martes, 28 de febrero de 2017

LUIS VALLE GOICOCHEA [19.970]


LUIS VALLE GOICOCHEA

Luis Valle Goicochea (La Soledad, Perú, 2 de noviembre de 1908 - Lima, 13 de agosto de 1953). Poeta, narrador y periodista peruano.

Luis Valle Goicochea nació en La Soledad, pueblo perteneciente al distrito de Parcoy, en la provincia serrana de Patáz, en el departamento norteño de La Libertad, República del Perú. Hijo del trujillano Francisco Valle del Castillo y de la dama "sholana" (nombre con el que se les conoce a los nacidos en La Soledad) Jovita Goicochea Salvatierra.

Aunque se sabe que su nacimiento ocurrió el 2 de noviembre, no se ha precisado exactamente de que año; el Dr. Luis Alberto Sánchez conjetura que fue en 1906, Luis Monguió en 1908, Esther Allison y Aurelio Miró Quesada en 1911 y José Gonzáles Morante sostiene en una tesis doctoral el año 1910.

Estudios

Estudió hasta el 3º año de primaria como alumno de sus padres, que eran maestros de la única escuela de la zona. Es en esta edad donde Luis Valle capta todo lo vivido en su hogar y en la escuela para luego plasmarlo en el papel, dándole forma de composiciones en prosa y en verso. A la edad de nueve (9) años, el niño Valle termina el tercer año de primaria y sus padres deciden enviarlo a Trujillo para que continúe sus estudios primarios y luego su secundaria, quedando a cargo su abuela paterna Doña Clarita del Castillo Valle.

Sus estudios en Trujillo los realizó en el Seminario de San Carlos y San Marcelo y en 1926 cuando termina la secundaria, viste dos años la sotana de postulante para sacerdote en el mismo Seminario. Ciro Alegría lo recordaba así: "Extraordinariamente flaco, a tal punto que parecía enfundado en la pulcra sotana. Ceñíase a la cintura una faja de tela azul, cuyos extremos colgaban a su lado. Era su distintivo de seminarista. La cara, de rasgos finos y color blanco pálido, tenía la expresión de melancolía que se acentuaba en los ojos". Es la más difundida prosopografía del adolescente Luis Valle Goicochea, nos dicen sus biógrafos.

Entre la bohemia y el periodismo

En 1929 abandona los estudios religiosos é ingresa a trabajar al diario La Industria de Trujillo, que era dirigido por Don José Eulogio Garrido, otrora gran animador del grupo "La Bohemia". Se hizo responsable de una columna a la que titulo "Hilvanes", escribiendo con el seudónimo de LUVAGOIS.

En esta época es tentado y empujado a enrolarse en la bohemia trujillana, siendo conocido por sus tendencias platónicas al enamorarse de las chicas más bellas de la ciudad, pero sin confesarles jamás su amor idílico. Justamente una anécdota muy recordada es el duelo que sostuvo con JUFERQUE, seudónimo del periodista trujillano Julio Fernando Quevedo Iturri, por el amor de una cantante chilena de paso por la ciudad y que actuaba en el Teatro Municipal. La cita se realizó en la Ruinas de Chan Chan y fue una broma que le jugaron Ciro Alegría, un arequipeño de apellido Zagarra y otros amigos del diario La Industria, quienes usaron pistolas de fogueo para tal fin, sin que los duelistas se dieran cuenta.

Luis Valle se entregó luego con ahínco a su quehacer poético y también compuso algunos cuentos, los que enviaba a Lima y eran publicados en "Variedades", conocida revista de la época. Este tiempo trujillano, de los primeros pasos, fue el más feliz en la vida de Valle Goicochea. Es así como comienza a alentar el proyecto de irse a Lima, pues ya tenía versos suficientes como para publicar un libro. No tenía mucho dinero y vendió sus cosas para realizar el viaje.

Ciro Alegría recuerda así su partida: "Nos despedimos en Moche, donde estaba veraneando su familia. Contra lo que yo esperaba, el sensitivo Valle se despidió con notable sobriedad. Estrecho un poco más a su hermanita, muchacha delgada y paliducha, de amplia cabellera rubia, a la cual tenía gran cariño. Ocupó un asiento al lado del chofer y se alejó sin voltear. No debía retornar mas a Trujillo ni al estado de espíritu que lo hizo alejarse. Cuando años después lo volví a ver en Lima, Luis Valle Goicochea era distinto. Llevaba una dura impronta de tristeza".

Años de su formación literaria

Llegó a Lima el verano de 1930 y después de dos años de dura brega consigue el apoyo de Don Enrique Bustamante y Ballivián y publica "Las Canciones de Rinono y Papagil", obteniendo un gran éxito con su primer libro. En esta obra, su imaginería lírica nos presenta al pajarito Rinono, que canta para que lo oiga la Rarra. Están presentes también Papagil, el tío cuyos ochenta años son como "ochenta hormiguitas blancas", la Quequita con su terrible dolor de muelas, la pobre gatita, engreída de todos, los hermanos Juan y Clarita, Doña Sacramenta, la hilandera, Danielito, el Sacristán, etc. Estos personajes tienen como transfondo el pueblo de casa apretadas y tortuosas, por donde desfilan apacibles asnos, mientras se escucha amanecidas campanadas y los niños retozando en la Escuela o en la Pila de la Plaza.

En 1934 publica su segundo libro, "El Sábado y la casa", obra literaria en verso que lo consagra en la poesía peruana. Los temas son los mismos, pero ya la nostalgia y el misterio le dan un acento doloroso. Como dice Don Aurelio Miro Quezada, "El mozo viste pantalón largo; la Rarra, antes locuaz, ahora se queda pensativa". El sol sigue iluminando las mañanas, pero ya "la tristeza camina por las calles del pueblo". Han muerto una hermana, la tía Rosario, el primo niño; ya no quedan "ni rastros de las casita de Don Jesús Ampuero". Hasta la escuelita ha sido suprimida , y el 28 de julio "nadie pondrá banderas en su puerta".

El mismo año de 1934, simultáneamente con la presentación de su segundo libro, el poeta se inscribe en la Facultad de Letras de la Universidad Católica, para seguir estudios superiores. Sin embargo, la falta de recursos económicos y la bohemia, lo frustran nuevamente. En vista que ya no podía estudiar, se decide a escribir en el diario "La Prensa". Mientras tanto, forma parte de "El Círculo del Duende", en donde están José María Eguren y otros escritores.

El año 1936 publica otro libro, "La Elegía tremenda". En esta obra continúa aquel tono de recuerdo cada vez más doloroso, en el cual, la muerte es una presencia reveladora.

En 1938, Luis Valle regresa a Trujillo y publica dos libros, "Parva" y "Los zapatos de cordobán". El primero es una coleción de poemas en prosa, que vuelve al tono primigenio y en ella aparece nítidamente las figuras del padre y de la madre. Este poemario se enlaza con otro que publico en 1939, de igual intención, "Paz en la tierra", donde el hogar y la muerte delinean mejor sus contornos.

Sin motivo aparente, Luis Valle regresa a Lima y conoce a otra dama de la que se enamora perdidamente. Esto ocurre en 1940. Miss Lucy King es el nombre y le dedica un poema, el cual representa la apertura a una nueva dimensión espacial. Lucy King, mezcla de realidad e irrealidad, es la mujer amada, una y diversa, que el poeta reclama por lejanos países y luego se despide dentro de una atmósfera de claroscuros y de recuerdo.

Inesperadamente el año 1943 ingresa al Convento de San Francisco y es enviado luego al Cusco "como padre franciscano, al mundo de la obediencia y a cumplir un designio". Escribe composiciones religiosas, así como un ensayo dramático titulado "Jacobina Sietesolios", referido a los últimos días de San Francisco y que fue publicado en Arequipa en 1946. En el Cusco escribe también "Temas inefables" y "Marianita Coronel". Quebrada su salud por causa de una dipsomanía, abandona el Convento y se dirige a Arequipa, donde es redactor del diario "El Deber" dirigido por el fraile mercenario Victor M. Barriga.

Regresa a Lima en 1948 y trabaja en el Museo Arqueológico, en la Biblioteca del Seminario de la Facultad de Letras de San Marcos y en el diario "El Comercio", donde firmaba con el seudónimo de "Carlos Bernabé". Su especialidad era redactar reportajes y crónicas sobre distintos problemas sociales, así como notas líricas profundamente humanas.

El final

Su salud empeora y pasa dos meses, febrero y marzo de 1950 en un sanatorio. Escribe en el hospital "sus sueños" como parte de su terapia, que "El Comercio" publicó póstumamente. Percibe profunda angustia, soledad y frustración. En el "Diario del Hospital", que Esther Allison publicó años después de la muerte del poeta en "El Comercio", constan los siete días más dolorosos que padeció el poeta, fijados del 08 al 14 de mayo de aquel año. La misma tristeza se manifiesta en las cartas dirigidas a la escritora y amiga, en donde el poeta da fe de su "lucha contra el demonio".

La salud del poeta era muy delicada, oscilaba entre la vida y la muerte. Esta situación se debía a la escaza alimentación y la constante bebida alcohólica, vicio que lo obligaba a huir de los nosocomios a donde lo llevaban sus familiares y amigos. Generalmente en las noches lo localizaban en las cantinas de mala muerte, de donde salía casi siempre en las amanecidas para guarecerse como sea.

En la mañana del 13 de agosto de 1953, la policía lo encontró moribundo, quizá atropellado por algún automóvil. Lo encontraron debajo de un banco, en la Plaza Italia. Se lo llevaron a la morgue. Nadie sabía quien podría ser. Para identificar su cadáver la policía debió trabajar duramente, porque no podían imaginar que ese desconocido que había caído en el caos y la miseria, fuese un ilustre poeta y escritor. Ernesto Moore escribió al respecto: "Valle, que parecía destinado al ara y al misal, terminó sólo con el cáliz. Murió fiel a la sangre de Cristo y fiel también a la Doctrina del Maestro: sin un centavo y con el alma blanca".

Sus restos fueron velados en el antiguo local de la ANEA (Asociación Nacional de Escritores y Artistas), cuyos dirigentes invitaron al sepelio.

Obras publicadas

Las canciones de Rinono y Papagil, 1932.
El sábado y la casa, 1934.
Al oído de este niño, 1935.
La elegía tremenda, 1936.
Los zapatos de cordobán, 1938.
Parva, 1938.
Paz en la tierra, 1939.
Sal, 1939.
Amor acecha, 1939.
Miss Lucy King, 1940.
Marianita Coronel, 1943.
Tema inefable: Cusco - Arequipa, 1945.
Jacobina sietesolios, 1946.
El naranjito de Quito, 1951
El árbol que no retoña, (Inconcluso)




¡FELIZ ELLA! 

 A la memoria de mi hermana Clemencia 

Partió una tarde clara y luminosa 
sin saber de dolores ni de penas,
sin saber de recios batallares
de la amarga existencia.....
y allí está su sepulcro en el humilde
y triste camposanto de la aldea;
la tarde al declinar, hemos dejado
sobre la losa un ramo de violetas. 
Y mi madre, mi padre, mis hermanos
y yo, apoyando la rodilla en la tierra,
a coro, hemos rezado
por el alma feliz de la pequeña:
de mi hermanita buena y pequeñina
que, remontando el vuelo de la tierra, 
huyó una tarde clara y luminosa
del cielo azul a la región serena. 
Al salir del humilde cementerio
aunque con voz adolorida y trémula
pero dulce tranquila y resignada
mi madre nos ha dicho: ¡feliz ella!
Mis hermanos, mi padre y yo sintiéndonos
heridos por igual honda tristezanos hemos repetido
tranquila y dulcemente: ¡feliz ella!
¡Al tornar por aquella que conduce
al camposanto solitaria senda
como en la tarde había en nuestras almas
un no sé qué recóndito de pena!




FUE UNA TARDE...

 A Gonzalo Meza Cuadra, alma de artista 

Fue una tarde triste, pensativa y doliente:
copiabas la belleza de la tarde en el lienzo
cuando pasó el poeta, cansado y abatido
de belleza sediento.

Fijáronse en el lienzo, sus ojos fatigados
y sintió la inefable emoción de lo bello,
susurraron las frondas misteriosas de su alma
y en su nido cantaron, las tórtolas del verso.

De aquella tarde triste, pensativa y doliente 
de mi vida en el libro, ha quedado el recuerdo.
¡Y tristes por la vida, nuestros dos corazones 
van como dos hermanos
pensativos y buenos!




ERES TÚ...

 Al Rvdo. P. Ángel Bustos B. con inmenso afecto 
y profunda gratitud 

Eres tú el jardinero
de grande y generoso corazón,
a quien debe sus flores
mi jardín interior.

Por ti el rosal del verso de capullos
y brotes se cubrió,
por ti floreció en mi alma
la flor de la canción.

De espíritus selecto jardinero
de mi canto el perfume embriagador
aspira hoy que para ti florece,
la flor de la canción.

Mis canciones son tuyas, por ti canto
desde aquel día en que le plugo a Dios
nuestras sendas juntar 

¡Oh jardinero
de grande y generoso corazón
a quien debe sus flores
mi jardín interior!




13 de mayo de 1928

CANCIÓN MATERNAL 

¡Hijo mío, pedazo de mi corazón, te amo, te adoro! 
Juntas van e irán nuestras barcas por el mar de la existencia.
Si espino te tornases, no por eso dejarían mis
brazos de estrecharte: Serían para mí tus aguijones,
inocentes caricias.
Dulce es sufrir por ti.
Mira ese cielo purísimo y azul; si a él vuelvo algún día
¿irás en pos de mí? Si tú me precedes, he de seguirte;
eres pedazo de mi corazón, y él no podría vivir despedazado.
¡Hijo mío, te amo, te adoro!





ESCRIBE – ME DIJISTE...

Escribe me dijiste alargándome tu libro en blanco.....
En su alba primera página tenía fija la mirada sin acertar a escribir.
Escribe –repetiste– y tus taumaturgas palabras hicieron el dulce
milagro: inexplicablemente estampé en la primera página de tu libro
por nadie escrito todavía, un poema, acaso el más hermoso de mi vida.....





ES MI MELANCOLÍA

Es mi melancolía como el cielo. ¡Para ese cielo convierte, el dolor,
en estrellas las gotas de mi acerbo llanto! 
Y son mis cantos un vasto Océano cuyo sordo rumor te hace llorar;
¡y en el seno tenebroso de ese mar tus lágrimas se convierten en perlas!




LÁGRIMAS Y RECUERDOS 

Dulces recuerdos y piadosas lágrimas,
hermanos sois lágrima y recuerdo.
¡Añorar y gemir! 
Cuántos resabios
de dichas y amarguras deja el tiempo.
Nace en el alma una esperanza nueva
al lánguido fugar de cada ensueño
brota una lágrima piadosa
al nacer en el ánima un recuerdo.

(Setiembre de 1927)





ES INÚTIL 

Cada cual su tragedia, secretamente vive;
es inútil no quieras
preguntar al hermano si es feliz o si sufre...
Es inútil, no quieras que tu dolor comprendan.
Confúndete en la humana caravana, en silencio.
Secretamente rumia, tus dolores, poeta.
No interrogues a nadie si es feliz o si sufre.
Es inútil, no cuentes a nadie tu tristeza...

(Julio de 1928)




CANTAR 

 Para yo

Lontano retumba el trueno
se acerca la tempestad.
Por el cielo negras nubes
se ven ligeras cruzar,
alumbra instantáneamente
el relámpago fugaz. 
A su nido el ave inquieta
torna con raudo volar.
Lontano retumba el trueno
se acerca la tempestad.




ESGUINCE INÚTIL 

En mis ciegas utopías
esquivar el sufrimiento
cuántas veces he querido
siempre huyendo, siempre huyendo.
He cruzado cuántas sendas,
cuántos áridos desiertos,
cuántos prados, cuántos valles
cuántos solitarios yermos.
Más, al fin, me he convencido
¡ay! después de tantos yerros
¡que a la condición humana
es innato el sufrimiento!




CONSEJO

Poeta, a nadie cuentes
tus secretos penares indecibles.
Que nadie sepa que sufres y que lloras.
Es sublime el dolor, santo y sublime,
cuando en silencio se sufre. ¡No te abatas!
Poeta calla y lucha
¡sonríe siempre aunque el dolor destroce
a zarpazos tu pobre corazón!




SEQUÍA

Brilla y reverbera el sol en su cenit.
El hálito del verano, va quitando
su frescor y lozanía a las plantas.
Los árboles se menean perezosamente. 
Y a pesar que está el día pleno de
luz hay en todo tristeza, y triste
está y reseco mi corazón poeta:
¡Se han secado mis lágrimas!





16 

Tú eres mi hermana porque escribiste
conmigo, a escondidas,
el apodo a Don Benjamín en la puerta de la
casa. Porque una noche que llovía te preocupaste
conmigo
de un nido que la tala dejó al sereno...
Porque cuando eras chiquita te cargó la
Rarra...
Porque nos miramos juntos en los ojazos de
la vaca pintada...
Porque mamá es tu mamá...
¿Te acuerdas?
Sabíamos que los jilgueros jugaban en los
árboles cercanos,
y entonces la Rarra nos llamaba a mirar los
últimos pollitos...
¿Te acuerdas? Estabas conmigo
cuando murió mi corderito y para consolarme
me ofreció otro Rosalía...
Me preocupa hoy que estamos lejos
la pared torcida de la casa vieja...

Las canciones de Rinono y Papagil (1932)





20

Es cuando abrimos los ojos tras la siesta
y se encuentra el lugar
de la cuenta quebrada, y se echa
de menos al que falta, cuando el gato
ronronea al sol
haciendo una buena digestión...
Se advierte
en todo una lánguida color,
y se miran las cosas
como después de un viaje...Todo tiene
un extraño aspecto lívido...Se orillan
inocentes peligros...

Cerca al umbral soleado de las casas,
las palanganas lucen
el agua más transparente de las aguas.

Peinan a los chicuelos sus mamás mojando
distintos peines sucios
en iguales porciones de agua que se irisan
a la sumersión periódica del peine...
Yo me pongo a contar las filas de saúcos.
Esta mañana se ha ido no se quien entrañable...
Mamá suspira:
-A esta hora estará bajando
a todo el calor del Marañón...





RINONO Y PAPAGIL

(1ª edición: Cía. De Impresiones y Publicidad. Lima, 1932. 57 pp.)

Por: Luis Valle Goicochea (La Soledad, distrito de Parcoy, provincia de Pataz, región La Libertad, Perú: 2 de noviembre de 1908 – Lima, 13 de agosto de 1953).

En este singular poemario, el poeta peruano Luis Valle Goicochea nos aproxima, nos anticipa un arranque de poesía egureniana pero ya no en la época dorada del poeta barranquino sino en los años trémulos que van de la primera a la segunda guerra mundial. Y cómo no va a ser poesía singular  y “egureniana”  con versos como estos:


“Cantaban Rinono y Papagil
Rinono en su árbol.
Papagil tarareaba
mientras se vestía al levantarse
o cuando
espumaba jabón para afeitarse.
La Rarra me decía:
-“Su Papagil canta pero desabrido”
En cambio
cuando cantaba Rinono nos hacía
parar la oreja a todos.
-“Rinono  canta lindo”
decían la Rarra y mis hermanos.
-“Rinono  canta lindo”,
decía yo también.
Era entonces;
cantaban Rinono y Papagil”.

(Las canciones de Rinono y Papagil. Canción 27).



Hay candidez, hay inocencia infantil, pero sobre todo, lo que se descubre en sus versos es sinceridad. Valle Goicochea no imposta, no aparenta lo que no es. Si escribe como para un público que ama la Primavera y siente con la naturaleza es porque él también ama la Primavera y siente con la naturaleza.  Y la siente porque es un romántico post scriptum. Para el primer tercio del siglo XX el Romanticismo como escuela ya estaba periclitado: Más o menos cincuenta años de realismo, simbolismos, positivismo y vanguardias lo habían adormecido pero no matado por la sencilla razón que, cada cierto tiempo, a los “osos” de las escuelas más recientes les urgía volver a él para sacarle nuevas mieles al panal original. Para muchos, el Romanticismo como preceptiva estaba ya arrojado dentro del baúl de las antiguallas literarias, pero no lo estaba como sentimiento, como pasión o como pulsión…Con esa nerviosidad acezante que utiliza los símbolos en períodos largos y luego busca que llenar los intervalos en blanco con los sueños…


“Niñito jesús
te doy un aviso,
y sea en secreto
y muy despacito.
mi mamá te está
cosiendo un vestido,
con orla dorada
de linón blanquísimo,
como para ti
niño lindo, lindo.
Y Clarita teje
blancos zapatitos
que son para ti
ella me lo ha dicho.
Yo ¿qué te regalo?
¿quieres un pollito?”

(Id. Canción 13).


La métrica no es exactamente fijada. Me recuerda la de los versos del viejo Romancero castellano pero sin rima. Pueda hasta ser calificada esta poesía exquisita como “El Romancero de la modernidad” o “del simbolismo”. ¿Y cómo se volvió esto, un “Romancero”? porque se le añadió, por una parte, el sentimiento de predilección por la naturaleza, y por otra, la nostalgia, una idea de poetizar la soledad pero encubriéndola lo más posible. Y si en el Romancero clásico, lo tradicional es ver al caballero “solitario” queriendo curar su  “mal” con la compañía de una joven y bella moza, en este “nuevo Romancero”, el solitario no sólo cuenta cómo vive su soledad para lograr así el “remedio” que una fragante doncella le pueda acaso ofrecer sino, principalmente, mostrar al lector un “cómo” muy personal de ver a la soledad perdiéndose entre los encantos de la naturaleza: Es pues, evocación pura, donde lo fugaz permanece…


“Mi madre dijo acariciando el lomo
de Otelo, el perro guardián de nuestra casa:
-Pobre! Está viejo,
ya ni siquiera puede
roer los huesos que le guardan.

Nos pusimos tristes. ¿Quién
en toda la casa no quería la perro bueno?

(Otelo buscaba las manos
de nosotros, día y noche).

A la mañana siguiente,
llegó a su casa otro perrito,
y nos contó la Rarra
que vio dos lagrimones en los ojos
empañados de Otelo”.

(Id. Canción 35).



Potencia evocativa es, así de sencillo, la poesía de Valle Goicochea. ¿Acaso es una curiosa e inesperada mezcla de Eguren con Vallejo? El poeta de Santiago de Chuco es evocativo y simbolista, como en “Los heraldos negros”, quizás su libro más próximo a la definición de lo que es lo evocativo en la poesía. Mas, el dédalo simbolista lo atrapó después con más fuerza que lo meramente recordatorio y, de ese modo, la potencia evocadora del recuerdo lejano hecho verso se volvió más bien en potencia evocadora de la idea lejana o perdida: “España, aparta de mí éste cáliz” es el libro más característico de este estadio vallejiano, en el que la evocación, el recuerdo, perdió su pureza.

Se puede decir entonces que Valle Goicochea, el poeta de la soledad como alguna vez lo oí definirlo, que murió atropellado por un auto en una plaza del centro de Lima, con su semblante adusto y sereno, con su pasión por la naturaleza, hizo arrancar su poesía del poder poético de “Los heraldos negros” y siguió adelante en el camino que Vallejo pudo haber seguido. Y lo hizo con tanto brío, con tanta  fuerza evocativa y sin perder la serenidad, que a uno lo hace sentirse niño de nuevo.

Es pues la suya, una poesía que merece ser más y mejor conocida: Altamente recomendable. (1)



UN PASAJE PARA EL LETEO

(1ª ed. auspiciada por el CONCYTEC. Premio Copé de plata 1988 de la IV bienal de poesía petróleos del Perú. Lima, 1989).

Por: Alfredo Valle Degregori (Lima, 21 de julio de 1938 – id. 14 de enero de 2007).



Un paseo por lo mejor de la poesía de todos los tiempos puede vislumbrarse en las páginas breves pero con mucha sustancia de éste poemario singular. A diferencia de Valle Goicochea, aquí el acercamiento a cierto espíritu poético clásico es deliberado; a lo clásico que fue y a lo que es en todos los idiomas y en todas las épocas de la literatura universal. Valle Degregori no se conforma con alimentar su estro con la rimbombancia de lo barroco o de lo rococó, lo que pudiera acaso pensarse de un autor que escribiese un libro similar, pletórico éste de malabarismos del lenguaje que, sin embrago, Valle si toma pero con moderación y nos los deja ver en su poesía, como buen poeta conceptista que es. Para él resulta que lo que en otros es acrobacia lingüística es el descubrimiento, para un lector cuidadoso, de los misterios de un gran arcano:


“Fruta-mujer de senos tartamudos,
astrolabio de cautos poemarios,
níveo sostén de asirios estornudos
escondidos en verdes relicarios.

Croto feroz de párpados desnudos,
cancionero de pétalos brumarios,
método de los bárbaros membrudos
que se matan en tantos calendarios.

Magro festín de cáscaras de plomo,
áureo disfraz de la mentada ofrenda,
que ignora la magnolia en la contienda.

Urna de color de cancionero romo,
muda mujer de senos sin fractura,
que bordean la voz de la locura”.

(De. “un pasaje para el Leteo”. Primera parte: “Diez sonetos quevedianos”. IV: “mujer – fruta”. Ed. cit. p.10).



Pero no se puede ser un conceptista en el siglo XX como lo podría haber sido en el XVII. Valle enfoca sus versos a las idas y venidas del espíritu humano de estos tiempos y los hace vibrar en sus versos, refinándolos lo más posible para lo cual los modos estróficos más tradicionales le caen como anillo al dedo. Y a esos modos los exprime y le sabe sacar la savia más pura, única manera de lograr acercarlos al modo de pensar contemporáneo.
Y es que para conseguir eso, hay que saber también sondear las profundidades de la retórica más clásica posible, allí donde se encuentra el germen de la mejor poesía, allí donde entusiastas hombres de letras de todos los tiempos hallaron de igual modo su propia expresión. Y es que Valle Degregori sabía griego y latín y era toda una autoridad lingüística y, sobre todo, en el noble y difícil arte del corrector de textos, labor que cumplió durante muchos años en el diario decano de la prensa peruana, “El Comercio”. Sin duda, ese placer en los clásicos como su propio trabajo periodístico le permitieron estar al tanto de los sentires de otros, que no conocían tanto las lenguas clásicas como él, pero que con sus escritos por corregir le daban, seguro que sin querer, los materiales vivos para su tarea de armonizar lo tradicional con lo moderno. Todo esto fue su materia prima:


“Bardo feliz que tejes tus mentiras,
ensartando dos páginas y un texto,
un absurdo, una náyade y un sexto
sentido, que enmudece si deliras.

Potencial creador de mar y cielo,
ofensivo señor de la venganza,
atrevido pintor de la esperanza,
fabulario soez del desconsuelo.

Víctima de tus propias virulencias,
cáscara de la espuma de la vida,
mustio cantor de la ilusión perdida,

Ogro ruin de las bárbaras conciencias,
satán sin trinche y ángel sin aureola,
poeta de la cresta de la ola”.

(Ob.Cit. Tercera parte: “Diez sonetos semigongorinos”.  IV: “Poeta”. p.34).



Sin duda, saboreó las mieles del verso yámbico tanto como las del endecasílabo “al itálico modo”; pero lo hizo, y he ahí el detalle, de un modo lúdico. No sólo sueña y de sus sueños hace versos (como todos los poetas, buenos y no tan buenos) sino que juega con ellos, les busca una forma precisa y preciosa de cómo expresarlos. Lleva las palabras y las pone en una probeta o matraz del laboratorio de la lengua y con multitud de ingredientes de colores (porque lo plástico, también en un sentido clásico, como de pintura renacentista temprana, estuvo de igual modo presente en el hacerse de su poesía) obtiene resultados emocionantes. Claro, que como todo en poesía, no el 100% es bueno. Si no veamos esto:


“Tener un barco, un ángel y un topacio,
para que en días crudos de resaca
te hagas al mar con viento de paraca”. (2).



Esta “paraca” no me llega a convencer del todo, creo justo decirlo. Me parece que estropea la armonía del conjunto, hablando en términos estrictamente de forma, no de fondo, que queda a salvo.

Pero, cuidado, pues esa catarsis del idioma que se alcanza en sus poemas (o, por lo menos, en la gran mayoría de ellos) no debe llevarnos al error de pensar que estamos frente a un poeta cómico. Felizmente no es así, pues cuando la poesía, o el arte en general, roza siquiera lo cómico, lo humorístico, lo bufonesco, adquiere también la predisposición a caer en el cinismo más antiartístico que se pueda uno imaginar. En Valle Degregori lo lírico se toma con la seriedad debida, sin excesos…Bueno, tal vez con uno solo: con la seriedad del profesor de literatura que en clase nos enseña a rimar con la métrica más tradicional (y por qué no, también con los motivos más tradicionales, dejando que nosotros mismos, en nuestro papel de lectores los adoptemos a nuestras propias circunstancias: He ahí el secreto, precisamente, de la supervivencia de todos los grandes clásicos). En eso “tradicional” o “clásico” encuentra el poeta una salida, una válvula de escape, para diferenciar su poesía, tan bellamente construída, de cualquier lirismo en prosa contemporáneo, en donde si bien hay mucho bueno también hay mucho malo pues se suele tomar el achaque de ser “verso en prosa” para escribir cualquier tontería.

En el caso de Valle Degregori no es así. Cierto que se rescata en sus poemas la impresión que en él causa la naturaleza pero no una rural o campesina, una naturaleza campestre y bucólica, sino la naturaleza urbana de nuestra época, la del hombre y la mujer que viven en un mundo acelerado, sólo que el poeta le da apariencia de joya medieval, renacentista o barroca:


“Con un chorro de sol en el pelaje,
me incliné sobre el rostro del abismo,
para entender del mundo el engranaje.

pero al fondo me vi sólo a mí mismo,
vestido con las plumas que la vida
me regaló en un acto de exorcismo.

Pues se sale corriendo en la partida,
creyendo en el amor y en esas cosas,
que mira el alma cuando no hay herida.

Y empecé a caminar entre las rosas,
pensando que por ser flores tan bellas
no podrían volverse mentirosas

También he contemplado las estrellas
y la noche callada y todo eso
que miran los poetas, pero ellas,

Una vez que te causan embeleso,
se duermen y se engríen en su espacio
y ya no te darán nunca ni un beso. (…)”

(Ob. Cit. Segunda parte: “Cinco poemas a la manera de…” – II: “Un balbucir al modo de Dante”. p. 21).


Valle Degregori fue, pues un notable poeta conceptista en pleno siglo XX. Si tiene la oportunidad de leerlo, no la pierda.


© Mario García Jarrín.
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NOTAS
(1)   La edición que yo tengo de esta obra es la que aparece en la imagen que encabeza este estudio, e incluye no sólo “Las canciones de Rinono y Papagil” sino también otras obras características de la poesía  grácil y alada de Valle Goicochea, como son: “El sábado y la casa”, “Al oído de este niño” y la prosa evocativa de “El naranjito de Quito” (Colección “Albatros”. Editorial Colmillo Blanco. Lima, mayo de 1989. 107 pp.). Mi homenaje sincero es para esta obra poética tan excepcional y, a la vez, tan poco conocida, pero por motivos de espacio escogí este poemario de Rinono y Papagil, que además da título al libro que tengo. Sin embargo, para su deleite, aquí unos fragmentos de estos otros poemarios incluídos en el volumen y que merecen ser leídos y estudiados:

“Nunca olvidaré tu cara triste todo el tiempo,
niño muerto del pueblo, compañero…
Nunca te olvidaré…Gustabas como yo
de ir a ver el monito de Leoncio
y de arrancar flores
en los caminos próximos en Mayo…
Ya no volverás un 24 de diciembre
con tu mamá a la casa,
a tomar el nocturno té de Navidad…
Hoy los gorriones cantan tristes,
y no los alegra el agua. No sé dónde
diez mil  cuervos clavan sus picos
en el asno despeñado que se pudre,
y amarga la corteza
de los saúcos viejos”.

(“El sábado y la casa”. Nº. 13. –En: “Rinono y Papagil”. Colección “Albatros”. Editorial Colmillo Blanco. Lima, mayo de 1989.pp. 35 – 36).



“La famosa prenda
perdida en un sueño,
decir no sabría
si era su dueño.

La buscaban todos
en cielos y aguas,
en naves y lluvias
y hasta en los paraguas.

Pero nadie sabe
que yo la encontré,
que está presa como
el pez en la red.

La aprisiona un ansia
dentro de mi pecho
pero no lo digan
guárdenme el secreto”.

(“Al oído de este niño”. Nº 11. – En: Ob. Cit. p.62).


“No llegué a comprender claramente aquello de la muerte de las tres matitas de violeta que tanto me gustaba cuidar. Regábalas cada mañana y cada tarde y cuando florecían -¡Oh, regalo de Dios!-  arrancaba las moradas florecillas y reapartíalas entre las manos tiernas de mi abuela y el ojal de mi solapa.
-Gracias hijito- me decía ella, y añadía, aspirando su perfume: -¡Qué ricas! Se las voy a poner al niño Dios.
De pronto me dije en voz alta como haciendo un recuerdo mientras cruzaba la sala:
-¡Ya no florecerán las violetas!
Era la postrera constatación.
Habían segado las plantitas. Vino la pausa difícil que llega después del almuerzo. Estaba próxima la entrada al colegio; corrí a mi cuarto, escogí los libros que había de llevar y me encaminé a clase…
Sentía el alma como en un breve vacío”.

(“El naranjito de Quito”. – En: Ob. Cit. p. 96).

(2)   Cfr. Ob. Cit. Tercera parte: “Diez sonetos semigongorinos”. III: “Querer un beso”. p. 33.








LUIS VALLE GOICOCHEA: DE LA SOMBRA A LA LUZ

Me noticié por primera vez de la vida y obra del poeta liberteño Luis Valle Goycochea en Chosica, allá por el año 1967, gracias a mi maestro el poeta Víctor Mazzi Trujillo. Mazzi lo había conocido personalmente, y se complacía en contarnos a sus contertulios algunas anécdotas del “curita” Valle. Lo llamaban así sus más íntimos amigos, pues pertenecía a la congregación religiosa de los franciscanos. Una de las anécdotas más divertidas lo pintaba escapándose del convento, luego de sus recoletas actividades cotidianas, para pasar la noche con sus amigos bohemios al amparo de un buen vino. Me causaba hilaridad imaginarlo haciendo malabares de fuga en alguna ventana o claraboya del convento, mientras los otros monjes seguramente dormían o rezaban.

Mazzi lo quería mucho y lo recordaba siempre. Lo describía como un hombre esencialmente melancólico y reconcentrado, una especie de niño rural perdido en la barahúnda de Lima, saturado de extrañas angustias y acosado por una vocación bifronte que lo hacía oscilar entre la vida monástica y la literatura. Valle había nacido en 19ll (aunque algunos autores fechan su nacimiento en 1909 o 1910) y murió en Lima el 13 de agosto de 1953, atropellado, según Edmundo de los Ríos, “por un irresponsable conductor que lo dejó malherido y huyó sin socorrerlo”. Ciro Alegría, sin embargo, en uno de sus varios artículos sobre el poeta, a quien lo unía una fraterna amistad, sugiere que Valle Goycochea probablemente se suicidó. “He tenido la impresión – escribe –de que se evadió de un mundo que no respondía a su armonioso ideal de vida y belleza.”

Junto con retazos de su vida, conocí también la poesía y algunos textos narrativos de Valle Goycochea. Aún recuerdo la gratísima emoción que me dejaron Las canciones de Rinono y Papagil y El sábado y la casa, sus libros más conocidos y celebrados hasta hoy. Recuerdo esa emoción porque la experimento pocas veces. Es la de la palabra sencilla contrariando las preceptivas y las convenciones literarias; cuidadosa de sí misma, sabedora de su carga de sugestiones, pletórica de verdad y deseosa de ser el fiel reflejo de un mundo raigal y entrañable que el poeta se niega a desvirtuar. Los poemas de Valle Goycochea son como sutiles garfios, con ellos se aferra a un universo arcádico frente a lo hostil e incomprensible del mundo real. Expresan el rechazo a un orden inhumano, a una realidad lacerante. El tiempo, para este hiperestésico poeta, se traduce en ausencia, deterioro, soledad y muerte. Y por eso se embarca en la palabra y rema ansioso hacia su propia infancia, al rescate de la inocencia perdida.
Sin embargo, Valle no es un poeta artesanal o literariamente ingenuo. No. Desde muy joven era ya un lector depurado y un creador cuidadoso. Ciro Alegría, en sus notas autobiográficas, recuerda que alrededor de 1928 “Valle Goycochea mostraba mucho apego a la preceptiva, aunque notábase que le hacía doler. Era como si se aplicara a sí mismo la regla de que la letra con sangre entra. Resultaba un condenado a galeras de metro y rima”. Una buena cantidad de sus primeros poemas, desechados luego por propia voluntad o consejo de algunos amigos, eran ceñidos romances y sonetos. Su estilo llano y coloquial, fue, por lo tanto, el resultado de una elección seriamente pensada y no, como creen algunos, el fruto en agraz de un escritor técnicamente desaprensivo. Valle perteneció al grupo de los “poetas nativistas” cuya característica fue esa controvertida, pero sencilla, manera de expresarse. Su poesía recupera una de las propuestas abiertas por el propio Vallejo en Los heraldos negros, se concilia en algún punto con la gama poética de Eguren, retoma el sabor pueblerino de Valdelomar y opta por un camino propio. En su Panorama de 1938, Estuardo Núñez enjuicia la obra de Valle Goycochea y de Alberto Guillén en los siguientes términos: “Pero, si ambos se apartan de las formas ya trilladas del romance hispánico, incurren, en cambio, dentro de su simplicidad para recoger la ingenua impresión lugareña, en cierto alejamiento del campo estrictamente poético. Sus poemas se aproximan sensiblemente a la prosa. La carga de su emoción se diluye en largos circunloquios descriptivos o enumerativos.” Como se ve, el buen maestro sanmarquino no logró categorizar en su momento los aciertos y desaciertos del poeta.

Un error frecuente en la valoración de Valle Goycochea es considerarlo como un “poeta para niños”, como sucede con Eguren. Es un error porque él no escribió su obra premeditando a los niños como destinatarios. Los temas, el tono, el aire de sus composiciones responden a hondas necesidades expresivas, a impulsos estrictamente subjetivos del poeta. Cualquier niño, adecuadamente cultivado, puede por cierto disfrutar de sus poemas, pero hacen mal los profesores y críticos calificando a Valle como un “poeta infantil”, pues tal criterio desvirtúa la esencia y el sentido de su obra. Valle escribió para todos, sin recetas, sin didactismo, con el único objeto de ofrecer el atribulado testimonio de un hombre de su tiempo. Por esta razón, la importancia de su obra, lejos de diluirse con el tiempo, se mantiene y acrecienta. En 1973, el maestro Alberto Escobar lo consignó en su ya clásica Antología de la poesía peruana editada por PEISA; en 1974 el INC publicó su Obra poética; y Ricardo Gonzáles Vigil lo ha considerado en un lugar de privilegio en su Poesía peruana del siglo XX, editada por Petroperú el año 2000.

Valle Goycochea fue, con todas sus limitaciones, un escritor de genuina vocación literaria. Junto con los escritores más importantes de su generación (los hermanos Peña Barrenechea, Luis Fabio Xammar, José Varallanos, Ciro Alegría, José María Arguedas, César Vallejo y el propio Eguren, entre otros) participó activamente en el desarrollo y modernización de la literatura peruana. El sendero estilístico de Valle Goycochea y de quienes lo acompañaron en su propuesta, explica y fundamenta, hoy mismo, la poesía “coloquial” de poetas como Efraín Miranda, el primer Marco Martos, Francisco Carrillo, Eleodoro Vargas Vicuña, y otros del interior del país. como el liberteño Angel Gavidia y el piurano José María Gahona.

Valle Goycochea murió de noche y atropellado por un carro. Y como Scorza y Heraud, anunció también su propia muerte. En Parva, ese maravilloso librito de poemas en prosa, publicado en 1938, incluyó uno titulado Biografía de la muerte, donde escribió: La muerte llegó de la noche y volvió a la noche y sigue girando por la vida: va de la luz a la sombra y de la sombra a la luz.

Publicado por Alberto Alarcón






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