jueves, 14 de mayo de 2015

MANUEL CALVILLO [15.965]


Manuel Calvillo

Nació en San Luis Potosí, San Luis Potosí, el 20 de enero de 1918. Poeta. Estudió derecho en la UNAM. Ha sido secretario de El Colegio de México; catedrático en la UIA; miembro del grupo de Tierra Nueva (junto con Alí Chumacero y José Luis Martínez). Miembro del Instituto de Derecho Comparado y del Centro de Estudios Filosóficos de la UNAM. Colaborador de Ábside, Cuadernos Americanos, Letras Potosinas, Revista Mexicana de Literatura y Revista Universidad de México. 

Obra publicada

Poesía: Estancia en la voz, Tierra Nueva, 1942. || Primera vigilia terrestre, FCE, Tezontle, 1953. || Poesía (1940-1971), selección de Tomás Calvillo Unna, Conaculta (Lecturas Mexicanas), 1997. || Manuel Calvillo. El libro del emigrante, selección y nota de Tomás Javier, UNAM. Dirección de Literatura (Material de Lectura, serie Poesía Moderna 111), 2011.




                                             ¿En qué región mantienen las
                                              palabras su alucinado impulso?

                                              ¿Quién aguarda mi cuerpo y lo 
                                              eterniza?

                                                              Manuel Calvillo

La obra literaria de Manuel Calvillo quedó marcada por una experiencia de su infancia que él mismo relata en una narración inédita: 

...Mi casa, el colegio, el recreo, las calles, eran los dispersos vestíbulos del escenario en la casa de la abuela, escenario al que me precipitaba tarde a tarde como arrobado espectador. Escribo y me pregunto qué de cuanto fui testigo, se disuelve imperceptible en estas líneas ineptas y enervantes. Poco o nada importa, porque estas páginas en su indigencia registran, ya que no reaniman, una escueta representación en la que todos padecían o disfrutaban —¿cómo saberlo?— a sus propios personajes, los que una fatalidad azarosa les había deparado...

En provincia, en casa de su abuela, vivió durante varios meses un suceso peculiar: fue testigo inocente de la agonía del coronel Cristo, un cedillista al que su tío rescató del hospital militar, donde agonizaba víctima de la guerra cristera. Herido, mutilado, el coronel Cristo recibió los cuidados de las católicas parientes del poeta.

El coronel, la abuela, la tía y el cura Castillo —que se hacía pasar por licenciado para ayudar a los cristeros— son los personajes de esa trama, en la que el hombre herido y al borde de la muerte juega partidas de ajedrez con el “licenciado” Castillo, de quien no tarda en descubrir su verdadera identidad.

La memoria de aquel soldado moribundo “que tenía una dignidad pictórica” (como si proviniese de un cuadro de El Greco) y las palabras que escuchó en el patio de la casa de su abuela, alimentaron su imaginación de niño e impulsaron la búsqueda del poeta.

No es de alguna manera el coronel Cristo, con su nombre real, y no por ello menos épico, el bosquejo lejano de ese testigo que se observa ya en “Estancia en la voz” (1942) poema de la infancia y del amor:

¿Esta arcilla entrañable que se mira las manos, 
perpetuará el milagro?
voy, como siempre, ya consumiendo mi sabor eterno.
Y sabía pirámides y letras,
el metal de los astros
y los antiguos ríos,
la historia de unas naves,
mis experiencias pálidas
y el misterio del trigo consagrado.
Yo solo me recuerdo
con secretos manzanas y cuadernos
que huían por las yerbas de la tarde.

O en sus fragmentos del Libro del emigrante, continuidad más allá de las circunstancias temáticas de cada poema. Desde luego, que esto no es una certidumbre, sino el solo señalamiento de una disposición.

La obra poética de Manuel Calvillo no es extensa, es intensa y está siempre cerca del silencio. En uno de sus “apuntes” del Libro del emigrante —sin duda su mejor y más profunda obra y que pareciera interminable hasta el último aliento, comienza preguntando: “¿Decir lo sé?” y termina con una afirmación: “Escribo al azar.” En otro de sus apuntes se interroga: “¿Cómo recordar?” y finaliza exclamando: “¡Oh dios, oh dioses!”

En sus fragmentos del Libro del emigrante su imaginación poética alcanza un tono que nos devuelve una dimensión que la vida diaria suele suprimir; el otro yo que el poeta evoca escapa de las contingencias diurnas.

El desdoblamiento literario es una premonición del misterio que al final de la vida se revela. La poesía no deja de ser así un artificio que puede conducir, como todo verdadero arte, al umbral de la resurrección de los cuerpos.

En el muelle, un día antes, oí gritar mi nombre desde 
    la fila de galeotes. Y era él. Nos miramos. Me
    enfrentó sobre las cabezas sucias, 
y sus ojos tenían una expresión insobornable de 
    ansiedad y rebelión, 
la misma de aquel día, en otro mundo y en otro
    tiempo, cuando esperó en lo alto de las
    fortificaciones, y era el último, 
no el sobreviviente, pero sí el último con el arco
    en la mano, y me miraba, a través del incendio
    y la destrucción, a través de toda esperanza
    me miraba ascender,

Si en la tradición occidental la reencarnación no fuera sólo tema de cultura o de curiosidad, la escritura literaria tendría otro sentido; la poesía sería, en parte, esos destellos de un rito perdido, de una iniciación cuyo contenido fragmentado en los actos humanos se hubiera borrado, permaneciendo en las palabras sólo el eco de una antigua alianza: un collar de vidas.

A pesar de las concepciones y entendimiento del poeta, la poesía emerge así, serena, como una inmemorial estela en medio de las turbulentas aguas de la emigración de los cuerpos. Pero esto es un rumbo distinto, no ausente de anhelo y recuerdo, de asombro y de duda, del cual el poeta guarda distancia: “Contra el azar y el hado, contra una piedad irredimible, yo no puedo ceder”, en su obstinada batalla dentro del territorio de la separación.

Para el poeta la historia se vuelve eterna, o mejor sería decir, simultánea: Jerusalén y Teotihuacán, la costa de Sussex y la esquina de Madero y Letrán. La identidad misma de uno en cada rostro elegido, como el del “hereje quemado entre disturbios en Ravenna” o el del vendedor de la lotería del centro de la ciudad de México que en sus ojos refleja “...los pertinaces fulgores, al sol y entre el polvo y los escudos de pluma, y en la penumbra a orillas del Usumacinta velando la fresca piel de una cautiva púber, con su mano, la mía...” Esta última trasposición la logra por medio de los colores: “los verdes billetes de la lotería bajo incoherentes salmodias”. En esos “verdes” ya se presagian las inéditas copas de los árboles que crean “la penumbra a orillas del Usumacinta”. Las palabras son así una suerte de cartas que van ordenando al azar el viaje poético. El hombre es una palabra, la que busca:

...la primera y la última
en su consumación y holocausto,
entre el índice y el pulgar
como quien la consagra o profana y
arroja contra sí mismo.

Errante, el hombre es un acertijo, una cifra que contiene toda la enumeración posible, humanamente posible, como su vocablo, ¿pero cuál?:

Atisbo una que centellea y se desvanece.  
                        Escribo al azar.

Pudiera ser todo únicamente una fugaz estrella, pero el intelecto y la poesía no pueden ir más: lo invisible desaparece a la imagen.

Hay en el fondo de toda historia cotidiana de cada hombre una necesidad que parece no tener satisfacción, una necesidad que refleja la huella del alma en nuestros cuerpos:

Y de nuevo un día más y un día menos, 
para discurrir clandestino bajo un 
nombre y un oficio honorables y precarios. 
¿Pero hasta cuándo?

La historia y el amor son las únicas armas para combatir esa cotidianeidad que puede llegar a asfixiar; en su poema “Del amor hallado” escrito cuando tenía veintidós años, dice:

Y estás en mí como un antiguo aroma 
esperado y sabido

en “Quiero decir amor” publicado en 1943:

...calla, calla en este silencio de las 
miradas solas, se va cumpliendo todo, 
como el crecer de un árbol...


y en “Estancia en la voz”:


Sólo tú, amor, descubres
tu propia plenitud secreta y joven.

Asombro ante un hallazgo, que en la “Estancia en la voz” busca descifrar:

...este agudo invisible de la piel
donde las cosas yacen sin nombrarlas;
su color mojado, sus henchidas márgenes
donde gritan albatros desprendidos
sobre el vapor yodado de las algas
y un navegante estruendo hacia la noche...
hacia un último encuentro con ella sola.

Y en los “Apuntes” del emigrante:

Yo, el vagabundo pródigo,
a través de un trozo de mármol esculpo 
a la diosa.

Desde hace varios años, Manuel Calvillo ha dejado casi de escribir poesía para entregarse a su familia y al estudio de la historia.

Sus últimos poemas del Libro del emigrante son una reflexión sobre la abyección del escritor ante el poder; sin imágenes, sobrios, son también la reflexión sobre una generación, la que comenzó a escribir en los años treinta y que con incertidumbre ven el derrumbamiento de un sueño, de aquella transparencia que tenía el país durante la primera mitad de este siglo.

Hace quince años escribió:

     Hoy, bajo la fría lámina de estaño al horizonte, lívidos por las calles destellan el carbón y el mercurio en los hilos de la madeja, donde ciertamente no existe una salida sino todas las salidas hacia ninguna parte.

              Sobre el laberinto el tiempo se cierra.

En su último poema publicado en 1983 que lleva por título “De la epístola III” escribe:

Tuyos son el poder y la gloria, y te celebramos, yo el 
más constante, en exaltados epinicios.
Un día, después de leerme lentamente en voz 
baja, me dijiste:
                                    Mientes.
             Y sonreías.

La abyección ante el poder es una historia que se repite día tras día y va minando el corazón del hombre. El escritor queda encadenado por su propio artificio, sus cualidades son los mismos eslabones que lo atan al poderoso, al “príncipe de este mundo” como se diría en otro lenguaje:

El precio de unas horas, si para todos hay alguno superior a treinta monedas.

El Libro del emigrante prosigue, no tiene principio ni fin, su itinerario es la eternidad, mientras la vida alcance para hablar de ella, del pasaje por donde transita el hombre y su linaje, ese linaje “tan remoto como nuestra vocación de amor y sufrimiento”.

Un tiempo y un espacio ilimitados, reducidos a una condición que el amor cerca y redime:

A través del olvido y la esperanza, de la violencia, la 
gloria y el desastre, apenas y siempre una única y 
antigua historia de amor.

De esta manera, Manuel Calvillo es el testigo de una historia que comenzó en una casa de provincia con un hombre herido, perseguidor de cristeros, que recibió los cuidados de una familia católica, mismos que él devolvió al salvarle la vida al cura Castillo: su última jugada de ajedrez ante la muerte.

El polvo y el sudor de aquel rostro fueron las primeras imágenes de un mundo que fue creciendo hasta convertir al poeta en testigo de la historia del hombre y de su conciencia de exilio terrestre, donde la reconciliación es el azar que se descifra, la palabra perdida, el sino de una historia personal, el sentido del emigrante, la conversión postergada que el escritor medita en su soledad.

En el centro del círculo, en el ápice de la noche el día 
    del solsticio, en un silencio incandescente sobre 
    las yemas de los dedos, pronunciamos un nombre 
    como un eco o una cifra, como una efigie, como un 
    rostro inescrutable, y en ese instante, en éste, 
    sabemos.

Tomás Javier



Primer fragmento 


Denn die Liebe sie öffnet den
kreis der Zeit in Jedem nenen Leben
in dem wir uns weidererkennen…

Achim von Arnim, I’erlorene Schriften

I

Cómo recordar,
cuando los cuerpos y el amor —sí, el amor—
entre los muros altos y las pulidas luces 
se deslizan y ocultan en el rincón postrero. 
Cómo, si escudriño los rostros 
y sólo uno, esculpido años, milenios atrás, 
lo preservó el destino abrumado de olvido y de belleza.
En la ciudad,
cuando ningún juez revoca las condenas
y el más alto magistrado niega el indulto
y se expían pecados memorables,
a lo lejos, doncellas y nimbadas,
ellas descienden en sigilo al borde del amor.
Los ojos las cercan,
las pupilas acuosas, habituales, reptan, mancillan el deseo. 
Pero ningún rito prevalece. La proscripción es la más alta 
muralla de la ciudad.
Toda la gloria y toda la clemencia fueron abolidas.
        —¡Una virgen para un condenado a muerte!
Nadie responde.
Y la noche, ocaso tras ocaso, clama por siglos:
       —¡ Una vestal para un perjuro!
Nadie responde.
       —¡Una doncella expósita para un incestuoso!
Nadie responde.
        —¡Una púber sin mácula para un apóstata!
Nadie responde.
       —¡Una hetaira para un delator! 
Nadie responde.
        —¡Una adolescente casta para un sacrílego!
Nadie responde.
        —¡Una diosa para un hijo de hombre!
Nadie responde.
A riesgo del amor, de un amor implacable y único, 
¡oh dios, oh dioses, nadie responde!


II

Errante, con apasionada perseverancia,
porque mi hermano el Arúspice murió en el siglo II
y la más anciana de Delfos olvidó su lengua,
discurro, no atribulado, no, anhelante.
Lo sé. En la hora prevista llega.
                                         La reconozco entre mil. 
Perpetúa su nombre desde los antiguos días inmortales.
¿Recordará?:
                     Alto cielo corintio. 
Verdea el golfo cuando en la mañana 
un mercader en el Ágora vocea el más lejano país del sur y el
precio de cien dracmas por la hija del rey apuñalado:
        Mirad su cabeza sobre el tallo crecido de sus hombros 
y sus brazos como sensibles ramas. 
Probad el sabor de sus labios y su lengua, 
el salino sudor en sus costados 
y las frescas redomas de su pecho para toda la sed. 
Mirad su no tocado vientre, su pubis de virgen 
sobre la aguda clave de sus muslos 
eregidos en una cálida arquitectura aérea 
desde sus pies como pequeños racimos, 
y su pelvis, miradla, digna de acunar a vuestro 
primogénito,
       a vuestro hijo póstumo.

¡Cien dracmas por la hija del rey!

Alto cielo corintio. El golfo hierve bajo los crepúsculos.
En la colina y frente a ella,
yo, el vagabundo pródigo,
a través de un trozo de mármol esculpo la diosa.


III

Giovanni Cartusiano
—mi nombre hacia el fin de aquel siglo—
el arrogante hereje quemado entre disturbios en Ravenna, 
en su Historia Verissima de Colomba della Domenica 
narra nuestro amor, y el de Columba dici Dominicae en la 
        antigua Roma, 
el de aquella vestal amante del liberto que ejercía la magia
—aquel año permutaba y vituperaban mis nombres. 
Leedle, es un libro veraz.
Lo escribió un siglo después de que la repudiada esposa
      de Girolamo, el turbulento y desdichado 
      pretendiente Abruzo
—mi fortuna de entonces—,
destrozó la estatua de la Peristerá
porque su rostro era el de Colomba — ¡Y de quién podía ser!
Sólo de sí y de Colomba, la descendiente de Colomba, y
        de sus propios desatinos, no escribió. 
    Y de nuevo el tiempo y nosotros. 
Las negras vestiduras del Inquisidor 
compareciendo, aquí, ante el tribunal de la Nueva España 
—la impiedad de mi sino
entre el intolerable olor de los cirios, de la infamia 
y de la humedad,
en no contrito holocausto de su juventud y su lecho 
al dictar, palabra a palabra y callando su nombre, la 
        confesión.
Pero los días se precipitan.
En L’Île de France Colombe du Dimanche muere en la 
    guillotina,
y yo, el calumniado, me doy muerte a las puertas del 
      Club de los Jacobinos.

¿Cómo recordarlo? ¿Y a quién?

                             Sólo a ella, en la hora prevista,
al mirarnos bajo la tarde, como siempre, como antes, 
como a la eternidad, como aquel día entre un confuso 
clamor de Arcontes, de marinos y de 
esclavos en el Ágora.


IV

Sí, en la hora prevista, el odiado,
y no como un hombre mortal sino como un ser
        indomable e invencible, 
avasallando el tiempo, impenetrable a la muerte. 
En este lugar sin horizontes,
en la ciudad en donde se prohíbe los festivales del deseo,
y los Augures indagan sólo el nombre del futuro Cónsul,
una figura color de ágata llega inadvertida, 
extraviada en la luz y no entre las hogueras de antaño 
emerge y la contemplo en su apasionado orgullo. 
Cuando aparece cubierta con un flámeo 
y asume el atavío y la potestad de sus atributos 
la preserva de agravios su invulnerable fragilidad. 
Y pregunto:

                   —¿Recuerdas!

                        Ella vuelve el rostro. Mirándome 
mi frente marcada por la temeridad me salva
al concederme sus dones inminentes, 
inicia el más leve ademán, como en la tarde de Corinto 
ante aquel vagabundo a quien redimió en el deseo y el 
         amor.

¡Oh dios, oh dioses!

(1957)
  

Segundo fragmento

Para Paul Blackburn


Hoy escribo su nombre, y él, mi perseguido, el implacable,
        irrumpe, lo grita sordamente, y me enfrenta.
(Lo reconocí hace tiempo, a lo lejos, mudo y solitario 
        sobre el talud en la cima de la montaña,
lo reconocí una noche, jadeante y enconado a través del
        desierto,
lo reconocí una mañana en Praga, a las puertas del Hrad,
        en un mendigo edificante y astroso, 
y otro día en un patíbulo de Madrid, consumido,
        indomable ante la abyección y el tumulto. 
Me llama hoy, como aquella tarde en los muelles de
        Génova.

Quizá deba narrarlo.

Zarpamos. Su eminencia lucía cota, yelmo y espada, e
        impartía suntuosas bendiciones hacia el bauprés. 
La noche encendió los fuegos de San Telmo, y el
        Mediterráneo bullía acuchillado por nuestra proa. 
Lo trajeron al alba. Había destrozado con sus puños el
        rostro de su compañero de banco y de cadena. 
En el muelle, un día antes, oí gritar mi nombre desde la 
        fila de los galeotes. Y era él. Nos miramos Me 
       enfrentó sobre las cabezas sucias, 
y sus ojos tenían una expresión insobornable de ansiedad 
        y rebelión.
La misma de aquel día, en otro mundo y en otro tiempo,
        cuando esperó en lo alto de las fortificaciones, y era
        el último,
no el sobreviviente, pero sí el último con el arco en la 
       mano, y me miraba, a través del incendio de la 
       destrucción, a través de toda esperanza me miraba 
       ascender,
y mi ejército y su pueblo nos miraban, y los muertos 
        fueron testigos. 
Esculpido contra la luz me esperó. 
Cuando llegué a él, me enfrentó en silencio, y su derrota 
        y mi victoria no existían en sus ojos. 
A su lado, a unos pasos, la tarde sembraba el más bello
        rostro de la doncella. 
Sí, en los ojos de él no existían su derrota y mi victoria.
¡Nadie fue nunca investido de tal orgullo! 
Me enfrentó, y me reconocía. Entonces la señaló, y en 
        su lengua extraña pronunció tierna y lentamente su 
        nombre. Ella y yo nos miramos, y la reconocí. 
Después, como un dios proscrito se lanzó de lo alto sobre 
        las humeantes ruinas. 
Esa noche, los hombres y las mujeres de su pueblo se
        arrancaron los ojos.
Torné a mi padre, sin rehenes, sin botín ni trofeos, y él 
        nos contempló, a ella, a mí, en silencio; 
convocó al pueblo e hizo ofrendas nocturnas en la luna
        nueva, sacrificó siete jaguares al sol y una doncella
        noble en el crepúsculo. 
—Lavamos nuestros cuerpos con su sangre—, 
y la tercera noche la poseí. Estuve en ella, en su frenética
        docilidad, anegado en el humor ritual de su deseo.
En los escombros del Palacio de los Adivinos, cinco 
    estelas de piedra perpetúan esta historia, y la de mi
         reinado, en la selva de Tabasco, 
y mi perfil acuña el perfil del invicto en su perfil, el suyo
        en la tarde última sobre las fortificaciones. 
Lo trajeron al alba. Me decían su falso nombre y le 
        acusaban. Miré tan sólo su hombro izquierdo 
        el signo indeleble que llevo en el mío desde mi
        nacimiento,
el de un nombre indescifrable y su linaje perseverante, tan
        remoto como nuestra vocación de amor y 
        sufrimiento.
Ordené que desataran sus manos.
No rehuía mis ojos, y no obstante, lo descubrió bajo el
        astrolabio –el camafeo de ónix y su rostro, el de ella.
Llevó una mano a su costado, hurgó, y con vehemente
        lentitud tiró sobre mi mesa un tejo de obsidiana con 
        su rostro, también el de ella, en relieve,
y pronunció de nuevo, con obstinada y áspera ternura,
        el mismo nombre, como en la tarde de su derrota y 
        de su muerte.
Él, que preservó su virginidad para el aniversario de las
        Fundaciones y abdicó de su privilegio funeral para
        entregarla a mi custodia,
emergía a través del océano y del tiempo con el estigma 
        de su renunciación, y no a demandarme sino a abolir, 
        en un designio más inclemente que todo cuanto yo 
        podía tolerar.
Una violencia inmemorial nos poseyó al acecho de nuestro
        amor y de nuestra muerte. 
Pero en el Mediterráneo, el alba, contra el Hado y el Azar, 
ante él, a quien sólo el amor y la humillación intimidaban,
        asumí para siempre nuestro irreconciliable destino.
Y no podía ceder.
Desde la puerta me enfrentó al partir, y le ahogaban su
       orgullo y una salvaje resignación. 
Yo no podía ceder.
Mi furia arrasó las islas y los puertos del Egeo bajo los 
        ineficaces exorcismos de Su Eminencia, 
y entre sus agobiadas oraciones rescaté en Nicea la Túnica
        inconsútil y en San Juan de Acre la venera perdida de
        Godofredo. 
Dejé a mi espalda la victoria y la devastación. Me precedía 
        la fama en su leyenda de crueldad y de coraje hacia 
        una gloria efímera.
Y regresé a ella, a mi lecho nocturno, a su cuerpo, a los 
        ritos secretos de nuestro amor, a nuestro deseo 
        incorruptible). 
Hoy escribo su nombre, y él, mi perseguidor, irrumpe, 
        lo grita sordamente, y me enfrenta.
A vida y muerte en nuestro destino encarnizado, la 
        eternidad se consume un día más, 
y no existe una hora para mi renuncia y la restitución. 
Contra el Azar y el Hado, contra una piedad irredimible,
        yo no puedo ceder.

(1966)
  


Apuntes 

Para Manuel Quijano Narezo

¿Decir lo sé?
    Aquí y en esta hora, cuando una figura, uno entre los setenta y ocho naipes, entre los cincuenta y seis o entre los cuarenta y ocho, un as, ¿importa?
    ¿Florear las cartas o esperar a espadas, pique, grun, espadas?
Sí, y al fin en la mano, en las manos entre el índice y el pulgar como una forma en el instante de la 
consagración, frente a un saldo de fichas negras, 
blancas, rojas, verdes.

    Sí, tal vez.

    Tirarlo sobre la mesa y musitar el epitafio: se acabó, al carajo. Y recoges las últimas posturas –nuestros restos– se dice.
    Afuera, a través de los nublados cristales, un día más e inmutable la aurora de hermosas trenzas, como otro día cualquiera, como aquél en los cerros dorados del otoño después de la tempestad en las playas de Esqueria.
    Más, ¿a qué mencionarlo?
   Yo, el ganador, recojo los restos con el mismo habitual y moroso ademán.
    El precio de unas horas, si para todas hay alguno superior a treinta monedas.
   Y de nuevo un día más y un día menos, para discurrir clandestino bajo un nombre y un oficio honorables y precarios.
    ¿Pero hasta cuándo?
    Y recuerdo.
    Alcinoo pregunta, o su Católica y Real Majestad, 
o nadie.
    Las relaciones de los vencidos, algunos libros sagrados, las historias narradas por un ciego y otras relegadas de amor y fortuna, rinden en parte el testimonio.
    Un solitario autobús acelera hacia el norte, se propaga el gorjeo de los pájaros en la alameda. Al oriente las torres alineadas y la cúpula de la catedral se perfilan en gris y en acero los volcanes. A mi espalda me dicen adiós y golpean la puerta.
    Un soplo frío y puro llega por la ventana. Aunque en verdad nada concluye en una hora, en una fecha, o nunca, volvemos hoy como otro día, ayer, al azar –respetando la volte, e triste impera...
    Al fin del último crucero, olvidado de cuanto padecí, bajo su protección y la del dios de los suplicantes, en la playa y a la vista del olivo frondoso, el día de mi retorno era ya el extranjero.
                              Lo fui después de encontrarme en tus ojos una tarde de Ea, y desde antes, en aquellos días cuando ostentamos nuestra furia, nuestra indigencia y nuestra astucia ante los inaccesibles muros.
   Otro día, el de la noche que cayó sobre nosotros en Hadeby, vimos partir mi nave –con tu rostro y tus senos esculpidos en la proa– hacia el norte, su vela amarilla en el crepúsculo, y llegar del occidente y el sur al enemigo.
    En la ciudadela nadie sobrevivió, y la empuñadura de mi espada con su Jelling permanece aún como trofeo en un distante sepulcro normando en la costa de Sussex.
    A través del olvido y la esperanza, de la violencia, la gloria y el desastre, apenas y siempre una única y antigua historia de amor.
   De Babilonia a Cincinnati y a Ceylán y el acaso, yo, el desertor, este resto de mí, llegó para ascender de nuevo por los peldaños hacia tus ojos.
   Mas, cómo reconocernos después de borrar nuestros rostros y sólo recordar una melodía –la dices cuando extraña para ti misma, yacente, perezosa, la escuchas y te abandonas.
   Y no obstante, turbada en el silencio y desnuda ante el espejo, esperas, como en Ur y en Jerusalén una noche
de saqueo y revelaciones, como en Cartago y en 
Tenochtitlan a la sombra de mi destino, como otras, y 
quizá como una víspera de Navidad en México.

        Alguna vez decías: I have remembrances of yours 
                                     That I have long longed to 
                                     redeliver

   Y erigida en ti lo demandabas ante mi postración y mi extravío.
    Hoy, bajo la fría lámina de estaño del horizonte, 
lívidos por las calles destellan el carbón y el mercurio en 
los hilos de la madeja, donde ciertamente no existe una 
salida sino todas las salidas hacia ninguna parte.
     Sobre el laberinto el tiempo se cierra.
                                 En la esquina 
de Madero y Letrán, de espaldas contra el muro de 
cemento, yergue el rostro desde su fatiga de siglos, y 
a través del smog frío del crepúsculo se ilumina bajo el 
mechón hirsuto y ralo.
    Su voz hipa las vacuas cifras de la fortuna. 
                                 Ofrece
los dones de la incertidumbre y no más una máscara de oro al usurpador.
     Su mano sarmentosa blande los verdes billetes de la lotería bajo incoherentes salmodias.
                                Y en sus ojos, 
como antes, veo los pertinaces fulgores,
                                          al sol y entre el polvo y los 
escudos de pluma, y en la penumbra a orillas del 
Usumacinta velando la fresca piel de una cautiva púber, 
con su mano, la mía, sobre el terso vientre,
                                                 y en
lo postrero de aquellos días, los de la abolición y las 
profanaciones, en la noche última, en la hora de la 
aniquilación no en la de la renuncia, y de nuevo, aquí, 
sobreviviente a su propio funeral sin preservar su olvi-do.
                                        Nuestros ojos se encuentran, 
                                        y me conmina. 
   En el centro del círculo, en el ápice de la noche el día del solsticio, en un silencio incandescente sobre las yemas de los dedos, pronunciamos un nombre como un eco o una cifra, como una efigie, como un rostro inescrutable, y en ese instante, en éste, sabemos.
                                        Porque todo está previsto, 
tú y yo entre ellos, a salvo de la amenaza y el riesgo de su felicidad o su desprecio y su condenación, conmovidos, impuros, repudiando sus redenciones, cumpliendo 
nuestra sola perseverancia.
                                        Mas no escuches, recuerda. 
    Una palabra en el ávido enjambre, una entre las setenta y ocho veces setenta y ocho, entre las cincuenta y seis veces cincuenta y seis o entre las cuarenta y ocho veces cuarenta y ocho de cada una posible, inmemorial y súbita.
                                       La espero y acecho hasta su captura 
para pronunciarla y jugar con ella nuestra predestinación.
    Si, respetando la volte... a una palabra, la primera y la última en su consumación y holocausto, entre el índice y el pulgar como quien la consagra o profana y arroja contra sí mismo.
    Atisbo una que centellea y se desvanece.
                                        Escribo al azar.

(1971)
  


Poesía moderna No. 111

De la epístola III 


Tuyo es el atributo de la veracidad, de manifestarnos lo 
cierto y lo falso, aunque a veces callas o disimulas o 
hablas en acertijos.
                 Nos proteges – ¡tu prudencia es tanta! – de la 
mentira y de la verdad.
Tuyos son los veredictos de la justicia, los que nadie 
prodigó más en la severidad y la clemencia. 
Tuyos son el poder y la gloria, y te celebramos, yo el más
constante, en exaltados epinicios.
                                        Tú, benévolo, recogiste 
dos hexámetros, míos para grabarse en la columna que ya te conmemora.
Tuya es la munificencia, y abrumas a quienes te loamos. 
Tuya es la hospitalidad más indulgente. 
Un día, después de leerme lentamente en voz baja, me dijiste:
                                                Mientes.
                    Y sonreías.
                                        Lo sé, lo saben todos, ellos
cuya envidia me cerca y cuya solicitud te acosa y agobia.
                                        Los otros, tus enemigos, me 
hostigan y me desprecian, y aunque desde hoy te infaman,
esperan su hora, la de tu abatimiento o tu muerte.
                                        ¿Mas quién, oh Augusto, quiénes 
borrarán de la memoria del Lacio tus hazañas, y mi Oda I y mi Epístola II?
  
(1983)




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