viernes, 15 de agosto de 2014

GABRIEL RODRÍGUEZ BUSTOS [12.863]


GABRIEL RODRÍGUEZ BUSTOS 

(Talca, CHILE  1951)
Poeta de grandes inquietudes sociales y cristianas. Director de talleres literarios, ex Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, filial Talca. Autor de cuento, novela, reflexiones. Ha editado: Entre nosotros... mañana, 1983; Al final del Arcoiris (novela breve), 1984; Señales de vida, 1988; Hijos de la lluvia, 1989; Palabras para nacer y Pasajeros de la lluvia, 1990.




DECLARACIÓN

Todo comenzó en el mar...
el amor creció en el fondo de las aguas...
en la tierra crecieron flores y árboles frutales...
los primeros anfibios gustaban de colocar su
panza vuelta al sol...
los antepasados de todas las especies eran
los dueños del planeta...
hasta que un extraño habitante erigió su
residencia entre las cavernas...
entonces todo fue posible...
la canción y la alegría...
la destrucción y la muerte...

Así nació la Poesía.
Para proclamar la Esperanza.

Creo en el milagro de ser Hombre.
Creo en sus sueños, en sus ideales, en sus anhelos.
Y sueño con el Hombre Hermano
con el Hombre Amigo
con el Hombre Bueno
que todos llevamos dentro.






Sobre “Defensa del Loncomilla”, 
Poesía Testimonial de Gabriel Rodríguez Bustos
(Premio Colección Verde. Siglo XXI Editores, 2014, 20 páginas)

Por Bernardo González Koppmann


I

Gracias a Gabriel por invitarme a presentar “Defensa del Loncomilla”, su último poemario publicado recientemente por Siglo XXI Editores. Yo honrado y feliz de estar junto a él en esta comuna donde ha recalado para servir, siempre para servir. La verdad que no conozco a Gabo si no es amando y sirviendo al prójimo.

Intentaré hacer unos recuerdos de nuestra ya vieja amistad, así, de memoria, que es la mejor manera que conozco para hablar de Poesía. Conocí a Gabo el año 1977, en un encuentro de jóvenes universitarios cristianos de la AUC - Acción de Universitarios Católicos -, en el antiguo Seminario de Vilches. Ahí entre jornada y jornada llegaron a mis manos, y a mis ojos y a mi alma, unas impecables tarjetitas amarillas donde Gabo divulgaba sus oraciones y pequeños poemas en forma artesanal. Me impresionaron esas palabras llenas de vida y esperanza en aquellos grises días de penuria para la Historia de Chile. Muy pronto tendría acceso a sus primeros libros, publicados en Ediciones Paulinas de Santiago, donde recogía gran parte de los escritos difundidos en las tarjetitas y agregaba otros textos, siempre con esa temática que lo ha acompañado hasta el presente: la solidaridad con los desvalidos, la denuncia valiente cuando se abusa de los pequeños, y la clara y fraterna confianza que siempre ha puesto el ciudadano, el poeta y el fraterno Gabo más en el espíritu que en las fuerzas brutas del opresor.

Así, tan espontáneo como cualquier vecino de buena voluntad, pronto lo encuentro viviendo en una comunidad de base cristiana en la Población Abate Molina de Talca, junto a entrañables amigos como Lucho Jorquera, Víctor Hugo Muñoz, Guido Goosens y un hermano carnal mío que después derivó en cura, en sacerdote. Eran épocas de un fuerte compromiso con los derechos humanos vapuleados fuertemente por la dictadura militar de entones, comunidad ésta y muchas otras donde se practicaba la fe en forma sencilla y cordial, todas ellas al amparo de la sabia conducción de don Carlos González en nuestra diócesis de Talca y por don Carlos Camus en la diócesis de Linares.

Luego, nuestro Gabo emigra por corto tiempo a Santiago, donde realiza actividades de educación popular y publica libros de dinámicas de grupos y técnicas motivacionales para el desarrollo humano integral a través de  dramatizaciones, juegos y canciones. Ya de vuelta en Talca dirige por varias oportunidades la Sociedad de Escritores de Chile, sede Maule, donde intenta aglutinar y conducir el díscolo mundo de los creadores literarios. Inclusive crea la Editorial Sol para difundir a jóvenes valores locales que, continuamente, emergen en los lugares más insospechados. Como ven, siempre inquieto, siempre atento, siempre apoyando las causas nobles y justas. Más de alguna vez lo vi a guitarrazo limpio animando un café o una peña o un baratillo para beneficio de alguien, invariablemente siempre para beneficio de alguien. Con el advenimiento de la democracia puede estudiar y recibirse de Periodista y Licenciado en Comunicación en la USACH. Este es, a grandes rasgos, nuestro amigo Gabriel. Así de llano, así de íntegro, así de verdadero.

Y viene su última etapa, ésta en la cual lo sorprende la vida, como servidor público, ayudando al próximo sufriente, al poblador extraviado, al ciudadano de a pie, al soñador errante, desde un cargo de representación popular como concejal de la Ilustre Municipalidad de San Javier.

II

Y de pronto llega a mi mesa “Defensa del Loncomilla”, su recientemente publicada Poesía testimonial, la cual de inmediato paso a reseñar.

Consta este brevísimo cuaderno de 16 poemas, que continúan la temática ya consuetudinaria de Gabriel, mencionada más arriba, pero ahora enfatizando su denuncia contra la destrucción del medio ambiente, la represión política y social del entorno que habita recabando en la memoria colectiva del sufrimiento, las secuelas de los mega-eventos telúricos, y, por último, como ventanitas a un jardín, al mar o a la montaña, nos entrega en íntimas pinceladas noticias de sus seres más cercanos, más inmediatos, valga decir padres, compañera, hijas.

Su técnica es sencilla. Poesía de una frescura rara, inusitada; poemas franciscanos, me dan ganas de decir. En esta propuesta no se busca sino cantar con el corazón en la mano las penas y alegrías de todos los día. Muy lejos, lejísimo, de academias y círculos literatosos, esta Poesía se escribe de cara al pueblo y se recita en los lugares donde urge decir unas cuantas verdades; ahí donde el hombre y la mujer nacen, viven, mueren y resucitan desde y gracias a  estas palabras; ahí donde si no estuviera el poeta Gabriel Rodríguez nadie diría nada y todo se olvidaría. 

Para ir terminando, quisiera contarles una pequeña anécdota que vivimos con Gabriel, su esposa y el poeta Alejandro Yáñez en Colonia Dignidad. Fuimos invitadas varias personas para ir a compartir nuestros escritos con las almas de los torturados, ejecutados y desaparecidos en ese antro del horror y el crimen. Llegamos los que llegamos. Durante el tiempo sin tiempo que estuvimos ahí, vimos pasar lentamente y detenerse a varios vehículos del enclave o turistas o qué se yo, que fotografiaban y grababan nuestro humilde homenaje consistente en papeles, una cruz de madera, flores que incrustamos en la alambrada y la lectura de algunos textos que quisimos regalar a nuestros compañeros  de infortunio. También nos acompañaba la Camarada Sol, con su indestructible y perdurable ternura. Al final del acto, nos tomamos de la mano y rezamos el Padre Nuestro, y justo cuando decíamos “Amén”, emerge de los bosques de pino una impresionante garza blanca como la harina, como la hostia, que se eleva majestuosa hasta desaparecer en el Azul. “Es el alma de los sufrientes, me dijo Alejandro, que viene a agradecer este momento”. Así es la Poesía de Gabriel Rodríguez. No sé decir más. Muchas Gracias.


San Javier, 23 de abril del 2014.


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