lunes, 14 de julio de 2014

MARIANO MELGAR [12.310]


Mariano Melgar

Mariano Lorenzo Melgar Valdiviezo ( Arequipa, Virreinato del Perú, 10 de agosto de 1790 - Puno, 12 de marzo de 1815) fue un poeta y revolucionario independentista peruano. Para muchos iniciador del Romanticismo. Fue hijo de Juan de Diós Melgar Sanabria y Andrea Valdiviezo Gallegos.

Para él, el romanticismo no es imitación de lo que ya se hacía en la Península Ibérica o en Francia, sino un sentimiento profundo y propio, no olvidemos que fue un joven y precoz poeta que no alcanzó a madurar porque la muerte lo sorprendió buscando la patria libre. Mariano Melgar expresa un sentimiento andino/mestizo, que nadie se había atrevido a exponer hasta ese entonces, en una sociedad tan prejuiciosa y españolizada que se agravaba por el centralismo y criollismo limeños. Visto desde este ángulo, Melgar es el iniciador de la poesía verdaderamente peruana, sin acudir a los estilos europeos para pretender que lo consideren poeta. Después en Puno de 1815 muere fusilado. Participó en la guerra por la independencia del Perú del dominio de España. Melgar es uno de los primeros románticos del Perú en el siglo XIX, más conocido por incluir en su creación el sentimiento de los Yaravíes nativos (cantos sentimentales principalmente de las zona sur andina). Yaraví viene del quechua jarawi.

En 1814 después de la Batalla de la Apacheta, se produce la ocupación de Arequipa por los patriotas.Mariano Melgar se une al ejército de Mateo Pumacahua en Chuquibamba convirtiéndose en auditor de guerra. Fue tomado prisionero en la Batalla de Umachiri y fusilado al día siguiente en el mismo lugar.




Dejad amigos... ¿injusticia tanta...?

Dejad amigos... ¿injusticia tanta
Pensáis que cometiera?
De imaginarlo sólo ya me espanta...
¿Cómo olvidar si pudiera
A mi amorosa Silvia...? No, es en vano
Pretender que yo sea tan tirano.

Al darme corazón, Naturaleza
"Amad a Silvia", dijo;
Y nunca con impura y ruin bajeza
Manchar su ley exijo,
Ni resistir la fuerza que me obliga,
Ni mirar su atracción como enemiga.

Amaré a Silvia mas que viva ausente
Mil siglos de mis ojos,
La amaré aunque su ausencia me atormente
Con dolores y enojos;
En mi ausencia y mi llanto, mi fineza
Será como mandó Naturaleza.

Que la gloria del sexo nunca ha hollado
El puro afecto mío,
Y en mis amores vivo abrasado
Domando mi albedrío;
Del hombre le mostré la suma alteza
Y le hice respetar nuestra grandeza.

"Te amo mi Silvia", ardiendo le decía,
Ardiendo en vivo fuego;
"Te amo, te amo", le digo todavía,
Y que me ame le ruego,
Y arrebatado el pecho se transporta,
Y cualquier expresión la crece corta.

Respiro apenas mi inflamado aliento...
Cualquiera pensaría
Que estoy sacrificando en tal momento
A Silvia el alma mía;
"Te amo", le digo, "te amo, por ti lloro",
Mas nunca el labio pronunció: "te adoro".

Jamás tampoco mi alma dominaron
Caprichos femeniles
Caprichos nunca en Silvia se encontraron
Ni nacieron tan viles
Mis amores, que pronto no estuviesen
A sofocar su ardor, si ellos naciesen.

No, no contará Silvia que un desprecio
A amarla me obligase,
Ni que en sus risas, con empeño necio,
Rendido suplicase;
Porque me ama la quiero, y si me olvida
Será en olvido eterno sumergida.

¿Por qué pues, cuando me ama fiel y firme
Queréis que yo la olvide?
¿Qué discurso hay capaz de persuadirme
Que haga lo que me impide
Esta misma razón que me ilumina
Y esta fuerza interior que a amar me inclina?

¿Cómo opuesto a la Patria, que abandone
Este amor te procura?
No, Silvia es otra ya: jamás se opone
A mi ley su ternura;
Mi ley es de la Patria el amor mío,
Y es ley de Silvia, pues su pecho es mío.

El amor de mi patria está enlazado
Con la afición más viva
De mi Silvia, en tal, modo, que en mi estado
Por mutua alternativa,
Por Silvia amo mi Patria con esmero,
Y por mi Patria amada a Silvia quiero.

Es locura, insultáis que un hombre llore
Porque ama y vive ausente...
¡Ah! ¡Cielos! Será bien que yo implore
Arranquéis de mi mente
Lo último que resta de mi dueño
Cuando podéis volverme halagüeño.

Yo lloro, sí, mas ¿quién decir pudiera
No tengo ojos ni pecho?
¿Dónde esta el hombre raro que tuviera
Para no amar derecho?
Yo lloro porque a Silvia quiero fino
Por reflexión, por gusto y por destino.

¡Ay Silvia, en tanto porque te amo peno,
Peno en tu dura ausencia!
Y tal vez cuando yo de dolor lleno
Prefiero la inclemencia
De mis tormentos, al olvido infame,
Tal vez recelarás que ya no te ame.

Vuela, vuela a mi pecho, Silvia mía,
Verás mi ardiente fuego,
Verás cómo la cruel melancolía
Cual víctima me entrego,
Más bien que vacilar ni un solo instante
Sobrevivir contento y ser tu amante.





El puro afecto mío, mi ternura

El puro afecto mio, mi ternura,
Va a recibir el golpe mas funesto:
¡Hay Silvia miá! De tus ojos presto
No veré mas el fuego y la hermosura,
Hay hoy entre mis penas fui dichoso:
Tu rostro hermoso
Fue el dulce encanto
Con que mi llanto
Volver solías
En alegrías:
Pero ¡Hay! Lejos de ti ya no hay consuelo,
Todo pena sera y continuo duelo-

Jamas han pretendido mis amores
Otra corona que el honesto lazo
Y nunca en ellos puede dar un paso
Sin tropezar en penas y dolores
Hoy mas que nunca puro e inocente
Mi fuego ardiente
Hace mas pura
Mi fiel ternura;
Pero entre tanto
¡Duro quebranto!
Hoy mas que nunca mi cariño pena
Y el cielo a triste ausencia me condena.

Un olvidado se deshace en llanto,
Mas llora porque el suyo es amor ciego;
Pero que un justo amor vive alejado
Del bien amado.
Que en el empeño
De ver su dueño
Solo consiga
Mayor fatiga
Este si que es tormento y dolor fuerte
Y este golpe me da mi dura suerte.

Mil males en tu amor he tolerado
Sin ver lo fino de nuestra inocencia
El odioso rencor ¡Dura inclemencia!
A llorar nos había condenado
Enemigos feroces me quitaban
Cuanto deseaban
Mis ansias tiernas
Iras eternas
Han perseguido
Mi pecho herido
Y hoy sobre el tanto males dan de nuevo,
Y hasta las heces su amargura prueban.

Siquiera en medio de contradicciones,
Para mi alivio a veces te miraba
Y tu rostro amoroso demostraba
Que en mi no recelabas variaciones;
Este solo mirar fue mi contento
Y mi tormento
Desaparecía
Cuando veía
Tu rostro afable,
Fino, invariable;
Mas ya este bien cual humo se deshace,
Muere el remedio cuando el mal renace.

Aun cuando la crueldad y tiranía
De tu vista privo mi vivo anhelo.
Verte pisar conmigo un mismo suelo
Alivio un tanto mi melancolía:
En los momentos de la noche oscura
De mi amargura
Supe aliviarme
Con acercarme
A tu morada.
Mi Silvia amada,
Y hoy muere aun este alivio tan pequeño
Lejos me voy ¡Hay! Lejos de mi dueño

¿Que haré cielos? ¿Que haré? ¿Ya que me resta
Después que en Silvia cuanto tuve perdido?
¿Como he de reparar con un recuerdo
La perdida mayor y mas funesta?
Esta imagen, amable y dulce idea
Que hoy me recrea
Sera mañana
Furia tirana
Que me destroce
Mientras no goce
Del bello original que vi primero,
Del bello original que solo quiero.

¡Ay! Siga el llanto, lo que yo no puedo
Al dolor cedo
De mi partida
Y si la vida
Pierdo en el llanto
Por dolor tanto
Tu Silvia, Silvia, con amor sincero
Acuérdate de mi, que por ti muero.





Elegía I

¿Por qué a verte volví, Silvia querida?
¡Ay Triste! ¿Para qué? ¡Para trocarse
Mi dolor en más triste despedida!

Quiere en mi mal mi suerte deleitarse;
Me presenta más dulce el bien que pierdo:
¡Ay! ¡Bien que va tan pronto a disiparse!

¡Oh, memoria infeliz! ¡Triste recuerdo!
Te vi... ¡Que gloria! Pero, ¡dura pena!
Ya sufro el daño de que no hice acuerdo.

Mi amor ansioso, mi fatal cadena,
A ti me trajo con influjo fuerte.
Dije: "Ya soy feliz, mi dicha es plena".

Pero, ¡ay! de ti me arranca cruda suerte;
Este mi gran dolor, este es mi duelo;
En verte busqué vida y hallo muerte.

Mejor hubiera sido que este cielo
No volviera a mirar y sólo el llanto
Fuese en mi ausencia todo mi consuelo.

Cerca del ancho mar, ya mi quebranto
En lágrimas deshizo el triste pecho;
Ya pené, ya gemí, ya lloré tanto...

¿Para qué, pues, por verme satisfecho
Vine a hacer más agudos mis dolores
Y a herir de nuevo el corazón deshecho?

De mi ciego deseo los ardores
Volcánicos crecieron, de manera
Que víctima soy ya de sus furores.

¡Encumbradas montañas! ¿Quién me diera
La dicha de que al lado de mi dueño,
Cual vosotras inmóvil, subsistiera?

¡Triste de mí! Torrentes, con mal ceño
Romped todos los pasos de la tierra,
¡Piadosas acabad mi ansioso empeño!

Acaba, bravo mar, tu fuerte guerra;
Isla sin puerto vuelve las ciudades;
Y en una sola a mí con Silvia encierra.

¡Favor tinieblas, vientos, tempestades!
Pero vil globo, profanado suelo,
¿Es imposible que de mí te apiades?

¡Silvia! Silvia, tú, dime ¿a quién apelo?
No puede ser cruel quien todo cría:
Pongamos nuestras quejas en el cielo.

El sólo queda en tan horrible día.
Único asilo nuestro en tal tormento.
El sólo nos miró sin tiranía.

Si es necesario que fatal momento
Llegue... ¡Piadoso Cielo! en mi partida
Benigno mitigad mi sentimiento.

Lloro... No puedo más... Silvia querida,
Déjame que en torrentes de amargura
Saque del pecho mío el alma herida.

El negro luto de la noche oscura
Sea en mi llanto en solo compañero,
Ya que no resta más a mi ternura.

Tú, Cielo Santo, que mi amor sincero
Miras y mi dolor, dame esperanza
De que veré otra vez el bien que quiero.

En sola tu piedad tiene confianza
Mi perseguido amor... Silvia amorosa,
El Cielo nuestras dichas afianza.

Lloro, sí, pero mi alma así llorosa,
Unida a ti con plácida cadena,
En la dulce esperanza se reposa,
Y ya presiente el fin de nuestra pena.





Elegía II

¡Oh dolor! ¿Cómo, cómo tan distante
De mi querida Silvia aquí me veo?
¿Cómo he perdido todo en un instante?

Perdí en Silvia mi dicha y mi recreo;
Consentí en ello ¡ciego desvarío...!
Consentí contra todo mi deseo.

Y ved, aquí conozco el yerro mío,
Ya cuando repararlo no es posible,
Y es fuerza sufra mi dolor impío.

Así el nuevo piloto al mar terrible
Se arroja sin saber lo que le espera,
Y ármase luego la tormenta horrible.

Es negra noche envuelta ya la esfera,
Pierde el valor, el rumbo y el acierto;
Y a todos lados ve la parca fiera.

Pero al fin él verá su ansiado puerto,
O acabaránse pronto sus tormentos;
Bien presto ha de mirarse libre o muerto.

Y aun en medio del mar ¿qué sentimientos
Puede tener cuando en luchar se emplea
Contra las fuertes ondas y los vientos?

Sólo yo... Yo he perdido hasta la idea
De un débil esperar: no hallo consuelo...
¿Ay Silvia... No es posible que te vea!

Ni morir pronto espero; ni mi anhelo
Puede agitarme tanto, que ocupada
No sufra mi alma el peso de su duelo.

En una calma triste y desastrada,
Fijos tengo los ojos en mi pena,
Sin lograr más que verla duplicada.

En derredor de mí tan sólo suena
El eco de los míseros gemidos
Con que mi triste pecho al aire llena.

Sólo el dolor por todos mis sentidos
Entra hasta el corazón: todo es quebranto
Que el alma abate en golpes repetidos.

¡Ay Silvia! Si a lo menos tú, mi llanto
Pudieras atender y mis sollozos...
¡Ah! mi acerbo dolor no fuera tanto.

Silvia, Silvia, os dijiera: "Ojos hermosos,
mirad mi situación, ved mi tormento",
Y al instante, mirándome piadosos.
Desvanecieran todo el mal que siento.
Acabadas por ti mis aflicciones,
A tu piedad deudor de mi contento.

Corriera ardiendo a ti: mis expresiones
Fueran dulce llorar... ¡Con qué ternura
Te estrechara...! ¡Ay! ¡Funestas ilusiones!

No, Silvia, no: la pena, la amargura
Es todo lo que encuentra mi deseo:
Cuando alcanzo a mirar es noche oscura.





Elegía III

¿PORQUE SE AFLIGE, SI LA NOCHE LLEGA...?

¿Por que se aflige, si la noche llega,
El infelice que perdió el camino,
Cuando en el campo para tomar senda
No halla vestigio?

Al dulce sueño puede abandonarse;
Que alla la aurora con hermoso brillo,
Cuando despierte le dará las huellas
Que hubo perdido.

¿Por que se asusta triste el navegante
Cuando rompiéndose el profundo abismo
Baten los vientos y encrespadas olas
A su navío?

Tiempo sereno sigue a la tormenta;
Queda una tabla si creció el peligro;
O al fin perecen corazón y sustos
A un tiempo mismo.

¿Por que lamenta preso el delincuente,
Si entre cadenas y pesados grillos
la muerte espera, como pena justa
De su delito?

Ser justa pena puede consolare
Aun la injusticia puede ser su asilo
Porque mil veces la maldad protegen
Jueces inicuos.

Ser justa pena puede consolarle;
Aun la injusticia puede ser su asilo,
Porque mil veces la maldad protegen
Jueces inicuos.

Para mi solo son las aflicciones;
Para mi el susto y el llorar continuo.
Porque en mi solo todos los trabajos
Se han reunido.

Yo perdí a Silvia, sin que rayar pueda
Aurora alguna que a los ojos míos
Muestre su rostro, con la expresión dulce
De su cariño.

Yo perdí a Silvia , y en su dura ausencia
De mil recelos me hallo combatido;
Mas que a la Parca temo de su efecto
Cualquier desvió.

Yo perdí a Silvia por injustas tramas
Que me formaron viles enemigos,
Sin que algo impuro procurase nunca
Mi afecto fino.

Mas que en ser libre me gozaba en verme
Esclavo suyo, de amor cautivo;
Y el verme lejos de pasión tan dulce
Es mi martirio.

Salir no puedo de esta horrible cárcel;
Aquí me matan bárbaros caprichos:
mas no me matan, que para mas pena
Infeliz vivo.

Yo perdí a Silvia ¿Que mayor tormento?
Toda mi dicha fue su amble hechizo;
Y en ella sola todo con su ausencia,
Todo he perdido.

¡Ay Silvia miá! ¿Que mayor tormento?
Toda mi dicha fue su amable hechizo;
Y en ella sola, todo con su ausencia,
Todo he perdido.

¡Ay Silvia miá Yo perdí tu vista;
Ya es llorar solo todo mi destino;
Sin que en mi llanto quede mas consuelo
Que el llanto mismo.




Elegía IV

Mustio ciprés que viste
Crecer mi amor seguro
Y en cuyo viejo tronco
Escribí: "Silvia, ya mi pecho es tuyo".

Y Tú, claro arroyuelo,
Cuyo dulce murmullo
Acompañó sus voces
Al ofrecerme su corazón puro.

Oídme, ya no puedo
Callar el mal que sufro;
Ya Silvia en ira ardiendo,
Apagar quiere cuanto amor me tuvo.

Y obstinada porfía
Que le he sido perjuro;
Ya rabia y me aborrece,
Y su rabia y su enojo son injustos.

Volved por mí vosotros,
Decid si jamás hubo
Amor que como el mío
Fuera sincero, perdurable y puro.

Decidle cuántas veces
Mirasteis que confuso
Aquí llorar me hacían
Mis amores, mis ansias y mis sustos.

Decidle cuántas veces
Con ardor importuno
Quiso encender Melisa
La llama que apagué viendo su orgullo.

Y cómo yo leyendo
Estos rasgos profundos
Que grabó mi cariño,
Repetí: "Silvia, ya mi pecho es tuyo".

Decidle cuántas veces
Otro primor del gusto,
Otra pastora bella,
Con mil caricias quiso hacerme suya.

Y cómo yo, volviendo
A este tronco robusto,
Para huir el peligro
Leía: "Silvia, ya mi pecho es tuyo".

Decidle que no olvide
Que aunque con rigor crudo
Mi terrible destino
Lejos de ella tenerme propuso.

Yo abandoné mi suerte,
Y a ella con veloz curso
Volví, porque mi afecto
No padeciese menoscabo alguno.

Decídle que aun viendo
Los dolores agudos
Que me ha causado hoy mismo,
Protesto ante vosotros que soy suyo.

Haced así que vea
Que su rigor no es justo;
Que yo siempre la quiero;
Que el olvidarme infiel, es un perjurio.

Y si a pesar de todo
Sigue su rigor duro,
Decidle que me mata;
Que mata al que ella con su amor sostuvo.

Porque ¿cómo viviera
Sin su amoroso arrullo
Mi pecho, siempre amante,
Que en su pecho tiempo ha su nido puso?

¡Ay Silvia! Si me matas,
Si haces hoy este insulto
A un amor que no es digno
Sino de amor eterno, firme y puro.

Moriré, mas mi cuerpo
Haré que en negro luto
Sepulten mis amigos
En este sitio lóbrego y oscuro.

Para que cuando pases
Por este suelo inculto,
Que oyó tantas promesas
De ser firme a mi amor el amor tuyo.

Mi pálido cadáver
Desde el frío sepulcro
Haga temblar tus huesos
Diciendo: "¡Eres cruel!" Su eco profundo.





A la libertad

Oda II.


Por fin libre y seguro
Puedo cantar. Rompióse el duro freno,
Descubriré mi seno
Y con lenguaje puro
Mostrará la verdad que en él se anida,
Mi libertad civil bien entendida.

Oíd: cese ya el llanto;
Levantad esos rostros abatidos,
Esclavos oprimidos,
Indios que con espanto
Del cielo y de la tierra sin consuelo,
Cautivos habéis sido en vuestro suelo.

Oíd: patriotas sabios,
Cuyas luces doblaban el tormento
De mirar al talento
Lleno siempre de agravios;
Cuando debiera ser director justo
Y apoyo y esplendor del trono augusto.

Oye, mundo ilustrado,
Que viste con escándalo a este mundo
En tesoros fecundos
A ti sacrificado,
Y recogiendo el oro americano,
Te burlaste del preso y del tirano.

Despotismo severo,
Horribles siglos, noche tenebrosa;
Huid. La India llorosa,
El sabio despreciado, el orbe entero,
Sepan que expiró el mal y que hemos dado
El primero paso al bien tan suspirado.

Compatriotas queridos,
Oíd también amigos europeos,
Que en opuestos deseos
Nos visteis divididos,
Oíd: acabe ya la antigua guerra,
Amor más que tesoros da esta Tierra.

Días ha que a la Iberia
Del empíreo bajó de luz rodeada
La libertad amada,
A extinguir la miseria
Que en nuestro patrio suelo desdichado
Por tres siglos había dominado.

Casi hasta el firmamento
Levantádose había el despotismo,
Y los pies del coloso en el abismo
Tenían su cimiento,
Pero, ¿de qué ha servido?
De hacer con su caída mayor ruido.

Pisóle en la cabeza
La santa libertad: se ha desplomado,
Se estremeció la Tierra y espantado
Volvió a ver su fiereza
Todo hombre; pero ve que ya no es nada
Su estatua inmensa en polvo disipada.

Vieron más los mortales:
El cetro que arrancado al Rey había,
La libertad lo dio a la Nación mía:
“Acabad vuestros males,
Resistid al tirano”,
Dijo la Diosa con acento humano.

Sonó en toda la Esfera
Voz tan dulce: los Polos retumbaron;
El eco derramaron
Sobre la Tierra entera,
Y la América toda en el momento
Saltó llena de gozo y de contento.

¿Pero quién ejercita
Este poder? ¿En dónde se comienza
A formar la obra inmensa
Del remedio, que incita
Esta voz celestial? Así decía:
Y empezó mi País desde aquel día.

Ya todo se previene
Para el día inmortal; mas del Averno
En enemigo eterno
Del hombre, el Error viene,
Arrastrando consigo hacia la Tierra
La discordia feroz, la cruda guerra.

Sobre este monte inmenso
Que a la ciudad domina, se ha sentado;
Sobre ella ha vomitado
Un humo negro y denso;
A todos dejó ciegos la negrura;
¡Cuanto horror presentó su noche oscura!

“Siempre seré oprimido...”
Pensó el indio infeliz dentro del pecho;
Bajo su pobre techo
De su triste familia circuido,
Lloro sobre sus hijos su quebranto,
Y la esposa dobló su amargo llanto.

“Triunfe allá la ignorancia”
Dijo el sabio sentado en su retiro,
“Si olvidado me miro,
Si falta vigilancia
Sobre la ilustración, ¿por qué me muevo?,
Así fue siempre; no es defecto nuevo”.

“Huyamos”, grita “huyamos”,
Tímido y aterrado el europeo;
“Jurar mi ruina veo,
O diestros elijamos
A quienes con justicia y con prudencia
Muden a favor nuestro la sentencia”.

“¿Qué hacéis? ¡Qué! ¿No mirasteis
Qué pacíficos somos, generosos,
Amantes obsequioso?
Decid ¿donde observasteis
El furo que teméis? ¿O equivocados
De nuestro amor huis precipitados?”

Así dijo el patricio,
Y su voz escuchó la providencia.
Su invisible presencia
Disipó el negro vicio,
Y cuando el Pueblo unido reclamaba,
Ella los electores señalaba.

¿Pero calmó con esto
El temor, la aflicción, las desconfianza?
Cobró nueva esperanza,
Nuevo aliento funesto
El Error; y su empeño redoblando,
La discordia a los hombres fue turbando.

Volvió el indio a su pena;
El sabio hollado a su misantropía;
Y el de la Iberia creía
Que la grave cadena
De las manos del noble americano
Pasaría a ligar su fuerte mano.

Mas ¡qué! La Paz risueña
Juró que no; saliendo del Congreso,
Voló por la ciudad y a su regreso
En publicar se empeña
Que nada se recele, que ha extirpado
La cruel discordia de su Pueblo amado.

Volvió el Congreso luego;
Pues se dejó sentir su breve ausencia:
Con su afable presencia
Apagó pronto el fuego.
¿Cuándo han de pensar todos igualmente?
¿Ni dónde un mal cesó tan prontamente?

En tanto que asistían
La Paz y la Virtud al cuerpo sabio,
A su triunfo o a su agravio
Suspensas atendían,
Pisando cada una en su montaña,
Minerva, India y España.

Yo lo vi: en la del medio
Minerva se paró; a su diestro lado
Mayta estuvo rodeado
De indios, que su remedio
Esperaban, así como el hispano
Esperó Iberia en la siniestra mano.

Ya Febo se apartaba
Cansado de aguardar, hacia el poniente;
Mas suena de repente
La voz que se deseaba:
“El indio, el sabio de la unión amante,
Os han de gobernar en adelante”.

¡Eco plausible! ¡Viva!
“Viva, sí; la elección que nos conserva”;
Mayta, Iberia y Minerva
Con voz dulce y activa
Clamaron; y los Incas sepultados
Saltaron de su tumba alborozados.

Los sabios se alentaron;
Quedó el hispano en la ciudad seguro
Y los que “país oscuro”
A mi suelo llamaron,
Mirándole en prodigio tan fecundo:
“Ahora sí es, dijeron, Nuevo Mundo”.

Por el volcán terrible
Se sumergió el error avergonzado
De la mortal discordia acompañado.
¡Oh día el más plausible!
¡Oh Arequipa! Teatro afortunado
De una acción en que tanto se ha logrado!

¡Oh sabios magistrados!
Jamás cantar sobre nuestros loores,
Pero ¿qué más honores
Qué himnos más bellos, más proporcionados
Que el general placer, con que mil veces
Se felicita el pueblo por sus jueces?

Compatriotas amados
Que en ultramar la luz primera visteis;
¿Esto es lo que temisteis?
¿Pensasteis ¡qué engañados!
Que un pecho Americano
Sería vengativo, cruel, tirano?

No hay tal. Fue nuestro anhelo
Este sólo: que al justo magistrado
Ya por sí penetrado
De amor al Patrio suelo,
Le urgiesen a ser fiel en cada punto
Deudos, padres, hijo, esposa, todo junto.

Así será y gozosos
Diremos: es mi Patria el globo entero;
Hermano soy del indio y del ibero;
Y los hombre famosos
Que no rigen, son padres generales
Que harán triunfar a todos sus males.





A la soledad

Oda III.


Oh Soledad amable,
Donde vive el sosiego
Que el hombre en otras partes busca en vano,
Su deseo insaciable
Aviva el mundo, y luego
Niega lo que ofrecía: ¡Infiel tirano!
Sólo aquí el pecho humano
Se engaña felizmente;
Le asusta del retiro la apariencia,
Mas viene a la experiencia
Y encuentra paz y gusto solamente.
¡Qué tranquilo se goza
Cuando en su dulce centro se reposa!

Como fieros lebreles
De su amo al pie tendidos
Yacen al pie del alma las pasiones
Ya no alzan las infieles
Ruidosos alaridos:
Cesaron sus funestas conmociones.
Con serias reflexiones,
Su grandeza eminente
Vuelve a tomar el hombre envilecido;
Conoce que ha nacido
A ser amigo del Omnipotente,
Y que su amistad tierna
Durará más que el mundo, será eterna.

Si viniera aquí un sabio,
Lleno de ciencia impía,
Mudará pronto su engañado juicio;
Y de su mismo labio
Todo el mundo oiría
Que hay inmortalidad y un Dios propicio.
El castigo del vicio
Hace que temerosa,
Huyendo de su Autor busque la nada,
Un alma abandonada;
Pero venga a esta casa silenciosa,
Y Verá cuánto precia
De ser benigno el Dios de nuestra Iglesia.

Como si el que ha caído
A manos de un contrario
Con cerrarse los ojos, escapase;
Se cree guarecido
El hombre temerario
Cuando de sus miserias caso no hace.
Jamás oír le place
Al que su bien procura
Y teme huir del mal que se le espera;
Pero si aquí viniera
Conociera y sanar su locura;
Con paz, con alegría,
Desengaño y remedio encontraría.

Oí al dulce Batilo
Cantar el campo hermoso,
Hierbas y flores, fuentes y ganados.
Allá busqué mi asilo
Pero me fue engañoso.
No se calmaron todos mi cuidados;
Aquí estaban cerrados
Los bienes que buscaba;
Sólo aquí es mi deseo satisfecho,
Y abismado mi pecho,
Comienza a contar dichas y no acaba.
Venid, venid amigos,
Y de esto y mucho más seréis testigos.





El asno cornudo

Fábula V.

Un asno desesperado
Por su carga y sus fatigas,
Llevó al Padre de los Dioses
Uu memorial que decía :
« Es un dolor, Señor Jove
Que solo de mí se diga
« El asno, el asno... un buen bruto:
Tiene paciencia » ; y me aflijan
Con carga y palos, por verme
Falto de armas ofensivas.
Por cierto que con los toros
Otro tanto no se haría:
¡ Que digo toros ! un perro,
Aun la más triste hormiguilla
Tiene armas; y por solo esto
Con respeto se le mira.
Solo yo soy el objeto
De la crueldad y la risa :
Con un par de cuernecillos,
Todo se remediaría. »
Júpiter se los concede ;
Pero, Señor, ¡ qué averías !
Bruto á quien hace un cariño,
Fijo se queda sin tripa.
Aun él queriendo rascarse,
Se rompió media barriga;
Y claro está, él nunca lo hizo
Por matador y suicida,
Sino porque tuvo cuernos
Y el manejo no sabía.
Catástrofe semejante
Me hizo decir, no es mentira,
Ya que Dios ha dado al pueblo
Voto y fuerza la precisa,
Que le den los literatos
Unas cuantas leccioncitas.






La ballena y el lobo

Fábula VI

Mirando con desprecio a cuantos peces
pueblan el ancho mar, una ballena
decía a boca llena:
“todo esto es pitijaya; en dos reveses
arrollaría estos bichos si quisiera
y me los tragaría en un instante.

Si el mentado elefante viviera,
me tragara también al elefante;
pues, bien visto si ensancho mi garguero
soy capaz de tragarme al mundo entero”.

Tantas baladronadas
a todo pez tenían ya mohino,
hasta que un lobo callandito vino
por entre las oladas;
observó que la grande tragadora
apenas anchovetas engullía,
y a todos avisó que la Señora
con toda su armazón nada valía.

Fabio, cuanta a tu amigo este pasaje;
dile que a nadie ultraje
exagerando su sin par talento;
no vaya a ser que un lobo halle sus tretas,
y nos haga saber en un momento
que no puede tragar sino anchovetas.





No nació la mujer para querida

No nació la mujer para querida,
por esquiva, por falsa y por mudable;
y porque es bella, débil, miserable,
no nació para ser aborrecida.

No nació para verse sometida
porque tiene carácter indomable;
y pues prudencia en ella nunca es dable
no nació para ser obedecida.

Porque es flaca no puede ser soltera,
porque es infiel no puede ser casada,
por mudable no es fácil que bien quiera.

Si no es, pues, para amar o ser amada,
sola o casada, súbdita o primera,
la mujer no ha nacido para nada.






Yaraví

IX.

¿Con que al fin habeis tomado
La fatal resolucion
De abandonarme?
¿Al rigor de tus crueldades
Al tormento más atroz
Quieres matarme?

Habeis, pues, firmado al fin
La sentencia de mi muerte,
Dueño tirano;
Y yo tendré que beber
El veneno que tus manos
Me han preparado!

Venga el tósigo fatal
Y acabe con mi existencia
Tan miserable
Has logrado ya tu intento,
Pues me ves yerto cadáver,
Y sin aliento.

Cubre, pues, mi amante cuerpo
Con la gala que le es propia
Á aquel que ha muerto;
Pero, cruel, téme á mi sombra
Que con voz horrenda y triste
Siempre te nombra.




Yaraví

VI.

Sin ver tus ojos
Mandas que viva
Mi pecho triste;
Pero el no verte
Y tener vida
Es imposible.

Las largas horas
Que sin tí paso
Son insufribles,
Vivo violento,
Nada me gusta,
Todo me aflige.

El sol me envía
Para alegrarme
Luz apecible;
Mas si no trae
Tu imágen bella,
¿De qué me sirve?

En mi retiro
Aguardo sólo
Hasta que viste
De negro luto
El orbe entero
La noche horrible.

Miéntras los astros
Van silenciosos
Al mar á hundirse,
Yo revolviendo
Estoy las penas
Que el pecho oprimen.

En mi desvelo
Mi amor y pena
Suelo decirte:
Pero estas lejos,
No oyes mi llanto.
Ni por mí gimes.

Por largas horas
Mi amarga queja
Mi alma repite,
Hasta que el Cielo
Para mal mío
De luz se viste.

Entónces veo
Ser todavía
Más infelice,
Porque el desahogo
Que me dá el llanto
La luz me impide.

¡ Ay ! Así vivo
Dando á mi pena
Giros terribles;
Y así muriera
Si eterna fuese
La ausencia triste,

Hacer tú puedes
¡ Ay vida mía !
Que yo respire,
Amando fina
Á quien tan solo
De tu amor vive.









No hay comentarios:

Publicar un comentario