martes, 5 de mayo de 2015

JUAN PABLO BONINO [15.863]


Juan Pablo Bonino

Juan Pablo Bonino nació en marzo de 1984 en Buenos Aires, Argentina. Es Licenciado en Letras y trabaja como docente en escuelas secundarias.Asiste al taller de Osvaldo Bossi.




Algunas noches cuando nieva

Esa noche pude ver los rayos de luz
descomponerse sobre la nieve, esa noche
sentí cómo tu sangre y la mía circulaban juntas,
esa noche como nunca esperé la punta del amanecer
volverse una parte de tu ojo que ya casi no parpadeaba.

Los relámpagos entibiaban la noche
mientras afuera la nieve envolvía casi todo
con su película de luz, menos las puntas de las rocas
que quizá brillarían si quisieras iluminarlas cuando soñabas:
desde tus ojos se proyectaban relámpagos que segundos después
caían desde el cielo, así como la nieve que venía de la noche
viajaba en secreto por un túnel hacia nuestra sangre.

Nunca sentí a alguien como esa noche,
cuando mientras pasaba el dorso de mi mano
por la tela de tus párpados, escuché cómo suspirabas
y me decías que te sentías sola. Afuera nevaba, poco
pero nevaba. Sin embargo por la luz que salía de tus ojos
imaginé las amarras de un bote soltándose, algo así como
el punto de partida para lo que fue el mejor sueño del mundo:
acariciarte una y otra vez en un ciclo que no era de este planeta,
un tiempo de nieve deslumbrante que cada vez que titilaba en tus pupilas
derramaba en toda la casa un rayo de luz que apuntaba a mi ojo.




I

Tenías escarcha en el borde
de tu boca y la bufanda amarilla
te envolvía como un anillo de viento,
los relámpagos acariciaban la tierra
y en el fondo de tus ojos había algo,
me pregunto qué había en ese fondo
y sólo puedo pensar en la nieve que
cae sobre las piedras y las envuelve
como si ya no hubiera un sostén
para esa forma infinita del brillo.


  
II

Al fondo de la noche, las frondosas
tipas se arqueaban con los tironeos
del viento, y -creo acordarme- como
si viniera de otra galaxia, de tu voz
amasijada por los años glaciales
que se hundieron en tus pupilas,
y ahora estás tan hermosa y pienso
este reencuentro como una forma
de saldar deudas con el tiempo
ya pasado que permanece intacto
como un astro perdido en el cielo.


º



Es un amanecer tenue de sol frío
y -como siempre- saco dos naranjas
del bol y me dispongo a exprimirlas,
a quitarles con furia toda esa maravilla
que guardan en el centro de sí mismas:
su forma redonda se ofrece a mi mano
y de pronto siento un leve asombro
por la relación que se establece entre
la rugosidad de su cáscara y mi piel
apenas húmeda después de ducharme.
Agarro las dos naranjas con mi mano
derecha y las arrojo al aire -primero
una y después la otra- y se desata
en las alturas una función alucinada
de metódica desmesura: las esferas
cada vez más brillantes, anaranjadas
y pulidas se consagran como estrellas
mínimas, desplegándose en este rito
antes de que las decapite y el tiempo
les dé su última palada: dos mitades
idénticas y perfectas ahora reposan
en la quirúrgica mesada de granito
a punto de perder su propia vida.


º



Algunas noches cuando nieva
después de cenar, con Julia
conversamos sobre la belleza
de los copos que giran y dan
vueltas por el aire. Ella se queda
enmudecida, cierra sus ojos
y pone sus manos bien abiertas
contra el ventanal empañado
guareciéndose del frío febril
que se expande desde las plantas
de sus pies -ella adoraba estar
descalza en Arizona- y aquí
las medias térmicas ni siquiera
hacen sentirla como en casa.
Desde que llegamos, me dice,
que ha perdido el tono de voz
jubiloso porque aquí casi todo
se tiñe de una sutil despedida,
como si incluso nuestra relación
-me murmura algunos días-
estuviera afectada por la nieve
que se acumula y que nunca
nadie barre. Yo no sé qué decir
y pienso en los aludes, en esas
bolas de nieve que poco a poco
adquieren un tamaño insolente
y arrasan hombres y autopistas.
De todas formas, no todo está
definitivamente perdido, por eso
a veces simulamos postergar
el futuro y sonreímos tímidos
cuando Julia se quita las medias
-y mientras bosteza ese airecito
sureño- yo envuelvo sus pies
con mis manos templadas
hasta que ella me abandona
y se va tras su sueño solitario.


º



En Alaska, el universo que han construido
para que puedas resguardarte del frío polar
es tan sereno como el desierto después
del mediodía. Ahora las puertas despintadas
crujen en los vaivenes del viento y están
con las llaves colgadas a la espera como
si alguien -de verdad- quisiera recibirte.
Quizás no varíe la escena pero estás solo
como no lo estuviste nunca, y recordás
el preciso instante -la energía en tu brazo-
cuando arrojaste las llaves de tu casa
y supiste -como si un rayo te atravesara-
que ya no podías volver atrás. Alguna vez
podrás decir que tuviste -al menos- una
certeza: ese día de agosto de dos mil nueve
Alaska se demoró en tu cuerpo y se impuso
como la próxima parada de un largo viaje
después del abandono de tu casa materna.



-Postales-

-I-

Nunca imaginé que el paisaje de Alaska
fuera como es, una acumulación lisa
y fría de autopistas, glaciares y picos
árticos de montañas que sin desearlo
congelan los sueños de sus habitantes.
Así, la primavera en que mis ojos y esta
maravilla se cruzaron, no pude decir
nada, y emergió un leve hálito de mi boca
volviendo gélida cada una de las imágenes
que aún se guarecen en mi memoria.


-II-

Aquí, la nitidez del desierto
es una foto continuamente velada,
por eso los ojos demoran algunos meses
en ajustarse a la forma en que casi todo
se inunda de un extenso fulgor glacial.
Nadie sabe, quizá sólo los esquimales
puedan acertar a describir la agonía
diaria, los secretos que se murmuran
de oído a oído con las lenguas casi
entumecidas, al borde de un silencio
parecido a la noche que aquí se obstina:
largas semanas como un cielo raso
que esconden el verdadero sueño
en las duras pupilas de sus habitantes.


º


Es un domingo y mi hijo murmura
si lo acompaño a buscar un mapa,
un mapa de América, dice: leo Alaska
y se me hace agua la boca por irme
y reemplazar este diciembre sofocante
por la benevolencia de un frío polar,
y pienso en los dignos esquimales
que noche a noche sobre las aguas
congeladas del ártico, como una tela
elástica y oscura, se besan
y preparan té para compartirse
en el erotismo de las volutas
de aire secreto, de las palabras
desérticas que hablan su idioma
bajo cero, y cuando rompen el hielo
para pescar y se resquebraja la tierra
que no existe, lloran ante su cielo
pidiendo, como me pide mi hijo
que no lo abandone en su travesía
para recorrer su mundo, mi barrio,
tal vez parecida a la desolación
de esos seres ajenos al tiempo
que por siglos murieron en la nieve,
así tambien mi hijo traza líneas
en el mapa, como buscando hundir
un cuchillo de plástico, un punto
que sea sólo de él y le permita
aferrarse a sus juegos de la infancia
y a mi mano sudada de padre,
cuando abandone a mi hijo
agitando dulcemente los dedos
de mi mano, que se expandirán
como un remordimiento
en su memoria y en la mía
cuando sea un esquimal de raza
y recuerde la acumulación
de esa sustancia blanca, persistente
y sorda, inaudible como se oye
-supongo- en la larga noche del norte
que ya me silba en el oído.


º


¿Y si fuera el último inquilino
que habitara La Tierra y nadie
pudiera oír mis pasos en la noche
ni hacer más leve ese instante,
el del último y definitivo adiós
cuando quizá pueda despedirme
-silbando mi sueño solitario-
de una vez y para siempre?
Desde aquí, desde Rusia
saludaré al resto del mundo
que ya estará desolado como
si jamás hubiera habido
dos personas amándose,
desbordándose en ese volcán
que se abre con el picaporte
en cada habitación de hotel.
Aquí, sin mí, ya nadie -puedo
asegurarlo- recordará nada,
sólo estará el extenso planeta
-ahora reducido a mi esqueleto
mudo como una noche siberiana-
que amanecerá y así continuará
el ciclo en que el viento sólo
empujará lirios en el viento.
Así atravieso el tiempo, son
los restos de todos los sueños
compartidos que se concentran
en un punto sedoso de mis ojos,
en donde mis pupilas retienen
todo lo que guardaré para siempre
cuando -ya falta poco- cierre
mis párpados, y éstos bajen
el telón final de la historia.


o


Nunca lo dije pero hay un momento 
asombroso en que el tiempo se detiene 
y es durante ese segundo interminable 
cuando puedo tocar aquellas canciones 
que están girando en el viento oscuro 
al fondo del océano. Algunas noches 
no puedo dormir y me quedo oyendo 
el extraño zumbido de las ballenas 
rondar cada milímetro de este barco 
como un canto monocorde: un sonido 
concentrado, que después puedo 
desplegar cuando estoy en el piano 
y me siento el hombre más solo 
del universo. Nunca bajé a tierra 
porque desconfío de todos aquellos 
que se amarran a algo. En definitiva, 
jamás supe qué era lo mejor para mí 
pero aún recuerdo esa madrugada 
cuando de mi viejo piano emanaron 
una tras otra aquellas melodías 
que me dieron un llanto sonriente 
porque comprendí que si tocaba 
cada tecla con el pulso acuático 
de mi corazón, podría descubrir 
el resplandor secreto de mi música.




Ni siquiera es temprano…

         Ni siquiera es temprano, está casi
a punto de amanecer y no hay fulgor
que anuncie las costuras del día:
esta tiniebla larga como los años
que pasaron, esta noche pienso
en esos días ventosos de mayo
que no fueron a ninguna parte,
cuando apenas teníamos veinte
y ya habíamos perdido aquello
que soñábamos en la infancia.

Ahora este invierno en mi casa
repaso el contorno de tu voz
para así disipar este amanecer
empeñado en delinear su borde
de luz. Pienso que tal vez yo sólo
deambulo en busca de esos hilos
de luz que emanás cuando sueño:
acaso soñar con vos es una forma
de volver a perder todo aquello
que tal vez nunca hayamos tenido.



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