viernes, 28 de marzo de 2014

EVA CASTAÑEDA BARRERA [11.380]


Eva Castañeda


EVA CASTAÑEDA BARRERA

(Ciudad de México, 1981).Es Maestra en Letras por la UNAM,  donde actualmente estudia el Doctorado en Letras. Se ha especializado en el estudio de la poesía coloquial mexicana y latinoamericana contemporáneas. Es Jefa de Redacción del Periódico de Poesía de la UNAM. Ha publicado poemas, ensayos, reseñas y artículos críticos en diversos medios escritos y electrónicos nacionales e internacionales. Es investigadora asociada en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC) de la UNAM. Es miembro fundador del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea.  Ha sido incluida en diversas antologías poéticas, entre ellas Canto de sirenas (Cascada de palabras Cartonera, 2010) y Poesía al Armar (CONACULTA / INBA, 2011). Es autora del poemario Nada se pierde (VersodestierrO, 2012). 





¿Cómo sería querer mucho una cosa
y tenerla?
Rui. Costa



Sin cuentos

Te invito un café,
pero no me cuentes tu vida.
Hoy los trenes son más importantes, la música que tocan en las vías,
los harapientos que sucumben a la seducción de morir
bajo los trenes que de madrugada se enredan con la hierba.
Nada de esto existe
aquí,
¿quién lo dice?

Te invito un café,
pero no me cuentes tu vida.
Hagamos con los dedos una ciudad endeble
con terremotos a la izquierda y un ápice de compasión.
Una ciudad débil sin cuentos ni habitantes.

Por favor, te pago el café.
No me cuentes la historia de tu vida.
La prisa y el cansancio son de todos,
mejor, diluye el polvo para que se levante lo importante.
Algo nos dirá.







La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina[1]

Porque alguien siempre arroja las navajas y el ruido tenue
corta el seso más inteligente.
El hueso avanza al matadero
donde flores coaguladas nos saludan:
entra sin corona.

El resto es la oxidada orilla de algo que un día centelleó.
Desquiciado es el color de la lumbre.

Si todo fuera blanquísimo habría un lugar para dejar las piernas y olvidarse,
pero el humo apunta al lugar de la tormenta:
érase una vez una
que miraba a uno
y de su boca caían abalorios.

Fue en un sueño la hoguera.

Memoria extinguida mientras algo adentro se iba más adentro,
sale sin corona, su cuerpo de gasolina ilumina
un cerillo sin cabeza.

Y hay un fuego tierno que se enciende entre tus manos,
acaricia, que la piedad también hace cenizas.
Azufre son los recuerdos menos rojos,
la corona se extingue.

Esta mujer se convirtió en cerdo,
lloró toda la noche su luz perdida.


NOTA
[1] Tomo el título de una de las novelas del autor de best-sellers, Stiegg Larsson. El título original es The girl who played with fire.








Por la ruta del chocolate

¿Quién comerá más chocolates, un niño o una mujer desesperada?
En los dos casos, la vena se infla y el mundo es menos feo.
Juana la loca guardó diez chocolates para su hijo Carlos V
y en cada grito algo menos dulce y más desquiciado salía:
conquistaré el mundo con una sonrisa ridícula y un juramento de amor
bajo la luna de alpaca.
Mientras, busco lo inofensivo, lo tierno que no desespera:
chocolates castigados en la lengua.

Hay algo de metafísico en el caramelo obscuro que atraviesa
la garganta como los caballos del rey Carlos V en Bolonia.
Chocolate amargo antes de la batalla. Después vendrían las lágrimas,
la depresión y un reino. Por la ruta del chocolate se llega al mediterráneo
con su cuerpo de agua y esas ganas de ser de azúcar para abandonar la sal y sus pecados.
Mar en medio de las tierras. Derretido. Chocolate. Mare Nostrum.







El retrato de Jeanne
                                                                                         Pintaré tus ojos                                                                                   cuando conozca tu alma.                                                                                             Amadeo Modigliani

Mujer, arráncate la luz,
habita mis manos vaciadas de color.
¿La pobreza?
su cara sucia nos mira, 
se asienta el polvo.
      Sigues aquí.
¿La nieve?
Los golpes excitan la carne,
de morado el hielo se derrite.
      Sigues aquí.

Derroché los pulmones en el escondrijo del hollín,
me queda grande el aire, sorbo tu aliento.

No te vas, ciega de mi angustia.
Los ojos y el azul que agita mis uñas,
ellas miran, presienten el color de la carne,
son las despojadas de piel brillante.
Saben ver.

Tú, penumbra en el retrato,
   paloma del alcohol y la amapola.

Ya tus ojos cuelgan del añil,
atisbo del albor.
Un anillo se acomoda en tu cuello,
cae preciso a la hora en que soy espejo.
Presencias tu vestido y el cuartucho.

Eres los ojos, todos los ojos.







Exilio

Por la blancura del refrigerador
               brindamos.
Por la ausencia de malos olores,
a uva masacrada por el frío.
La sopa hecha jirones que se impacientó
hasta el suicidio.

Nos quedamos sin pimienta
y sin espasmo;
limpiamos hasta penetrar el tiempo,
desterrar la mácula
al lugar evanescente.

El hocico de la mosca 
busca y sólo blancura.

Nada del pasado y sus tropelías,
ni descuido o abatimiento,
       sólo blancura

Ni la culpa y su hediondez,
       sólo blancura.

Descansan los ojos en la límpida calma de lo trasparente
y la mosca chilla en el exilio.








Cosas de familia

Y detengo mis ojos en la figura del campeón del mundo:
de pie, señores, un poco de respeto para los hombres como mi viejo
que doblegaron sus vidas en trabajos miserables.
Fabián Casas


Mi padre osciló entre el temblor y la esquizofrenia.
Nunca lo entendí. La vida fue para él un espacio imperfecto.
Un día después de treinta y un años,
supo que era el momento
de partir sin la televisión, sin una esposa ni el colchón
o los muebles que le valieron tres años de sueldo.
No volvería a sentarse frente a un plato caliente
o a mirar con cansancio el rostro de la mujer que siempre lo acompañó
y que un día, lo dejó solo para estar sola.
Mejor así.

Más tarde,  para cada uno,
vendría algo parecido a la felicidad.


                                                              



De laderas y pendientes

A mi hacedor favorito de trabalenguas:
Octavio Paz


Una ballena en la casa es algo metafísico.
Lo que es no debería y la disertación corre por todos lados.
Una ballena en la casa y yo que ya no entiendo de laderas
ni pendientes por las que salta quien que ya no quiere respirar.
Una ballena y la poesía se deslava en su letra, en su ojillo minúsculo
por donde mira lo más callado, pero una ballena en mi casa y yo con la pecera ocupada
y las cacerolas con la sopa y esta manía de no entender qué hace una ballena leyendo

Moby  Dick y después Dylan y las ballenas. Dirá que esto de encallar es lo más aburrido en una casa donde no hay olor a pan caliente. Una ballena que se cierra para contener las palabras que en el agua no existen. Las horas son lo mismo con una ballena que se burla de casi todo porque es inmensa y azul. Brilla los bichos y por su verdad discurre todo que lo francamente ya no entiendo. Una ballena que escribe sobre el campo literario y sus redes ominosas, esta ballena es de otro mundo porque está en mi casa y emite juicios sobre la ignorancia con que escribo. Una ballena que dice: “yo dibujo estas letras / como el día dibuja sus imágenes / y sopla sobre ellas y no vuelve.”





De Periférico a Madrid

Yo atravesaba un puente.
En la mañana de un miércoles, de un jueves.
Los puentes son pura soledad a las 5:00 aeme: su hueso cuelga helado.
Hay homicidios o churros calientes, pero no locos, sí pervertidos o señoritas decentes.
Yo andaba por el puente cuando / mientras / para.
¿Cómo le explico de mi pasarela por sus andamios? Allí era sigilo. Abajo el camión a Izazaga,
el fordcito rojo, la ardiente prisa.

Sabía de mí como se entera uno de las corrientes de aire. Es que uno es otro cuando recorre un puente. Sin metáforas, sin oxígeno, la vida repartida en peldaños miserables.

Descubierto todo: su errática existencia, su débil osamenta y el paso y paso de  todos, de cualquiera. Yo atravesaba un puente



                                                    



Tonight



Las luces de la gasolinera, sus redes infranqueables de color.
: la mujer que se pasea sin un bolso y esas piernas que a nada inspiran.
Todo se agita de madrugada.
A esa hora los niños de la calle son compasivos:
te ofrecen las bancas como si fueran las sillas de su casa y luego te miran,
te abren despacio con la navaja de su rencor y luego sangras de un modo tan hermoso
que la banqueta y los animalitos se pintan de rojo y luego el niño se va y tú te quedas
con un espanto que no es de este mundo porque tu carne abierta no es como pensabas.
De madrugada la fruta es fluorescente,
se quiera o no es
luminosa y anaranjada.
Tus ojos suben por las cosas para capturar su línea perfecta,
la que soporta el edificio,
la que reubica el paisaje.
No es que los lugares cambien

                                    es que algo en tu cuerpo muda:
la iglesia es la Isla Creciente. Tu sed ahora es otra.
Las luces de los autos se clavan en tu recuerdo.
Uno, el único, el que ahora importa:
       era madrugada en la ciudad y no llovía, tampoco te enamoraste,
           sólo era de madrugada.




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