lunes, 20 de diciembre de 2010

FERNANDO FERREIRA DE LOANDA [2.551]


Fernando Ferreira de Loanda 


(1924-2002)

La literatura brasileña ha llegado a considerarse como una de las más iluminadas e intensas del presente siglo. Bastaría mencionar figuras de la dimensión de Manuel Bandeira, Drummond de Andrade o Cecilia Meireles en la poesía y Machado de Assis o Guimarães Rosa en la prosa para percatarnos de su estatura. En los años 45, finalizada la segunda guerra mundial, aparece un grupo de jóvenes poetas que participan de lo que sería el movimiento modernista en su tercera fase1. Ellos son: Lêdo Ivo, Thiago de Mello, João Cabral de Melo Neto, José Paulo Moreira da Fonseca, Octavio Mora, entre otros. Y al lado de estos, Fernando Ferreira de Loanda quien nace en Luanda, Angola, en 1924, y que inmerso en una tradición propensa al asombro, a la rebeldía y a la connaturalidad de los fenómenos humanos, ha destacado como uno de los principales protagonistas de la literatura actual de Brasil.

Su formación y sus preocupaciones literarias se constituyen sobre dos premisas fundamentales: su actividad específicamente creadora y su afán por difundir, a través de Orfeo2, dentro y fuera de su país, la obra de sus coetáneos, A él debemos las más completas e importantes antologías de poesía moderna de Brasil por cuya compilación ha contribuido a determinar, desde una perspectiva global y visionaria, lindes de conocimiento y referencias de carácter crítico, proyectando la trascendencia y el auge de la vanguardia brasileña.

Es necesario agregar que Fernando Ferreira de Loanda no se ha limitado al estudio y a la difusión de la poesía brasileña. Entre otros, tiene en prensas un amplio volumen de poesía portuguesa moderna y otro de la nueva poesía argentina. Y por sus conocimientos e interés, se distingue como un escritor preocupado por las manifestaciones literarias de Latinoamérica en general.

Su obra, que abarca a la fecha una actividad de 35 años, no es, como podría pensarse, de muchos tomos. Publica Equinoccio, en 1953 y De amor y del mar, en 1964. Marinero de manos de viento, es su último libro de poesía, de próxima aparición.

Si inicia la publicidad de sus primeros textos en los años 45, 46, su continuidad, si bien espaciada, nos llega hasta hoy. Así su breve bibliografía poética, compuesta de pocos volúmenes, rigurosos y vehementes, resumen el mundo de un poeta de sólida cultura, lúcido, legible, descifrable, cuya característica esencial es la diversificación temática. Su obra va desde la introspección dramática, pasando por el testimonio de la frustración en estrecho vínculo con la rabia, hasta el poema altamente neosimbolista o histórico como es el caso de la “Oda a Bartolomé Dias”. Poesía ceñida, imbricada en un suelo fértil, ausente de retórica, nostálgica y llena de anhelos, críptica a veces, sexual, de profundas reflexiones morales, autobiográfica, crítica, donde predomina la síntesis y se citan, en un tiempo creciente, oloroso a la sal del mar, la ternura y la reconciliación, la desesperanza y el miedo, la duda y el misterio, el hombre y sus maneras delicadas y también el azar y la muerte.

La traducción de los presentes poemas, revisados y autorizados por el autor, es el testimonio abierto de la admiración; por lo tanto, sobrepasando las dificultades de vertir poesía de una lengua a otra, no pretendí hacer traducciones perfectas, meta imposible, sino destacar un mundo poético vigoroso y vasto y darlo a conocer.
Maricela Terán



Oda para Jack London
Soy siempre de aquellos
que va dejando a alguien,
nunca ese alguien
seguro en la partida:
en la melancolía de la ausencia
la mañana nostálgica es insumisa.

Los viajes fueron hechos para mí.
Nací con los mapas.
Los itinerarios están en la palma de mi mano.

Soy siempre un extraño,
forastero en playas nunca repetidas,
minutos en la existencia de mujeres olvidadas
en puertos nunca visitados por segunda vez.

Tampoco me dijeron nada las manos ni los pañuelos
que permanecen cálidos en los puertos:
desconozco la tibieza del hálito.

También mis manos,
una a sotavento,
otra a barlovento,
nunca se manifestaron.
Nunca las sacudió una saudade futura.
Nunca fui ese alguien que se queda, soy siempre el
que se va,
—el que se va y nunca regresa, como si fuese a existir
el olvido con la muerte.





Ah, soñar con las mudas palabras


Ah, soñar con las mudas
palabras, por silentes
caminos, en la mansedumbre
de las penas olvidadas;
despojado de contenido,
aún existe el náufrago,
exvigía de la bruma,
en la quilla de sepia cargada.

Ahora el esqueleto toma rumbo
por la amura de babor,
ahogado en el gran sueño,
en el caos de su propia alma,
—asombrada sombra blancuzca,
sin brújula,
bajo y sobre las olas
en una cara del prisma.

Del marinero fluye
el silencio
—rosa que escande
los pétalos.





Kuala Lumpur


a Alvaro Mutis

Arrastrado por la fuerza que lleva a las aves a emigrar,
mudo y estático,
se quedaba mirando los navios y los aviones que
llegaban y partían dándoles procedencia o itinerarios
coralinos.

De tanto soñarse pasajero, humus pretérito, cicatriz de
un deseo
remoto, tripulante o clandestino, cultivaba la
frustración, abonándola
y regándola, para segregar repetidamente el nombre de
las ciudades lejanas
en donde las imaginaba.

Envejeció a la sombra cauterizada de la continuidad
obsesiva, con el
imponderable ponderable para fustigarlo, y, opiado,
las manos, fuente de gaviotas,
ya no vibraban cuando nos hablaba de Kuala Lumpur,
los cuernos de la luna.

Sabiendo que jamás tendría alas para volar, aletas para
nadar, volvía
todos los sábados, en la tarde, al punto de observación,
donde, subyugado,
moría preferentemente una semana. Ebrio, trazaba
mapas, definía concavidades,
y bajo el peso del malogro levantaba la copa y
brindaba: kuala Lumpur, kuala Lumpur,
como algo inasible, más allá de los límites de la razón.
Y a los amigos
hablaba de Bélgica, Trinidad, Hong Kong y Port-Said
con intimidad y colores
tales, del clima y del comercio, de las calles y de las
mujeres, de los prostíbulos
y de los atardeceres, que jamás alguno se mostró
incrédulo, marineros, marginales,
prostitutas.

Hablan de su muerte; hace dos meses que no aparece:
si se mutiló, no fue del todo;
vive, fragmentado, en cada uno de nosotros, míseros y
sedentarios, adventicios
firmes en el suelo, maniatados por compromisos, a lo
superfluo.

No era humano: pájaro de ala quebrada, pez retenido
en el acuario, o vegetal,
quién sabe?





Para Jorge Guillén


¿En qué calendario está la fecha de mi muerte,
qué carta de amigo la detalló, imprevista
bajo el impacto del miedo o consciente del fin?

Inventamos palabras para justificar emociones
suscitadas y las sentimos y vivimos a través
de las que incorporamos a nuestro vocabulario.

El sol no nace ni se pone.






Poema de los 30 años


Decoloradas por el tiempo
y desfiguradas por la distancia
que me separa de ellas y de tales días,
fruto y motivo de mis meditaciones,

palabras que siento
sin la intensidad de entonces,
remotas y latentes
resonando como ecos
de sueños idos y por vivir,
creciendo unas, otras diluyéndose.

Vladivostok, Valladolid, Volga,
Guadiana, Guadalquivir, Málaga y Mallorca,
paisajes y emociones no concluidos
y que no serán.

Puentes, valles, ríos, litorales,
nada más me aumentan.
Me enraizan en este suelo,
y envejezco, de bruces en una página,
saboreándola, condenado a la vida. ;





El espantapájaros


Azada al hombro,
en el centro del mundo,
Juan mira la planicie
y soñando se sueña.

Tiene hambre —revuelta—,
gusanos y un deseo,
que lo íntimo que no sabe
traducir, sabrá.

El sol cae y refresca;
las sombras del maizal
corren veloces como galgos
encharcados.
Anochece.





Poema para los estudiosos y biógrafos


No me expliquen:
prisma de mil caras,
soy insondable, abisal.

La poesía no es un espejo,
es un estado momentáneo.
Si me retrato, luego me desdigo,
me transfiguro, horizontalizando
mis emociones e incertidumbres.

Amo lo imprevisto,
me duele lo que adivino;
no me ofrezcan banquetes masticados.

La claridad no la llevo en la superficie:
es necesario un cuchillo para hacerla brotar;
id a la médula, soy cuarto creciente en la luna llena.

No me expliquen por las palabras,
por el bigote o por la pipa.






Campo minado


Mi certeza es la más genuina,
más pétrea mi solidez,
pero si me pienso,
mi duda es la más dolorosa.

Me duele la evidencia, me oxida.
Murmuren apenas mi nombre
sin la complicidad del eco
que lo deforma.

Mi defensa es el silencio
y la soledad.
Soy como el vidrio y el agua,
translúcido, íntegro, potable.






Poema de los cuarenta años


Veinte años perdí
para que en el desierto
recogiese rosas.

Hoy las tengo en la mano
mas ya no me arrebata
lo encarnado y el perfume.






Poema del nudo gordiano


Las grandes ciudades industrializan la soledad.
Frustrada está la búsqueda de amores fragmentados
para justificarse, justificar,
un desajuste o una insuficiencia.

Las grandes fábricas de cigarros continúan facturando
sobre la soledad,
y no se declaran en quiebra las fábricas de bebidas.
Los hombres y los autobuses se roznan y se desgastan;
los árboles sin paisaje, se desfiguran, y sus raíces
como ataduras,
bajo el asfalto, agonizan sin un lamento.

Se licúa la burguesía y se diluye
en la límpida linfa: la enturbia,
y el áspero paladar estimula mi grito.
Golpea con fuerza el viento los verdes frutos;
maduros, caen.

Hay quien procure la vida en las plazas, en la orla
marítima, en los hospitales
—algunos, ya condenados, se pudren, otros vegetan. La muerte —¿quién la dice inverosímil como un
premio de la lotería?—
llega puntual,
por telex o teléfono.

Mueren todos los pasajeros de un avión que cae;
un edificio se derrumba y vuelve antorcha humana a la
mujer del corneta.

Mil niños, cifra redonda, mueren diariamente de
hambre:
jugamos fútbol, queremos dormir con la aeromoza,
vamos al cine,
restregamos los pies en la playa.
—¿Me dejo el bigote o no?

Nuestra tragedia sólo a nosotros llega:
para los demás, es encabezado de periódico.





Poema del nudo gordiano


Las grandes ciudades industrializan la soledad.
Frustrada está la búsqueda de amores fragmentados
para justificarse, justificar,
un desajuste o una insuficiencia.

Las grandes fábricas de cigarros continúan facturando
sobre la soledad,
y no se declaran en quiebra las fábricas de bebidas.
Los hombres y los autobuses se roznan y se desgastan;
los árboles sin paisaje, se desfiguran, y sus raíces
como ataduras,
bajo el asfalto, agonizan sin un lamento.

Se licúa la burguesía y se diluye
en la límpida linfa: la enturbia,
y el áspero paladar estimula mi grito.
Golpea con fuerza el viento los verdes frutos;
maduros, caen.

Hay quien procure la vida en las plazas, en la orla
marítima, en los hospitales
—algunos, ya condenados, se pudren, otros vegetan. La muerte —¿quién la dice inverosímil como un
premio de la lotería?—
llega puntual,
por telex o teléfono.

Mueren todos los pasajeros de un avión que cae;
un edificio se derrumba y vuelve antorcha humana a la
mujer del corneta.

Mil niños, cifra redonda, mueren diariamente de
hambre:
jugamos fútbol, queremos dormir con la aeromoza,
vamos al cine,
restregamos los pies en la playa.
—¿Me dejo el bigote o no?

Nuestra tragedia sólo a nosotros llega:
para los demás, es encabezado de periódico.





Sobre los andes


La precariedad de la vida me ahoga y halaga.
Precario es el amor, el desamor, medida de la noche y
de la madrugada,
sedosa trama de plena expectativa
ante la aurora.

Y la aurora es sólo una palabra: amatista y fría.
Precaria es la muerte, sementera: la cultivo hace
cuarenta años,
y ella crece, sin abono ni poda.
Precaria es la palabra, tangible flor intangible: en mi
solapa no me explica,
roja o diáfana, amuleto sortílego blasón.
Nada me explica.
Soy el resultado de innúmeras contradicciones:
encadenado por el sol y encubierto por la sombra.

La noche me sujeta y estorba como un océano para el
cual no dispongo de ganzúas;
el día florece rosáceo, más allá del horizonte desencarnado,
desnudando las tierras sepias y estériles:
busco la sustantivación, conjugaré lo insólito
—mi ventana es la capital del mundo.

Fluyen los ríos en declives abruptos, cabalgan hacia el
mar potros indomables,
y los poetas reverencian al Sol y la suerte,
cómplices de las tinieblas y del azar.
Oh mágicas manos —cada araña teje su tela—
que situáis las coordenadas de mi camino, ¿hacia
dónde voy?
Quítense el sombrero poetas de mi tierra frente a la
palabra opalina, asoleda, de alegre brillo:
ella os viste y es vuestro pan: griten.
América, agreste y calcinada, bajo mis pies se explaya
sin esperanza:
crece el hambre y escasea la libertad.

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