viernes, 7 de marzo de 2014

MANUEL MEJÍA VALLEJO [11.156]


Manuel Mejía Vallejo

Manuel Mejía Vallejo (Jericó, Antioquia, Colombia, 23 de abril de 1923 - El Retiro, Antioquia, Colombia, 23 de julio de 1998) fue un escritor y periodista colombiano ganador de los premios Rómulo Gallegos y Nadal. Representa la vertiente andina de la narrativa colombiana contemporánea.

A la edad de 22 años ya había escrito su primera novela, tituladaLa tierra éramos nosotro coordinado por [[León de Greiff], sin que Mejía lo supiera. La lectura de esta novela causó una gran impresión entre el grupo y fue así como se publicó, en 1945.
Durante muchos años, Mejía Vallejo fue profesor de literatura en la Universidad Nacional de Colombia, seccional Medellín. Fue director de la Imprenta Departamental de Antioquia y desde 1978 dirigió el taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Etapas

La narrativa de Mejía Vallejo puede dividirse en tres etapas.
La primera, caracterizada por ficciones tradicionales, va de 1945 a 1957 Comprende La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía.
La segunda se caracteriza por la innovación en la técnica, va de 1959 a 1964. Comprende, entre otras, Al pie de la ciudad y El día señalado.
La tercera corresponde a la producción madura, donde Mejía funde los impulsos tradicionales con lo moderno. Esta fase comprende su producción desde 1967, marcada por Cuentos de zona tórrida, y transita hasta la que se puede considerar la gran culminación del escritor, La casa de las dos palmas. La trama de esta novela se ubica en la segunda y tercera décadas del siglo XX, lo que la hace complementaria de Tarde de verano.

Obra

Novela

La tierra éramos nosotros (1945).
Al pie de la ciudad (1958)
El día señalado (1964), Premio Nadal en 19631
Aire de tango (1973)
Las muertes ajenas (1979), mención especial en el Premio Casa de las Américas
Tarde de verano (1981)
Y el mundo sigue andando (1984)
La sombra de tu paso (1987)
La casa de las dos palmas (1988), Premio Rómulo Gallegos, llevada a la televisión colombiana.
Los abuelos de la cara blanca (1991)
Los invocados (1997)

Cuento

Tiempo de sequía (1957)
Cielo cerrado (1963)
Cuentos de zona tórrida (1967)
Las noches de las vigilias (1975)
Otras historias de Balandú (1990)
Sombras contra el muro (1993)
La venganza y otros relatos (1995).

Poemarios

Prácticas para el olvido (1977).
El viento lo dijo (1981)
Memoria del olvido (1990)
Soledumbres (1990)


Son recurrentes los temas de la hacienda, la aldea y los espacios suburbanos, el asombro ante el desarraigo del hombre provinciano, las contradicciones de la ciudad que propician un cosmos de desvaríos colectivos y de la soledad.
La obra de Mejía Vallejo representa la vertiente andina de la narrativa colombiana contemporánea, caracterizada por un mundo de símbolos que van perdiéndose en el recuerdo de la montaña.
Ella presupone asimismo, como un legado personalmente asimilado y refigurado, muchos rasgos de la rica tradición oral antioqueña.





Le gustaban las coplas populares (era un experto en las de Ñito Restrepo) y también las escribía. Aquí van algunas de su invención tomadas de distintos libros:

Si con juicio se le mira,
tiene razones mi edad:
el que calla la verdad
está diciendo mentira.

Tiré una piedra en el río
y el agua se la tragó;
así mismo naufragó
tu corazón en el mío.

Dicen que la pena es corta
cuando canta el diostedé;
pero mi pena, lo sé, 
al diostedé no le importa.

Si deseas entender
la razón más pura y plana,
no dejes para mañana
lo que hiciste desde ayer.

Ya va un año de no verte,
un año de tu partida,
un año de estar sin vida:
hoy cumple un año mi muerte.

Si te preguntan por mí
deciles que voy sangrando
la sangre que iba quedando
del corazón que le di.

De amar, sufrir y olvidar
se ha hecho mi amor tan fuerte,
que no bastaría una muerte 
para poderlo matar.

Cogollo de mejorana, 
yerbita del buen querer,
nunca más volveré a ver
la que se fue esta mañana.

Sentir miedo es natural,
lo sabe el hombre probado.
mas vivir acobardado
es morir del peor mal.

El picaflor zumba-zumba
revuela de flor en flor,
y no hay flor que su color
no alegre cuando él retumba.

Miré tanto tu retrato
que la imagen se borró,
pero en mis ojos quedó
llanto para mucho rato.

La sombra de la hoja cae al agua.
Su piel tiembla,
y el temblor de la sombra
lo bebe una libélula.

Como la abeja,
el hombre se debate
contra el vidrio,
con una diferencia; 
no hay vidrio.





EN LAS ALTAS COLINAS

No pongan una cruz sobre la tierra
que de tres golpes cubrirá mi vida.
Enciendan bajo el sol gajos de cedro
para hacer vegetales las cenizas.

Mi muerte debe ser un acto simple
como fueron los actos de mi vida:
sin alardes, sin queja, sin engaño,
sin el agrio sabor de despedida.
Voy simplemente en busca de raíces
más fuertes y hondas para la semilla:
si fue superficial mi huella errante,
será profunda entre la greda tibia.
Eso es morir, no más, como ir al pan
o beber en la taza campesina,
cerrar los ojos y extender los brazos
o fijar un recuerdo en la retina.
Quitemos a la muerte sus adornos
que morir es toldar en tierra amiga.
-En el ala del ave muere el vuelo
y en la mano entreabierta la fatiga.
Me sembrarán al paso, compañero,
Como en el surco abierto la semilla:
se anunciaron los días de la siembra
para que abran después los de la espiga.








SENSACIÓN TARDÍA

Recuerdo el asombro de sus ojos
marcados por la angustia de dos cejas en ala.
Recuerdo su silencio, su soledd, su llanto,
sus fluviales palabras.

(Aroma de eneldo y de romero,
espigas en los carrizales.
Voces de adiós en los caminos,
Efluvios de nube y tarde.)
Desde el balcón bañaban sus ojos el paisaje
si me iba a buscar caminos por el bosque.
Y siempre que volvía, nacía en su sonrisa,
en su voz, en su entraña.
-Jadeaba la infancia retozona
en mortillos y arrayanes.
(Pájaros azules en las rocas.
Cavernas de agua y espuma.
Río nocturno, cauce hondo,
y entre gajos la luna madura.)
La recuerdo en las hojas de un libro,
o bordando unas frutas de mantel familiar
que hacían grato el pan en el cedro y el lino.
(Silbos nacidos en los juncos.
Alas perdidas en su vuelo.
Y un pedazo de crepúsculo, dejado
En las ramas de un ceibo.)
-Se dobló mi niñez en su mano amorosa,
mis veinte años nacieron desde un surco en su frente.
La veo cuando murió mi padre.
Voces sonámbulas. Galope de caballos.
Rezos gemidos en la sombra.
Una luna de sangre sobre el monte.
Un retazo de cielo entre las hojas.
Después doblé caminos por el mundo.
Si volvía –hondos cansancios sin eco-
ella abría los brazos para estrechar mi errancia.
Y viendo mi paso vagar aún sin camino
mirábamos abrirse la ventana.
(Pompas de lluvia en los charcos.
Viento de olvido en los helechos.
Niebla en los dedos y en el monte.
Huella de los esteros.)
Y hallaba, después de cada viaje,
más silentes sus manos, más surcado su rostro,
más blancas y su voz y su cabeza,
más oscuros sus trajes y sus ojos.
-Algo lloraba en derredor con viejo llanto.
(Aroma de eneldo y altamisas.
Espigas en los carrizales.
Silencios de adiós en los caminos.
Efluvios de nube y tarde.)







El viento lo dijo

Que vivir es ir muriendo
nos lo repite la vida: 
está escrita la partida
desde que íbamos naciendo.
Hace mucho lo comprendo
-por bien o mal de mi suerte-
que la vida se nos vierte
en enseñanzas agudas,
pero preguntan mis dudas
qué nos enseña la muerte.
La muerte me está llamando
con sus precisas señales,
al cabo somos iguales
en ir muriendo y andando.
Sin embargo no me ablando
ni pido tregua al destino.
Siempre volverá quien vino
a su punto de partida,
pues nunca pasa la vida
de un desandar el camino
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.





Prácticas para el Olvido


(fragmentos)

Que ya no más podré verte
si no abandono mis vicios...
Cambiaré todos mis juicios
por el vicio de quererte.
Siete amores que habían sido
los metí en un solo amor;
hoy los ocho, sin rencor,
los metí en un solo olvido.
Aunque tranquila en el fondo
por lo que va reflejando,
el agua pasa temblando
de ver el cielo tan hondo.
En acertar es mezquina
la condición de los hombres:
quieren voltear, no te asombres,
antes de alcanzar la esquina.
Cien coplas de una sentada
cantaba un día cualquiera;
hoy paso la noche entera
en una sola callada.
Hasta que te conocí
yo no sabía de penas,
ni sabía de condenas
hasta cuando te perdí.
Corazón, no traigas penas
de tus nuevas compañías;
si no puedo con las mías,
¡qué tal con otras ajenas!
Creo que anoche soñé
con tu cara largo rato;
por no tener tu retrato
cogí el sueño y lo enmarqué.
Con ojos para el olvido
miro tu ventana en cruz:
o no apagaste la luz
o está tu sueño encendido.
Para colmo de mis males
compruebo que, si trasnocho,
con tu amor llegan a ocho
los pecados capitales.
Te haces la desentendida
cuando me sentís llegar,
pero te escucho llorar
los pasos de mi partida.







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