lunes, 23 de febrero de 2015

GABRIEL BOCÁNGEL Y UNZUETA [15.034]



Gabriel Bocángel

Gabriel Bocángel y Unzueta (Madrid, 1603 - ibídem, 1658) fue un poeta y dramaturgo español del Siglo de Oro.

Nació en Madrid en 1603, fue hijo del médico de la familia real Nicolás Bocángel, o Bocangelino, y de Teresa de Unzueta y Ribera, casados el 25 de abril de 1588 en Toledo. Fue bautizado en la parroquia de San Martín, frente a la cual estaba su casa. De orígenes genoveses, su abuelo paterno, Pietro Bocangelino, boticario, comerciante y cambista, se trasladó en tiempos de Carlos V a Toledo, donde inició un negocio familiar de exportación de lana. Según los vejámenes que se han conservado, era alto, enteco, de larga cabellera rubia y tan galán, "que no se hallaba en qué dalle vejamen".

Gabriel Bocángel estudió en Toledo y en Alcalá de Henares. Dominó el español, el italiano, el latín y tal vez el griego clásico. Desde 1629 desempeñó el cargo de Bibliotecario del Cardenal Infante don Fernando de Austria, hermano menor de Felipe IV, y otros elevados puestos en la corte. En 1637 se casó en primeras nupcias con Eugenia Bolero, que falleció a los catorce meses. En 1638 fue nombrado Cronista Real y, algo más tarde, Contador de Resultas y de Libros. En 1640 casó en segundas nupcias con Luisa de Urbina Pimentel, nieta de Juan Gutiérrez Solórzano, médico de cámara de Felipe III. Tuvo muchos hijos de ella; nos quedan los nombres de Nicolás, Jerónimo, Manuel, Teresa Antonia, Cristóbal Gabriel y María Josefa. De su pluma salieron escritos sobre fiestas, bautizos y otros acontecimientos destacados de la corte. Así, Retrato panegírico del Serenísimo Señor Carlos de Austria, Infante de España (1633), La fiesta real y votiva de toros (Madrid, 1648) o La perla de dos orientes (Madrid, 1651).

Como poeta de academia, participó en los certámenes de la Academia de Madrid, donde coincidió con genios como Lope de Vega o Luis de Góngora. Si bien no cultivó extensamente el teatro, fue el primero en introducir música en el drama, por lo que se le considera el precursor de la zarzuela. Debido a esto, el rey Felipe IV le concedió una pensión vitalicia.

Obras

Escribió la pieza El nuevo Olimpo (1649) y la que es su mejor muestra en este campo, El emperador fingido, publicada póstumamente en 1678 y de la que se hicieron tres ediciones más en ese mismo siglo. En cuanto a sus poemas, pueden dividirse en dos grandes grupos, profanos y sagrados. Entre los primeros destaca una ambiciosa fábula mitológica, paráfrasis de Museo en 104 octavas reales de estilo culterano, Fábula de Leandro y Hero, pero también cultivó la lírica amorosa dedicando un pequeño cancionero petrarquista a Filis, integrado por catorce sonetos.

Publicó dos colecciones de obras suyas, Rimas y prosas, junto con la Fábula de Leandro y Hero (Madrid, 1627) y Lira de las Musas, de humanas y sagradas voces, junto con las demás obras poéticas antes divulgadas (Madrid: imprenta de Carlos Sánchez, 1637), colección de su poesía completa dedicada a su Alteza Serenísima el Cardenal Infante don Fernando, de quien ya se ha dicho fue bibliotecario.

Bocángel es un maestro del soneto y un fino cincelador de versos; refinó el magisterio de Góngora, aunque buscó mayor claridad que aquel, y tuvo una especial sensibilidad y melancolía para los matices y la expresión del paso del tiempo. Se aventuró a veces en el terreno de la meditación filosófica. Junto con el Conde de Villamediana, constituye uno de los más personales seguidores del culteranismo del poeta cordobés. Se recuerdan especialmente los sonetos "A un español forzado" en una nave que oye un clarín lejano y los dos que dedicó "A un soldado que permaneció en pie un rato después de morir", pero hay muchos otros que merecen compatir igual puesto.

Tu obstinado cadáver nos advierte
que hay vida muerta, pero no vencida,
pues sólo en tu valor, sólo en tu vida,
algo miró después de sí la muerte.

Fuerte es la Parca, pero tú más fuerte;
no se debió a su golpe tu caída;
tú contra ti la ayudas ya rendida,
que, ¿quién pudiera, sino tú, vencerte?

Tú dividiste el trance indivisible
de morir y postrarte, tan altivo,
que en el daño común no hallas ejemplo.

¿Cuánto más que inmortal y que invencible
contemplaré que fuiste cuando vivo,
si el cadáver intrépido contemplo?

Tras un primer intento realizado por los dos volúmenes de Rafael Benítez Claros, Vida y Poesía de Bocángel (Madrid: CSIC, 1946 y 1950), sus Obras completas han sido editadas crítica y modernamente en dos volúmenes por Trevor J. Dadson (Iberoamericana, 2000). Este mismo autor editó La lira de las musas (Madrid: Cátedra, 1985) y ha publicado numerosos estudios sobre la obra del poeta madrileño.




Sonetos
Gabriel Bocángel y Unzueta

Por Ramón García González (edición literaria)

- I -


A un soldado de quien se refiere que, matándole en un hecho de armas, se quedó un rato de pies después de muerto


Tu obstinado cadáver nos advierte
que hay vida muerta, pero no vencida,
pues sólo en tu valor, sólo en tu vida,
algo miró después de sí la muerte.

   Fuerte es la Parca, pero tú más fuerte:
no se debió a su golpe tu caída
tú contra ti la ayudas ya rendida,
¿qué quién pudiera, sino tú, vencerte?

   Tú dividiste el trance indivisible
de morir y postrarte, tan altivo,
que en el daño común no hallas ejemplo.

   ¿Cuánto más que inmortal, y que invencible
contemplaré que fuiste, cuando vivo,
si el cadáver intrépido contemplo?




- II -

A un ruiseñor que se le murió a una dama en invierno

Abril volante, viva primavera,
tan viva, que engañado en tus colores,
te dio el tiempo el castigo de las flores,
que el invierno a su vida parca es fiera.

   No moriste, volaste a más esfera,
pues Filis hoy te anima con dolores;
bien es que muera quien cantaba amores,
yo sé quien calla, aunque de amores muera.

   Tu muerte procuraste, para verte
compadecido de quien vive ajena
de dolerse de un vivo enamorado.

   ¡Oh infeliz en la vida, y en la muerte!
vivo, no la causaste amante pena,
muerto, no te aprovecha su cuidado.




- III -

Yo cantaré de amor tan dulcemente
el rato que me hurtare a sus dolores,
que el pecho que jamás sintió de amores,
empiece a confesar que amores siente.

   Verá cómo no hay dicha permanente
debajo de los cielos superiores,
y que las dichas altas o menores,
imitan en el suelo su corriente.

   Verá que ni en amar alguno alcanza
firmeza (aunque la tenga en el tormento
de idolatrar un mármol con belleza).

   Porque si todo amor es esperanza,
y la esperanza es vínculo del viento,
¿quién puede amar seguro en su firmeza?




- IV -

Oyendo en el mar, al anochecer, un clarín que tocaba un forzado

Ya falta el sol, que quieto el mar y el cielo
niegan unidos la distante arena:
un ave de metal el aire estrena,
que vuela en voz cuanto se niega en vuelo.

   Hijo infeliz del africano suelo
es, que hurtado al rigor de la cadena,
hoy música traición hace a su pena
(si pena puede haber donde hay consuelo).

   Suene tu voz (menos que yo), forzado,
pues tu clarín es sucesor del remo  
y alternas el gemido con el canto.

   Mientras yo al mar de Venus condenado,
de un extremo de amor paso a otro extremo
y, porque alivia, aun se me niega el llanto.




- V -

Hablando con su dama ya difunta

Cobrote el cielo en tu primer mañana
humana flor, no muerta, interrumpida,
en fe de que viviste aquí ofendida
ese instante no mas que fuiste humana.

   ¡Qué temprano quedó tu nieve, o grana
de las iras del viento sacudida!
¡Qué tarde a mis esperanza con tu vida
has enseñado a escarmentar de vana!

   Si es que a la patria de la luz que pisas
ruego mortal de amante voz alcanza  
es mérito de amar lo que no veo.

   Si es que tu arbitrio en tu poder avisas
pues sabe que moriste mi esperanza,
haz que sepas que falte mi deseo.




- VI -

Huye del Sol, el Sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo, que a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.

   Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?

   Lo que pasó ya falta; lo futuro
aun no se vive; lo que está presente,  
no está, porque es su esencia el movimiento.

   Lo que se ignora es sólo lo seguro,
este mundo, república de viento,
que tiene por Monarca un accidente.




- VII -

Vivo de amor tan libre, y he vivido,
que voluntario pruebo su dolencia,
dando ejercicio a tanta resistencia
como huelga en mi pecho endurecido.

   Miro la llama a la distancia asido,
siendo costumbre libre y no prudencia,
que a beldad, donde es alma la apariencia
harto le sirve el riesgo de un sentido.

   Huya del mar el que en seguro suelo
los claros riesgos vio del anegado;
no tiente el mar en fe de luz divina.

   Que las piedades las reserva el cielo
para quien gime a su ruina atado,
no para aquel que labra su ruina.




- VIII -

Venciste, Filis. Ya en el pecho mío
hoy la primer terneza se introduce,
y cual hielo en que el sol infante luce
lloro, mas con valor rebelde y frío.

   Mengua mi obstinación, no mi albedrío;
que este afecto a que el hado me reduce,
no como ley, cual gusto se produce,
y, si le doy lugar, no señorío.

   Impere la razón, y mis afetos
sólo al fuero se extiendan de vasallos,
en mi interior, ya amante monarquía.

   Que si contra las leyes de sujetos
se conjurase amor a rebelallos,
trocaré yo el imperio en tiranía.




- IX -

Lloro, Filis, mas es sin apariencia,
que sé dolerme, mas quejarme ignoro;
lloro hacia el corazón: sepa que lloro
el dolor, pero no la diligencia.

   Aunque es agua no opone resistencia
al fuego que encerré como tesoro;
que no llorara yo si mi decoro
aumento no le diera sin violencia.

   Sale el fuego del pecho y vuelve al pecho
cual reloj que, en hilando las arenas,
las mismas otra vez en sí recibe.

   Porque faltaran al amor sospecho,
ya penas contra mí, y así apercibe
que en mí, como en reloj, vivan las penas.




- X -

Yo aquel que un tiempo con semblante ledo
ice sagrado. amor, de la huída,
mi libertad, que aún vive defendida,
rindo a tu imperio, aunque negarle puedo.

   Que si temiendo amar cautivo quedo
en la pena mayor, que es la temida,
ni pierde libertad ni arriesga vida
quien pide al golpe no morir de miedo.

   Y aunque no falta en mi valor lo fuerte,
amor, contra venganzas de tu aljaba  
desde hoy tus armas vencedoras sigo.

   Amando excusaré -no ya la muerte,
que el miedo de morir también la obraba-
la afrenta de morir sin enemigo.




- XI -

No puede ser; y miente el sentimiento,
que el dolor, como ciego, no es testigo,
o padece excepción como enemigo
que presenta la lid al sufrimiento.

   Temo de Filis un falso pensamiento,
y más cuando le temo por castigo,
de que acaso madrugo yo conmigo
lo que aún de Filis duerme en el intento.

   Darla que no temer a su mudanza
será darla a pensar que desconfío;  
temo avivar mi mal si no le creo.

   Neutral quiero que estés, desconfianza,
que, como mientras el temido empleo,
sé verdadera en el momento mío.




- XII -

Un tirano formó de bronce ardiente,
estudiando el mayor horrendo insulto,
un toro, en cuyo horrible y hueco bulto
arder miró al infausto delincuente.

   Por no moverse a pena del doliente,
ni dar a la piedad posible indulto,
dispuso que el clamor del hombre oculto
suene a bramido en el metal luciente.

   Mis espíritus, Filis, encerrados
en tu desdén, llegando a tus oídos
no suenan como van de mi dictados,

   que, porque no te muevan mis gemidos,
en el metal de tu desdén trocados,
habla el alma, y escuchas los sentidos.




- XIII -

Como en estancia, que de mármol fino
ostenta el suelo, rapazuelo ocioso,
con ágil mano y ademán brioso,
azota el breve torneado pino;

   y, mientras ve que el circular camino
dura en la esfera que batió furioso,
para mas, viendo que se da al reposo,
replica el golpe del sonante lino.

   Así el amor con áspera violencia,
en la vaga región de mi cuidado,
herir mi corazón tiene por juego.

   Y aunque sobra al dolor su diligencia,
si mira que sosiego de postrado,
se ofende por la parte que es sosiego.




- XIV -

Amante ruiseñor que das al viento
las quejas donde vive mi esperanza;
que, aunque el viento es imagen de mudanza,
sólo en él mi dolor vive de asiento.

   En ti turbó la paz de tu elemento
aquel brazo, que a toda vida alcanza;
también me hirió, mas con mayor pujanza,
cuando el golpe de envidia es más violento.

   A los dos sólo un golpe dio la muerte
(porque de único asunto no presumas):  
a mí los ojos, cuando a ti las balas.

   ¡Oh, cuánto más te mejoró la suerte!
Hiérete amor y déjate con plumas,
para seguir un ofensor con alas.




- XV -

No se debió a la bala tu caída
(que no es seguro el plomo en lo ligero);
sin llave estaba, rayo más severo,
que deja ociosa tu segunda herida.

   Muriendo naces hoy, fiera escogida;
el brazo te reserva del acero.
Bien que el modo es mortal, no en el primero,
en el mejor nacer está la vida.

   Parado entre dos soles y una muerte,
dudas si el cielo te prestó piadoso  
para buscar o huir lo acelerado.

   ¡Oh, en brutos, no menor deidad la suerte!
No corras, que en quien ha de ser dichoso
también es diligencia estar parado.




- XVI -

Miré un laurel, cuyo desdén sagrado,
de espesa rama, Apolo no vencía.
Allí para el desdén Dafne aún vivía
y a Febo aún no perdona su cuidado.

   ¿Qué mucho que mi amor desengañado  
ensordezca a experiencias cada día,
si presta ejemplo un dios a mi porfía
y vive lo difunto a lo adorado?

   Más quiere Apolo a Dafne con firmeza,
aunque imposible, que la quiso viva
con la inconstancia que temida lloro.

   Tanto quisiera, oh Fili, en tu belleza,
verla tal vez amante, y tal esquiva,
que por constante aun desdén adoro.




- XVII -

Venganza fue de amor, flechada en vano,
ese atrevido y castigado fuego
donde, más que deidad, mostró ser ciego,
cuando tu agravio le fió a tu mano.

   Un elemento es enemigo humano
para mover a un sol desasosiego.
Ruegue, no abrase, amor, que sólo el ruego
nació para vencer lo soberano.

   Ya no peligras, Celia, en la violencia
del fuego, ni de amor temes venganza,  
porque tu nieve o tu rigor le excede.

   Siempre es edad del flaco la experiencia;
ya que poder se deja a la esperanza,
¿si sabe Celia lo que amor no puede?




- XVIII -

Sabio Marqués, con quien Apolo parte
el laurel que corona numeroso,
porque otro medio círculo glorioso
reservas a sus previstas glorias Marte;

   decidme: ¿por qué siempre amor reparte
la pena, el llanto y el desdén celoso
a los suyos? Si amor, ¿cómo es odioso?
Si de arte ofende en la deidad, ¿hay arte?

   Confieso que al dolor tal vez prefiere
el gusto, pero ¿cuándo sus instantes  
reducir a un contento supo el gusto?

   ¿Por qué es ciego el amor que apunta e hiere,
y no se llaman ciegos los amantes
que le siguen, sabiendo que es injusto?




- XIX -

Grandes los ojos son, la vista breve
(o amor la abrevia, porque a herir apunta);
arco es la ceja, y el mirar es punta
a quien amor sus vencimientos debe.

   A su mejilla el nácar, nácar debe;
adonde en llamas de coral difunta
fuera la rosa, más su incendio junta
a la azucena de templada nieve.

   El arte es superior, pero sin arte
el ingenio es acierto y no es ventura;
el andar es compás y no es cuidado.

   De tantas partes no presume parte;
hermosa pudo ser sin hermosura;
yo, sin amor, viviera enamorado.




- XX -

Lloras, Filis, que el pueblo te murmura
la vida, la opinión y el ejercicio,
y que da, temerario, a todo indicio,
como a delito, su mordaz censura.

   Y es que llega tu audaz desenvoltura
a querer que se llame el mismo vicio
indicio de él, y tomas por oficio,
y no por privilegio, la hermosura.

   Tal vez te ríes de los maldicientes,
no por ver su calumnia mal fundada,
que tal engaño te desmiente el pecho.

   Su género de culpa sólo sientes,
que, como el fruto de pecar te agrada,
ríes de los que pecan sin provecho.




- XXI -

¿Hasta cuándo esta tinta, dime, Fabio,
pondrá tu engaño sobre tu cabeza?
Quien hace la traición naturaleza
tema del tiempo el alevoso agravio.
   Mas ya que con discurso poco sabio  
ultrajas de los años la pureza,
tíñete las arrugas, que es bajeza
que parezcan de dos mejilla y labio.

   La mentira en la voz es caso feo,
y, siendo sin pretexto y sin disculpa,  
es un delito en el honor nefando.

   ¡Oh, Fabio, cuánto más pecar te veo,
pues tomas tan de siento aquesta culpa
que ya te sales con mentir callando!




- XXII -

Aunque de Europa el robador divino
siente el desdén, a Europa disculpaba;
queriendo ser vencida, peleaba,
que hay defensas que muestran el camino.

   Del rencor femenil es tan vecino  
el gusto que en el gusto siempre acaba.
No quiere ser esquiva la más brava;
esquiva quiere parecer, Licino.

   Si Filida te escucha y te responde,
aunque de amor se te figure exenta,  
con blandos ruegos su dureza excita.

   Gobiérnete su pecho en lo que esconde,
porque no es no pecar lo que ella intenta:
pecar, mas con disculpa solicita.




- XXIII -

Dos naufragios se oponen igualmente
a aquella que en beldad venció a Narciso,
cuando en las aguas imitarle quiso,
dando a sus soles líquido occidente.

   Licio la ve en el mar menos presente
que en sí, donde arde en golfo más preciso.
Siente no socorrerla, ¡oh ciego aviso!,
donde la mira y no donde la siente.

   Mas, Licio, bien tu afecto se gobierna;
donde puede morir no darla ayuda  
siente su amor, no siente como ciego.

   Que en tu pecho, aunque ardiente, será eterna;
en agua sí que vivirá con duda,
porque no hay fénix de agua y le hay de fuego.




- XXIV -

Filis, en cuyo amante muerte fiera
robó más alma que dejó a su vida,
y de su esposo la mortal herida
en huérfanas reliquias hoy venera,

   vio un retrato, una imagen lisonjera,
de verdadero amor sombra fingida,
y, en viéndola, a consuelo introducida,
conoció no ser alma verdadera.

   Escrupulosa en ver que se divierte,
«¡Ay! -dijo-, amante amado, no me atrevo
a ver tu sombra, pues de ti me privo.

   Tan toda el alma concedí a tu muerte
que ya no he de poder sentir de nuevo
ni aun el dolor de no mirarte vivo.»




- XXV -

Hoy, Fabio, te casaste con Lisena,
que ayer te dio de amor dulces venenos;
en vasos viles de ponzoña llenos
mal la abeja de amor su miel ordena.

   No te aseguro yo la mar serena,
ni que con tal bajel midas sus senos:
a quien de caña aun dio flaquezas, menos
la debiste fiar riesgos de entena.

   Pediste (y lo consigues) que Himeneo
te purifique el lecho, y decorosa
a tu lado inculpable Lisi asista.

   Mas con la misma condición que a Orfeo
la esposa se volvió, te dan la esposa,
Fabio: no has de volver atrás la vista.




- XXVI -

Cese ya de un engaño repetido
la confusión, oh Fabio, y sus horrores
no turben los divinos resplandores
de la verdad que profanó mi olvido.

   Experiencias ilustran el sentido;
peligro es hoy lo que juzgué favores;
miro despiertamente mis errores
y el tiempo lloro que gasté perdido.

   Sea en las fieras ondas que navego
norte seguro, pues, el desengaño,  
que el escarmiento agradecido adora.

   Surque el mar proceloso otro más ciego,
que no es prudente el que, en un mismo daño,
segunda vez sus desaciertos llora.




- XXVII -

Gerardo, quien su engaño repetido
gime, aunque gima presto en mil horrores,
merece el sol de eternos resplandores,
a favor de la noche de su olvido.

Mas, quién no rompe fueros al sentido
en vano pide al cielo sus favores;
que el fuerte auxilio de vencer errores
suele tardar, cuando ha de ser perdido.

   ¡Qué importa que yo diga que navego
al puerto que conduce el desengaño,  
si el alma oculta ídolos ahora!

   Mas, ¡ay señor!, que si el error es ciego,
supo perder la vista, que fue daño,
porque abre más los ojos cuando llora.




- XXVIII -

Bárbaro el Fénix a su fin aplica
incendios, por nacer de su occidente;
que fiar de un ocaso un nuevo oriente,
noble acción, pero bárbara, se explica.

   Mas Fabia, sol de España, se dedica
hoy a tu llanto senador prudente,
y fénix más perpetua y más luciente
en tu dolor sus plumas sacrifica.

   ¡Oh bárbara otra vez, bien que ingeniosa,
ave oriental, que de tu fin y ofensa
fías la eternidad que solemnizas!

   ¡Oh Fabia, fénix tú, sabia y hermosa,
que a tu origen paterno, en llama densa,
fías la eternidad de tus cenizas!




- XXIX -

Jacinta, aquel artífice violento,
negando el agua misma que derrama,
a la engañada sed dio tanta llama
que esconde en el cristal otro elemento.

   No se querella el labio del tormento
de ver, que le despide quien le llama;
pues de más noble cólera le inflama
ver que costase estudio lo avariento.

   Naciste liberal, y avara cuna,
oh corriente infeliz, se atreve a darte  
el que malquista tu corriente el labio.

   Hasta en los elementos hay fortuna.
Quéjese el agua, pues, aquí del arte,
si nació beneficio y muere agravio.




- XXX -

Recoge el temerario lino alado,
Palinuro, que miró el mar furioso,
y agravio hará (que le hace el poderoso)
sólo de verte a tu defensa armado.

   Calle el remo, aun el voto esté callado,
que es trabajar estar a tiempo ocioso.
Sobra el afán al que ha de ser dichoso,
pues que si lo ha de ser por olvidado.

   Discreto es sacrificio el rendimiento;
donde no puede obrar la resistencia,
el furor estorbado dura y crece.

   Que no hicieron los cielos la violencia
tan absoluta -y más si la arma el viento-
que no la vence al fin quien la obedece.




- XXXI -

Bruto feliz, venciste; ya se inclina
todo animal a ser tu viva historia.
No te cupo en la vida la victoria,
la victoria escondiste en la ruina.

   Muerte que ha menester fuerza divina
deidad tuvo de Júpiter notoria.
No fulminó Filipo: con más gloria,
quien a esperarle se atrevió, fulmina.

   Hizo el deseo el tiro; obró la mano
el golpe, cuando el bruto a doble herida  
su vida vio mortal, viva su suerte.

   ¡Oh gran tiro de dueño soberano!,
que por el golpe le quitó la vida,
y por el dueño le quitó la muerte.




- XXXII -

Vuestra carrera creo y la imagino,
pues sólo deja señas de creída.
Yo os vi tan uno que os sobro una vida,
veloz Marqués, alado Bernardino.

   La saeta en el viento cristalino  
no sólo alcanzaréis, haréis dormida.
Tarde os puse la vista en la partida;
tarde, porque primero fue el camino.

   La vista os une, el número os difiere;
ambos dicen verdad, aunque ninguno
de su verdad efectos manifiesta.

   No permitáis que os dude quien os viere;
haced, por parecer dos, otra fiesta,
que, de igual, no se alaba lo que es uno.




- XXXIII -

No donde plumas de oro el Tajo baña,
cisne de Lusitania peregrino,
es mayor, porque muera de divino
cuando su voz postrera al mar engaña.

   Si cisne muere allí, cisne de España
en don Álvaro nace peregrino,
que a la inmortalidad abre camino,
con nueva voz que alegra y desengaña.

   Vario en lenguas y en plumas, hoy dudosa
hace su patria, porque el suelo hispano  
le pleitea, y el lacio y luso suelo.

   Yo que quiero acertar su patria hermosa,
su espíritu contemplo soberano,
que éste no puede ser sino del cielo.




- XXXIV -

Dio el agua procurada sepultura
-ya no es fábula huésped- a Narciso.
El que imitar su clara muerte quiso,
el valor poseyó por hermosura.

   Venturoso murió, pues le procura
reducir un empleo y un aviso;
pero quien llega al término preciso
puede ser desdichado con ventura.

   Sufrió el cielo de dos el ardimiento,
o porque de ignorancia procedía,
o para refrenar tercero intento.

   No murió don Antonio, que ya había
muerto cuando malogra un escarmiento.
Pues, ¿qué murió en las aguas? Su osadía.




- XXXV -

Hoy a tu brazo infiel, Hebreo esquivo,
yace Dios otra vez; no cual primero
divino fénix, en ardor severo
de altas cenizas se repite vivo.

   Hoy nos llama a su amor lo discursivo,
pues amante murió tan verdadero
que, porque amor quedó por su heredero,
se nos vincula en fuego sucesivo.

   Si pide el holocausto portentoso
plumas, que en ágil rapto den al suelo  
noticias de misterio tan profundo,

   no faltan, que a tu acento prodigioso,
insuperable Soria, fía el vuelo
un fénix de quien es Arabia un mundo.




- XXXVI -

Creyó el Jordán que vez segunda oía
la voz de Juan, que en vos determinaba;
que, a pesar de distancias, enfrenaba
a iguales pasmos su corriente fría.

   Pudo dudar, pues os oyó este día,
y pues a Juan oyó, cuál más obraba,
quien entonces las peñas ablandaba,
o quien hoy corazones persuadía.

   Al cisne del Jordán imitáis tanto
que negras plumas, por quitar la duda,  
os viste el cielo, con celoso intento.

   Pero quedóse con la duda el canto,
y vos con el aplauso de la duda,
desmintiendo a las plumas el acento.




- XXXVII -

Creció el infierno aquí, Nilo violento
de llamas, y tan ciego en lo enemigo
que de sus iras no dejó un testigo
ni a sus estragos permitió un lamento.

   No pareció del cielo tal portento
(aun en venganzas disfrazado amigo),
que el cielo, entre el presagio y el castigo,
siempre dejó caber al escarmiento.

   Ardió el Vesubio; no la inclemencia
de Júpiter honró su infiel desmayo,
ni a rayos de agua le anegó el tridente.

   El que tiene por alma la violencia
no ha menester para morir el rayo,
pues nace fulminado un accidente.




- XXXVIII -

La voz a Italia, cuando el eco a España,
fía el sagrado cisne que venero.
Dúdase dónde se escuchó primero,
si el eco es voz, pues como voz engaña.

   No es hoy la maravilla más extraña  
de Urbano, que le admite el orbe entero;
ni ser mayor, por lo mayor pondero;
poder crecer en su mayor hazaña.

   Y tú, Gabriel, que extiendes la armonía
del Rey del Tibre por los campos míos,  
canta, mayor que Orfeo en tu trabajo.

   Que de Orfeo es lo más que se atendía
parar las ondas, no mezclar los ríos,
y tú juntaste el Tibre con el Tajo.




- XXXIX -

Noble ciudad, de reyes coronada,
firme a la clara luz de dos fortunas:
por glorias llenas de menguantes lunas,
después por soles godos ilustrada.

   Desde hoy contemplo que una y otra espada
en manos de los tiempos serán unas,
y vencerán las fuerzas importunas,
del olvido y la envidia no domadas.

   Aclamárate el sol, firme y famosa,
en cuanta arena besa y lame espuma,  
pues el cisne mejor hoy te ha cantado.

   ¡Oh, a luces dos, Granada victoriosa!
Por fama, vuelas en tan alta pluma,
por firme, estás sobre el mayor collado.




- XL -

Sceva, después de la postrera herida
con que dejó su fama rubricada,
así vendió su muerte, así su espada,
ya que compró su gloria con su vida.

   «¿No hay quien lleve -exclamó- de mi caída
la nueva a mi contrario deseada?
Porque siento el morir obrando nada;
importe yo difunto, u homicida.»

   Dijo, y prendióle crédulo un soldado,
cuando el aliento con que ya expiraba
Sceva gastó en matar al atrevido,

   diciendo: «Moriré, pero vengado
de la injuria de aqueste que pensaba
que, aun muriendo, me pudo ver rendido.»




- XLI -

Ese de la amistad indicio raro,
ígneo docto, palacio de Agustino,
que a ser espejo, más que riesgo, vino,
pues salió de peligro, siendo claro,

   lisonja es contra Esculapio avaro;
cuando, más que el humor fiero y maligno,
niega al incendio opuesto cristalino
y hace al rigor de más rigor reparo.

   Si repitiere (¡oh nunca!) el accidente,
que el cuerpo, aun menos que el temor, inflama,  
y receláis el elemento al labio.

   Pues vaso de elección sois eminente,
que hoy refriega la temida llama:
templad la fiebre, imagen de su agravio.




- XLII -

Escrito en Roma está, yo lo he notado
-y aun me extrañé de incrédulo testigo-,
que el que a más llegare con su amigo
le tenga el pecho en parte reservado;

   porque si acaso le reduce el hado
a padecerle ingrato o enemigo,
fue juicio, o es venganza, hallar consigo
un fuerte del incendio no tocado.

   Ignacio, pues, amigo como sabio,
este siglo feliz hoy os alcanza,  
a vuestro arbitrio nuestra duda apela.

   ¿Cuál temeremos por mayor agravio:
la muerte noble de una confianza,
o al infame salud de una cautela?




- XLIII -


Al Serenísimo Señor don Juan de Austria

Este, que a voz en grito (¡o Bulequino!)
aclamas de Juan de Austria, en prominente
ciudad augusta: Joven altamente
(si humanidad con todos) es divino.

   Maborte le ciñó de acero fino  
su victoriosa espada omnipotente,
dígalo Flandes; dígalo elocuente,
Parténope lo diga, y Barcino.

   Hoy (vestido la paz, y glorioso)
árbitro le miramos sin segundo
de la Justicia para los acasos.

   O Buluquino tú, que por el mundo
vas observando lo maravilloso:
pues ya no hay más que ver, no des más pasos.




- XLIV -

Señor, estoy de vos tan alcanzado,
cuando el discurso a contemplar permito,
que, aunque me habéis sufrido de infinito,
representáis paciencia de olvidado.

   Yo que dormí, de vuestra voz llamado,
hoy despierto a la voz de mi delito,
y al primero dolor de verle escrito
le dais los privilegios de borrado.

   Deuda, Señor, es ya, no confianza,
pensar que del dolor el sacrificio
grato aroma se salve, donde ascienda.

   Aun me dejáis sin duda la esperanza,
que quien trocó la ofensa es beneficio,
¿qué mérito dará a la misma ofrenda?




- XLV -

 ¡Señor, que viera un pedernal helado
sangre de fuego de un acero herido!
¡Y que a la cera el bronce endurecido
hurte obediencias, del calor tratado!

   ¿Qué tiemble un monte al rayo sospechado,
y el hombre no le sienta, de él herido!
Pues, si se advierte, es rayo sin ruido
dentro del pecador cada pecado.

   ¿Qué villano, a quien víbora inclemente
el pecho le ocupó mientras dormía,
despierto, no se hurta a su veneno?

   Huye veloz, ¡oh planta delincuente!
Huye, porque del rayo de este día
podrá la permisión ser tardo trueno.




- XLVI -

Alzad, Señor, vuestra Sión divina
adonde, ingrato a tanto beneficio,
la deidad hizo el hombre sacrificio,
y, siendo él fulminado, la fulmina.

   No logre la ambición de peregrina
la culpa en ese, aunque postrado, indicio,
que el sacrílego intento de su oficio
memoria templo hará de la ruina.

   Si no es que, codicioso de la injuria,
temiendo que acabó ya la violencia
de dar a la impiedad postrer indicio,

   (mientras no os solicita en nueva furia,
por no tener ociosa la paciencia),
queréis también sufrir veros sin templo.







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