzo de concientización donde cada uno y cada una contaban su vida, y a la mayoría se les compadecía muchísimo, no por las desdichas infligidas por su singularidad, sino porque como autobiógrafos eran letales. Tú, por cartas, me lo contabas todo y yo te enviaba materiales teóricos. Y tú generosísima, me proveías además de recortes de periódicos. ¡Cómo celebré uno de la página de sociales de Excélsior, que notificaba de una distinción al ministro de Industria y Comercio. La cabeza era formidable: “A Octaviano Campos Salas el premio Sacerdotisa de la Belleza”… y era inútil que la nota explicase el agradecimiento de la Unión Nacional de Cosmetólogos por las licencias de importación. Lo central era la frase que iluminaba la lobreguez de nuestras vidas: “A Octaviano Campos Salas, el premio Sacerdotisa de la Belleza”… Pero ya me desvié, justo cuando iba hacia otro tema: señalar cómo organizaste el primer grupo de derechos de las minorías sexuales, y cómo lo hiciste con alegría metódica. El grupo se deshizo porque aún no se daban los criterios de la permanencia, pero tu intervención, y perdóname la palabra, fue fundacional.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Activista por vocación y temperamento, no te preocupaba el Qué Dirán, no lo considerabas siquiera. Ahora sé que no eras una provocadora, como entonces a veces te sentía (en esos años se les decía provocador a los ahora llamados protagónicos) sino, estrictamente, una defensora de los derechos humanos y civiles, en primer lugar los de tu minoría específica, pero también de otras causas. Y sí que intervenías en los debates y en las reuniones con la certeza de la existencia previa de la comunidad. Qué curioso. ¿Qué fue primero: la vanguardia de los activistas o la comunidad por ellos representada?

Insisto en la descripción porque, en el conjunto de tus acciones políticas y civiles es notoria tu militancia por los derechos humanos y civiles. Eras feminista desde luego, y te importó sobremanera la comunidad lésbico-gay, pero ante todo fuiste una defensora de los derechos civiles de tu tribu. Te recuerdo en 1974, conmovida por un hecho: un grupo de jóvenes detenidos en redadas en cines y retratados para el gozo de las publicaciones amarillistas (algo nada extraordinario, la policía se beneficiaba de la indefensión de los raritos y le vendía las fotos a Alarma y compañía), decidió demandar a las autoridades por la violación de sus derechos constitucionales. Llamaste a quien pudiste, y redactamos un manifiesto en contra de las redadas de gays. Incansable, pediste firmas, y así surgió “En contra de las razzias”, el primer manifiesto conocido sobre los derechos civiles y humanos de una minoría, con las firmas, entre otros, de Juan Rulfo, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Vicente Rojo. Si eso no es ser inoportuna nada lo es. Y vino el problema de la divulgación del manifiesto. En las dos publicaciones progresistas de entonces me dijeron que ni pensarlo. En el caso de la revista, el director tiró la carta a la basura: “Esto ni siquiera pienso leerlo”; en el diario simplemente me informaron: “Va en contra de la política editorial”. Y al final, la publiqué en el suplemento La cultura en México, de Siempre! Muy pocos se enteraron, pero la actitud de esos jóvenes resultó irreversible.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! El teatro fue tu medio fundamental de expresión, y te interesaba particularmente el teatro norteamericano. (Nunca lo dijiste, pero sospecho que Tennessee Williams era tu figura tutelar.) Y no debió sorprenderme tu decisión de montar Los chicos de la banda (The Boys in the Band) de Mart Crowley, sobre seis amigos gay en una fiesta de homofobia interiorizada y frases agudas. Me acordé de la película (hoy una muy interesante pieza de museo), que califiqué de chantaje melodramático. “Háblame de un homosexual feliz y yo te enseñaré un cadáver gay”, dice uno de los personajes. Nancy oyó mi alegato contra la obra, y al final me dijo: “Estoy de acuerdo contigo en todo, ¿pero qué te parece el Teatro de los Insurgentes?” Y lo que sigue, hoy me parece divertidísimo. El delegado de la Cuauhtémoc, Delfín Sánchez Juárez, se enfureció por razones de su convicción religiosa (entonces un pase automático al cielo), y prohibió la obra, se desató el escándalo, y la prensa te devoró con todo y tus “pretensiones contranatura”. Te defendimos como se pudo, y esa vez se pudo bastante. Hicimos manifiestos, escribimos artículos que creíamos enjundiosos, hablamos contra la censura y a favor de las libertades de expresión. El resultado: la obra se estrenó, fue un gran éxito, y la inoportuna conoció el don de la oportunidad.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Jacobo Zabludovsky te invitó en 1973 a su programa dominical a hablar de homosexualidad, y tú la consideraste una buena oportunidad (a ti incluso una caída en el abismo te habría parecido “una buena oportunidad”). Con aplomo (previsible) y con brillantez, una vez más pero ante demasiados, defendiste los derechos humanos y civiles de los gays y lesbianas, te opusiste a la persecución, criticaste las prácticas homofóbicas de psicoanalistas y psicólogos, y todo esto con un humor magnífico. Arturo, un amigo al que invitaste para representar a los gays, respondió también (en la oscuridad) de una manera eficaz.

Al día siguiente, quisiste hacer una prueba y me invitaste a comer “a un lugar donde vaya mucha gente”. Fuimos a la Zona Rosa y me preparé para lo peor, agresiones verbales a pasto, malos modos, la galantería de la homofobia en suma. Me programé para no desconocerte en demasía, y me extrañó lo que vi: la gente se levantaba para felicitarte, un mesero obviamente gay te dijo: “Le agradezco a nombre de todos”, y así sucesivamente. Por supuesto que esto no cambiaba la represión social, pero percibí la fuerza de la excepcionalidad. Y esto en el momento en que la extrema derecha de provincia les enseñaba a los jóvenes de los escándalos los retratos de los tres enemigos de México, y uno de ellos era el tuyo, Nancy.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! En 1975, en el Año Internacional de la Mujer, se celebró el Congreso correspondiente en el Centro Médico de la Ciudad de México. Participaste en la única sesión sobre lesbianismo, una mesa redonda con una norteamericana, una inglesa, una francesa. Negaron la sala al principio, luego redujeron el tiempo a cuarenta y cinco minutos, y la prensa iba dispuesta al freak show que no ocurrió. Salimos de la salita un tanto contrariados, aunque Nancy insistía en su optimismo. En la explanada del Centro Médico un contingente de mujeres con aspecto popular, más específicamente de locatarias de mercados, te aguardaba con rostros más bien rabiosos: “¡Fuera Nancy Cárdenas de México! ¡Mueran las lesbianas! ¡Por un México limpio de la perversión!” (¿quién habrá redactado esa pancarta?). Los gritos se multiplicaban y la actitud auguraba violencia física. Y te vi dirigirte hacia las contestatarias y les soltaste un discurso para mí inolvidable, que iba así más o menos: “A ver mis chulas, qué les pasa. ¿Ya me conocían? ¿Verdad que no? ¿Y qué tienen contra mí? ¿Les he hecho algo? ¿Verdad que no? Vamos a conversar porque yo soy de las que creen que hablando se entiende la gente. Qué gusto conocerlas…”. Las mujeres, enviadas por un político resentido ante el triunfo de Los chicos de la banda, se hicieron a un lado, rezongaron, murmuraron, bajaron las pancartas. Qué manejo tan diestro de la inoportunidad.

¡Qué inoportuna Nancy Cárdenas! Valiente, inteligente, talentosa, con humor. No siempre acertaste (algunas obras de teatro y tu película merecen el respeto que se le debe a lo frustrado), pero siempre estuviste al frente de tus circunstancias, en la batalla contra la intolerancia, la ilegalidad, la deshumanización, la ignorancia. A diez años de tu muerte, tus causas han progresado no obstante los obstáculos, y eso a ti te habría parecido la forma más recomendable de continuidad personal.

En este resurgimiento de la derecha, qué extraordinaria la existencia de gente como tú, Nancy Cárdenas. En este fracaso sucesivo de las prohibiciones de la derecha, qué deuda de gratitud con gente como tú, Nancy Cárdenas. 

Marzo de 2004.






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