domingo, 7 de febrero de 2016

ADA LIMÓN [18.079] Poeta de Estados Unidos


Ada Limón

1976, Sonoma, Estados Unidos.
Nacida el 28 de marzo de 1976, Ada Limón es originaria de Sonoma, California. De niña, fue muy influenciada por las artes y los artistas visuales, incluyendo su madre, Stacia Brady. En 2001, recibió un MFA del Programa de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York.

Su primera colección de poemas, Lucky Wreck (Autumn House Press, 2006), fue ganadora del Premio de Poesía Casa otoño de 2005. Es también autora de This Big Fake World (Pearl Editions, 2006), ganadora del Premio de Poesía Pearl Poetry Prize y  Sharks in the Rivers (Milkweed Editions, 2010). Sus poemas han aparecido en The New Yorker, la Revista Harvard, y las Pléyades.

Divide su tiempo entre Lexington, Kentucky y Sonoma, California.


    traducción de Belén Agustina Sánchez

El Problema con Viajar

Cada vez que estoy en un aeropuerto,
pienso que debería drásticamente
cambiar mi vida: Matar las cosas de niños,
empezar a portarme según mis números, prender fuego
al desorden y reptar por debajo
del radar como un canino que escapó
escabulléndose a lo largo de la cerca.
Estaría tejida en ochos hasta el cuello,
hermosa más allá de compra, confiaría
en el creador y arreglaría mis problemas
con rezos y propiedad.
Luego, pienso en vos, en casa
con el perro, el campo lleno
de brotes púrpuras—somos pequeños
y defectuosos, pero yo quiero ser
quien soy, yendo donde
estoy yendo, todo de nuevo.



Reporte de Accidente en las Altas, Altas Hierbas

A mi ex lo pisó un colectivo.

Me escribió en un mensaje de texto para decirme esto.
           ¿Ahora sí me vas a hablar? Me pisó un colectivo.

Hasta me mandó un link a las imágenes borrosas en las noticias.
Nunca quise ver que él se haga daño, o mirarlo.

Oh tal vez una pequeña infestación de cucarachas.
          Pequeños aliens por todas las limpias, engañosas mesadas de su vida.

Mi ex, algunos exes antes que ese, murió
          de una sobredosis de heroína.

Después de que alguien te lastima, es fácil imaginarlo
a él perdiéndose en el fondo de la trama de venganza de la película mala.

Es el chiste, ¿no? Ojalá que te pise un colectivo.
         Juro que nunca lo pensé. Ningún germen de desviación de transporte.
Ninguna manipulación de los grandes cables de freno universales.

Yo quería este buzón oxidado,
acá en el último rincón del mundo, este hombre, y este perro,
un poco de dinero de vez en cuando, algunas buenas noticias.

Soy el bicho escondido en las altas hierbas,
prendiendo fuegos que nadie puede ver.



*


Cuando nos mudamos hasta acá juntos, me la pasaba disculpándome
por todo, como un pobre huérfano en la película sobre mi vergüenza.

Él tenía que decirme que parara. Y por días, (¿tal vez semanas?)
lo escucharía en mi mente y tendría que mantenerlo ahí,
atascado como una cucaracha bajo un vaso,
esperando a alguien más valiente para matarla.

Mayormente, disfruto mis fracasos. Hasta que no lo hago.

En el texto de mi ex acerca del colectivo, él suena casi gracioso.
          Tipo no es irónico que me pisó un colectivo, cuando todo lo que siempre quise era
desaparecer sin un rastro.


*


Cuando el avión bajó en San Francisco,
pensé en mi amigo M. Él está obsesionado con accidentes de avión.

Él memoriza los detalles de metal destrozado,
             los claros y frescos cielos cortados por negras cicatrices de humo.

Una vez, mientras manejaba, me habló acerca de todos los accidentes:
Ese en Kentucky azul, en Iowa amarilla.

Cómo la gente sigue adelante, y cómo la gente no.

Era casi un año antes de que me enterara
de que su hermano era un piloto.

No lo puedo evitar,
amo la forma en que los hombres aman.


*


Yo solía simular mucho. Soy muy buena en eso.

Compré un teléfono rotatorio de color maíz cremoso
y era tan fabulosa.

Me sentaría y te contaría acerca de mi teléfono, pero la verdad era
          que no funcionaba muy bien. Me hacía no querer hablar con nadie,
sino estar en una imagen, sosteniendo el teléfono, simulando hablar.

Eso no es diferente a algunas de las personas que dije amar.

Prefiero contarte acerca de ellos, extraño, en palabras calientes
          que arrastrar más cerca los fríos satélites para calentarme.


*


Imagino las entrañas de mi ser a veces—
           parte hembra, parte macho, parte dragón terrible.

Lo que vi en los hombres que vinieron después,
           a veces no quiero decir esto en voz alta,

era alguien a quien podría acercar a mi oído
y escuchar el océano, algo en lo que podría decir mi nombre,
y tenerlo devuelto en las negras olas.


*


¿Por qué estamos forzados a vivir juntos en espacios tan pequeños?
            Esta vida en una vaina.

Recuerdo una vez, mi ex y yo, manejando en su camioneta.
Él señaló a su ex mujer caminando.

Ella se veía como yo—no su sombrero azul, o su pequeñez,
pero cuán deliberadamente estaba alejándose del vehículo que iba a toda velocidad.

Ahora, hay una retorcida tormenta de verano afuera,
y no deseo nada más que esta tormenta que venga.

La voz calma en la TV nos dice que nos mantengamos a salvo.
Dice, Manténganse a salvo y busquen refugio.




LA CORREA

Después de arrojar bombas tenedor y miedo,
las armas automáticas desataron frenéticas
ráfagas de balas sobre un gentío con las manos unidas,
abriendo el brutal cielo en metálicas fauces de pizarra
que tragan solamente lo indecible en cada uno de nosotros, ¿qué
queda? Incluso el río más escondido está envenenado
con gas naranja y ácido de una mina de carbón. Cómo puedes
no temer a la humanidad, ¿quieres lamer el fondo
seco del arroyo para aspirar el agua letal con
tus propios pulmones, como el veneno? Lector, quiero
decir. No mueras. Incluso cuando los peces plateados
están panza arriba, y el país cae en picado
en un cráter crujiente de odio, ¿no hay todavía
algo de esperanza? La verdad es que no lo sé.
Pero a veces, te juro que lo oigo, la herida se cierra
como una oxidada puerta de garaje basculante, y todavía puedo mover

mis miembros sanos  por el mundo sin demasiado
dolor, puedo todavía admirar cómo la perra corre directamente
hacia las camionetas por el camino,

vertiginosamente porque piensa que las ama,
porque está segura, sin lugar a dudas, de que a las
cosas estridentes les encantará su vuelta, su pequeño y blanda
vida deseosa de compartir su maldito entusiasmo,
hasta que tiro hacia atrás de la correa para salvarla porque
quiero que sobreviva siempre. No mueras, digo,
y decidimos pasear un poco más,  febriles

estorninos sobre  nosotros, el invierno llega para poner
su frío cadáver sobre este pequeño pedazo de tierra.
Tal vez, siempre nos inclinamos hacia
lo que nos destruye, mendigando amor
desde la fugacidad del tiempo, y quizá
como la obediente perra junto a mis talones, podamos caminar juntos
pacíficamente, al menos hasta que llegue el próximo camión.

Versión de Carlos Alcorta




Before

No shoes and a glossy 
red helmet, I rode 
on the back of my dad’s 
Harley at seven years old. 
Before the divorce. 
Before the new apartment. 
Before the new marriage. 
Before the apple tree. 
Before the ceramics in the garbage. 
Before the dog’s chain. 
Before the koi were all eaten 
by the crane. Before the road 
between us, there was the road 
beneath us, and I was just 
big enough not to let go: 
Henno Road, creek just below, 
rough wind, chicken legs, 
and I never knew survival 
was like that. If you live, 
you look back and beg 
for it again, the hazardous 
bliss before you know 
what you would miss.



Roadside Attractions with the Dogs of America

 It’s a day when all the dogs of all
 the borrowed houses are angel footing
 down the hard hardwood of middle-America’s
 newly loaned-up renovated kitchen floors,
 and the world’s nicest pie I know
 is somewhere waiting for the right
 time to offer itself to the wayward
 and the word-weary.  How come the road
 goes coast to coast and never just
 dumps us in the water, clean and
 come clean, like a fish slipped out
 of the national net of “longing for joy.”
 How come it doesn’t?  Once, on a road trip
 through the country, a waitress walked
 in the train’s diner car and swished
 her non-aproned end and said,
 “Hot stuff and food too.”  My family
 still says it, when the food is hot,
 and the mood is good inside the open windows.
 I’d like to wear an apron for you
 and come over with non-church sanctioned
 knee-highs and the prettiest pie of birds
 and ocean water and grief.  I’d like
 to be younger when I do this, like the country
 before Mr. Meriwether rowed the river
 and then let the country fill him up
 till it killed him hard by his own hand.
 I’d like to be that dog they took with them,
 large and dark and silent and un-blamable.
 Or I’d like to be Emily Dickinson’s dog, Carlo,
 and go on loving the rare un-loveable puzzle
 of woman and human and mind.  But, I bet I’m more
 the house beagle and the howl and the obedient
 eyes of everyone wanting to make their own kind
 of America, but still be America, too.  The road
 is long and all the dogs don’t care too much about
 roadside concrete history and postcards of state
 treasures, they just want their head out the window,
 and the speeding air to make them feel faster
 and younger, and newer than all the dogs
 that went before them, they want to be your only dog,
 your best-loved dog, for this good dog of today
 to be the only beast that matters. 



Sharks in the Rivers

 We’ll say unbelievable things 
 to each other in the early morning— 
  
 our blue coming up from our roots, 
 our water rising in our extraordinary limbs. 
  
 All night I dreamt of bonfires and burn piles 
 and ghosts of men, and spirits 
 behind those birds of flame. 
  
 I cannot tell anymore when a door opens or closes, 
 I can only hear the frame saying, Walk through . 
  
 It is a short walkway— 
 into another bedroom. 
  
 Consider the handle.  Consider the key. 
  
 I say to a friend, how scared I am of sharks. 
  
 How I thought I saw them in the creek 
 across from my street. 
  
 I once watched for them, holding a bundle 
 of rattlesnake grass in my hand, 
 shaking like a weak-leaf girl. 
  
 She sends me an article from a recent National Geographic that says, 
  
 Sharks bite fewer people each year than  
  New Yorkers do, according to Health Department records. 
  
 Then she sends me on my way.  Into the City of Sharks. 
  
 Through another doorway, I walk to the East River saying, 
  
 Sharks are people too.  
  Sharks are people too.  
  Sharks are people too. 
  
 I write all the things I need on the bottom 
 of my tennis shoes.  I say, Let’s walk together . 
  
 The sun behind me is like a fire. 
 Tiny flames in the river’s ripples. 
  
 I say something to God, but he’s not a living thing, 
 so I say it to the river, I say, 
  
 I want to walk through this doorway  
  But without all those ghosts on the edge,  
  I want them to stay here.  
  I want them to go on without me.  
  
  I want them to burn in the water. 





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