jueves, 16 de diciembre de 2010

JORGE ARIEL MADRAZO [2.476]


Jorge Ariel Madrazo

Jorge Ariel Madrazo (Nació en Buenos Aires en el año 1931 - Falleció el 21 Marzo de 2016) 



Publicó los libros de poemas Orden del día (1966), La Tierrita (plaqueta, 1974), Espejos y Destierros (Caracas-Buenos Aires, 1982); Blues de Muertevida (1984); Cuerpo Textual (1987, 2do. Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires); Cantiga del Otro (1992, premio-publicación Ediciones del Dock), Piedra de amolar (1995), Mientras él duerme, en coautoría con el artista plástico Juan López Taetzel (Ediciones Lar, 1997), Testimonios de fin de milenio -Conversaciones con Elizabeth Azcona Cranwell (Ed.Vinciguerra, 1998) y Para amar a una deidad (Premio Fondo Nacional de las Artes y Fundacion Inca).

En narrativa publicó Ventana con Ornella (1992). Tiene inéditos en este género la novela Gardel se fue a la guerra y los libros de relatos La mujer equivocada y Divagario. Publicó asimismo Breve historia del bolero (Caracas, 1980) y trabaja en el ensayo Grandes poetas olvidados.

Ha traducido a autores ingleses y norteamericanos -entre ellos, inéditos de Allen Ginsberg, para el Centro Editor de América Latina-, y realizado versiones de poetas de la ex Yugoslavia. Organizó y condujo los ciclos "Poetas y Narradores" (1986 a 1995). Poemas suyos han sido vertidos al inglés, italiano y serbio-croata. Colabora en publicaciones del país y de Brasil, Colombia, Cuba, los Estados Unidos, España, México y Venezuela. Fue invitado fuera del país a los encuentros de poesía de Struga y Bieljo Polje (ex Yugoslavia), de Medellín y de Bogotá (Colombia, 1993 y 1995), al Seminario Internacional Ideamérica'95 (La Habana), al Congreso The Powers of Poetry(Universidad de Eugene, Oregon, octubre de 1996), a la VI Feria Internacional de Poesía de Bento Gonçalves (Rio Grande do Sul, Brasil) en 1998 y al Festival de Poesia de Las Palmas, Islas Canarias, en 1999 y 2001.




EN LA NOCHE

En esta noche que aún no existe
(acaso vaya a suceder mañana)
desde
el callejón malamente iluminado
               por
una única jadeante intranquila
                          luz

desde un hueco del tiempo
tapizado de truenos
avanzan, uno a
                           uno
lerdos, distrayéndose
por cualquier bobada,
parecidos a
párvulos:

tus muertos.

Créense, tus muertitos,
tan vivientes
¿Cómo avisarles
           del error?





Tía Teresa, anciana, enciende
dorado velador de opalina,
radio vecina esparce su
espectral teatro del aire y
Madre niña empeñada en bordar
aquella erguida, alerta garza en
punto cruz
Y estará al caer, con la balanza
que llamabas “romana”
el turco, gran visir de vidrios y
botellas.
Y Padre aún no regresó de ese enigma:
la“oficina”

Vuelven a la carrera Maya, Selva,
compañeras
15 años abrazándote en ideal en
amor en rojas llamaradas en
el ejército del Ebro que
una tarde el río cruzó
ay Carmela y ay y
el cantar sube la cuesta





Pero ¿por qué
está de pronto todo
tan silencioso
hoy? ¿Tan
borrosa la consabida
huella?
¿Y nadie te responde?
¿Y todos los mayores
faltaron hoy
a clase, en esta

rara noche
que (quién sabe)
sucederá mañana?





Anoche visité amigos muertos:
descansan (quién diría)
todo su no-tiempo
en jardines cuyos ramos cobijan poemas
y citrus de ignota acidez.

Estaban trajeados y alegres, tanto que me hallé
confesando: —No hubiera jamás creído
Edgar, Francisco, Antonio,
jamás pensé
Gianni, Joaquín, Enrique, Alberto,
Horacio, Celia,
                    hallarlos tan contentos
como si fuese un suspirito vuestro
transcurrir.

Conversamos sobre bares y dragones, y
amores frutecidos en remotos hoteles y
parques con nudillos de niebla. Mateando,
sonreídos, me despidieron con un fulgor
que no olvidaré.

Se escondía en sus miradas el color de una
verdad. Y había en sus labios
una revelación.


( A Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Antonio Aliberti,
Gianni Siccardi, Joaquín Giannuzzi, Enrique
Puccia, Enrique Molina, Alberto Vanasco, Horacio
Castillo, Celia Gourinski)






Aquella lumbre por lienzos
opacada, de un evanescente resplandor rubí
—por favor, compréndanlo, les hablo
no de alegre ventana, y sí de otra
enfrentada a mi espionaje vergonzante,
donde ya mismo tal vez algún enfermo
sin un átomo de fuerzas, ejecute
la agonía que ni alcanzó a ensayar—

en esa roja luminaria o dormitorio
tan irreal como el apenumbrado
declinar de alguna turbia frente

¿no seré yo acaso el desolado huésped
que allí muere y la agüita se escapa de sus
ojos en tanto aquí, no lejos, con lógico estupor,

desde mi balcón yo lo espío y me espío
y me aferro a mi silla con pálidos nudillos
y me siento tan sano en esta blanca noche?




Cómo havelock ellis conoció el amor        
Al gran sexólogo que, según propia confesión,
sólo aprendió a amar en su alta edad.

Sólo un niño de Surrey, acunado en el oscuro pánico
de la reina Victoria, robando huracanes
en la proa del velero Empress.
Ese era el Havelock de celestes lagunas,
es decir: ojos, iguanas, que alumbraban sus bífidas
lenguas, sus ominosas poluciones nocturnas,
tan nocturnas como el sol del puerto
delirado por el velero de su padre y por
raros fantasmas sudamericanos.

Pero cuando Havelock adolesció y se adultó
sin jamás jamás
adulterar la lluvia de sus ojos,
danzó platónicos amoríos llamados
agnes
   olive
         may

Mirábanse bellos y desnudos, como aves
incapaces de volar.
Y así Havelock se casó sin casi saber del sexo
más que el niñito del velero Empress
y conoció a Hilda Doolittle quien era
un gran pájaro blanco al borde
de un acantilado.

Y cuando Havelock fue ya un viejo y
lo amaban todas las mujeres del mundo
Françoise Delisle le reveló un mundo jadeante
entre sus piernas.
Y Havelock Ellis escribió los más bellos tratados
sobre el amor
con el estremecido júbilo sombrío del
hombre que en la noche, a punto de morir,
desde su ventana descubre,
llorando,
la última estrella del universo.



ELLAS

Como de acero o turbadora seda
o imaginario jardín oriental,
así es nuestro amor. Son testigos
el Sur, la noche cóncava, aquel bar
de vino y de miradas que desvisten,
tu alma abierta a la interrogación.

¿Qué hizo posible, inquieres, este amor
al que Tiempo no mella? Te respondo:
vos y yo amamos, en ambos, además,
a los diversos que abrazan nuestro abrazo.
Ellas y ellos, los amados muy antes,
son los garantes de esta caricia eterna,
de este amor que créase a si mismo,
nutrido, noche a noche, de sus varios.





Mi  amor, quiero serte franco:
tus actos son insensatos.

Como esa Carga de Caballería Ligera
contra tus viejos amantes que,
en la noche de Crimea,

se cobraron revancha en jinetes y
                    caballos.

Amor, ya el último tren funerario
abandonó Crimea,
                                          los últimos
perros amarillos de Crimea
han dejado de arrastrar
sus tripas por la estepa.

Mi amor lo juro: depuse
hace ya un milenio cualquier pretensión
sobre Moldavia, Valaquia o

sobre tu afán
de poseer la razón universal.
Acabo de cederte
                      toda la Besarabia

Clausuré al fin este romance
digno de otra Guerra Mundial.





Agitando, frente al pesado cielo, tu
cabello,
te apurás a cerrar la persiana
(oxidada)
con cierta
secreta
voluntad
de dar vuelta una página
molesta.
Al asomarte, la aguja del frío
proyectará en tus pupilas dos
estrellas tan diminutas que
ni merecen
llamarse
universo:
allí
estarán, algo (bastante, quizás) más
arriba de tu mano,
tu mano que acaso
bruscamente va a golpear
(para mejor cerrarla)
la herrumbrada hoja de metal.






De un instante al otro una irreal
congoja te aproxima a esas estrellas.
¿Las une acaso tu mirada? ¿Sólo
eso? ¿Por qué entonces la persiana
amaga cerrarse contra tu
pecho? ¿Por qué esas estrellas
al apagarse
te dejan ciega de toda luz?





Cuando las manos del universo
se atreven a mecer
tu cabello con tal irreal desatino
una luz única, intensísima, se
enciende en el vino
en la casa del poeta, al borde
del acantilado.
Una luz única, intensísima, y

el viento recién nacido
impulsa al navío violeta
contra el muelle y el albatros chillón.
o sucede cuando
el universo mece tu cabello

Y cuando atás tu cabello con
una delgada cinta de seda
como quien pretende contener
una tormenta en un dedal
las nubes caen sobre Tongoy
y yo pastoreo palabras
en el cosmos, en la luna,
y es mi única ambición

que tu cabello crezca en mi pecho
que tu cielo quepa en mis pupilas
que tus llantos empapen
mi voz.




POEMAS (selección a cargo de Osvaldo Aguirre)

de “Para matar el tiempo”

¿Es una nada que simula un todo?
¿el sólido vacío en que algo nace?
vuela tu mano, sangra, reza, yace:
alma prensil con que escribís tu todo
mejor dicho: te escribe -mano a codo-
la palabra-poema, donde pace
tu buey tan ojos que el dolor enlace,
que lo lleve a otro mundo, donde el modo
de ser vos mismo es, sin más, ser nadie
y allí al fin te disuelvas, luz y estrella
amando el raro amor que otorgó vida

a tu otro-yo: tu muerte renacida.
Jamás la muerte resultó tan bella.
Vivo estarás, mientras tu muerte irradie.



La precisa condición
la órbita del cosmos
donde flotas o pereces
torpe miembro
de esta especie en deshaucio

cuánto ah
cuánto
depende
de tu destreza
para
desollar

el cordero
tribal

de
tu aptitud para ejecutar
las bellas artes de la
demolición.



(de "Ella")

ELLA SERÍA AMABLE POR EL RENCOR
que pudo faltarle
en la alta azotea yo seré desterrado
tan gris como una nube
mientras el óxido ronda su
fúnebre cabello
ella besa sus corpiños incinera mi discurso
me veo haciendo gestos pequeñitos
crezco en mi misma ingle volviéndome tan
fuerte
que ella cierra como un cofrecito
su burla dispensadora de limosnas
se desempolva la peluca echa al vacío
las enaguas
los hijos desahuciados en papel madera
ella y yo sabemos lo que hay que
saber

es una pena tendremos que morir
y que otros renazcan
con un comienzo nuevo.


SORBÍA TU PERRO A MATINALES
lengüetazos (ah la perruna obcecación)
sorbía la mañana en pote o en jarra, cómo
saberlo, oíase tan sólo
charco de
lengua y
sorbía él - sorbíamos vos, yo, en lábiles
tazas- la leche agria

capaz de aquietar almas que alman
cosas como tazas o
como perros o como este
sentimiento que no es
ni perro ni
taza ni música
pero alumbra como mil faros
de alejandría este sentimiento o perro
o

lluvia y luego ver:
no hay no hubo esa
agüita del cielo la
creamos el perro, y vos y yo y
un sentimiento que no digo que
mejor

anochezca
si todo cuanto decirte
pueda lo sabes y
si no
lo sabes quizás nazca
otro perro cuya lengua

otra lluvia cuya lengua
te susurre

leche
amanecer
negra iguana te
susurre y ya

está me escondo no
juego
más


OJOS TUYOS QUE ME MIRAN NO SON
riente o cándido mirar, ojos
son para ser
religiosamente, en sí,
mirados: iris de Afrodita de Fidias
mar que en el mar
se enmarina
Egeo que un paralelo
Egeo espeja
entes u ojos libando
tu vigilia interior

Sobre la batea
ojos de mujer
procrean

en solitaria aldea
la idea
Mujer


ERA UNA ESGRIMISTA UNICA
el canto era de la calandria
un día
de fiesta popular
asestaba estocadas al corazón y al
plexo
su dominio del acero era igual
al de la inolvidable amada de Sandokán
la Perla de Labuán que de niño nos
sorbía

el seso y la ilusión
Esta Niña de mi cuento conocía las intrincadas
artes del
quiebre de cintura y el echarse a fondo con
la espada
invicta
Aunque, en verdad, lo suyo no era la esgrima
sino, más bien,
un arte desconocido hasta entonces en
planeta
o ejido municipal:
ella enhebraba la virtud de no mentirse
de marchar al ritmo de una marea
suave, interior,
una autopista hecha para volar

Cómo, cómo conocía ella las maravillas
de herir
dulcemente, sin matar

(dando vida como un capullo
que nace en el fondo del mar)



(de "Mundo y lo demás")



LA BASURA DEL YO
flota en lago de cera

corrompen a aquel hombre
sus fúnebres vapores

Mientras él interroga
a un terco fantasmita

con cabeza de oráculo
y destino de larva

la basura del yo
le asfixia boca y alma

alimañas, rincones
de víscera llagada
repitiendo los síntomas
de aquel yoíto enfermo

que siempre dice “yo”
sin sospechar su índole

un tigre lo devora
hasta que al fin comprende:

su no-yo lo convoca
al reino de la pluralidad


(de "EN UN BAR CON MARÍA MAGDALENA")

III


Ah de aquellas carnes resurrectas
aquél néctar de lúpulo y
cebada
La belleza quizás sea hebra o
caligrama
de lo indeterminado
(de lo que jamás ha sido
o será)
La cerveza: pesante vellón
alquímico babeo

nupcial

y el vivir que empotra sus patas de cerdo
y el morir que ríe de la tumba vacía

Tal truco -revivir luego
andar- ya el Christo lo hizo
Mis amigos suelen repetirlo
No hay milagro para nos
reyes de utopía

Sólo es poeta
quien al tercer día
canta y abandona
sin prisa el sepulcro

Y aquí: Magdalena, la escena
armemos, Hosanna,
el poema

bienvenido sea al café
que abre las tontas veinticuatro
horas
Piquetes del verbo, hágase la
fe
Y sea con nosotros la palabra
Y se cabree la cabra de la afasia
Y se enrabie el burgués
de pacotilla
con todo el vulgo vomitado
a cuestas



(de "Teoría sobre Ella y otros poemas")


ELLA ES UN FELINO, HIENDE SU
cuchillo
en el vientre en el
cerebro
en los párpados flagrantes
Si la buscan dice que no está
pero salta -bella de
noviembre-
cuando menos se
la espere

es la foto entredientes
que no se puede revelar
el riesgo de enfrentar fieras del trópico
por placer y
porque sí

Ella asalta sin más armas
que un espíritu
llameante
un cuerpo en perenne ignición

Es la mejor dentro de su especie

Devora su presa
al
anochecer



AH FRÁGIL EQUILIBRIO
o columpiar del blanco
grano de arroz en el borde

del plato, el arroz que osciló
hasta caer sobre el no más
pulcro mantel. Si fueras Marcel

Proust, tal hecho bastaría tal vez
para evocar la infancia y hacer
del plato, porcelana de Limoges,

del arroz, magdalenas en el té
invistiendo así de eternidad
a un día, como todos, prescindible.





En mi caso, más que los momentos del día o del año influyen los del ánimo, ese complejo y enigmático equilibrio entre los estados de inocencia y de alerta a los que tan bien aludió Edgar Bayley; dicho de otro modo: la adecuada disposición psíquica –prefiero decir: espiritual– para que el radar interno capte, y procese, lo que debe… Pero es cierto que el verano en la ciudad me dispersa y hasta malhumora; muy diferente es, por dar un ejemplo en apariencia banal, si estoy junto a un río en Córdoba, situación que puede sugerir intensas experiencias poéticas como las que se tradujeron, por ejemplo, en el homenaje y diálogo con el mundo natural de la sección «Motete del verde», de mi libro de 1998 Para amar a una deidad: “Ceremonial de potrillo y libélula / para el no apaciguable / corazón (…) // conmuévete ese verde vaivén: glicinas / de táctil profecía rumorosa / brisas de azufre crispando / pistilos en la alborada / invernal.”
¿Luz, papel, computadora? Hecha la salvedad de que lo importante es el relativo estado de compenetración o posesión sin el cual nada funciona –obviedad que conviene reiterar–, mi evolución en este punto acompañó en mucho a mi ejercicio del periodismo; en la redacción del diario no me quedaba otra posibilidad que escribir mis versos primero en la Olivetti y más adelante, y ya con la PC, abrir un archivo “poemas” junto a los de cables y notas: el ambiente y fragor imperantes dotaron a poco andar de ‘cuerpo y sangre extras’ a esas anotaciones poéticas hechas en medio de la batalla, lo que marcó mi posterior relación doméstica con la computadora. Hoy, borronear poemas en la pantalla se me ha vuelto casi tan corpóreo como si lo hiciera sobre el papel. Por lo demás, y según los momentos, algunas músicas pueden ayudarme a avistar la presa, siempre que no irrumpa la voz humana … En otros tiempos mis borroneos podían ser en taquigrafía (fui taquígrafo profesional) pero eso suele quitar la inmediatez con la palabra. ¿Luz? Creo que la cambiante y enigmática del otoño presta el tono óptimo.
Pueden ser infinitamente diversas las fuentes conectadas con la experiencia poética (término que me convence más que el vagoroso “poesía”, entelequia en verdad inapresable), sea una escena visual o imaginada o bien una frase que súbitamente aparece “en foco”, al parecer desde la nada o desde otra frase que ha sido leída en alguna parte, o tal vez alguna vivencia personal más o menos azarosa capaz de suscitar la revelación de algo inefable y que quizás se amalgame con ciertos recuerdos (mejor dicho: esa invención bautizada recuerdo) originando una experiencia nueva, o bien un motivo desatado por las hadas de la imaginación, verdaderas deus ex machina de todo, a partir de una cara o un aroma; o la inmersión personal en las enormes experiencias de la muerte o del amor, o un personaje o un objeto que nos impresiona y es evocado poéticamente –a veces mucho tiempo después–, o…
En ocasiones priorizo, incluso como ejercicio útil y como un mero disparador, dejar que “la cosa” comience a salir hasta donde dure el impulso. En mi taller acompaño siempre la práctica de los ejercicios que propongo, incluso el de practicar como experiencia creativa la escritura automática o el relativo espontaneísmo/ experimentalismo. Pero en mi trabajo habitual soy todo lo obsesivo y riguroso que pueda imaginarse en la reescritura y corrección, aunque hay un límite: el de no menoscabar la sabia unión entre lo intelectivo y lo emotivo-sensorial, claro que esto último dado a través de todas las mediaciones que parezcan necesarias: lo intelectual y lo vivencial formando un cuerpo único, un cuerpo vivo que vaya surgiendo desde sus propias entrañas con sus tics, jadeos y humores. Es decir, el cuerpo vivo del poema.

Jorge Ariel Madrazo



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