jueves, 15 de septiembre de 2016

KATHA POLLITT [19.145]


Katha Pollitt

Katha Pollitt, nacida el 14 de octubre del año 1949 en Brooklyn, New York.
Katha es poeta y ensayista. 

Autora de cuatro colecciones de ensayo y dos libros de poesía. La temática de esta escritora quiere justificarse en temas relacionados en cuestiones políticas y sociales. En su crítica pueden encontrarse temas relacionados con la pobreza, el racismo, el feminismo...

"Criaturas razonables:"  es un libro que trata especialmente  del tema feminista de las mujeres.

Pollitt escribió extensamente  realizando investigaciones, que después publicará, sobre los descubrimientos  adquiridos en relación a la edad adulta de sus padres...
Pollitt se casa  el 29 de abril de 2006, 


Bibliografía y premios:  

Premios, honores, becas 

The Frost Place poet in residence (1977)*
National Book Critics Circle Award in Poetry (for Antarctic Traveler, 1983)
National Endowment for the Arts (grant, 1984)
Academy of American Poets ("Peter IB Lavan Younger Poets Award," 1984)
Fulbright Scholarship (1985)
Arvon Foundation Prize (1986)
New York Foundation for the Arts (1987)
John Simon Guggenheim Memorial Foundation (Fellowship, 1987)
National Magazine Award (for "Essays and Criticism," 1992)
Whiting Award (1992)
Planned Parenthood Federation of America ("Maggie Award," 1993)
Freedom from Religion Foundation ("Freethought Heroine Award," 1995)
National Women's Political Caucus ("Exceptional Merit Media Award," 2001)
National Magazine Award (for "Best Columns and Commentary," 2003)
American Book Award ("Lifetime Achievement Award," 2010)
The Nation Institute (Puffin Foundation Writing Fellow)
Freedom From Religion Foundation (Honorary Board of distinguished achievers 2010) 
American Humanist Association ("Humanist Heroine," 2013) 

Bibliografía 

Antarctic Traveller: Poems (Knopf, 1982) ( ISBN 0394748956 )
Reasonable Creatures: Essays on Women and Feminism (Vintage, 1995) ( ISBN 0679762787 )
Subject to Debate: Sense and Dissents on Women, Politics, and Culture (Modern Library Paperbacks, 2001) ( ISBN 0679783431 )
Virginity or Death!: And Other Social and Political Issues of Our Time (Random House, 2006) ( ISBN 081297638X )
Learning to Drive: And Other Life Stories (Random House, 2007) ( ISBN 1400063329 )
The Mind-Body Problem: Poems (Random House, 2009) ( ISBN 1400063337 )
Pro: Reclaiming Abortion Rights (Picador, 2014) ( ISBN 9780312620547 )




El principio de Pitufina de Katha Pollitt


Por Nilton Arredondo

Para todos, el Principio de Pitufina, de Katha Pollitt (a modo de introducción)

En abril de 2016 se cumplieron veinticinco años de que la poeta y periodista Katha Pollitt publicara su célebre artículo sobre el Principio de Pitufina en los programas para niños, que consiste en el realce de un grupo de personajes masculinos, incluyendo un personaje femenino construido a base de estereotipos de género. En el texto, publicado por The New York Times Magazine, Pollitt se concentraba en la televisión preescolar, donde hoy podemos enlistar fácilmente personajes femeninos protagonistas de exitosos shows: Dora la exploradora, Ni Hao Kai-Lan, Doctora Juguetes o la Sheriff Callie. Como diría la misma Pollitt en algún punto de ese ensayo, “eso es progreso, ¿no?”

El temor que la autora expresaba en ese artículo era más que justificado; “nuestros preescolares no tienen tiempo. Mi hija se está formando sus ideas de género ahora mismo”. Es bien sabida la opinión de muchos estudiosos sobre el poder socializador de la televisión que, usando ficciones y relatos, incide en las emociones más que en los razonamientos. Esto la convierte en un medio eficaz para el aprendizaje de pautas básicas sobre distintas conductas y sus respectivas consecuencias, así como para la creación de contextos que en muchas ocasiones logran suplantar la propia realidad, relegando a un nivel de irrelevancia o inexistente aquello que no sale en televisión.

Ese poder socializador de la televisión se ve intensificado por la unidireccionalidad de los mensajes que en ella aparecen. “Los chicos de preescolar son como filósofos medievales: las escrituras son más confiables que la evidencia frente a sus ojos”, dice en otro momento Katha Pollitt, coincidiendo con el trabajo de Eva Antón Fernández, La socialización de género a través de la programación infantil de televisión. La autora española señala que “la audiencia infantil es especialmente vulnerable a la recepción de estos mensajes unívocos sobre el mundo”1 debido a la eficacia de los medios de comunicación para construir conocimientos compartidos del mundo, de uno mismo y para establecer consensos sociales.

Recientemente he empezado a escuchar inquietudes sobre la necesidad de fomentar una competencia o alfabetización televisiva; ya que la televisión ocupa buena parte de nuestras vidas desde muy pequeños, es necesario que los receptores de mensajes televisivos desarrollemos las capacidades adecuadas para comprender estos mensajes, así como para mantener actitudes críticas, selectivas y participativas frente a ellos. Este es un punto importante en el estudio de Antón Fernández, en el que toma ideas del profesor Ignacio Aguaded Gómez, principalmente de su investigación Descubriendo la caja mágica. Enseñemos y aprendamos a ver la televisión. Pero, tal como lo temía Katha Pollitt, el tiempo no está del lado de quienes queremos hacer de esas competencias televisivas una realidad; el estudio de Antón Fernández es de 2001, ¡diez años después del artículo de Katha! En la Valladolid de Eva Antón, el panorama sexista de la programación infantil era igual de desalentador que el que rodeaba a Sophie, la hija de Katha.

Y se pone peor; desde hace algunos años han crecido las oportunidades para que las familias de recursos modestos puedan contratar algún servicio de televisión de paga; esto ha obligado a las televisoras de acceso público a buscar y promover la existencia de un espectador universal que consume los programas que aparecen en el llamado Prime Time, el horario de los canales de televisión reservado a la programación más popular. Con el afán de tener la mayor cantidad posible de televidentes, la programación del horario estelar está dirigida indistintamente a adultos y niños, sin reparar en los aspectos particulares de cada televidente según su rango de edad. El riesgo de esta práctica es la exposición a temáticas como la normalización de las conductas violentas, la hipersexualización de los infantes, sin mencionar, desde luego, el reforzamiento de estereotipos de género.

Katha Pollitt le dio un nombre pegajoso a un fenómeno detestable que incluso en la primera década del nuevo milenio seguía rigiendo la forma en la que son presentadas las mujeres en la programación infantil: uno de los programas más populares entre los niños mexicanos en 2008 era Bob Esponja2; en esta serie, la pandilla de machos incluía a una ardilla hembra (aunque Sandy/Arenita presenta la variante de no ser una chica temerosa y femenina, sino una ruda aventurera).

El artículo se preguntaba entonces por qué veinticinco años de logros sociales en materia de género no habían impactado lo suficiente en la cultura preescolar. Hoy podemos preguntarnos lo mismo en torno a las necesidades simbólicas de muchas sociedades como la mexicana, en la que sí existen grupos que exponen el sexismo en programas televisivos o en la publicidad (por ejemplo, los comerciales de cierta marca de cerveza que dice hacer las cosas “por ti”), pero en contraposición hay pocas opciones en la programación que ofrezcan valores opuestos a los del patriarcado.

Opino que hoy es menos difícil hallar caricaturas y series televisivas para niños que rompen el Principio de Pitufina, pero creo que aún no son la norma. Por otro lado, no creo que baste sólo con incluir más mujeres en los elencos de los shows televisivos, o que sea suficiente con otorgarles papeles protagónicos (como si la idea fuera sólo cubrir una “cuota de género”) si continúan interpretando roles estereotipados. Conviene pues que, como telespectadores, estemos mejor informados sobre la perspectiva de género, buscando con ello cuestionar lo que la televisión nos muestra como única realidad posible, particularmente en la programación infantil. La idea es hacer la equidad posible, aunque tal vez tengamos que dibujarla nosotros mismos.



A ellas; el Principio de Pitufina

Katha Pollitt 
7 de abril de 1991

Esta Navidad al fin cedí: le di a Sophie, mi hija de tres años de edad, su propio casete de La Sirenita. Ahora, ella también puede dejarse sorprender por Ariel, la alegre adolescente de retorcida cola que cambia su voz por un par de torneadas piernas y la oportunidad de casarse con un príncipe. “En tierra es preferible que las damas no digan nada”, canta la cínica bruja de mar, “y aquella que se guarde la lengua atrapará a su hombre”. Como es la villana, no nos ocupamos en ver que los eventos prueban que está en lo correcto.

Normalmente, cuando los padres le dan a un niño algún artículo que encuentran desagradable, ruegan desamparados por retrasar ese momento. Pero La Sirenita fue mi idea. Ariel puede verse como una Barbie y su aventura puede limitarse al romance y acabar con las campanas de boda, pero creo que, a diferencia de Cenicienta o la Bella Durmiente, ella es activa, valiente y determinada, la heroína de su propia vida. Incluso rescata al príncipe. Y eso la hace un pez raro en el mundo de la cultura preescolar.

Echen un vistazo a la sección infantil de su tienda de videos más cercana. Encontrarán que al menos nueve de diez ofertas presentan como protagonistas a niños, e incluso se dirigen a ellos. Viendo la televisión durante una semana hace poco —cierto que no se trata de una investigación documental— me encontré con que ni una caricatura ni programa de títeres es estelarizado por una niña. (Nickelodeon, el canal de cable para niños, tiene alguno que otro). Excepto por la crudeza de las animaciones y el ambiente general de agudeza y gran despliegue publicitario, bien pude haber estado de regreso en mi niñez de los años cincuenta, comiendo hojuelas tostadas frente al Pato Lucas, Bugs Bunny, el cerdito Porky y el resto del elenco de Warner Brothers integrado por puros hombres.

Los programas de hoy en día también usan elencos esencialmente masculinos, como Garfield, o están organizados bajo lo que yo llamo el Principio de Pitufina: un grupo de amigos varones es resaltado por un solitario personaje femenino, definido a través de estereotipos. En las peores caricaturas –las que se confunden con anuncios animados de cereal— el personaje es usualmente una fémina del tipo “hermana menor”, una conejita en un vestido rosa y moños en el cabello que acompaña a intrépidos osos y tejones. Pero el Principio de Pitufina rige también los programas mejor cuidados. Por ejemplo, Kanga, la única hembra en Winnie Pooh, es una madre. Piggy, de Los muppets babies, es una versión miniatura de Miss Piggy, la glamorosa reina de las películas de Los muppets. April, de las tremendamente populares Tortugas ninja, es la asistente sin crédito de cuatro superhéroes masculinos. El mensaje es claro: los chicos son la norma, las chicas una variante; los chicos son el centro, las chicas, la periferia; los chicos son individuos, las chicas son tipos. Los chicos definen el grupo, sus historias y sus códigos. Las chicas existen sólo en relación con los chicos.

Bueno, ¿qué se podía esperar de la televisión comercial? La sorpresa es que la televisión de acceso público, aun con su encanto e inteligencia superiores, además de su compromiso con los valores elevados, también tima a las niñas de preescolar. El señor Rogers vive en un vecindario habitado en su mayoría por hombres de mediana edad como él. Shining Time Station presenta una caricatura en la que los personajes masculinos son locomotoras mientras que los femeninos son vagones de pasajeros. Y seguimos con Plaza Sésamo: es cierto que los personajes representados por humanos están cuidadosamente repartidos entre los géneros (y también entre grupos étnicos, lo cual es otra rareza). Además, los cortos y avances son casi los únicos lugares en la televisión donde se puede ver regularmente a las niñas divirtiéndose juntas: jugando a saltar la cuerda, teniendo pijamadas. Pero los muppets son las verdaderas estrellas de Plaza Sésamo, y los personajes importantes –los que tienen verdadera personalidad, los que cantan las canciones en los videos musicales y con los que los niños se identifican y atesoran en docenas de productos con licencia— son todos hombres. Conozco a una pequeña que se puso tan de malas y con el corazón roto cuando se dio cuenta de que incluso Big Bird —su última esperanza— era niño, al grado de dejar de ver el show desde entonces.

Bueno, siempre están las bibliotecas. Algunos de los mejores libros infantiles jamás escritos tratan sobre niñas –Madeleine o Frances la tejón. Es posible incluso encontrar historias con un divertido mensaje feminista, como La princesa vestida con una bolsa de papel (quien rescata al príncipe de un dragón, pero es tan malagradecido que decide no casarse con él). Pero los libros sobre niñas son un subgrupo dentro de un campo que incluye una mucho más larga subcategoría de libros sobre chicos (doce de los catorce mejores libros de cuentos escogidos por Newsweek la Navidad pasada, por ejemplo), así como libros en los que el sexo del niño es teóricamente irrelevante —en los cuales también es usual que se hable de varones—. Los libros del Dr. Seuss tratan más sobre el lenguaje y la libertad de imaginación que de personajes individualizados; pero, por una cosa u otra, sólo son muchachos los que consiguen ir más allá de la Cebra o ver las maravillas de la Calle de la Morera. El Sapo y la Rana, Modesto Gusano, Lyle el Cocodrilo, todos pudieron ser niñas. Pero no lo son.

¿Notan los niños el sexismo en la cultura infantil? Pueden apostarlo. Los chicos de preescolar son como filósofos medievales: las escrituras (un libro, una película, un programa de televisión) son más confiables que la evidencia frente a sus ojos. “Juguemos a la boda”, dice mi sobrinita. Los adultos podemos mirar a otro lado, pero enfrentémoslo: ése es el único escenario en el que las chicas son la figura central. “Las mujeres son enfermeras”, le dijo a mi amiga Anna (una doctora) su hija Molly cuando tenía cuatro años. Incluso mi Sophie comienza a notar el papel secundario de las mujeres en sus libros favoritos. “¿Quién es?”, pregunta cada vez que leemos El gato ensombrerado. Es Sally, la tímida hermanita del ingenioso chico que narra. Ella quiere que Sally importe, creo; y como Sally es sólo un nombre y un moño en el cabello, tenemos que decir su nombre una y otra vez.

El sexismo en la cultura preescolar modifica tanto a niños como a niñas. Las pequeñas aprenden a romper su consciencia, filtrar sus sueños y ambiciones a través de los personajes masculinos mientras admiran la ropa de las princesas. Las más privilegiadas y atrevidas pueden soñar con volverse mujeres excepcionales en un mundo de hombres –Pitufinas—. Las otras comienzan a aceptar que el destino más común es ser vagones de pasajeros, jaladas a través de la vida por una locomotora hombre. Los chicos, quienes pocas veces se ven ante historias en las que los hombres juegan papeles menores, aprenden una simple lección: las chicas no importan mucho.

¿Cómo es posible que, en veinticinco años de cambios sociales en favor de la mujer, la cultura preescolar se haya modificado tan poco? Molly, ahora de seis años y bien segura de que las mujeres pueden ser doctoras, tiene una teoría: el entretenimiento para niños es realizado en su mayoría por hombres. Cierto, así pasa, y estoy segura de que eso explica mucho. También es verdad que, como sociedad, no parece importarnos mucho lo que pasa con los pequeños en tanto se mantengan lo suficientemente callados. El cereal de malvavisco, los juguetes desechables, las interminables horas frente a la tele –una sociedad que acepta todo esto no se preocupará por los estereotipos de género—. Es más fácil concentrarse en el lado bueno. Yo tuve a Cenicienta, Sophie tiene a la Sirenita –eso es progreso, ¿no?

80%“Estamos trabajando en eso”, me dijo Dulcy Singer, la productora ejecutiva de Plaza Sésamo, cuando le pregunté sobre el delicado tema de todos esos muppets machos. Después de todo, el programa lleva apenas un cuarto de siglo al aire; estas cosas toman tiempo. El problema es que nuestros preescolares no tienen tiempo. Mi divertida, lista y valiente hija se está formando ideas de género ahora mismo. Su padre y yo hacemos lo que podemos para contrarrestar el mensaje que ella recibe de los programas de entretenimiento. Sophie ve muy poca televisión, pero veo que nuestro trabajo nos sirve sólo a nosotros. Seguro ayudaría que las conejitas se jalaran los moños y que la mitad de los monstruos fueran mujeres, peludas y azules.

Notas

1 Eva Antón Fernández. La socialización de género a través de la programación infantil de televisión (trabajo de investigación subvencionado por la Consejería de Sanidad y Bienestar Social de la Junta de Castilla y León, a propuesta de la Dirección General de la Mujer e Igualdad de Oportunidades), Valladolid, 2001. Pp. 25.

2 Esto lo confirman artículos como el de Azucena Manjarrez, “¿Qué ven los niños de hoy?”, que es posible consultar en la página web de Noroeste.com (http://www.noroeste.com.mx/publicaciones.php?id=368456).


Small Comfort 

Coffee and cigarettes in a clean cafe,
forsythia lit like a damp match against
a thundery sky drunk on its own ozone,

the laundry cool and crisp and folded away
again in the lavender closet-too late to find
comfort enough in such small daily moments

of beauty, renewal, calm, too late to imagine
people would rather be happy than suffering
and inflicting suffering. We're near the end,

but O before the end, as the sparrows wing
each night to their secret nests in the elm's green dome
O let the last bus bring

love to lover, let the starveling
dog turn the corner and lope suddenly
miraculously, down its own street, home. 



Job

Worse than the boils and sores
and the stench and the terrible flies
was the nattering: Think.
You must have done something.
Things happen for a reason.
What goes around.

His life swept off in a whirlwind of camels and children!
Still, he knew enough to shut up
when his skin cleared pink as a baby’s
and overnight lambs blanketed the burnt fields.
People even said he looked taller
in his fine new robes: You see?
When one door closes, two doors open.

Nobody wanted to hear
about the rain or its father
or leviathan slicing the deeps
at the black edge of the world
under the cold blue light of the Pleiades.

The new sons were strong and didn’t ask difficult questions,
the new daughters beautiful, with glass-green eyes.



Old

No one left to call me Penelope,
mourned the old countess, on being informed of the death
of her last childhood friend. Did she sit long

in the drafty hall, thinking, That’s it then,
nobody left but hangers-on and flunkeys,
why go on? Death can’t help but look friendly
when all your friends live there, while more and more

each day’s like a smoky party
where the music hurts and strangers insist that they know you
till you blink and smile and fade into the wall
and stare at your drink and take a book off the shelf

and close your eyes for a minute and suddenly
everyone you came in with has gone
and people are doing strange things in the corners.
No wonder you look at your watch

and say to no one in particular
If you don’t mind, I think I’ll go home now.



Silent Letter

It’s what you don’t hear
that says struggle
as in wrath and wrack
and wrong and wrench and wrangle.

The noiseless wriggle
of a hooked worm
might be a shiver of pleasure
not a slow writhing

on a scythe from nowhere.
So too the seeming leisure
of a girl alone in her blue
bedroom late at night

who stares at the bitten
end of her pen
and wonders how to write
so that what she writes

stays written.



The Old Neighbors 

The weather's turned, and the old neighbors creep out
from their crammed rooms to blink in the sun, as if
surprised to find they've lived through another winter.
Though steam heat's left them pale and shrunken
like old root vegetables,
Mr. and Mrs. Tozzi are already
hard at work on their front-yard mini-Sicily:
a Virgin Mary birdbath, a thicket of roses,
and the only outdoor aloes in Manhattan.
It's the old immigrant story,
the beautiful babies
grown up into foreigners. Nothing's 
turned out the way they planned
as sweethearts in the sinks of Palermo. Still,
each waves a dirt-caked hand
in geriatric fellowship with Stanley,
the former tattoo king of the Merchant Marine,
turning the corner with his shaggy collie,
who's hardly three but trots
arthritically in sympathy. It's only 
the young who ask if life's worth living,
notMrs. Sansanowitz, who for the last hour
has been inching her way down the sidewalk,
lifting and placing
her new aluminum walker as carefully
as a spider testing its web. On days like these,
I stand for a long time
under the wild gnarled root of the ancient wisteria,
dry twigs that in a week
will manage a feeble shower of purple blossom,
and I believe it: this is all there is,
all history's brought us here to our only life
to find, if anywhere,
our hanging gardens and our street of gold:
cracked stoops, geraniums, fire escapes, these old 
stragglers basking in their bit of sun. 



Two Cats 

It's better to be a cat than to be a human.
Not because of their much-noted grace and beauty—
their beauty wins them no added pleasure, grace is
only a cat's way

of getting without fuss from one place to another—
but because they see things as they are. Cats never mistake a
saucer of milk for a declaration of passion
or the crook of your knees for

a permanent address. Observing two cats on a sunporch,
you might think of them as a pair of Florentine bravoes
awaiting through slitted eyes the least lapse of attention—
then slash! the stiletto

or alternately as a long-married couple, who hardly
notice each other but find it somehow a comfort
sharing the couch, the evening news, the cocoa.
Both these ideas

are wrong. Two cats together are like two strangers
cast up by different storms on the same desert island
who manage to guard, despite the utter absence
of privacy, chocolate,

useful domestic articles, reading material,
their separate solitudes. They would not dream of
telling each other their dreams, or the plots of old movies,
or inventing a bookful

of coconut recipes. Where we would long ago have
frantically shredded our underwear into signal
flags and be dancing obscenely about on the shore in
a desperate frenzy,

they merely shift on their haunches, calm as two stoics
weighing the probable odds of the soul's immortality,
as if to say, if a ship should happen along we'll
be rescued. If not, not. 







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