lunes, 9 de noviembre de 2015

ALEJANDRO ALAGÓN [17.430]


ALEJANDRO ALAGÓN

Nació en Huesca en el año 1969. 
Comenzó a escribir en Andorra, país en el que residió seis años y medio. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, busca en la realidad cotidiana materiales poéticos que le permitan expresar una visión original y cercana del mundo, en especial de los perdedores y de los olvidados. Ha publicado varios libros de poesía, entre los que cabe destacar: Conversaciones con Ibrahim, Primer premio en el XV Certamen de Poesía Mario Ángel Marrodán en Portugalete (Vizcaya), 2011, Horas Serias, Primer Premio en el XX Certamen de Poesía Acordes de Espiel (Córdoba), 2012, La invasión de los seres vencidos, Primer Premio en el XI Certamen de Poesía Ramón de Campoamor de Navia (Asturias), 2012, Himnos de la Amnesia, Primer Premio en el Certamen de la Casa de Andalucía de Denia (Alicante) 2014.

El Vendedor de Globos

Un vendedor controla cada día
la rebelión de globos, la maraña,
el desorden de cuerdas que acompaña
su soledad tan ácida y vacía.

Hoy la estatua transmite su apatía,
su apariencia de bronce hostil y huraña.
Hoy los cielos padecen la cizaña
de nubes, la maleza de voz fría.

El hato de cometas sobre el río
ya se estira, se encoge en la ribera
y disimula el grito del cohete.

Burbujas de jabón en el hastío,
cien óvalos de plástico en la acera
cambian de dueño a cambio de un billete.




AYER VIMOS LA LLUVIA

Ayer vimos la lluvia caer en esa acera
remota, tan lejana, carente de volumen,
la hilera de alfileres estrellada en el vidrio,
la resaca de charcos, ese repique mudo.

Las enfermeras abren la ventana del cuarto
y los sonidos vivos de la ciudad despiertan,
acompañan de pronto las imágenes rígidas
de grúas y edificios y antenas parabólicas.

Conocemos entonces el canto de los pájaros
y gira ante nosotros una banda sonora
de bares y azoteas y estaciones de tren:
la vida anestesiada que está tras el cristal.

Hoy las alondras buscan su escondrijo en las vigas,
riñen en los meandros de un río solitario.
Los aviones parecen agujas cuando enhebran
dos mitades de cielo con un hilo tan blanco.

Aire fresco ventila la atmósfera viciada
por un aburrimiento que corroe las horas.
Ya cambia la rutina, disimula el zumbido
del vibrador que evita la aparición de escaras. 




LOS ESLABONES PERDIDOS

I

La vieja habitación se desvela de pronto. Figuras indecisas
tantean las penumbras y apartan las cortinas. Y las mantas humildes
caen sobre la alfombra y la arrogancia gris de un teléfono móvil
ya colecciona avisos de los acreedores.

La luz descubre escenas, momentos de abandono, la fregadera sucia,
el grifo demacrado, la avaricia de polvo que envuelve los sillones,
los retratos, las manchas de caldo en las baldosas, el cenicero hostil
que guarda la memoria de las horas gastadas.

Y la maleta yace, abierta, en un rincón, resignada a la diáspora
de pisos de alquiler, al remolque de impagos, al alud de denuncias
que incendia los buzones cada vez que el casero se percata del fraude
y maldice su suerte y se agranda su enfado.

Y todo se apresura y unas voces nerviosas y unos pasos discretos 
descienden la escalera. Se alejan con sus bultos entre la multitud.
Horas más tarde llega la orden de desalojo y un juez descubre el caos,
el olor a derrota que invade la vivienda.


II

El técnico repara varios dispensadores de cerveza en su fábrica
perdida en las afueras y a través de la puerta se adivinan los grifos
enfermos, los soportes de metal que pronuncian cada noche sermones
de espuma y murmullos de cebada en los vasos.

Todos los surtidores esconden impurezas, residuos, sedimentos,
y espesores de lúpulo que escupen los barriles con su gran insolencia.


I

La empleada doméstica elige una bayeta,
repasa cada frase en una estantería
de diplomas y títulos, oraciones escritas
con el brillo metálico de las placas solemnes.

También la lluvia limpia los nombres de las lápidas,
se arrodilla en la tierra y refleja insegura
la bandada de acentos. Hoy se encoge volátil
como una abreviatura, que luego se evapora.

El arquitecto, a veces, desafía a los cielos,
cuando muere sus casas se estiran solitarias,
envejecen sin pausa y dejan tras su ocaso
las vísceras vacías de cualquier edificio.

En un día de niebla ya crecen los tizones,
las llamas del demonio en cada vertedero,
el grito de las ratas que abandonan su gruta
y reinan arrogantes en las alcantarillas.

Infarto de bombillas, la oscuridad despierta
en la vida prohibida de una ciudad tan dócil
que olvida en sus aceras un sudario de polvo,
el oro del semáforo que derrama su bruma.


II

Se estiran las vocales como si fueran células
bajo la lente limpia del mejor microscopio,
su polen atraviesa la colina del folio,
se dilata en esporas que el aire disemina.

Hay mendigos que viven ocultos en las páginas
ruinosas de algún libro, encienden sus hogueras,
recorren los capítulos seguidos de sus perros
que olfatean el índice, las aceras estériles.

Maduran las espigas en los campos semánticos
y el aire desordena la arena del crepúsculo.
La llanura amarilla se llena de peligros.
Hay mil rimas que asedian cosechas de mazorcas.

Se inicia la vendimia cotidiana del léxico,
los sujetos varean las promesas baldías
y las tildes rebeldes y errores de gramática
y adjetivos inútiles que, sin compasión, caen.

El revisor comprueba los yogures caducos,
la fecha que corrompe, el día que amenaza,
el misterio del virus que olfatea la fruta,
el reloj que decide productos en oferta.




UN NUEVO DESTINO
                                                                              
      “Se leyó un memorial de Antonio Barlés, fosero de la iglesia, en el que pedía la plaza de campanero por muerte de Urraca en el asedio de Zaragoza”

7 de abril de 1809

La catedral de Huesca. Ricardo del Arco

Y yo, Antonio Barlés, enterrador del Santo e Ilustrísimo Templo
de nuestra Catedral durante catorce años y en tiempos tan difíciles,
siendo conocedor de la muerte de Urraca, esa mujer, maestra
de campanas, mi amiga, que murió de manera heroica y valerosa:

Pido a vuestras mercedes el honor de ocupar su puesto y proseguir,
discreta y humildemente, su tarea en el arte de mostrar los sonidos
desde la magna torre para comunicar los acontecimientos,
anuncios y noticias que afecten de manera directa a la ciudad.

El periodo de hambrunas, la enfermedad, la negra furia de los cañones
y las atrocidades que causan tantas muertes, han herido mis ojos
y el dolor corporal ha mermado mis brazos al cavar tantas tumbas.

Y si fuera posible olvidar esos miedos que tanto me perturban,
sanaría mi espíritu con un puesto más grato y el mejor homenaje
a mi amiga, que en paz descanse para siempre, que Dios tenga en su gloria.




CASTILLO DE LOARRE

  Loarre: Villa, está a quatro leguas de la ciudad de Huesca,  con buenos muros y famoso castillo, de los más fuertes de España.

                        Tesoro de la lengua castellana o española

 Sebastián de Covarrubias Orozco

Nada puede vencer el carácter tan áspero de las viejas montañas,
su vertical bravura curtida en los inviernos más hambrientos de nieve,
en la embestida seca, la tozudez del cierzo, en el hielo que incordia,
desordena las luces, en la caligrafía oscura de los líquenes.

¿Puede el hombre domar la furia del peñasco? ¿ Y puede desafiar
las leyes del olvido, que borran la ambición de los grandes ejércitos?
¿Y puede coronar esa inmensa columna de piedra con sus torres,
buscando la atalaya más oportuna para vigilar al contrario?

Sancho Ramírez quiso convertir un pináculo de roca en su utopía,
asomarse al abismo, ser el dueño de un mundo de agrestes paisajes
que se arrodillan junto a las viejas llanuras de vides y de olivos,
quiso alcanzar la cima, emular a las águilas, asustar al rival

con su demostración de poder en la altura, a pesar del relámpago,
con la audacia más sólida del maestro cantero que envaina las paredes
en los muros de roca viva, logrando un mestizaje de riscos y sillares,
de almenas y oraciones, corazas y cogullas, sotanas y lorigas.

El castillo se yergue abrazado al vacío, con sus hombros robustos
y su grito secreto tiñendo el horizonte de curiosos matices
y sus entrañas lóbregas que esconden la memoria de sucios calabozos
y el vuelo de los buitres que atraviesan los páramos y las crestas más finas.

Es un lugar angosto, cosido a los breñales, que se asoma en la oscura
maleza de los siglos, de paredes macizas y un grosor considerable,
un paraje que guarda la nostalgia de monjes, de fornidos guerreros
que un día galoparon buscando la conquista de nuevos territorios 

El rey sintió la lluvia de caballos cubriendo la llanura de polvo,
y cercó las murallas de Huesca con decisión señalando los puntos
más débiles del lienzo, a merced del arquero, de la afilada flecha
que mordió la armadura y derrotó al monarca en un charco de sangre.

 Pero sus descendientes no sentían afecto por ese gran castillo,
decidieron cambiar su lugar de residencia, evitar los inviernos
tan crudos, el inhóspito clima, la lejanía, su abrupta situación,
y prefirieron otro sitio, la fortaleza de Montearagón.

Loarre entró en un tiempo de abandono, sufriendo prolongados periodos
de letargo, orgulloso de su historia, refugio de algunos bandoleros,
custodiando una joya, esa asombrosa bóveda que acogió los rebaños
de ovejas en las épocas más duras y difíciles, salvándolas del frío.

Sancho Ramírez sigue recorriendo las tierras que antaño fueron suyas,
aquellas que pisaron varios rinocerontes lanudos, paquidermos,
o la tribu prehistórica que excavó en una roca su singular necrópolis
o el director de cine que enseña a los actores el mundo de sus sueños.



LA MIRADA DEL RAPE

El rape pertenece a un mundo misterioso.
Su boca, llena de dientes afilados,
deja tras cada dentellada el drama
que se agita en la nube repentina de fango.

Habitante de un mundo abisal, lejano,
exhibe esa apariencia tan grotesca
en un reino escondido: el país de las sombras.
Su cabeza parece la extraña flor carnívora
que atrapa la ambición nocturna de las gambas.

La red se va cerrando mientras ese universo
de agua desaparece y el pez repta aturdido,
desorientado. Muerde el hilo sigiloso.
Su irritación prosigue más allá
de la oscura pereza del océano,
mientras el pscatero afila con orgullo
y altivez su imponente colección de cuchillos.

Ni siquiera la muerte puede borrar ahora
su carácter colérico, su gran ferocidad
grabada en unos ojos hinchados y vidriosos,
pero actualmente el pez comparte con sus víctimas
un gran escaparate de manjares
que se renueva cada día.
Sus finos alfileres ya son inofensivos.

El suculento y rico pejesapo,
el gran señor feudal de las profundidades,
se dirige a la caja registradora. Yace
humillado en la bolsa de plástico, mudo
en su blanca mortaja de papel, con el precio
escrito en unos números grandes, algo grasientos.


LA FREGONA

La fregona se encoge en el escurridor, 
libera agua sobrante,  y se eleva en un vuelo 
fugaz hacia los suelos de las habitaciones. 
Aterriza con brío y descubre rescoldos 

de grasa en las baldosas y conquista reductos 
de polvo y de olvido. Tropieza con las sombras 
de algunos inquilinos que actuaron con desidia 
y dejaron un piso maltrecho, un viejo hogar 

que agoniza de pena. El pasillo conserva una capa 
nerviosa de roces y pisadas, el muro cicatrices 
de clavos y tornillos. El mocho se sumerge
como un gran calamar y estira sus tentáculos 

en la vieja cubeta y proyecta en el agua 
esa tinta negruzca, ese color brumoso 
que esconde las miserias de meses de abandono, 
esa marea turbia entre muros de plástico.



LAS RUINAS DE UNA FRASE

Distinguimos las ruinas lejanas de una frase,
el aullido de un nombre que pasea indefenso,
desorientado, herido, y olfatea las sombras
y hambriento busca el rastro del predicado mudo.

Despiertan las ortigas, las zarzas se retuercen
si el vagabundo ensaya adverbios de lugar;
los camiones se enfadan, se sublevan las máquinas
y derriban el viejo hotel de los orgasmos.

Cuando el péndulo altivo de las horas vulgares
señala las migajas, los despojos de un héroe,
una araña se adueña del quicio de una puerta
y propone un enigma que atrapa a las polillas.

Territorio de cántaros, los relojes se pudren
delante del espejo; el rey de las miserias
atropella ilusiones cada día a su paso;
la conjunción, entonces, exige una renuncia.

Nos inquieta el misterio, el zumbido de un tábano,
el adjetivo mustio, el almanaque seco,
el colmillo de polvo que duerme agazapado,
la peonza vencida en un suelo de grava.

                           De Himnos de la amnesia









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