sábado, 3 de septiembre de 2016

HERBJØRG WASSMO [19.112]


Herbjørg Wassmo

Herbjorg Wassmo (Nació en 1942 en Noruega) escritora noruega. Durante años ha sido una de las autoras más leídas de su país.

Debutó en 1976 con la colección de poemas "Vingeslag" (Aleteo).

Después de escribir un par de libros de poemas a finales de la década de los setenta, se dio a conocer en 1981 con la publicación de su primera novela, La casa del mirador ciego. La protagonista es una niña, Tora, que es víctima de abusos en su casa. Siguieron dos novelas más sobre la misma Tora (La habitación muda y El cielo desnudo). En 1989 publicó El libro de Dina, que dio lugar a una segunda trilogía con protagonista femenina, en esta caso una adulta ("Hijo de la providencia", 1992, y La herencia de Karna, 1997). Las trilogías sobre Tora y Dina ocupan un lugar central en su producción aunque ha escrito muchos otros libros, sobre todo novela, aunque también una obra de teatro, un libro para niños y una novela documental. Su última novela se publicó en Noruega en 2009 con el título Cien años.


Poema de Herbjørg Wassmo 
del libro Norsk Lyrikk Fra 70-åra
("Lírica Noruega de los años 70s")


Mamá - ¿qué es idealismo?

Sí, idealismo 
es una bonita palabra
que nos ayudará
a tener un mundo mejor
pero igual y tiene
pies demasiado flacos y 
manos frías

Cuando sale
a jugar a los exploradores
se le ve raramente abajo
en el camino lodoso
Sólo se le ve en el camino al cielo
es por eso que se tropieza tan seguido
y cae

...


Versión original en noruego:

Mamma - hva er idealisme?

Jo idealisme
er et pent ord
som skal hjepe oss
til en bedre verden
men det har liksom
for tyne føtter og
kalde hender

Når det går ut
for å leke speider
ser det sjelden ned
på den gjørmete veien
bare til himmels
derfor snubler det ofte
og faller.


Herbjørg Wassmo skriver også vakre dikt


Det var på bursdagen min  for maange år siden, ja da jeg ble 30, og det var omtrent da jeg våknet til den store kilden med poesi som vi bare kan forsyne oss av, kostnadsfritt, men likefullt en stor berikelse som selve livet byr oss.  Det skjedde på den måten at mine venninner kom med gaver, men flere hadde også med et av sine yndlingsdikt som fulgte gavene.  
Gavene husker jeg ikke, men diktene. Dette diktet fikk jeg av min barndomsvenninne, Marit, som jeg har kjent siden jeg var 5 år, og hun viste meg veien til poesiens utømmelige skattkise.


MIN TIME

Favne hele tiden!
Favne de små solstråler 
De skarpslitte sorgene 
De ukjente undrende ansikt 
- favne hver urett 
Ta inntil seg den beske skuffelsen 
Bøyd i kne 
Knuge kropp til kropp 
Den magre kjærligheten 
- ta i fang sviket og tomheten 
Holde i favn den nyfødte og dødsdømte gleden 
Klamre den ustø planke livet er 
La tid og vind 
Forme furene 
-favne og gi favn
Bli slik eller slik 
På godt og vondt 

av Herbjørg Wassmo





La casa del mirador ciego, de Herbjørg Wassmo

por ALBERTO R. TORICES

La Tarántula, abril de 2015

Querido A…, ¿también en esa isla lejana te cruzas con caras tristes, con pobres cuerpos agobiados? ¿En todas partes los hombres y las mujeres soportan pesos que encorvan su silueta y ensombrecen su rostro?

«Lo único que quiero son unas migajas de vida…»

Nada más inteligente y perverso, nada más interesado, que echar sobre la espalda de toda la humanidad, sin excepciones ni tonterías, la losa negra de un pecado “original” que nunca cometimos y hemos de purgar eternamente. Nada más hermoso y justo, nada más noble e inteligente también, que plantarse y mandar la losa a tomar por ahí, y estirar la espalda, llenar el pecho, mirar el mundo de frente… Pero tengo que admitir que hoy, ahora, inclinado sobre estas palabras, me curvo algo más de lo estrictamente necesario: ¿será el peso de esa culpa ajena y heredada, esa culpa inmerecida, inventada, insoportable? Es como un bulto aquí detrás, humilla mi cerviz y se abraza a todo mi cráneo, pesa. Como una plomada cuelga de mi lóbulo frontal y oscila sobre el papel, y los dibujos que hace se parecen bastante, me parece, a estas líneas que te escribo…

Acabo de leer La casa del mirador ciego (1981) y tal vez eso que se agarra a mi cabeza y me doblega es también el peso de un pecado original, no el de toda la humanidad, sólo el de la mitad… Hablo del pecado del ‘género’ al que pertenezco, cometido, reiterado y agravado por todos mis ‘congéneres’ durante siglos y milenios, hasta Adán. No sé si me estás entendiendo, me refiero al pecado de los ‘hombres’, que desde la noche de los tiempos tratamos de transferir y proyectar conforme a una vieja y eficaz estrategia: Échale la culpa a la víctima…

Atiende.

Herbjørg Wassmo nació en Vesterålen, un archipiélago al norte de un país boreal: Noruega, que significa precisamente ‘ruta hacia el norte’. Nació allá lejos en 1942, cuando los nazis invadían y ocupaban, propagando el terror y marchando a todo galope hacia la hecatombe. Yo hasta hace quince días no había oído hablar de ella y sé que tú tampoco, tranquilo. Lo que te envío es su primera novela, que publicó al filo de los cuarenta, edad perfecta para debutar (si se han hecho los deberes) en la división de honor de la literatura, que es la novela, punto. Quizá, con este que es el cuarto, te preguntes para cuándo en nuestra selección los tolstois, goethes, homeros y demás colosos de las Grandes Letras Universales. Tranquilo, tú relaja, respira… No hacemos esto para seguir haciendo lo que hemos hecho hasta ahora, ¿verdad que no? La casa del mirador ciego es una novela heladora y deslumbrante, y si te la envío y la incluyo en nuestro particular ‘only twelve’ o nómina de los doce salvados, es porque con materiales como estos quiero refundar mi biblioteca y todo lo mío, porque aquí leo cosas que no recuerdo haber leído en los muchos tolstois, goethes y homeros que me he metido entre pecho y espalda, y porque es abril y mi cuerpo pide savia nueva, porque sí.

Aquí comienza Wassmo su andadura como novelista y lo hace escribiendo sobre una persona que apenas termina de pasar el mal trago de la niñez y ya se despeña por la escollera de la pubertad, momento en el que pierde definitivamente el control sobre un cuerpo que duele y sangra, segrega y huele y empieza a crecer «en todas las direcciones imaginables». La cría, sí, se llama Tora (mola) y es fruto de la vergüenza, esto es, de la relación que su madre tuvo con un oficial alemán durante la ocupación nazi. Terminada la guerra, si es que las guerras terminan alguna vez, el oficial desapareció. A Tora le dicen que lo fusilaron, pero ella no quiere creerlo. Ella incluso se imagina de qué color es la cancela de la bonita casa donde vive, en un lejano lugar llamado Berlín. Porque Tora está aprendiendo a volar, esto es, a evadirse; ya que no puede defenderse y defender a su cuerpo de las cosas que le pasan (esos pasos que se acercan en la oscuridad, esas manos que lo cogen y lo utilizan), mejor ausentarse: el pensamiento sí puede escapar, no precisa de un lastre material y sabe desaparecer mientras al cuerpo le pasan cosas, allá abajo.

Allá abajo, en el mundo real, ciertamente las cosas no son del todo fáciles para los cuerpos. Vencido y expulsado el intruso alemán, comienza la obligada recuperación del tiempo y la dignidad perdidos, y los hombres buscan y encuentran chivos expiatorios, por ejemplo, en los cuerpos de las mujeres que se dejaron seducir por los soldados invasores, que incluso se enamoraron y tuvieron hijos con ellos, sin casarse siquiera. Heredera de semejante ignominia, Tora pertenece a esa casta necesaria: la chusma, las ratas humanas. La humanidad caída. Esa vergüenza congénita, por lo demás, tiene un nombre y una materia y, peor todavía, una presencia ominosa y constante. Es, ya lo estamos apuntando, el cuerpo. El cuerpo: causa de incomodidades, insidioso y demandante, inoportuno. El cuerpo: generando molestias cada poco, precisando de atenciones y cuidados como si no tuviera uno otra cosa que hacer. El cuerpo, que además suscita burlas e insultos y, por si no fuera bastante, se comporta como un imán, atrayendo con fuerza a otros cuerpos que se aproximan y chocan, golpean, rompen. Eso, el cuerpo: una cosa que atrae a cuerpos más fuertes que lo cogen y lo usan, lo fuerzan y estropean, lo desarman y cambian al final por otro más nuevo y mejor. El de Tora es además un cuerpo bastardo y medio alemán, motivo extremo de repulsión, y ya que no puede ser ocultado ni apenas disimulado, ya que no le queda más remedio que ser y ex-ponerse, deberá asumir también las consecuencias.

Tora «trataba a su propio cuerpo flaco con cariño, hasta que se ponía incandescente y vibrante y se le calentaban los pies». Pero su cuerpo inevitable también recibe golpes y palabras rudas, y por si fuera poco despierta y azuza al peligro, o como aquí se dice, «la peligrosidad»:

«Manos. Manos que llegaban en la oscuridad. Eso era la peligrosidad. Manazas duras que agarraban y apretujaban. Después apenas alcanzaba a llegar al servicio antes de que fuera demasiado tarde».

Las manazas y el daño son consecuencia y agravante de la vergüenza inventada, cristiana y primigenia («Dios había hecho las cosas de tal manera que algunos debían avergonzarse, por su propio bien, en tanto que pecadores»), y si te ha tocado esa lotería, lo mejor, lo más práctico, es aceptarlo y tirar, como sea. Como Tora:

«[…] se acurrucó el interior de su vergüenza y se quedó absolutamente sola contra todos».

Inocente, flacucha y pelirroja, Tora vive en un pueblo en una isla de pescadores: ellos faenan cuando tienen trabajo, ellas filetean y manufacturan el pescado cuando tienen trabajo también; y cuando no hay trabajo se acumulan deudas, se usa más la ropa, se van amontonando los problemas. Su madre, Ingrid, bastante lleva con su historia, sus turnos de noche y su propio cuerpo molido física y moralmente, como para enterarse del infierno por el que está pasando su hija, como para querer afrontarlo. Y están asimismo su tía Rakel, en la que Tora encuentra algo parecido al consuelo y la protección; su abuela alemana, que es un personaje que medio se inventa; su vecina Elisif, que es presa de un delirio religioso y acaba en un manicomio; su amiga Sol, que en ausencia de la madre loca ha de ocuparse de cuidar a sus hermanos pequeños… Bueno, también salen hombres en La casa del mirador ciego: son esas despreciables criaturas que verás en segundo plano, haraganeando y escupiendo, estorbando y maldiciendo. Y emborrachándose, cómo no. Salen hombres también y entre ellos sobresale uno que es un cruce entre ogro inmundo y cerdo facóquero, un orco ebrio y pestilente que por las noches, después de malgastar en bebida un dinero que ni siquiera ha ganado, aprovecha las ausencias de su mujer para meterse en la habitación y en la cama y en el cuerpo de Tora, su hijastra. Se llama Henrik y consigue que uno se avergüence de ser lo mismo que él: un hombre. Pero en mi lectura esta es una novela de mujeres y sobre mujeres, lo digo con convicción y sin autocensura, y también o especialmente sobre el cuerpo de las mujeres, ese pobre pagano, ese triste sudario, esa casa de la vergüenza… Esa moneda de cambio y esa pesadísima cruz, el cuerpo, empeñado en acompañarnos a todas partes. Disculpa… No he podido evitar que me pueda la empatía.

Tampoco Tora puede evitar que su cuerpo crezca y llame la atención, que se obstine en estar siempre presente y que por las noches, cuando su madre falta, la puerta de su habitación se abra y unas manos entren con una cuerda. Si le da tiempo, si ha estado atenta y preparada, puede escapar en alas del pensamiento, dejando solo en la cama al cuerpo, que tendrá que apañárselas como pueda. Si no, si el sueño la vence y los pies del ogro son lo bastante sigilosos, si las manazas logran sorprenderla, no le quedará más remedio que estar presente y pasar por ello, apretar los dientes, esperar que acabe. Y procurar que luego le dé tiempo a llegar a donde tiene que llegar antes de ponerlo todo perdido.

Novela sobre el abuso sexual que un adulto comete sobre una menor, digámoslo clarito, abuso que es un fantasma muy real que recorre toda la historia de nuestra condenada especie y por momentos, permíteme el cabreo, uno quisiera coger a todos los hombres y gasearlos, o castrarlos, o mandarlos a algún sitio del que ni salgan ni vuelvan nunca. Uno lee La casa del mirador ciego y, aparte de flipar mucho con la prosa metálica y dulce de esta debutante, siente impulsos un poquitín bestias, la verdad. O por lo menos ganas de gritar, como Rakel a su marido:

«—¡Fuera de aquí! ¡Hoy me entran arcadas con solo ver a un hombre!»

Comprende uno la fantasía (tan masculina, maldita sea) de una comunidad humana exclusivamente femenina, un paraíso futuro como el que concibió el mejor Houellebecq, en el que estarían ellas solas y tranquilas, dejadas en paz, a su buen aire. Uno acaba pensando que ellas solas están bien, están mucho mejor en realidad, y que todo lo que podemos hacer por ellas es quitarnos de en medio, no molestar. En realidad, no nos necesitan para nada, es decir, para casi nada, y ese es el problema, el casi.

Aquí es donde notarás el peso de esa culpa que te decía, pero es que son muchas las generaciones que nos preceden, muchas las puertas que se han abierto en la noche y las manos peludas que han agarrado y apretujado, etcétera. Demasiadas como para que pueda uno relacionarse con ellas sin sentir esa “carga” genética y ese dedo acusador: ¡tú, hombre, fuera de aquí!

Mucho es lo bueno de La casa del mirador ciego pero lo que más me ha interesado a mí, en fin, es la atención de Wassmo puesta en el C U E R P O de la pequeña mártir:

«En medio de la noche se despertaba, sintiendo todo el cuerpo sudado, como si estuviera a punto de caer enferma con fiebre. Y quería llamar a su madre, sentirla contra su cuerpo, pero no conseguía sacar un solo sonido». (El énfasis, ya te digo, es enteramente mío.)

El foco puesto en el cuerpo y más acá, en lo orgánico, lo fisiológico, sin pudor, sin pavadas. En la hora de escribir, los tíos ignoramos directamente nuestro cuerpo, si acaso de cuando en cuando lo citamos de pasada, o nos volvemos hacia él si puede proporcionarnos algún hallazgo verbal. Poco más. Paradigma de platonismo consumado, el escritor (hombre) es pura mente etérea y volátil, desligada de su cuerpo y, ya puesto, de todo el resto de su realidad tangible y material, que mientras se prolonga la escritura queda allá abajo, allá lejos. Terminamos de escribir y ya sí, cerramos el cuaderno, regresamos al cuerpo, preparamos el desayuno a los niños. Este escritor-mente padece, sin embargo, una obsesión enfermiza y muy significativa por otro cuerpo, que es el de ellas. Digamos que no se lo saca de la cabeza, pero al mismo tiempo es incapaz de tomarlo como es y señalarlo por sus nombres. Para nosotros, parece, el cuerpo de las mujeres es una realidad excesiva, abrumadora, casi formidable, de ahí que le apliquemos veladuras y fantasías, elipsis y un sinfín de figuras retóricas y efectos especiales; de ahí también que toda nuestra literatura se vea engordada por el insano colesterol de tanto poema de amor, tanta canción desesperada y tanto cantar de los cantares; por eso vemos inquietas gacelas donde hay unos pechos jóvenes, y campos de trigo donde un vientre terso, y odres llenos de dulce vino donde unos muslos rotundos y por su sitio. Etcétera. Y que no nos hablen de fisiología, por favor, con la anatomía nos basta. Te diré, amigo y hermano, mi semejante, mi hipócrita y único lector, que ha acabado repugnándome la lírica del erotismo. Yo que tanto la he trasegado, hoy no puedo más con ella. Yo que tanto he manoseado los cuerpos de mis mujeres con metáforas y adjetivos, con luces y texturas y artificios. Paso. Hoy veo que esa es una lírica menor y acomplejada o, peor aún, una herramienta más al servicio del mismo mecanismo de dominación que ha concebido las masculinas religiones, los masculinos ejércitos, la masculina política, los masculinos negocios, las masculinas academias y policías, y hasta una masculina gastronomía. El mismo que ha dictaminado que el cuerpo de las mujeres no es de las mujeres sino de los hombres: su fecundidad, su sexualidad, su virginidad no son suyas, son nuestras y hacemos con ellas lo que nos place y lo que más nos interesa.

Hoy, estaba diciéndote y a ver si acabo, yo prefiero que los pechos y los vientres y los muslos sigan siendo suyos y sigan siendo tales y, puesto a pedir, que nadie nos hurte la mitad menos “poética” de nuestra corporeidad.



Herbjørg Wassmo en el Salón del Libro de París, en 2011 (Foto Thesupermat)

Como no la hurta Herbjørg Wassmo. Ella sí se acuerda de hablar del cuerpo, de nombrarlo y aludir a sus necesidades y apetitos, flaquezas, servidumbres, funciones. Mira estas líneas tomadas de uno de los pasajes más hermosos y entrañables, ese en el que la autora alude al retrete que comparten los vecinos de el Hormiguero, que es el nombre que recibe la casa del mirador ciego, edificio de viviendas donde se aloja la hez humana. Un espacio, el retrete, que en su mitad femenina

«[…] proporcionaba cierto consuelo y generaba una especie de comunidad que no requería ser comentada ni ensalzada.

Bastaba con llamar discretamente a la puerta y susurrar por la rendija alguna palabra a fulana o mengana, y con eso la hermandad quedaba sellada y el camino al retrete despejado. Reflexiones de vida a media voz, confidencias sobre las secreciones internas o sobre la indomable locura del corazón formaban a menudo parte del conjunto. Lo que tenía lugar no era solo la expulsión de los residuos propios de la naturaleza, durante toda la época de oscuridad, la tristeza del alma y el consuelo llenaban en la misma medida el frío espacio de la letrina».

Iré despidiéndome, qué remedio. Admito que al principio Wassmo me irritaba un poco con tanta frase lapidaria y tanto punto y aparte. Hasta que me di cuenta de que esta prosa era poesía, y comprobé que apenas decaía, y que venía repleta de hallazgos: «El sol es piadoso… y calienta a cualquiera», «Le costaba tanto sacar las lágrimas…», «aquel olor dulzón a muerte y claveles», «un suspiro recorría el tubérculo y la azada se detenía», «La primavera era como una brocha olvidada en el sótano, no la habían limpiado bien»… La poesía, hermano, otro cuerpo que tal baila…

«La poesía estaba al acecho en los detalles, en el bendito goteo del canalón roto, por ejemplo. Pero era tímida y la olvidaban como a un pobre niño al que nadie quisiera amamantar o dar cariño».

Por momentos, la poesía alcanza esta novela una intensidad que hasta la aproxima al haiku, mira: «Tora sabía que el más fuerte era quien decidía y siempre llevaba razón. / Era importante saber quién era el más fuerte. / Henrik era el más fuerte».

No dejes de reparar en el simbolismo de los paisajes, ni en el hecho de que el pueblo y la isla donde transcurre la novela sean el Pueblo y la Isla. Igual que cada hombre es el Hombre. Pero sobre todo medita en lo turbio que ves al fondo de esta carta, eso que hiede y no confesamos y es lo que nos hace entrechocar con ellas: esposas, madres, hijas… Ay, «¡Quién pudiera estar en paz con sus recuerdos!»

De esa oscura materia, tan oscura que bien podría ser un complejo de culpa, se nutren mi lectura y estas palabras. De ella misma somos hijos tú y tu fiel

Alberto

http://revistatarantula.com/la-casa-del-mirador-ciego-de-herbjorg-wassmo/



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