lunes, 24 de diciembre de 2012

MAURICE KENNY [8920]




Maurice Kenny, poeta indígena de la nación Mohawk, nació en Watertown, Nueva York, el dieciséis de agosto de 1929 y creció entre las montañas Adirondacks. En los años cincuenta realizó estudios universitarios en St. Lawrence University (de la que recibió un doctorado honoris causa en literatura en 1995) y en la Universidad de Nueva York, donde estudió con la poeta Louise Bogan. Kenny ha escrito y publicado poesía, cuento y ensayo. Su libro The Mama Poems recibió el Premio al libro de los Estados Unidos de la Fundación Before Columbus en 1984. Sus poemas han sido traducidos al alemán, italiano, francés, polaco, y ruso. Los textos aquí seleccionados fueron publicados en la antología Carving Hawk. New and Selected Poems 1953-2000 (White Pine Press, 2002). En la actualidad Kenny es escritor en residencia en la universidad estatal de Nueva York (SUNY), campus de Potsdam,  autor de I am the sun (1979), Dead letters send (1958), Dancing back strong the nation (1979), Kneading the blood (1981), Greyhouding this America (1988) i Between two rivers (1987).




Traducción de Oscar Sarmiento, poeta y profesor chileno residente en Estados Unidos




El halcón

para Asa

Mañana a mañana me levanto
Y camino por la pradera mojada
Pero nunca le meto miedo al halcón
Con arma o grito
Aunque a veces guardo
Pan y trozos de carne
Para que baje del cielo.

Sus talones gotean miel, su pico
Anda lleno de hojas de genciana y de flores
Y su ojo
Brilla con extraña compasión
Mientras sus plumas sacuden el cielo.

Lo mismo que lleva al bebé a succionar
Y amasa la sangre con pasión,
Lo que les hace cosquillas a los idiotas
Y los pone a reír,
Lleva a mis manos a agarrar
Sus plumas y ponérmelas
Al estilo antiguo.





Winkte*

“Me dijo que si la naturaleza le da a un hombre una carga
haciéndolo diferente, también le otorga un poder…’
John (Fuego) Venado Cojo, Curandero Sioux


¡Somos especiales para los Sioux!
Nos respetaban por el extraño poder
De mirar hacia el sol, la noche.
Nos pagaban con caballos, no con burla.

Para los Cheyenes no éramos una curiosidad.
Éramos amigos o esposas de bravos guerreros,
Cazábamos para nuestras ollas de cocina,
Protegíamos nuestros tipis de los Pawnees.


Íbamos a la montaña para nuestra visión de pubertad.
Ningún caballo o lanza o ave del trueno
Cruzaba el ojo de sueño que nos enviaba
A la guerra o los solitarios bosques del cazador.
Para algunos una canción flotaba en el aire de la montaña.
Para otros, colores y un diseño aparecían en las nubes.
Para unos pocos, palabras caían del ala del águila
Y se apoderaban de la tienda medicinal
Y en su santidad generaban poder
Para la gente de la nación Cheyene.
Había un lugar para nosotros en el poblado.

Los Crow y los Ponca ofrecieron piel de venado
Cuando la decisión de evitar el camino de la guerra se tomó.
Y éramos aceptados entre las vestiduras de pieles
De un joven guerrero, y nos recostábamos cerca de su piel
Y le sabíamos la boca y la tibia ingle
O desposábamos (una segunda esposa) al jefe
Y si cumplíamos con nuestros deberes, él sonreía
Y nos daba sus nietos para que los cuidáramos.

Éramos especiales para los Sioux, los Cheyenes, los Ponca
Y los Crow que valoraban nuestro poder y no escupían
Sobrenombres contra nuestras faldas levantadas
Ni pateaban nuestra desnudez. ¡Influenciábamos al pueblo!

Y si queríamos agarrar una lanza o bailar
Sobre las cabezas de los enemigos y llevarnos búfalo
Entonces, eso también era bueno para la Nación.
Y caminábamos, como buenos contrarios, hacia atrás.

• Palabra Sioux para un hombre homosexual (nota del poeta)







A veces, la injusticia

El día en que nací mi padre me compró una punto 22.
Un año más tarde mi madre la cambió por un violín.
Diez años más tarde mi hermana mayor lo cambió
por una guitarra y se la dio a su enamorado…
que la vendió.

Ahora sabes por qué nunca aprendí a cazar
o aprendí a tocar un instrumento musical
o me convertí en corredor de la bolsa de Wall Street.





Cuando en realidad

Escribí en mi diario
que me había comido sólo una naranja
y un poco de queso esta mañana
y tomado una jarra de café al seco.
Cuando en verdad, al alba, había comido
lagartos, coyotes, plata y cactus
y un trabajador solitario en el desierto.
Bebí cielo, sol y nubes;
mis ojos consumieron llanos, montañas,
países, continentes;
mundos retumbaron en mi vientre.
Esta noche corto y le meto tenedor a la luna del oeste,
masco estrellas
y me bebo el vino de los lobos.





Leyendo poemas en público

Me paro en el escenario y leo poemas,
poemas de niños destrozados en el camino:
la audiencia me lanza preguntas.

Cuento sobre viejos jefes a los que les arrebataron las hijas,
jóvenes guerreros a los que les robaron escudos pintados,
el Curandero dado a la botella;
canto viejas canciones en su lengua
sobre el Espíritu en el viento y el agua…
preguntan si los indios se afeitan.

Recito historias antiguas,
cantares de calendario sobre batallas victoriosas
y masacres a caballo al alba sobre mesetas invernales,
poblados donde los ponis de guerra son amarrados a la nieve…
y ellos quieren saber
cuántos indios comenten suicidio.

Leo hacia el micrófono,
leo hacia la cámara,
leo hacia la página impresa,
leo hacia el oído…
y me dicen qué bonito el anillo que llevas.
La cinta se despliega, la cámara filma,
el periódico gira
y en los titulares se lee:
Rufián, caballo de carreras, muere en operación.

Al final de la lectura me agradecen,
van a comerse unas hamburguesas a McDonald’s,
a comprar unas latas de cervezas para tomar mientras
ven la muerte de Jerónimo en el show de medianoche.

Yo me paro en el escenario y leo poemas
y leo poemas y leo…




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