sábado, 18 de diciembre de 2010

2508.- FLÓBERT ZAPATA


Flóbert Zapata Nació en Filadelfia, Caldas, Colombia, en 1958. Maestro de escuela oficial. Es autor de los libros de poesía Copia del Insecto, 1991; Después del colegio, 1994; Declaraciones, 1999. Es coautor de la compilación Cuento caldense actual, 1993; autor de la compilación La generación invisible, 2000; de la compilación Musa Levis. Breviario de poesía contemporánea de Caldas, 2002; y del libro de cuentos breves La bestia danzante, 1995. Ha obtenido los siguientes premios: Universidad de Antioquia, 1993; Ciudad de Chiquinquirá, 1999; Antonio Llanos, 2001. Fue finalista del premio de Poesía del Ministerio de Cultura en las ediciones 1997, 2001 y 2002. Codirige los Festivales Nacional e Iberoamericano de Poesía que se realizan cada año en Manizales. Es director y fundador del sello editorial Lyrica species y de la micro revista del mismo nombre. Dirige el plegable Musa Levis.






XI

Si hubiese conocido la hora de mi muerte
Me hubiera emborrachado antes de que llegara.
No van con el final
Conversaciones serias y profundas;
no hay lugar para edictos o sentencias.
Le hubiera dicho cosas duras, que la ofendieran.
Hubiera vomitado sobre su viejo calcio.
Con la propia botella le hubiera roto el cráneo.
De su guadaña hubiera hecho hebillas.
Pero la loca muerte me sorprendió a mansalva.
Ayer, martes, mitad del mes más largo,
once de la mañana.
Bastó con que oprimiera
por menos de un segundo
mi cansado miocardio con su índice.







XII

No sé ustedes, colegas que todavía caminan.
Yo esperaba la muerte entre paisajes góticos
y escalofriantes choques de sombras y relámpagos,
con un fondo de bebés escaldados
y lamentos de fieras
y aullidos demenciales de seres de ultratumba.
Debía haber temblado:
Traqueteo de huesos viniendo hasta mí lentos, impasibles.
Su guadaña mohosa
Debió arrancarme lágrimas.
¿Y qué creen, amigos?
La muerte para mí fue una muchacha bella
lamiéndose los labios lujuriosa,
sexo rojo y abierto
como si no bastara lo vivido







XX

A la meta llegué muerto
y el camino recorrido
no era tampoco la vida.







XLVII

Quince hombres arrancados de sus casas,
llevados a un paraje solitario.
Carniceros que encienden motosierras.
Fabriles escafandras
Protegen de la sangre que salpica.
Gritos amordazados y dolor:
la noche sin su honra.
Grita y acusa, arriba, la luna de Quevedo.
Gruñendo, alguien la mira y la maldice,
abajo, más abajo del subsuelo.








XLIX

DESPEDIDA DE LA AMANTE

Vas a la guerra desnudo, muerto mío, compañero.
Sin armas, sin cantimplora, sin una alforja con higos.
Sin los ecos de los cascos contra la tierra ni el leve
Alborozo de las garzas despertadas por el vértigo.
Toma estas dádivas del amor y del remordimiento:
saber que nunca gozaste de un deseo menos triste.
Mas no serán para ti carcaj, arco ni pañuelo,
tan sólo mi libertad: el beso sobre el que vueles.
No de otro modo se cierra el amor, no de otro modo
la muerte limpia al que sufre.








LVI

CARTA DEL MÁS ALLÁ

Es verdad que hace frío.
Pero el frío es
nuestro alimento único,
el sol derruiría todo orden.
En cuanto a mí, estoy mucho mejor
desde que he comprendido que llorar
es un caro consuelo: cada día ver menos.
Contemplarme hacia adentro, cada vez más adentro,
hasta ser tanto yo que no me reconozco,
me libra del dolor de no poder amar,
de no sentir nostalgia por la vida.






DOÑA PERFECTA

Destruyendo a los demás
y cerrándoles las puertas,
con sus guadañas al hombro
allá va Doña Perfecta.

De perfecta inteligencia
el creador la dotó.
En todo lo que discute
siempre tiene la razón.

Es autoridad suprema
en cuanto tema se toque.
Propongan lo que propongan
ella ya se lo conoce.

Perfectas son sus acciones
y sus palabras perfectas.
Perfecto arroja a los otros
cagajón y ratas muertas.

Cagajón en las miradas,
ratas muertas en el chisme.
Por donde ella va pasando
todo queda sucio y triste.

Todo va quedando negro
con su prepotencia histérica.
Siembra eficaz la discordia
este ángel de la miseria.

Midas de la alcantarilla,
pudre todo lo que nombra.
Todo lo que nombra pudre
con los sapos de su boca.

Cuando aparenta silencio
se torna más peligrosa.
Por debajo del silencio
va su veneno de cobra.

En las bodegas de su alma
veneno tiene de sobra.
Veneno letal dos veces
por aplicarlo en las sombras.

“Alma”, dije por descuido
pero ella no tiene alma.
Así no puede llamarse
a una fuente de alimañas.

Cerca de Doña perfecta
compañeros imperfectos
que están a su lado vivos
y debieran estar muertos.

O cuando menos muy lejos
de sus jardines gloriosos,
donde no chupen su savia
como la chupa el rastrojo.

Lo menos que siente es asco
de sus tristes compañeros.
Por su condición divina
no suda ni tira pedos.

No tiene ano y no come
y no le da mal aliento.
Perfume de limpias flores
tiene por todo alimento.

Como todos por la tierra
camina y no por los aires.
Es ángel pero no vuela,
nunca ha tenido una caries.

Coronada de laureles
ahí viene Doña Perfecta.
Laureles que cultivó
con sus semillas perversas.

Por la cosa más pequeña
forma el mayor alboroto.
No mira su propio rabo
de andar mirando a los otros.

La opinión de los demás
le importa muy poquitico.
Al que se oponga a su leyes
lo elimina con un grito.

O lo enreda ante los jefes
con su saliva traidora,
pidiendo que lo despidan,
que lo que no sirve estorba.

Los verbos que más conjuga
son los que hablan de aplastar.
Un humilde es, para ella,
sucia mosca y nada más.

No debiera ser civil
sino más bien policía.
Después de quemar prestigios
va y busca el agua bendita.

Es una asesina en serie
de sueños y de esperanzas.
Por fuera viste de oveja
pero por dentro es araña.

Doña perfecta que dice
que su origen es el cielo.
Del cielo puede venir
pero va para el infierno.

Entrego a su perfección
estas coplas imperfectas.
Algo tienen de rencor
y todo tienen de ciertas.

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