domingo, 6 de diciembre de 2015

FERNANDO CANON [17.706] Poeta de Filipinas


Fernando Canon 

(Filipinas,  1860-1938) 
Nació en Biñán (Laguna), en 1860, Fué condiscípulo y alter ego de Rizal en el Ateneo municipal, y juntos se graduaron de bachiller en 1877. Hacía versos a los catorce años. Cursó la carrera de ingeniero industrial, y para perfeccionar sus estudios viajó por Europa y residió en Barcelona. Fueron sus pasiones, además de la matemática, el ajedrez y la música. Fué general de ingenieros con el ejército revolucionario. Sus poetas dilectos,  Campoamor y Villaespesa. 

Publicó un libro de versos en 1921 con el título A la Laguna de Bay. 

En la siguiente poesía, el sentimiento patriótico del poeta es evidente; la patria Filipinas es la "blanca flor de montañas":


FLOR IDEAL

El rocío de nubes blanquecinas
Eterniza la flor de las colinas,
Esa flor que en su cáliz peregrino
Encierra el ósculo del amor divino,
Llevado allí por las sublimes notas
Del eterno cantar de los patriotas.
Blanca flor de montañas
Que en el azul empíreo se mece,
Cuando surgen patrióticas hazañas
Se multiplica y por doquier florece;
Pero diz que se oculta y desparece,
0 se demuda roja,
Cuando patria postrada se sonroja,
Y vagan por las nubes sus raíces
Lloradas por las musas infelices.
En tanto llega el día
En que, unido el valor a la hidalguía,
Surge en la excelsa cumbre
La cálida ambrosía
Que, a la ignición de misteriosa lumbre,
La planta vitaliza
Y el amor de las musas fecundiza.

Sus hojas transparentes,
que guarnecen flexibles enramadas,
Irradian luces mil, resplandecientes
En medio de penumbras, azuladas,
Y esparcen, difundidos en su brillo,
Los campestres olores del tomillo
Refrescados por níveas sampaguitas,
Burlonas de las cuitas.

Del filipino céfiro amoroso,
Que atrae cadencioso
Mil íntimas fruiciones infinitas...
Vértigo voluptuoso
De sonrisas, caricias y murmullo
Que vibran de una flor en el capullo.

El tronco de esa planta legendaria
Viste el tul que en la selva solitaria
La quietud simboliza
Y el frío del olvido cristaliza.
Mas, en lo alto, los vientos con sus marchas
Pasan para engarzar vivas escarchas
En derredor del cristalino encaje
Que en excelso ropaje
El tronco viste... ¡signo de grandezas!
Bajo una blanca trama de finezas.
Misterioso tamiz de las virtudes
Que alcanzan a divinas altitudes,
y parece una espléndida bandera
Que cubre un mástil de genial quimera.
Veste reticular a cuyas mallas
Llega el eco triunfal de las batallas,
Velo quizás de nupcias redentoras
Que a la patria querida
Viene anunciando bendecidas horas
De una raza indomable redimida.

Y ¡lo que más asombra!...
Sus raices nunca, yacen en la sombra.
Se adaptan en graníticas fisuras,
Desafiando el rigor de las alturas.
Forman telas de mimbre,
De finísima, urdimbre,
Sobre cálido erial o entre los hielos...
Sólidas, al amparo de los cielos,
Y a la vista del sol y las estrellas,
Bajo el fluído vital de las centellas.
Y, hasta en sus pequeñeces,
No puede la soberbia planta humana
Hollar con altiveces
La raíz soberana,
Que en la cúspide siempre se coloca
De acantilada roca,
Por cortantes aristas defendida...
Y es necesario despreciar la vida
Para llegar al pie de la meseta
Donde marca la flor difícil meta...
Pináculo oriental de lo sublime
Al que el astro solar su beso imprime,

Genio inmortal que velas noche y día
Por la ventura de la patria mía:
¿Cuando hallarás la flor de los colinas
En las altas montañas filipinas?



«RIZAL ARTISTA»

En sus juegos de niño,
Al descender ufano
Del tronco envejecido de un manzano,
Miraba con cariño
El fruto más hermoso,
Que a mí me regalaba generoso,
Y muy serio decía:

«Es pequeña, redonda,
Y parece una cara de muñeca
Sonrosada y moronda...
Y yo, en vez de comerla, le pondría
Ojitos».--Y, apesar de alguna mueca,
Convertía aquel fruto
En busto de cupido diminuto.

Lector; si crees invención galana
La escultura pueril de la manzana,
Admite estos detalles,
Y prueba por tí mismo,
(Siempre que iguales elementos halles
Para el escultural idealismo),
Hacer de aquella fruta
Una muñeca fresca y diminuta.

Manzana filipina,
Sonrosada, aromosa, pequeñina,
Y para dar una cabal idea,
De la infantil presea,
Te diré los coloquios que en la infancia
Sostuve con Rizal, en una estancia.

Parece que lo veo:
Con un carbón muy negro y puntiagudo
Le puso cejas y ojos... lo que pudo.
--¿Sin narices? le dije, ¡oh que feo...!
--«Estate quieto, espera,
ya le pondremos la nariz de cera,
Una nariz pequeña, filipina,
Nariz de la modestia, simple y fina.»

--Pero dime, ¿y la boca?
--«Eso aquí, muy pequeña, se coloca
Sobre este hueco, ¡hoyuelo de bellezas!
Expresión de inocentes gentilezas.
Con dos más, forman una maravilla
En cualquier sitio de infantil mejilla».
--¿Queda sin cabellera?
--«Sí. Sólo una gorrita
Con una blanca y grande sampaguita 18. 
Un pámpano escotado por pechera,
Y en el cuello... así... o como se quiera
Por corbata ilang-ilang o champacas 19
0 las verdes hojuelas de albahacas;
Por faldillas las rojas gumamelas 20
Y dos partidos mondos cacahuetes
Por piés, con dos corolas por chinelas,
Ocultas por ribetes
Formados en minúsculos estambres,
Y verdosos pistilos,
Que ensartan dos alambres
O metálicos hilos,
A simular el oropel y encantos
Que dan la majestad a regios mantos.

Nota 18: Aromosas flores del Archipiélago.

Nota 19: Flor roja, silvestre, parecida a nuestra amapola.

Nota 20: Hibiscos (Tagalog).

«¡Es niño filipino!»,--me decía,--
«Le visto con suprema gallardía.»

Pasaron sin quebrantos
Esos días de juegos infantiles;
Vinieron los Abriles,
Con todos sus encantos
Haciendo palpitar los corazones.
Y Rizal ya tallaba
Machetes y cañones,
Y siempre preparaba,--
¡Manera singular de sus hazañas!--
Contra el cañón el triunfo de las cañas.
Y esto es verdad, mi buen lector mundano,
Porque él, con catapultas de cañizo,
Con frecuencia deshizo
El rico armón de mi cañón prusiano.
!Del arte militar, el horizonte
Que ve un Napoleón o un Jenofonte...!

Mas tarde, siempre vencedor en tierra,
Piensa en barcos de guerra filipinos...
Y ya cansado un día
De la dificultad que siempre encierra
El triunfo en mar bravía,
¡Buscó en lo sobrehumano los destinos...!
Se puso con empeño
A esculpir en un leño
El frío simbolismo de algún santo...
Y el arte místico feliz nacía
Con religioso encanto
Al modelar su culta idolatría.

Ya es preciso cruzar los anchos mares.
Los genios tutelares
Nos señalan el triunfo muy lejano.
Allende el Océano
Veremos a Rizal en Barcelona
Sobre una mesa del «Café Pelayo»
Mirarnos de soslayo,
y con, medida artística segura
y sonrisa burlona,
En el mármol hermoso, muy pulido,
Una caricatura
Haciendo, pronto, igual y de corrido.
y allí nos señalaba,
Con rayas y con puntos
Cada uno y todos juntos,
Y caracterizaba
Nuestras tendencias siempre juveniles
En el loco correr de los Abriles.

Do quiera, hasta en los días de algaradas
Era Rizal artista en las veladas.
Siempre sus poesías
Eran una escultura,
0 luciente pintura,
De sublimes, vibrantes melodías
Que por los mares y hasta por los aires
Transportaba, en patrióticos donaires,
Su artístico altar de estro divino,
Del suelo filipino
Amor de sus amores,
Búcaro inmenso de orientales flores.

Recuerdo que una tarde del Otoño,
En la Villa del oso y del madroño,
En casa de Paterno,
De filipinas glorias
Recolector eterno
Y pensador de idílicas historias,
Se hallaban literatos,
Ministros, periodistas,
Músicos y pintores,
Y todos los artistas,
En raros pugilatos,
A conquistar aplausos o bellezas
Exhibiendo primores
En cultas gentilezas...
Rizal, con tino singular y austero,
Me señaló en un rico musiquero
La colección de músicas tagalas,
Diciéndome sincero:
«Mi corazón palpita
Cuando a la luz de filipinas galas
La música infinita
De un canto lastimero
Despierta el alma mía
Al kundiman de suave melodía...»
Y me habló de la insólita guitarra
Y me dijo galante:
«Yo siempre pintaría al estudiante
Con libro, con laúd y cimitarra».
Y mientras la alegría fermentaba
En aquellos espléndidos salones,
De los ricos plafones
Donde el genio ideal seleccionaba
Filipinas pinturas,
Y salacots y bolos...
Mil bellas esculturas
Y hasta los chirimbolos
De igorrotes y aetas
Y mandobles y cotas
De ignorados atletas
En regiones remotas,
Y juventud allí rivalizaba...
Y entre música y flores se libaba,
En copa de abundancias,
Amistad y elegancias.
Rizal siente volar en el ambiente
Las cadencias aladas
Que allí llegaban desde Extremo Oriente
Por aires filipinos transportadas...
¡Melancólica música sonriente,
por el artístico ideal rimadas!

Y siguiendo el relato
De aquellas expansiones
Que enaltecen patrióticas reuniones,
Donde el ameno trato
De jóvenes diplomatas noveles
Para la Patria conquistó laureles;
He de nombrar la femenil belleza,
Ornada de modestas galanuras
De filipina alteza,
Con sus alegres castas timideces,
Conjunto de hermosuras
Mezcladas con ingenuas altiveces.

Que preparó en su casa la velada,
Do emulación despierta en dulce calma
A filipina juventud mimada
En amores artísticos del alma;
La admirable Consuelo Ortiga y Rey,
Que amó en Madrid la filipina grey.
Allí Rizal «Me piden versos»21 dijo
En su patriótico amor siempre prolijo...
Y aquella niña, sin igual hermosa,
Divisó en lontananza alguna cosa
Que faltaba en aquel rico concierto,
En donde gracias, músicas y flores
Esparcían fulgores,
Pues Rizal se sentía en un desierto
Recordando a su Patria encadenada.
La huérfana gentil cerró sus ojos,
Y hasta arrugó su frente iluminada
Por mil destellos rojos,
Al pensar en su madre idolatrada...
¡Así Rizal llenó de pensamientos
Aquella hora de luz y arrobamientos!...

Nota 21: Cópiase esta composición entre las del Dr. Rizal.

Es arte el de decir hondas tristezas,
Revestidas de fuego y de bellezas.
  De Luna e Hidalgo es el cantor sublime.
Del «Spoliarium» a mujer llorosa,
Y de «Las Vírgenes» a voz que gime
En cristiana actitud de fé radiosa,
Cuando pinta con vívida hermosura
La expresión de simbólica pintura
En un brindis genial «A los pintores»
Que a la patria llenaron de esplendores.
Allí comienza el prólogo infinito
De su pasión creciente
Y patriotismo ardiente,
En el Noli me tángere descrito,
Con al arte de hacer a los patriotas
En las batallas de candentes notas.

Clarividente y singular atleta
Ya era Rizal el escultor profeta.
En Leitmeritz he visto un esqueleto
Que me llenó de asombro,
Y cual un amuleto
Me conmovió por su expresión macabra:
Sobre cualquier escombro
Puesta de pié, famélica osamenta
Cubierta por sayal que apenas se abra.
En el cuello un rosario.
Y mujer macilenta,
Forcejeando en ansias ya mortales,
Contra el lúbrico abrazo del falsario
En sus horribles crápulas letales...
Con sus órbitas huecas
De carcomido sátiro en lujuria
Que arranca, atroz, horripilantes muecas
En la tragedia de bestial injuria.

Así lanza Rizal su primer reto
Al amor monacal en esqueleto...
Y ya a Dámaso Ponce le vengaba
Y a su historia infeliz se anticipaba.
  Borremos esa escena
Do el arte lucha en la mortal gangrena.

Otra rica escultura,
En «La ciencia que triunfa en la muerte»
Me enseñó Blumentritt con galanura,
Por venturosa suerte
Oí de aquellos labios
La incomparable explicación de sabios.
Un joven decidido y vigoroso
En lo alto, con indómita energía,
Cual bandera que ondea
En terrible porfía,
Ya blande victorioso
Antorcha que flamea
Para destruir el germen venenoso...

Bajo los pies, la calavera chata
En que ignorancia o muerte se retrata.

Esas dos creaciones
0 esculturas que admiran las naciones,
A Blumentritt le fueron regaladas
Por el mismo Rizal, cuando, talladas,
Buscó el depositario
Que comprenda y explique
Al pueblo filipino
Aquel plan legendario
Que opondrá eterno dique
A la ruda invasión de un adversario
En el duro camino
Para alcanzar la justa independencia...
¡Expresión soberana de arte y ciencia!

Blumentritt, en sus fúlgidos salones
De filipino ambiente,
Do laten filipinos corazones,
Sincero y elocuente
En aquel sitio mismo
!Qué parece el dosel del patriotismo!
Donde Rizal y él, solos conversaron...
Y de su patria con amor trataron
Me dijo conmovido:
«Ah... esas dos hermosas obras de arte
«A solas, serán parte
«A preparar santuario indefinido
«Para un altar futuro
«Cuando el género humano,
«En su criterio puro,
«Y amor cosmopolita
«Del mundo, soberano,
«Viva doquier con libertad bendita,
«Y transforme del todo el fanatismo
«En virtud, ciencias, artes y civismo.

Sí. De un templo en las gradas
Fundó Rizal sus obras celebradas,
¡Texto o arquitectura
De un amor infinito, legendario,
Que revela en artística hermosura
Su noble corazón humanitario.

Y, por Rizal os juro,
Al entregar el último retazo
De este papel en que sus artes trazo,
Que es preciso que «Euterpe» siempre viva
En el amor más puro
De aquella iniciativa.
Y creciente este círculo del arte,
Con severa constancia
Y oriental arrogancia,
Levante inmaculado el estandarte
Do brillarán los astros de la gloria
Del libro artístico de nuestra historia. 








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