lunes, 20 de febrero de 2017

GABRIELA SCHUHMACHER [19.955]


Gabriela Schuhmacher

Gabriela Schuhmacher. Nacida en la ciudad de Santa Fe, provincia de Santa Fe, Argentina, donde vive actualmente. Publicó en el año 2016 su primer libro de poesía “Cantos del Norte” (Editorial De l´aire, colección la Herida Fundamental). Obtuvo el 2do premio de la VI edición del Concurso Nacional de Poesía 2016 “Paco Urondo” de la Ciudad de Villa María (Córdoba): plaqueta “Todas las miradas”, con una selección de cinco poemas del corpus inédito “El perro de la infancia y otros poemas”, y así también el 2do premio de la V edición del concurso literario 2016 “Vicentín”, género poesía, de la ciudad de Avellaneda (Santa Fe) por el poema “Schistocerca paranensis (Langosta peregrina)” del corpus inédito “Puros e Impuros (Tríptico en caja entomológica)”.

Junto al músico santafesino Rubén Paolantonio integra el dúo “Palabras tocadas”, siendo el primer trabajo grabado: “Otra vuelta a la manzana”, obra de carácter interdisciplinario que reúne poesía, música y video.

Estudió artes visuales y gestión cultural especializada en artes y patrimonio cultural, transitando universidades de Córdoba, Mar del Plata y la Fundación Ortega y Gasset en Buenos Aires.

Coordina talleres interdisciplinarios de artes visuales y literatura, y como artista plástica se dedica a la fotografía experimental.






Las tierras blancas
(¿Dónde yaces, padre?)

Cuando era niño
el río estaba prohibido,
se atisbaban especies oscuras,
en mi almohada una pluma de garza
era hundida por el filo de un hacha
y una noche tuve el impulso
de llevar al río la pluma partida,
dejarla que flote.
Cuando era niño preguntaba:
¿duerme, mi padre?
y corría ligero a tu cama vacía,
cama con colchón de hebra abierta
por las aguas. Ya no cantabas:
los cauces de las tierras bajas
transgreden la blanca extensión.





Casa de barro

Salimos de la casa temprano,
mi hermano y yo,
el instinto pulsó
el momento de emigrar
tras el umbral de barro,
cáñamo y ropa tendida.
La puerta se cerró en un vaivén leve,
como todos los días,
y alguien desde su interior dijo:
será la última vez.





El olivo
(Padres, ¿por qué me han desamparado?)

Mi madre dijo, nos vamos, y yo
que jugaba en la galería con mi perro,
no entendí. El aleteo de la noche
evoca en su sordera un mismo nido.
¡Estoy bajo el olivo!, el que trajo Alcides
durante el ayuno por el regreso de su hijo.
¿No creen que debería saber
cuál es el lugar que eligieron?
Desaparecidos, acá la silla de mimbre
mira al puente de madera, a la vieja
ensenada y a los chañares, ¿qué puedo
esperar del arroyo, acaso vendrán
como las ranas y las aves más grandes,
cuando se cierre la noche? ¿Qué noche?
Mi perro no alienta apariciones
y yo sigo saludando lejos. Nos vamos,
le dije a mi perro y él me siguió.
Madre, yo sabía cruzar la cañada
con rama de olivo verde en los pies.





Coro de ánimas
Al búho del olivo

Ave negra que traspasaste un día
el descanso del padre,
violaste las leyes de tu especie
y sigues en los árboles.
Lo sabemos, prefieres la rapiña
y devorar en pleno vuelo.





Diálogo del hijo
con el coro de ánimas.

El fuego
(Oigan, ¿qué sostiene la tensión armónica?)

— Se enciende en la medida justa
que se apaga, pero desconozco
cuál es su agente inmóvil,
acá, sin padres, entre las llamas
de ancestros, arde el marrón
de la sangre después de soltar
los cactus sus paletas. No hay leña,
derribaron los árboles del camino,
las tunas serán el recuerdo
de algún fuego, el que corrió
antes que yo y regresa
sin develar qué lo mueve.
El agente increado está cerca,
en las ausencias de contrafuegos.
Trae con el polvo
la medida justa de mi padre,
el dulzor de los tunales pelados
por mi abuela, el desorden que estibó
mi madre en invierno, los pasos
circulares del amamantamiento.
—Lo sabemos, todo es fuego.





La noche avanza
con cuerpo de paloma aventada
y junto a su hermano muerto,
el hijo habla al coro de ánimas.

Cantos de cuna
(Nuestra madre nos dijo:
duerme, duerme niño hermoso
que el cielo ya bajó)

—Es aquí donde nacimos,
con resinas de pino en la cara,
bajo la cruz clavada que reza:
esta es tierra de espectros.
—Somos estrellas que anidan
en los cielos yacentes,
resignados a la suerte
de ser arrojados sin vuelo.
La muerte detiene el sentido del sueño
y cantamos despiertos
los acordes del semblante en sal,
su tumba errante.
Somos los que mecen la tierra afónica,
los lazos de sangre
destejidos entre semejantes.
—Hijos extraviados en campos de cactus,
es aquí donde vivimos, con arrullos de luces
al borde del camino,
donde las palomas se pierden sin horizonte
y el nido se rodea de voces.
—Construiremos la cuna con rosa y jazmín
pero ahora, a dormir, todos a dormir.





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