martes, 17 de noviembre de 2015

ALEARDO ALEARDI [17.539] Poeta de Italia


Aleardo Aleardi

Aleardo Aleardi, nacido Gaetano Maria Aleardi (Verona, 14 noviembre 1812 - Verona, diecisiete julio mil ochocientos setenta y ocho), fue un poeta y político italiano, que pertenece a la corriente del romanticismo.

Aleardo Aleardi - cuyo nombre primero fue Gaetano Maria, luego se cambió a Aleardo - nació en Verona en 1812 hijo de Maria Canals y del conde Giorgio Aleardi. Después de estudiar Derecho en la Universidad de Padua, junto con sus amigos John Meadows y Arnaldo Fusinato, regresó a Verona, interesado por la poesía y la crítica de arte.

Sus primeras composiciones incluyen Matrimonio (1842), una exaltación del matrimonio como una expresión de la civilización, y Arnalda Roca, del 1844, que incluye un poema histórico protagonizado por una joven que muere defendiendo su honor: ya hay en ella la búsqueda de efectos escénicos y el color dramática típico de toda la producción del próximo dell'Aleardi.

El primer éxito se logró en 1846 con las dos Cartas a María, en verso blanco, en la que el poeta se dirige a un amigo proponiendo un amor platónico: es una oportunidad para mostrar su fe en la inmortalidad del alma y derramar sus afectos en el espíritu de un romanticismo sentimental.

Visitante frecuente al salón de la condesa Anna Serego Gozzandini Alighieri, cortejó a su hija Nina, dedicándole numerosos poemas. Tras los levantamientos de 1848, fue enviado a París por Manin a pedir ayuda para la reconstituida República de Venecia. Fue detenido en 1852 y encarcelado durante unos meses en la fortaleza de Mantua.

La ciudad de Treviso ha dedicado una calle de la ciudad.

Honores 

Gran Oficial de la Orden de la Corona de Italia - de la cinta, incluso ordinaria Gran Oficial de la Orden de la Corona de Italia
Caballero de la Orden Civil de Saboya - Cinta para el uniforme ordinario Caballero de la Orden Civil de Saboya
Comendador de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro - Cinta para el uniforme ordinario Comendador de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro

Obras 

Canciones, Florencia 1864
Cartas, editado por G. Trezza Verona-Padua 1879




RAFAEL Y LA FORNARÍNA

I.

Tres siglos han pasado,
Y otro mediando va desde ese día.—
Abril, ruborizado,
Que ya las violas fenecer veía,
Con que festivo engalanó su frente,
El campo, diligente,
Dejaba al mayo alegre, que venía
De jazmines y rosas coronado.

Doraba esplendoroso el sol poniente
Los arcos del altivo Coliseo;
Y como en vasto incendio, convertía
De Italia el firmamento majestuoso,
Ya próximo á guardar el disco hermoso
En el cerúleo alcázar de Nereo,
Allende la inclemente
Isla de selvas llena
Donde asienta su trono la venganza
Del corso amor y pena,
Del ítalo tenaz viva esperanza.

En la cerca de un huerto, reclinado
Un gallardo mancebo se veía.
El lúcido cabello,
En oscuras madejas desatado,
Acariciando la esmerada veste,
A la espalda ondeábale; y los ojos...
|Ohl quién pintar podría
Aquel mirar divino, enamorado
De cuanto fué gentil, de cuanto bello;
Ni pretendiera descifrar, iluso,
La gloria que en su lumbre el cielo puso?
Su actitud revelaba la impaciencia
Que da el placer que tarda; y entre tanto,
Echaba divagar su pensamiento
Sin rumbo ni conciencia:
Ya miraba un momento
La corriente del Tíber,
Que del puente de Corle acariciaba
Las hendidas paredes;
Ya de los pescadores
Las barquillas, las redes;
Ora el cielo miraba en lejanía,
Do, présaga de lluvia,
Oscura, oblicua faja
Visitar parecía
Del claro Albano las palustres ondas,
Y de Nemi las fuentes zafirinas,
Selvas y monumentos
Que envidia son á extraños
Y á sus nobles jardines opulentos.

La brisa, que bajaba en vario giro
Del Janículo (aun no santificada
Al último suspiro
Que en su falda á exhalar llegó doliente
Un poeta infeliz), al taciturno
Doncel oreaba la ardorosa frente,
Traiéndole al oído
Monótono, uniforme,
De los molinos el distante ruido:
En tanto, de vecino monasterio,
De púdicas palomas casto nido,
Subir al cielo oía
El cántico profundo,
La argentina armonía
Que daban á la tarde aquellas almas
Enojadas del mundo;
Y en vaga, celestial melancolía
Y místico delirio
Hundíase su ser, cual si á la misma
Santa Cecilia oyese
El cántico entonar de su martirio.

Mas, súbito su mente
Parece recoger el alto vuelo,
Como abate sus alas la paloma;
Y el alma, concentrada en sus pupilas,
Por los radiosos ojos se le asoma.
Bellísima doncella,
Más que el junco flexible el grácil talle,
Donairosa además como Citeres
Encanto de las olas cuando niña,
Creyéndose al abrigo
De indiscreto testigo,
Al través de la plácida campiña
Ligera se adelanta,
Como en danza festiva el ágil planta.

Tocaba apenas la menuda yerba
Y las vecinas flores; y al Favonio
Revolando sutil el blanco lino,
Cual Galatea sobre el alba espuma
Al impulso del hálito marino,
Por la ondulosa y verde pradería
Velera nao del Adiia parecía.
Y el argentada límpida saeta,
Que para atarse el fúlgido cabello
Le cedió de su aljaba
El que las almas al amor sujeta,
Reflejaba la lumbre vespertina
Y de esplendor y majestad llenaba
Aquella, que modelo
Prestara á Fidias, inmortal cabeza,
Y que impreso tenía
En la soberbia sien sello del cielo.

En su tranquila frente
La inocencia, el candor resplandecía,
Como bajo su linfa transparente
Deja el Garda sereno
Brillar las piedras y algas de su seno.
Veníase entonando un cantarcillo,
Tonada popular de tristre letra,
Si era alegre y festiva la cantante,
Ya, en la margen del Tíber, se detiene;
Enfáldase; la nivea planta asoma
Y la inmerge en el agua
Que se agita y en círculos serpea;
Sus brevísimos pies asemejando
Las alas de blanquísima paloma
Que se baña y fugaz revolotea.

Detiene el caballero largamente
En tan divina gracia
Su indagador mirar diestro y sapiente
En los altos arcanos de lo bello.
Advierte la arrogancia de las formas,
Del róseo labio el arco y la frescura,
Y la tez, y el cabello,
Y los túrgidos hombros, y el erguido
Cuello de cisne, y la sutil cintura,
Y el ademán garboso, y la soltura
De la actitud, y siéntese rendido.

Saltábale impetuoso dentro el pecho
Arrebatado el corazón, y en torno
Girar miraba en vértigo confuso
Los árboles, el río, la pradera;
En zumbidos armónicos sentía
Sibilarle el oído, cual si oyera
De mil sonantes campanillas de oro
El indistinto retintín sonoro:
En tanto, más y más su alma divina
Crecer sentía la amorosa llama
Como la hoguera al ímpetu del viento.

Refrénase un momento,
Quiere el labio mover, y sólo exclama,
Trémulo de pasión:—«¡Oh Fornarina!»
Rápida á tal acento el rostro vuelve
En púrpura encendida la doncella.
Del onda el pie retira, destellando
Diáfanas perlas que al caer esmaltan
La verde yerbecilla;
Y los tímidos ojos inclinando,
Con su negro ramaje las pestañas
Velaron el rubor de la megilla.

Ella voz el primero desanuda:
—¡Oh flor trastiberina!
¿Por qué, encerrada en solitario muro.
Derramas tu balsámica fragancia,
Como geranio inadvertido, oscuro,
En la perpetua noche de tu estancia?
Dignísima de erguirte al claro día
¿Quieres venir conmigo á las ciudades,
Donde la gente cortesana mora,
A hacerte nombradla,
Y oírte llamar bella á toda hora?—
Y respondió la pudurosa virgen:
—Pues yo también, sefior, he transplantado
Flores alguna vez y las vi siempre
Morir marchitas lejos de su prado.
Y mi madre decía
Que la flor que hubo en suerte
Nacer entre malezas,
Hallaba siempre olvido desdeñoso,
Cuando no pronta muerte,
En el regio jardín del poderoso. —
—Créeme á mí (dice él) yo no te engaño:
Ardo por ti; y ha tiempo que te admiro,
Que te sigo los pasos, que te acecho,
Que muero de impaciencia; y no respiro,
Y no hallo paz sin ti para mi pecho.

¿Olvidarte? ¡Jamás! Cuánto se esconde
En este corazón, cuánto en él brota
Tiene algo de inmortal! Di, quieres darme
Tu corazón?—
—Mas vos quién sois,—responde
Tímida la doncella;
Y los trémulos párpados alzaba
Al influjo magnético de aquella
Elocuencia de amor que electrizaba.
—Del Metauro y el Fogliu entre ¡as fuentes
Asiéntase (el mancebo proseguía)
La ciudad donde vi la luz del día,
Joya de los soberbios apeninos,
En medio de dos cumbres engastada.
Allí do el monte hacia la costa vuelve
Del adriático mar que la combate
Al furor de sus recios torbellinos;
En laureles y vides abundosa,
Rica por los olivos que en sí cría;
Y aun más por su nativa cortesía.

De allí bajé muy niño y desvalido
Sino que en las regiones de mi alma
Traje un mundo de imágenes, de formas,
De arte, de amor; y enriquecí la extensa
Región que ciñe el Po y el mar circunda,
Trono de la belleza, con el fruto
De la sagrada inspiración fecunda
Del católico afecto;
Y hoy compensan mi afán áureo tributo
Y el claro nombre de pintor selecto.
—¡Ay (suspiró la cándida doncella)
Corazón me pedís que ya no es mío!
Que diese á otro mortal quiso mi estrella
Toda mi vida y todo mi albedrío.
Y ved cuál es de amor el poderío,
Que al que mi ser y pensamiento adsorbe
No vi, no vi jamás; le estoy sujeta
Por invisible vínculo ignorado.
¡Amar sin conocer! Así en el prado
Muere de amor oculta la violeta.

Pintor le aclama el orbe,
Y dícese que á él del cielo vino
La inmaculada y pura
Madre de Dios á hacer que tan divino
Pincel copiase y revelara al hombre
Su célica hermosura.
Vive en Roma el pintor; hijo es de Urbino;
Y de próvido arcángel lleva el nombre.
—Yo soy Rafael de Urbino. La doncella
Doblegada la frente como un sanee,
Se tiñe de rubor y el labio sella.
A la sazón en vigoroso giro,
Una á otra siguiéndose pasaban
Dos lindas mariposas, semejando
Pétalos animados que conduce
Sobre sus alas el favonio blando.

Violas el gran pintor.—¡Mira, amor mío,
Míralas, cuan felices,
Cuan libres, cuan alegres, cuan gozosas,
Siempre, al aura de abril, en un perenne
Indecible delirio, en un constante
Ir y venir acariciando flores!
Libres así, dichosos por do quiera,
El aura en derredor siempre fragante,
Será la tierra espléndida pradera,
Cielo el alma de ensueños seductores,
Y el feliz corazón nido de amores!
La ventura es fugaz, voluble maga
Que sólo un breve punto nos halaga;
Luego la faz nos vuelve,
Bate las alas, huye, y no retorna.

Hoy el amor nos ríe,
Todo es canto y delicia en torno nuestro:
El aura que respiras está llena
Del bálsamo de amor que dan las flores;
Ella difunde el gozo que le fía
Canoro el desposado pajarillo;
Todo una voz de amor al cielo envía:
La tierra, el agua, cantan el eterno
Epitalamio de la vida.... ¡Oh, deja,
Déjame que te ame, hermosa mía.—
Alárgale muy tímido la mano;
Ella mueve la suya lentamente,
Estréchanse, y se cambian sus miradas
Mil protestas de amor. El sol caía,
Un beso resonó, y aquel acento
Llevado por el viento
Desde un suburbio lóbrego de Roma,
Voz, que oye el mundo y las edades toma.



II.

Óyeme, Fornarina,
Y perdona si el labio así te nombra
Con el vulgar apodo que interpreta
Solamente la oscura, más honrada
Labor humilde de tu hogar paterno:
Tu verdadero nombre el mundo ignora;
Yo mismo no lo sé, pobre poeta.
Pero piensa que ahora,
Digna lección á la arrogancia humana,
Más conocido ya por todo el mundo
Es el nombre gentil de Fornarina,
Que el de más de una altiva soberana.

Siéntate á par de mí, y atento inclina
A mi voz el oído, y en secreto
Oye cuánto te oculta en su modestia
El ser sublime de tu amor objeto.
El es un rey, mas no de esos que azote
Son del linaje humano. En la infinita
Región del alma hay un extenso reino
Llamado la Pintura: en él habita
Una olímpica diosa; la Belleza;
Allí en perenne danza
Viven las Gracias, recreando airosas
A la hermosa ideal Naturaleza;
Y la audaz Fantasía
Hace pomposo alarde
De un enjambre de ideas y primores
Que tiene y atavía
Con todos los colores
Y los destellos en que el iris arde.

Y él es allí potente;
Y es allí su poder irresistible:
Que á una voz la inmortal áurea corona
El mundo demandó para su frente:
El rije allí un aéreo y multiforme
Pueblo, y mil héroes que vivieron antes
Y seguirán viviendo. Es á ese imperio
Donde él te ha conducido, más que reina,
A ser en él inspiradora Musa;
Y así serás centella luminosa
Antes que vayas en ceniza fría
Ignorada á yacer bajo la losa.
Mas él sobre ella verterá fulgente
El más vivido rayo de su gloria,
Y hará que brote á su calor fecundo
Inmarcesible flor que haga en el mundo,
Como su nombre, eterna tu memoria.

Los hombres poseerán sus creaciones,
Su espíritu el Olimpo:
Tú, sola, sólo tú, sobre la tierra,
De corazón tan noble serás dueño
Y el tesoro de amor que en él se encierra.
Apresúrate, acude, pon tu empeño
En colmarle de amor. Ve cuan veloces
Las Parcas, apurando la partida,
Tuercen el frágil hilo de la vida.
Amale y pon orgullo en no costarle
Una lágrima nunca. Si á las veces,
Al reclinar la sien en tu regazo,
A tus tiernas caricias
Y al amor que solícita le ofreces,
Le encuentras abstraído, taciturno,
Y el aparente fruto que recoges
Es helado desdén ú hondo silencio,
Guárdate de inquietarle, no le enojes:
Que pudieras romper inadvertida
Áureas urdimbres, que á estimar no alcanzas,
Y estrecha cuenta te pidiera el mundo
De alguna maravilla así perdida.

Tú sola en tal momento
Llenas su corazón, dudas destierra;
Mas, del mullido asilo en que le halagas,
Al cielo arrebatado el pensamiento
En las alas del arte,
Los impetuosos raptos, los delirios
Del amor sofrenado aquí en la tierra,
Ve tornarse, en las célicas alturas,
Luminosas y espléndidas figuras.
Allí en la eterna, en la ideal belleza,
Como en divina fragua,
Refuerza tu belleza fugitiva;
Cobras lustre mayor, te transfiguras,
Y de su ingenio al poderoso vuelo
Y al toque de su mano,
Tu inefable sonrisa
Pasa á animar el rostro soberano
De las sagradas vírgenes del cielo.
¡Oh, cólmale de amor! Ve cuan veloces
Las Parcas, apurando la partida,
Tuercen el frágil hilo de la vida.
No, no turbes sus estasis divinos;
No hagas bajar su mente de los cielos;
Crear le deja: á su pensar preside
Diosa de gran poder; no es tuyo entonces,
Lejos está de ti; también el Arte
Se arrebata en pasión y ardientes celos.

Pero no temas, ya vendrá la hora
De los castos deliquios,
Cuando anime su espíritu impaciente
Esa forma invisible que le inquieta,
Y ser, color y voz y eterno aliento
Haya infundido su inmortal paleta
De la sagrada mesa al gran portento.
Cuando á tu seno torne, fatigado
De las ardientes lides del ingenio,
De ti no conocidas, y extenuado
Aun de la lucha y batallar contino
En ese mar profundo, proceloso,
A do se lanza á conquistar glorioso
De la Belleza el áureo vellocino;
Haz que tu amor su recompensa sea,
Que de tus negras cejas en el arco
Iris de paz y de ventura vea;
Y el aromado aliento
De tu labio de rosa, transportado,
Alcance en el pomposo firmamento
De su alta fantasía
Nuevos astros no vistos todavía.

Sí, cólmale de amor. Ve cuan veloces
Las Parcas, apurando la partida,
Tuercen el frágil hilo de la vida.
Dueño de lo futuro,
En el valle del mundo su camino
Medido está, y es corto.
Pero el mortal infundirá á sus obras
Vida imperecedera y ser divino.
¿Te alarma su sentencia? ¡y es en vano!
A detener del tiempo el ágil rueda
No alcanzará jamás tu breve mano.
Mira cómo la barca de su vida
En demanda navega
Del puerto santo; y cómo, á los tres vientos
Del arte, del amor y de la gloria
La vela henchida, se arrebata ciega.

¡Ay! que sobre esa vela en breve plazo
Dibujará su lúgubre contorno
Una luctuosa faz, y en torno de ella
Los céfiros de Italia
Moverán sentidísima querella.
De las torres de Roma el son profundo
En triste hora volará muy luego
A ensordecer las sombras de la noche;
Y ese que fué tu amor y amor del mundo,
Marchita doblará la noble frente,
Lirio agostado del solano ardiente
Apenas descogido el albo broche.
Sobre los paños del funéreo manto
Místicas faces brillarán radiosas;
En perenne vigilia
Le guardarán las Gracias; entre tanto,
La divina Cecilia
Del órgano invisible dará al viento
En notas de dolor un himno santo;
Y en la doliente funeraria vía
Se verá el Salvador transfigurado,
De su ingenio blasón, gloria suprema,
Como heráldico emblema,
Cual la mayor nobleza y la más pura
De la humana criatura.

¡Ay! pero á ti de aquella tembladora
Pupila que te busca vanamente,
Pobre mujer, te apartará en mal hora
Inexorable gente.
No le verás morir; y tu amargura
El mundo acrecerá, sobre tu frente
Estampando, cruel, mácula impura.
Dirán que fué tu amor el de la yedra,
De verdes hojas y engañosos lazos,
Que soberanos árboles desmedra;
Y que fiero dogal fueron tus brazos;
Tu aliento arrobador, letal veneno;
Sepultura precoz, tu amante seno.
Y «¡fiera! (exclamarán) la que adulada
De la fortuna amiga,
Tuvo en suerte oprimir contra su pecho
Aquella frente nítida, morada
De sacra luz que a reverencia obliga;
Y en vez del nimbo angélico, le ciñe
Corona vil de punzadora ortigal
Vuélvase contra ella
ítala muchedumbre,
Y cuenta le demande
De la extinguida estrella
Que ya no vierte lumbre.»
¿Qué sabe el mundo, oh bella Fornarina,
De la doliente sombra funeraria
Que envolvió tu vivir; ni cómo, al triste
Destello de la tarde, solitaria
Y en jornada constante, en paso lento,
Opreso el corazón, el alma en luto,
A la santa Rotonda caminabas,
Y siempre en el marmóreo pavimento,
De tu inmortal amor tierno tributo,
Una flor y una lágrima dejabas?
¿Qué supo nunca, á maldecir dispuesto
De lo que ni comprende ni adivina,
Del tierno y puro amor, del gozo honesto,
Y de la peregrina
Beldad que á los ingenios desatina?
¡Oh Fornarina hermosa! inútil guerra
Hace á tu nombre y fama odio importuno;
Que ni es menos ni es más aquí en la tierra,
De lo que es ante Dios hombre ninguno.

Muéstrame una sonrisa desde el cielo,
Si el afecto piadoso en que me enciende
Tu noble corazón, donde se ceba
De la torpe calumnia el diente impío,
El canto humilde á modular me lleva
Que al través de los tiempos hoy te envío.

Traducción José Antonio Calcaño




Che cosa è Dio?

Nell'ora che nel bruno firmamento 
comincia un tremolio 
di punti d'oro, d'atomi d'argento, 
guardo e domando: - Dite, o luci belle, 
ditemi, cosa è Dio? 
    "Ordine", mi rispondono le stelle.

Quando all'april la valle, il monte, il prato, 
i margini del rio, 
ogni campo dai fiori è festeggiato, 
guardo e domando: - Dite, o bei colori, 
ditemi, cosa è Dio? 
    "Bellezza", mi rispondono quei fiori.

Quando il tuo sguardo innanzi a me scintilla, 
amabilmente pio, 
io chiedo al lume della tua pupilla: 
- Dimmi, se il sai, bel messagger del core, 
dimmi, che cosa è Dio? 
    E la pupilla mi risponde: "Amore!"









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