lunes, 23 de noviembre de 2015

GAIA DANESE [17.590] Poeta de Italia

Fotografía de Joana Linda



Gaia Danese

(Roma, Italia  1971), 
Gaia Danese es diplomática y poeta.
Ha publicado: Las extremidades frágiles, Cosmopoética, Córdoba, 2007, traducción de Juan Carlos Reche, prólogo de Maurizio Cucchi). También ha colaborado con algunas revistas y suplementos como Espacio/Espaço Escrito o Lo Specchio del diario La Stampa. En 2003 estrenó en Roma la obra de teatro danza Tanghedia d’Amore. Doctora en relaciones internacionales por el Institut d’Études Politiques de París (Science Po) y diplomática de carrera, ha trabajado en Portugal, Uruguay y actualmente es Consejera en la embajada de Italia en Madrid. Estos poemas –excepto “Tango” – pertenecen al libro inédito L’amore domestico / El amor doméstico, que será publicado en otoño de 2016 en la colección Gialla Oro de la editorial italiana LietoColle.


Tango

Cultivo el vicio
de abrazarme a un cuerpo cualquiera
y medir el espacio de otras almas
paso a paso.

Y si con ligeros movimientos
acaricio el piso, 
lo hago sólo para infiltrarme

en el pensamiento
y en la lágrima escondida
en la boca del estómago.




Hospital de bonecas

En el hospital de las muñecas
pintan bocas nuevas,
tienen piernas y brazos de repuesto
botones en vez de ojos,
pelo de seda y vestiditos.

En el hospital de las muñecas
remiendan cabezas y corazones.

Reservaré una estancia de absoluto reposo
para muñecas exhaustas,
me dejaré peinar lavar planchar.

Uñas pintadas, por favor:
y tacones altos. Esta noche salgo a bailar



Parole corte

Palabras cortas en la boca
para que no falte el aliento
y así crezcan las rosas
bajo el agua de los días.

Tengo las manos llenas de polvo
de cosas de nada.



Parole corte

Parole corte in bocca
perché non manchi il fiato
e crescano le rose
sotto lácqua dei giorni.

Ho le mani impolverate
di cose da poco.




LA BELLA DURMIENTE

No era yo la princesa que dormía dentro de ti,
            ni mis besos podían despertarla.

            No recuerdo entre nosotros confesiones eficaces,
            escenas sentimentales o verdades bien pagadas.

            Sin embargo, en mi memoria, frescas :
            patéticas declaraciones
            almas en lágrimas

            y esas piedras que te atabas al corazón



Mammina I

¿Has trenzado tú
mammina
ese alambre de púas en torno a mi corazón?
¿creías que bastaba con tejer
bufandas largas largas
para protegerme del frío?

Mi pelo, enmarañado siempre,
sólo papá sabía desenredarlo
nudo a nudo;
no es que lo hiciera a posta, ni por talento,
simplemente le salía.

El pelo, mammina, lo he cortado.
Y de hierro y espinas he hecho hilos de oro.

Saldrá
una colchita
para nosotras dos
mamma bambina.

Las extremidades frágiles. Traducción de Juan Carlos Reche.





Gaia Danese, Las extremidades frágiles, Cosmopoética, Córdoba, 2007.

Benditos sean los libros que provocan en nosotros alguna sensación; benditos los poemas cuya lectura no deja indiferente, sino que zarandea, o tranquiliza, o deslumbra. Basta ya, por tanto, de obras como el agua —inodoras, incoloras, insípidas—, que recorren de la boca al exterior sin apenas rozarnos el estómago. A la poesía de Gaia Danese (Roma, 1971), reunida en Las extremidades frágiles, agradezco una sesión de calma antes de irme a dormir —pese a la advertencia inicial: Vive como algo que comienza, / descansa si puedes, pero no oses dormir—, enfrascada en “Mammina cara”, el tercer bloque del poemario, pero también un empujón a las diez de la mañana para afrontar el día, merced a los versos que lo cierran, 

“Hospital de muñecas”: 

En el hospital de las muñecas 
remiendan cabezas y corazones. 

(…) 

Uñas pintadas, por favor; 
y tacones altos. Esta noche salgo a bailar.



A Gaia Danese agradezco que desvele su mundo en Las extremidades frágiles, y que escriba poemas que parecen susurros y estribillos de canción, breves pero sonorísimos como chasquidos. La poesía de Gaia Danese, intensa, tierna, emocionante, supone todo un descubrimiento dentro de un panorama, el de la poesía italiana más reciente, ignorado en nuestro país: poco más que algunas traducciones de Antonella Anneda —Igitur publicó Residencias invernales en 2005— y una antología de poetas italianos nacidos en los setenta —coetáneos de Danese, por tanto— editada por Bassarai, La obra común. El de Danese es un poemario que aborda las pequeñas cosas desde una voluntad descriptiva y sensitiva: una visión global de la vida en ocasiones desde la felicidad, pero sin desdeñar el dolor.

Poemas como cortometrajes, entonces, que nos cuentan historias; poemas como píldoras, medicinales. Y poesía sobre la propia identidad —en el tríptico de apertura, sin título: 


Me conmueven las extremidades frágiles, / el rojo esmalte de las uñas / aferradas a la caricia del aire—, sobre el espacio que una ocupa en el mundo —en el segundo bloque, “Geometrías seguras”: Esta casa / me la regaló en sueños una antepasada. / Las cortinas, llenas de viento, y un paisaje de agua—, sobre la familia —la ya mencionada tercera parte, “Mammina cara”, que es sin duda la mejor de Las extremidades frágiles: de esa sección me quedo con “Mammina I”, y esa colchita/ para nosotras dos tejida con hilos de oro hechos de hierro y espinas— o sobre el amor y la pareja, en un bloque final —“Detrás de la felicidad”— en el que Gaia Danese envuelve de magia escenas cotidianas: Los platos lavados en la pila, / ningún signo de impaciencia. / Mucho mejor la mañana que la noche. Conocemos los temas que aborda Gaia Danese, pero el talento del poeta se distingue en su capacidad para nombrar diferente, y la suya lo consigue: cada palabra constituye una metáfora, construye una realidad paralela. Magia, les decía. Por no hablar de los diminutivos, de los que tan bien se sirven los poetas latinoamericanos, y en cuyo reto gana Danese; responsabilidad también de su traductor, el solvente Juan Carlos Reche, algo así como un médium para estos poemas.

Gaia Danese debuta con Las extremidades frágiles, un libro que imagino escrito con la misma paciencia evocada por sus versos tranquilos y sus rimas casi en pleno juego. Su sabor es el de un caramelo de menta —nos aclara, su regusto permanece en nuestra garganta—, pero su contacto es como el roce de una espina. Ella misma lo escribe: Son afilados / los fragmentos de los sueños. / Como las ruecas de los cuentos / o espinas, / se clavan / en los dedos / y van directos / al corazón. Las extremidades frágiles recoge unos primeros pasos, sí, pero firmes y dignos de confianza. No la pierdan de vista.

Elena Medel


EL CUERPO DE LAS EMOCIONES

Una insistente, casi obsesiva, percepción del cuerpo se deja entrever en mi poesía. La continua búsqueda de una alineación física del sentimiento ha hecho de mi cuerpo un vehículo, que danza y yoga han vuelto ágil y flexible. Un pequeño vehículo indispensable para la lucidez del pensamiento: Una actitud del cuerpo no produce movimiento. / Las alas plegadas de ángeles cansados / conservan sin embargo / la promesa de un vuelo. Una lucidez difundida anatómicamente, capaz de com-prender el cuerpo de los demás cual contenedor transparente de sueños, des-opacado y liberado del dominio de la cabeza y de la racionalidad unívoca. Una búsqueda del alma mediante el encuentro con otros cuerpos que se expresa en poemas como “Tango”: Cultivo el vicio / de abrazarme a un cuerpo cualquiera / y medir el espacio de otras almas / paso a paso… y en versos como Your body is my body in a mirror of love.  

La fisicidad, la corporeidad en mi poesía trasciende las declinaciones del género superando o confundiendo los límites: Manos, pies, mandíbulas demasiado grandes. / Frágiles divinidades mortales / que llevan los tacones con garbo / al otro lado del espejo. / Púdicas mariposas llamativas, / prendidas con agujas dolorosas / al tiempo que les queda.

Las dimensiones espacio y tiempo se articulan en el cuerpo: Acaricio la espalda curva de la tarde con distraída ternura; la misma, creo, que tú tienes por mí, y yo por cada cosa. El cuerpo empieza en los pies, extremidades –frágiles– que tocan, vacilantes, el mundo y que miro con extrema compasión. Practico con devoción la escucha minuciosa de los pensamientos y del estado de ánimo de los huesos, nervios, tendones y órganos; medida ésta para mí del sentido de una vida: Me conmueven las extremidades frágiles, / el rojo esmalte de las uñas / aferradas a la caricia del aire.

Promesa de libertad o jaula cerrada a cal y canto, el cuerpo nos salva y nos condena: Branquias sutiles / ensanchan el tórax / cerca de las escápulas. / Conviven en apnea / con el preciso orden del despertar (…) / Pero en vuestro sueño / se abren como bocas atrevidas / de par en par.

La corporeidad reconoce las emociones de músculos y órganos y vuelve físicas todas las dimensiones, abstractas o concretas de la realidad: Se inflaman las articulaciones del tiempo perdido, de las cosas por hacer, de las palabras repetidas. Siento la tristeza cuando ya está en las rodillas, olvidada. Sólo una leve molestia en los ligamentos.

Los cuerpos cuyos sentimientos han sido heridos necesitan hospitales (Reservaré una estancia de absoluto reposo / para muñecas exhaustas, / me dejaré peinar, lavar, planchar). Todos los cuerpos necesitan transformarse y morir, disolviéndose para renacer infinitamente, únicos e irrepetibles.

El encuentro casual con la investigación del diseñador Maurizio Montalti (que explora las relaciones entre las formas de vida natural partiendo de la microescala, pero con un acercamiento holístico al mundo como macroorganismo movido por relaciones simbióticas) ha venido a confirmar recientemente y con fuerza la razón profunda de la presencia del cuerpo en mi poesía que, parafraseando a Montalti, se aleja de un sentido de la vida a la sombra de la muerte y reconoce la decadencia y la muerte como procesos naturales, sin los que no sería posible una nueva vida: Y si me dejáis fermentar bajo un ligero velo, tendré el valor nutritivo de una silla. / Hongos y moho digerirán mi hermoso cuerpo y también todos mis sueños. / Germinaré, pues nada ha de perderse.


BRANQUIAS

Branquias sutiles
ensanchan el tórax
cerca de las escápulas.
Conviven en apnea
con el preciso orden del despertar:
la ropa elegida y doblada
las galletas del desayuno,
las carteras preparadas.

Prudentes, exhalan suspiros leves
en los cuentos de la noche.

Pero en vuestro sueño
se abren como bocas descaradas
de par en par.

***

¿Debería alegrarme que ha vuelto el verano?

El sueño es la ciénaga de siempre, no siento el canto de las cigarras, ni el sabor de los frutos que devoro.



Me conmueve, eso sí, una lagartija. Con dos dedos la he sacado del agua, se ha tendido en la piedra caliente y aprieta los ojos de gusto.



Dos tortugas sonrientes negocian por una hoja de lechuga. Me tumbo también yo sobre esas piedras. Empiezo a sospechar que la clave está en la sangre fría.



La lagartija la he encontrado muerta, seca como una hoja fina.

En el carril, una serpiente sin cabeza.

***

Acaricio la espalda curva de la tarde con distraída ternura; la misma, creo, que tú tienes por mí, y yo por cada cosa.

Me apoyo en los músculos, como lazos de un corsé,
para no parecerme a un montón de trapos tristes.

Infeliz estarás tú, yo estoy más allá. En el agua negra ligeramente encrespada, en el algodón de pareos rosas, en el silencio perfecto de vuestro sueño.

Brilla el asfalto del mar. Os habéis ido a dormir, y nada me precisa.

Nadie me ha obligado a la esclavitud del desvelo; libre, sin embargo, os he hecho el nido. Me la he puesto y me queda ni que pintada.

Y luego esta broma del destino, la armadura vacía, el corsé envolviendo la nada. Y de mí casi nada.

Prudente o desganada, quedo en el borde de una carretera, el cuerpo dolorido por un cansancio acumulado quién sabe cuándo.

Esférico, flotante, el corazón apretado en un nudo. Poco más grande que un pañuelo, encerrado entre las costillas como en una caja de agua. Empuja el mar de

dentro, hacia las orillas de los oídos. Y sigo tragando en vano.

Me aferro al exterior: que me lleve el viento, que los ojos se me llenen de flores, que me llame al mundo tu vocecilla (una voz de niña).


TRÁNSITOS

Change,
turn and face the strange
                 David Bowie


Besos de labios gélidos,
senos esféricos e inmóviles
sin gravedad,
canon áureo o silicona.

Plastificados desde dentro,
los cuerpos no reciclables
serán restos venenosos y remendados,
escudos de gelatina contra el porvenir.

Analgésicos marca blanca esterilizan el dolor,
y luego, el asombro (anima vagula blandula):
la apariencia de quien se ha diseñado a medida.
Almas que cambiaron de cuerpo en vida.

Manos, pies, mandíbulas demasiado grandes.
Frágiles divinidades mortales
que llevan los tacones con garbo
al otro lado del espejo.
Púdicas mariposas llamativas,
prendidas con agujas dolorosas
al tiempo que les queda.

No por miedo a envejecer;
por alinear los músculos al corazón.
Vivir y morir, mil y mil veces, solamente por amor.



ESOLACIÓN

Hace falta el coraje de los líquenes, la tenacidad del moho, la obstinación del hongo para crecer en las paredes inhóspitas del alma.

(Recuerdan los líquenes ciertas vidas).

 Merecen una firme admiración y reciben poco más que desprecio.

También el parásito vive, en natura, con impulso imparable y puro.

Nosotros sin embargo repetimos, obsesivamente y sin fin, actos de soberbia no solicitados. La única especie de obtusos.


THE EPHEMERAL ICON

No eran mariposas,
era sólo una leve taquicardia.

La transparencia del envase me distrajo de la causa de tanta agitación: yo veía colores, un caleidoscopio de futuras posibilidades.

Pero no eran mariposas, eran afanosos insectos que me han abonado el corazón.

Y si me dejáis fermentar bajo un ligero velo, tendré el valor nutritivo de una silla.

Hongos y moho digerirán mi hermoso cuerpo y también todos mis sueños. Germinaré, pues nada ha de perderse.


BRANCHIE

Branchie sottili
all’altezza delle scapole allargano il torace.
Convivono in apnea con l’ordine preciso dei risvegli,
i biscotti della colazione,
i vestiti scelti e piegati,
le cartelle preparate.

Prudenti, esalano respiri lievi
nelle fiabe della sera.

Ma nel vostro sonno si aprono sfacciate,
come bocche, spalancate.



***



Perché dovrei rallegrarmi se è tornata l’estate?
Il sonno è la stessa palude di sempre, non sento il canto delle cicale,
né il sapore dei frutti che divoro.

Mi commuove invece una piccolissima lucertola. Con due dita l’ho tirata via dall’acqua, si è appiattita sulle pietre calde e stringe gli occhi di gioia.

Due tartarughe sorridenti negoziano per una foglia d’insalata. Mi stendo anche io su quelle pietre. Inizio a sospettare che la chiave stia nel sangue freddo.

La lucertola l’ho ritrovata morta, secca come una foglia sottile.
Sulla strada, un serpente senza testa.





***



Accarezzo la schiena curva del pomeriggio con distratta tenerezza, la stessa, credo, che tu hai per me ed io per ogni cosa.

Mi appoggio sui muscoli, come i lacci di un corsetto,
per non assomigliare a un mucchio di stracci tristi.

Infelice sarai tu, io sono altrove. Nel leggero incresparsi dell’acqua nera, nel cotone dei teli rosa, nel silenzio perfetto del vostro sonno.

Brilla l’asfalto del mare. Siete andati a dormire, e niente ha più bisogno di me.

 Mi avessero forzata a questa schiavitù della veglia, libera invece vi ho fatto il nido. L’ho indossata e mi calza a pennello.

Poi questo scherzo del destino, l’armatura che resta vuota, il corsetto attorno al nulla. E di me quasi niente.


Resto prudente o svogliata sul ciglio di una strada, il corpo dolente di certa stanchezza accumulata chissà quando.

Sferico, galleggiante, il cuore sta stretto in un nodo. Poco più grande di un fazzoletto, chiuso tra le costole come in una cassa d’acqua. Spinge il mare da dentro, ai

bordi delle orecchie. E continuo a ingoiare a vuoto.

Mi afferro al fuori: che mi porti il vento, che gli occhi mi si riempiano di fiori, che mi chiami al mondo la tua vocina (una voce di bambina).


TRANSITI

Change,
turn and face the strange
                David Bowie

Baci di labbra gelide,
seni sferici e immovili
senza gravità
canone aureo o silicone.

Plastificati dall’interno,
i corpi non riciclabili
saranno velenosi reperti ricuciti.
Scudi gelatinosi contro l’avvenire.

Anestetici da banco sterilizzano il dolore,
ma poi, che incanto (anima vagula blandula):

l’apparanza di chi si è disegnato a sua misura.
Anime che in vita hanno cambiato corpo.

Mani, piedi, mascelle troppo grandi.
Sono divinità mortali e incedono fragili sui tacchi,
oltre lo specchio.
Pudiche sgargianti farfalle, appuntate con spilli dolorosi
al tempo che resta.

Non per paura di invecchiare,
ma per allineare tutti i muscoli al cuore.
Vivere e morire, mille e mille volte, soltanto per amore.


ESOLAZIONE

Ci vuole il coraggio dei licheni, la tenacia delle muffe, l’ostinazione del fungo, per crescere sulle pareti inospitali dell’anima.


(Ricordano i licheni certe vite).


Meritano sicura ammirazione e ricevono poco più che disprezzo.


Anche il parassita vive, in natura, con puro inarrestabile slancio.


Noi invece ripetiamo, ossessivamente e senza un fine, atti di superbia non richiesti. L’unica specie di ottusi.



THE EPHEMERAL ICON

Non erano farfalle,
era soltanto una tachicardia leggera.

La trasparenza del contenitore mi ha ingannata sull’origine di tanta agitazione: io vedevo dei colori, un caleidoscopio di possibilità future.

Ma non erano farfalle, erano insetti laboriosi che mi hanno concimato il cuore.


E se mi lascerete fermentare sotto un leggero velo, avrò il valore nutritivo di una sedia.

Funghi e muffe digeriranno il mio bel corpo e ogni mio sogno. Germoglierò e niente andrà perduto.










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