martes, 23 de septiembre de 2014

ALEXA LEGORRETA [13.418]


Alexa Legorreta

Monterrey, Nuevo León, México
1990

Licenciada en Arte Teatral de la Facultad de Artes Escénicas en la UANL. Funda el grupo “Voces en Verso” (Monterrey 2007-2009) Productora de “Sublimes Teatro”.

Obtuvo el primer lugar en el Primer Concurso de Cuento en el Café Brasil en 2011)con su cuento “Minuto Royale”.  Becaria del “Curso de Creación Literaria 2012 Capítulo: Monterrey” por la Fundación para las Letras Mexicanas y Universidad Metropolitana en la misma ciudad.

Sus poemas y cuentos han aparecido en diversas revistas como: 15 diaria,  La humildad premiada, Papeles de la Mancuspia, Los nadies y en las antologías:   Bitácora de voces: Verso Norte 2011 y  El sueño y el sol: Antología de escritores jóvenes (1985-1993)

Premio Bellas Artes Baja California de Dramaturgia 2013




Seis nueve

Estalló el cielo de la cama:
abrí palpitante mis cuatro labios
y te di a beber el mar.

Naufragaste epiléptico:
el corazón se detuvo

       y succioné
                           lo que quedaba
                        
           de tu aliento.





Motel Los Ángeles 

                                                Junio del 2012

I

Corre,
danzan los caracoles en los candelabros
y te ven llorar dormido
y te recojo las lágrimas con la lengua seca.

Guardé la saliva en el borde de tu sexo
-          tan niño -
cómplice de aquellos lunares tristes,
-          cristalinos -
sobre la piel y las sábanas frías.

Corre
           - el tiempo –
la espera en tus ojos de estrellas marítimas,
estrellas que se llenan de balas de oxido
reventándose en el pecho
         - las orquídeas –
Dentro de tu piel: el cielo.

Ahogamos los besos en un charco de sangre,
fueron mariposas blancas que volaron disparadas
                                                            - el polen –
recuerdo tristísimo de saliva extranjera,
polen de hadas excitadas a media noche,
de coca y alcohol bajo la falda.




II

Me siento en los escalones de este motel  con los tacones rotos,
esperándote vestido de pieles que no son mías,
                                      soledad convertida en nostalgia
                                           coro de niños degollados
en esta ciudad tan melancólica como tú y el beso sobre el puente.
Corre,
abre bien las piernas que aterrizo desnuda
-          sin voluntad y sin causa –
con el alma mordida,
con las venas furiosas de sirenas que lloran la calle.

Abre bien las piernas 
                                    - desenvaina el vértigo –
la profundidad de los surcos,
hagamos como si fuera una sola noche dentro del mar,
donde los peces se enredan las colas para no soltarse del viento,
donde clavan las traiciones en la frente
y el mensaje con letras rojas tenga todas las vocales excluidas.




III

Bajo tus uñas encontré la tierra donde pasé mi infancia:
                                                     la más dolorosa fiesta,
                                                              amarga luna
violación de niños que me ataron al árbol de mi casa
y lo cortaron para no verme la cara.
Después arañé tu espalda para no arrojarme al campo de medusas,
y dormí ceñida al calor de tu risa,
la  carne de plumas,
el poema de los dientes bajo el mar de la sábana.

Ábrete el corazón 
                            - yerto -
trágame con tus manos
                       -blando aleteo -
que siembre las lágrimas de mi padre                 calcinado bajo los escombros.

Cógeme de espaldas, 
avienta mi soledad contra la pared
¡Que me duela el mármol la cara vencida!
¡Que me abran las espigas de los párpados!
que las gotas de sangre te sirvan de agua
mientras bramas retorciéndote dentro de mi cuerpo.

Clávame los ojos aún llorosos en la memoria, 
salgamos del acuario para tomarnos fotografías en los pasillos,
ponme la falda escurrida de semen arriba de los muslos.
¡Bésame!
mientras las balas se estrellan en mi espalda,
y corre,
corre por la ciudad Melancolía hasta desangrarte.





Miranda’s dream

No quiero escuchar ningún reproche de mis hijos
porque mi vientre yerre en una noche blanca
que se licua sobre la arena,
y el goteo de estas lágrimas son las risas que se repiten en silencio,
que se hunden por la calle,
la calle ardiente de mis ojos,
caliza.
Mi útero se crucifica entre las orquídeas,
estalla en la boca del tigre.
Mis piernas son el ladrido obsceno del jardín,
se enredan en el nido de nieve,
emanan cantos de muerte,
impasible
cálida
enfurecida gaviota
 sobre el asfalto,
lento olvido cobijado por estrellas.
 Que se me pudra la cabeza si mis hijos no nacen,
que dicten mi nombre en braille,
que me esperen con un millón de soles atorados en la garganta,
la arena
todavía virgen
cae barranca abajo de estos pies de fiebre,
yo enferma del verbo,
con la rabia en las venas,
con la sangre descompuesta,
porque me olvidé de cómo jugar a las muñecas,
porque Dios fue el único que jugó conmigo
y cuando se cansó me cerró la puerta en la nariz,
 aún empolvada.
 Caí a los escombros de los dientes del muerto,
con la lengua de piedra,
bajo la piel de este insomnio,
acariciando a mi gato mientras esperamos el amanecer,
entre la podredumbre del cielo partido por las montañas,
rasguño de triángulos azules.
Y los párpados dormidos de mis hijos deformándose
                                         entre la placenta y el llanto.





Esta soledad me divierte…

 Esta soledad me divierte,
se deforma con el rostro relamido por los ángeles
que llegan sin avisar dónde está el paraíso.
Se van burlándose de estos pies de piedra
abandonándote en la carne sumida de cicatrices.

Mis escamas se abren para besarte las pestañas dormidas, 
y te sonríe el agua blanca
el caracol nocturno de este junio
que arrastra la tristeza de los verdes
 y te grillan los lunares heridos 
sin ciudad                 sin poema
                  sin viento.
 Esperamos el amanecer a la orilla de la cama
que rechina con sus dientes de vidrio,
y nos trenzamos las lágrimas en este mar naranja
                             y te canto la canción del trueno
                                       entrecortada del grito
                                                      del nombre.

 Si el mañana sobrevive te contaré que el único poder que tiene mi padre es desmembrar a quien quiera con los ojos,
que las grietas de sus arrugas son los muertos que lleva consigo,
y sus verrugas negras son los gritos
la pesadilla de otro padre que lo trató igual que el suyo.
 Te contaré el miedo que tengo de encontrármelo
               tan distante           tan soberbio
                               y al final
yo también le cortaré la garganta a los poetas que lo nombren.
Porque nadie merece tanto odio,
porque nadie merece tanto orgullo.
Y esta ciudad me lo recuerda,
tirado sobre la calle de sangre
vencido de muerte con su morena alegría.
 Al pisar esta soledad somos tan ajenos
con la nostalgia de las noches pasadas,
después nos sorprenden las horas que se escurren de la lengua
en esta despedida vacía
y el encharcamiento de los párpados
¿Y si te tatúo la ausencia?
¿Y si los caracoles tienen alas?
 Esta soledad me divierte.
No.
Solo estoy improvisando.





Cartografía

I

Parpadea,
brota un caracol del agua
contemplando el vacío consumirse.                                     

                                  Parpadea lento,
duérmete en candelabros de cristal,
arráncate la piel marchita,
entierra la infancia.
 Parpadea bajo la sombra de este árbol,
parpadéame la vida,
                                y el vientre
             y el trueno.
Se embisten las olas sobre la roca negra,  
te conozco
-          sueños de corales  -
agua fragmentada cortándose en trozos.
Te conozco bien,
cuando la tarde nos convierte en niños con nuestros triángulos de fuego,
y nos acurrucamos esperando la muerte,
                         con el alma enferma
                     y la podredumbre del silencio.



II

Somos los niños que se escapan de sus padres,
-          buscamos la ausencia   -
cosemos nuestros sexos heridos
porque nos recuerdan que alguna vez fueron órganos,
lunares transparentes que se unieron en secreto,
crisantemos que explotaron en los oídos,
y nos colgamos la lengua abierta de los pezones ahumados
                                      mordidos
                              trasegados de fatiga.
 La catedral rasguña el cielo con su erección de piedra,
ahí donde se arrodillan los muertos,
esa pesadumbre atragantada del beso,
dentro de este útero metálico
desmembrado
en los espejos del agua
los rostros deformados de angustia de mis fetos entre la sangre
y los vitrales de las vírgenes.




 III

Canta,
ábrete la boca con embriones de medusas entre los dientes,
lávame los pies con las espigas
los surcos de las manos de estas montañas
cayéndose  de espanto.
El baile de cucarachas en la regadera,
el pensamiento inmensurable
tristísimo
ardiente del cielo negro
que se enfoca en la erosión de la cama.
 Trázame líneas imaginarias
marítimas,
en esta masa densa del hielo que atraviesa la lengua,
 la piel teñida de azules que cobija las escamas,
los ojos del reptil blanco
y sus grietas desnudas de leche
arrastrándose en tierra de orquídeas,
            -   arrastrándose  -
       entre amapolas dormidas,
la estigmatización de la bandera de oro,
 en esta cartografía del cuerpo.




 IV

Te conté que de niña me levanté la falda
y me escurrieron peces de mármol,
caí con la sonrisa vencida,
con las nalgas arañadas por el sol,
con el corazón yerto del verbo.
 Lloré con los ancianos tendidos
mostrando sus manos de sangre
bajo los arcos de la plaza.
Y fundieron  su memoria
los nervios entrecortados de las venas de agua,
los peces grises de sus cabellos serenísimos,
y me sonrieron con las encías negras,
y desperté del sueño de pulpos rubios
con las alas de esta hierba que mata
que se hunde
y perfora la nostalgia
esperando el amanecer
entre el azul de los árboles de humo
                                                           el aliento
                                         el vientre
                                                           y el trueno.




 V

Corté la nieve de mis pupilas con tus hilos de sangre,
las palabras de lluvia de esta tierra me recordaron que el semen del cielo se restriega en los árboles secos,
su aroma de eternidades y escombros,
la cara bañada del agua blanca,
el amor inverso de estos márgenes de osamenta,
una caricia que arde.
 Estalla con su granada de clepsidras
la madrugada
las sirenas con su zumbido de moscas en la calle,
y las jacarandas del último aliento repican entre las campanas,
la fiebre líquida del que palpita nos nombra,
solitarios recobrando la clave del aliento
niños enfermos de euforia
                                         trenzados
                                       tóxicos de coca
llevándonos hasta el río de luces del silencio.





VI

Nos miramos la sombra y el olvido
en este mar dorado del desierto,
el corazón se desmorona entre la distancia,
las olas doradas
los cabellos límpidos en la alfombra de vidrio.
 El vientre perforado se hunde arañando la almohada,
el vacío se arranca el espíritu,
los cráneos se destilan sobre los órganos artificiales en su canto de muerte,
el desgarre de la piel que te llora de ausencia
los pájaros bramando poesía.

¿Y si el amor se nos acaba al encharcarnos?
Por esta vez,
ciérrame los ojos enfermos
y me tragaré la nieve líquida del trueno,
y me llenaré de océano blanco la vida.



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