jueves, 21 de mayo de 2015

OLALLA CASTRO HERNÁNDEZ [16.056]



Olalla Castro Hernández.
Nació en Granada en el año 1979

Ha sido galardonada en el año 2013 con el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández el cual es convocado por la fundación que lleva el nombre del poeta oriolano, por su obra La vida en los ramajes. 

Es licenciada en Periodismo por la Universidad de Sevilla y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Granada. Obtuvo el DEA en el Programa de Doctorado en Teoría de la Literatura con su tesina "Hermenéutica del giro lingüístico y postmodernidad en Rayuela" y actualmente está realizando su tesis doctoral sobre el escritor catalán Enrique Vila-Matas.

Es autora de la antología Ocho paisajes, nueves poetas, ganadora del I Premio Internacional de Poesía Piedra del Molino con su obra El camisón de Emily Dickinson.
y ganadora de otros certámenes literarios, Segundo premio Relatos de Verano Ideal, Accésit Premio Internacional Artífice de Relato), ha sido columnista del diario La Opinión de Granada durante seis años.

La escritora también cuenta con el blog literario Soliloquio de la mujer-bala, ha trabajado de columnista del diario La Opinión de Granada durante seis años y también cantante y letrista de varios proyectos musicales como la banda argelino-catalana Nour, con la que ha grabado tres discos y ha realizado varios conciertos en el extranjero.




“Más vale que aceptes de una vez por todas,
maldita tramoyista,
perfecta estafadora,
que jugar al no, al nunca, al nada,

hace tiempo que dejó de ser un juego”.




ÍTACA

I- Yo: Ulises, Alicia,
cualquiera que esté buscando algo.
Todos los quizás, entreverados,
se ciñen a mi cuello.
Ítaca es la asfixia. Dejar de respirar.
El último rechazo sangra en una esquina.
Sólo recuerdo
un beso de metal en las muñecas,
la sangre cayendo a borbotones
y, al fin, el perfil de mi patria,
a lo lejos, abrazándome.




La vida en los ramajes

Por Santos Domínguez


Olalla Castro Hernández. 
La vida en los ramajes. 
Devenir. Madrid, 2013.




Seguiremos insomnes 
viviendo en los ramajes.
Madera que da a luz sólo virutas,
sin casa, sin puentes, sin iglesia.
Para volver al negro,
al húmedo edén del que salimos. 
Aquí,
colgadas de los árboles,
las máscaras,
al chocar las unas con las otras,
nos susurran en lenguas extranjeras. 
Delicioso escuchar 
sin entender ya nada.



Así termina La vida en los ramajes, el poema que abre y da título al libro con el que Olalla Castro obtuvo el premio Miguel Hernández en 2013.

Entre ese poema de obertura y el cierre con el Autorretrato final, ya en las Autobiografías apócrifas de la infancia, en las cinco partes del libro habla con su desobediencia resistente la mujer-fortaleza que toma la palabra en uno de los más significativos textos del libro.

Y así como García Lorca fundió en una misma vitalidad herida y desobediente a los negros del Bronx y a las mujeres oprimidas de sus dramas mayores, así también Olalla Castro reúne feminidades y negritudes para que hablen a través de la autora mujeres invisibles como Emily Dickinson, Virginia Woolf o Colombine, representantes de una resistencia femenina que engendra los verbos insurgentes que son la savia poética y las raíces de este árbol.

O para que los negros busquen consuelo y liberación en una música -el swing y el blues- sin más norma que el sentimiento, la expresión del dolor o el ansia de libertad a través del ritmo. Es el caso de Louis Amstrong, al que se dedica un espléndido poema, o el de aquella Rosa Park cansada –doble víctima, por mujer y por negra-, cambiando el curso de la historia cuando se negó a levantarse el asiento para blancos de un autobús.

Sacudidos por la intemperie de la historia y el viento de la injusticia, esos son los ramajes de un árbol que vive más en ellos que en su tronco inmóvil y secular del que han brotado esas ramas de apariencia frágil y consistente fortaleza. 

Con su palabra reivindicativa, Olalla Castro redefine el amor y los modos del deseo en los textos eróticos en los que la mujer-sujeto rompe los roles tradicionales de la relación amorosa.

Una actitud que reinterpreta de manera retrospectiva la espera de Penélope, que protagoniza uno de los poemas más potentes del libro, Homero mintió:




No era a tejer y a destejer esperas
a lo que dedicaba Penélope las noches.
Dormían sus pretendientes esperando,
ávidos, ver al fin la mortaja de Laertes,
mientras ella inventaba sus propias odiseas.
Leía pergaminos
traídos por mar desde otras tierras
y besaba el único ojo
de sus Cíclopes tiernos.
En el mar que habitan las sirenas
aprendía uno a uno
los acordes-escudo de sus cantos.
Penélope a salvo
de la mirada de ellos,
el bozal en suspenso,
distendida la soga,
deseaba que el viaje durase para siempre.
No era a tejer y a destejer esperas
a lo que dedicaba Penélope las noches.
Ella jamás pensó que Ulises,
al fin,
regresaría.







"Huí de aquel lugar donde la infancia
era la herrumbre de un columpio roto.  
Donde al caer la tarde, distraídos, 
los muchachos cazaban lagartijas
y las chicas plegaban en silencio".



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