miércoles, 11 de noviembre de 2015

EYNARD MENÉNDEZ [17.453] Poeta de Guatemala


Eynard Menéndez

Eynard Menéndez es de Antigua Guatemala y sus alrededores como la aldea Santa Ana o Jocotenango por ratos, etc. Nació en 1990 y durante estos arduos años de fin de siglo y principios de otro se ha inmiscuido esporádicamente en el mundo literario al haber sido publicado en dos antologías de poesía: la primera de cuyo nombre no quiero acordarme (Poemas inolvidables) con Latin Heritage Foundation y la otra en un esfuerzo editorial de Casamantina Cartonera, 20.1.2 Editorial y Colectivo poético Asedio (puede encontrarse en las escabrosas profundidades de internet con el sombrío nombre de Mi país es un zombie). También fue publicado en la antología de microrrelatos Al este del arcoíris con Latin Heritage… y en la antología de cuentos con La cesta de las palabras de cuyo nombre no puedo acordarme. En solitario publicó el poemario Cantos de baches mojados [reciclaje poético intercambiable] de forma artesanal con la editorial Empastaduras quemadas y, si mal no estoy, solamente ha publicado poemas en la revista costarricense Conexiones. Bueno, todo esto se ha hecho en Estados Unidos, México, Costa Rica y Guatemala.

Por otro lado, este personaje de alguna manera lucha por el derecho a una vida digna (sin sufrimiento, sin muerte, etc.) de los animales y reconoce que no hay mejor educación en la vida que la vida misma y una biblioteca de las buenas. Lastimosamente su vida como trovador fue truncada debido a otros asuntos de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque aún conserva su guitarra como donación a un centro cultural, y la música lo acompaña en esta vida feliz pero triste con una piedra en la espalda que debe cargarse eternamente: Silvio, Delgadillo, Pedro Guerra, Facundo Cabral, los Guaraguao principalmente. Ahora, misteriosamente y como un acto casi suicida se lanzó a iniciar el proyecto de una librería en la Antigua con el mismo centro cultural que posee su guitarra como donación.


Poema del renacimiento

Después de que el tiempo es tiempo vos estás aquí,
aquí estoy yo, allá están todos, ninguno por aquí,
cualquiera en el remaje eterno de la brisa desigual:
el lago, el río, el mar, la laguna que nunca vemos
porque es el agua sempiterna, colada, sucia,
negra, ahora, contaminada, muerta aunque estamos
en medio de esta tierra que nos ve a los ojos
como cuando nuestros ojos también ahí están
uno frente a uno, dos frente a dos, enfrente
cada uno en el sonido, el ruido inmejorable
del silencio voraz en medio de dos corazones
y el agua que pasa en medio de nuestras manos entonces
y el sol que pasa en medio de nuestra cara entonces
y el tiempo que pasa en medio de nuestro tiempo entonces:
la dimensión reconfortante de cuando estamos
en medio de nosotros, de nuestra estadía, de los
cuerpos efímeros que se manifiestan en nuestra eternidad,
digo, vos y yo somos uno quizás, dos por momentos y
las realidades se bifurcan, se multiplican en contrapesos
por linajes de racismo, de odio, de muerte y vida
que resucita, que se marchita, que se incita a sí misma,
que se ama, que se perdura, que se invisibiliza.
La vida, la idea, el corazón, la cabeza, vos y yo,
yo y vos es el lugar, ese espacio infinito de la
constancia en la permanencia de la tierra, del
sentimiento invaluable, del constreñimiento de
nuestras costillas por vivir, por amarnos, por inventarnos,
por respirar, por renacer, por caer y morir y construir
y destruir y más por más de más en la inabarcabilidad
de las cosas que seremos, somos, fuimos.
Aquí estaremos de algún modo encontrándonos en el
jardín, la calle inquieta, la resolución desafinada,
el momento crucial, esa corazonada de coincidir.



Poema del precipicio

Escribir poemas y perderlos creo que es mi movimiento,
mi situación frente a lo inevitable, el giro de mi mundo:
la perdición: encontrarme perdido, recostado en el
vacío que es mi propio vacío, mi desgana: recostarme
sobre al aire desvencijado con mis huesos desvencijados
que rechinan sobre el ruido y bajo el constante repicar
de lo inevitable que se torna, frente a los ojos todos,
como lo inasible e insaciable, aquella certidumbre
destructora del haz de luz inmarcesible, la oleada ma-
rítima que nos esfuma el horizonte, nos difumina la
visión del cielo con la tierra, esa unión continua que se
fragmenta sin decisión alguna, así como así, asá como asá
como cuando el silencio se nos atora en la garganta y, claro,
la perdición ahí permanece en donde las cosas se pierden,
en donde el mundo se nos presenta redondo,
ovoide como teta dijo don cristóbal
o que se alimenta sobre una tortuga,
sobre un gigante, sobre el huevo eterno de todos los huevos,
etcétera y etcétera y etcétera. En fin, a las palabras
se las lleva el viento para que regresen a su orden habitual:
la nada del vacío que nos inunda y/o el recuerdo de lo que existió
y/o la ventura de la sinventura en el universo casual:
más o menos lo mismo da, menos o más quién lo sabe:
el extravío de la resonancia frente al espíritu demudado.



Poema para el olvido

Desconocer el pasado y arruinarnos en el futuro,
el presente ya está jodido así que a nadie le importa:
ignoramos y ya, olvidamos y ya: vamos a trabajar,
vamos a dormir, vamos a comer insaciablemente,
nos bañamos en nuestros desperdicios,
destruimos lo que nos rodea: nuestros hermanos
humanos, nuestros hermanos animales, nuestra
hermana naturaleza: no importa, nada sabemos,
todo ignoramos: perdón y olvido hasta que al fin moriremos.



El poema que nos reduce

El juego se desnuda
el tiempo vive consumado,
ameno, terrible, limitado, angosto.
Y, así, recordándolo, el tiempo digo,
la vida se agosta, un minuto son dos
minutos, el pasado que nos muerde,
el recuerdo se nos acumula.



Poema de la fragilidad

La ciudad está vacía,
el mundo está vacío
y yo, ser humano,
parado en esta tierra
con miedo a que me roben,
con miedo a que me maten,
con miedo a vos,
con miedo a mí,
mi miedo que se avecina
precipitadamente sin darme cuenta:
miedo de lucero,
miedo de cuento,
miedo de sueño….

¡!

Ah destino en vilo.








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