miércoles, 1 de diciembre de 2010

ARMANDO RUBIO HUIDOBRO [2.215]


Armando Rubio Huidobro 


(Nació en 1955 en Santiago de Chile y murió el 6 de diciembre de 1980) fue un poeta chileno.



Proveniente de una familia acomodada, siempre tuvo un carácter retraído y melancólico. Su padre, Alberto Rubio, fue también poeta, además de abogado y juez. Fue destinado como juez en Isla de Pascua. Allí Armando comenzó a escribir a temprana edad. A los 20 años fue padre de Rafael Rubio Barrientos, también poeta. Su poesía se caracteriza por su carácter urbano y trágico, de una observación profunda de la vida en la ciudad, con un sentido bastante trágico. Su única publicación, póstuma, es Ciudadano, aunque publicó en las revistas La Bicicleta, Atenea, Andrés Bello y en las antologías Ganymedes/6 y Poesía para el camino.

Armando Rubio realizó sus estudios de enseñanza media en el Liceo José Victorino Lastarria y universitarios en la Universidad de Chile. Entre 1974 y 1975 estudió Licenciatura en Ciencias Sociales, y entre 1976 y 1980, periodismo.

El día 7 de diciembre de 1980 el diario El Mercurio señaló la trágica forma en la que había muerto el poeta el día anterior, quien cayó de un sexto piso del edificio ubicado en calle Coronel Bueras n.º 146 en Santiago. La familia afirma que murió en un accidente, pero se cree que se suicidó. Tenía 25 años. Fue amigo del poeta Rodrigo Lira, quien le dedicara un poema.
Obras
El Partido de basketball y La cabeza , El Mercurio (Santiago), junio de 1978, Suplemento Andrés Bello.
Ciudadano, Santiago: Ediciones Minga, 1983. 112 p


INÉDITO, URBANO Y GENTIL;
ARMANDO RUBIO HUIDOBRO (1955-1980)


Por Marcelo Novoa
en Aerea Nº7, 2004

"En forma trágica falleció ayer (sábado 6 de diciembre de 1980) el joven poeta y egresado de Periodismo: Armando Rubio Huidobro al caer desde el sexto piso del edificio ubicado en calle Coronel Bueras 146, de la capital, por causas que se investigan.

El cuerpo de Rubio, de 25 años, fue encontrado en la madrugada de ayer por vecinos, quienes dieron aviso a la policía.

Funcionarios de Investigaciones que acudieron al lugar señalaron que el cuerpo habría caído desde la ventana del departamento 601 del citado edificio hacia un patio interior, presumiblemente por accidente.

Rubio cursó la enseñanza secundaria en el Liceo Lastarria y sus estudios de Periodismo los hizo en la Universidad de Chile".

(Nota de El Mercurio, 7/12/80)




Uno más de los poetas trágicos que cruzan nuestra geografía lírica (recordamos al pasar a Domingo Gómez Rojas, Boris Calderón y, por cierto, a su compañero de generación, Rodrigo Lira) quien puede ser leído desde múltiples aristas: miembro de una genealogía de poetas, que incluye a su padre Alberto y a su hijo, Rafael; también, un lírico tardío metido entre las patas de tanto antipoeta de los '80; y por añadidura, una de las voces clave para fijar la lectura cotidiana, la intrahistoria de esos años de dictadura.



Yo no soy nada: / nada más que esta cédula de identidad / que hasta el más ingenuo policía pone en duda. De "Presentación Personal"




"Escenas Cotidianas"

"La motivación que me llevó al cuento fue, principalmente, literaria. Quizás si yo no hubiese leído devotamente desde niño a diversos autores, no lo habría abordado con prontitud. Me interesaba, en todo caso, plasmar mis pensamientos en alguien: el personaje, aunque todo esto yo lo intuía de un modo muy confuso. Así llegué al cuento, 'haciéndome' cuento yo mismo ".


(De Revista Andrés Bello, junio de 1978.)





Selección de poemas (inéditos)


TARDE TENDIDA

Cuelgan enaguas y camisas y paños de cocina.
La tarde y su silbido errante
como niños de arrabal
agujerea los slips.

Y hay un olor a diente rabioso
en la boca de estos hombres,
a diente rabioso que desflora
el pan sobre la mesa sin mantel ni codo.

No esconde el vecino sus ropas,
nadie oculta sus sábanas con manchas amarillas
en estas casas pobladas de insectos,
mamíferos y aves
que traen un voto de pobreza
a estas señoras que tejen con orejas
que tejen ardides, que saben cuentos.

Cuelgan enaguas, pantalones y paños de cocina.
El viento va llevando lo poco que guardaban.
Cuelga, cuelga la mirada
Y hay una metáfora feroz en los alambres.




SECRETO

¡Qué buen amigo del hombre
el perro!

Lame todos los huesos
y los entierra.

Y el hombre perpetúa sus actos.




EDIPO

El hombre cansado
apoya su cabeza en la mano
y dice:
está todo dicho,
ahora voy a dormir.

Y ve de pronto a una mujer que duerme
y se pone a trabajar nuevamente.

Pero la mujer no despierta,
es otra la que llega
y lo hace olvidar a la que duerme.




NIEBLA

Negras humaredas emergen
desde el fondo de algún sueño inconfesable,
y una hojarasca de perros
se duerme
a la intemperie de los puertos.

Hierro y aceite tiene el mar en la frente.
Nocturno vibra el ulular de una sirena
y un hombre se arroja, lentamente, bajo el muelle.

Blancos perros se extienden, delgados, leves,
y se enrollan mutuamente, y se duermen.

Mar adentro surgen naves,
naves sordas como bueyes
rumiando el mismo mísero aceite
que agrava sus frentes
perpetuando
la soledad de los perros por el mundo.



...

Esta vieja costumbre es consecuencia
de amanecer cada día más cansado
y con la misma cara de siempre, el mismo aspecto
de carnero estupefacto -¡no hay derecho!
y la congénita liturgia de mirarme en el espejo
descubriéndome in fraganti con dentífrico y peineta
(mansa bestia: esa conducta no le asienta),
y la constancia de estar vivo y respirando
y por qué objeto, tú que sabes, y otras cosas
que últimamente no tolero:
la fidelidad conyugal de mis zapatos
y la plena autonomía de mis gestos.





EL AZAR Y LA NECESIDAD

El hombre es cóncavo, fortuito, necesario.
Y no nace solo, en lo oscuro y lo redondo.

Nada que hacerle:
el hombre nace torpe, intransigente
en su láctea condición, subordinado
al insípido pezón que se le ofrece.

El hombre llora y hace gestos,
quien le mueve, es el tiempo.

El hombre es un niño despechado,
sorprendido de pie por sus zapatos.

Entonces toma nota de su sexo,
certifica su origen y crece
mansamente, y reservado,
y muy cordial, y precavido y suficiente.

El hombre mira, y se enamora.
El hombre sueña, y edifica.
Y rueda por los días como una rara paloma.

El hombre se arrodilla, se persigna,
se cruza de piernas, se convence
definitivamente
de un dolor ignoto que le mueve.




...

Como un animal oscuro y redondo,
pone muros, puertas, piedras,
y se empecina en su fiesta y suma
y acumula, y mira en frente, siempre,
sin hallar el punto que le duele.

Al final la verdad es una sola:
el hombre nace, crece y se evapora.




de CIUDADANO (1983)


DISTANCIA

Indiferencia del mundo
y de las cosas
hacia mí;
indiferencia mía
hacia el mundo y las cosas:
mutua correspondencia.

Transito
y caigo
de pie.

La misma puerta
entreabierta
en un desierto
marchito de sol.

La gaviota extraviada
en un espejismo de mar,
abre sus alas,
yerta,
sobre el vacío de las cosas.




EN EL BAR

Voltereta de dados sobre la mesa,
voltereta de labios y de vino,
revolotear de moscas ebrias
sobre las grises cabezas.

Viejas palomas se escurren
portando botellas y bandejas.
El azar se ha montado a la mesa
y en roncas carcajadas se despliega.

Dados, moscas y palomas:
todo revolotea y se da vuelta.

Pero el vino germina
secretamente en las venas.





FRAGMENTO DE UN DIARIO

El crepúsculo y toda su pompa ya no me conmueven;
el lenguaje de los pájaros me parece indescifrable
-además, sé que no cantan para el hombre—;
detesto al sol cuando se afiebra;
prosigo blanco,
y mis brazos se estiran como un lienzo
en la gimnasia cotidiana;
tengo un desorden monumental en la cabeza,
porque sé, de razón no vive el hombre,
sino de sed, de hambre y de locura.

Tantas palomas negras:
huelen a chimeneas:
perros lamen veredas:
yo, en medio, como un trompo,
olvidado del ansia primeriza
de abrazar al crepúsculo en su fuga.

Tanta frente de bruces,
y aunque a veces yo cante cualquier tarde
de improviso en las calles celebrando
el acontecimiento de mis pies que caminan
y caminan,
siempre vuelvo a esta burda indiferencia,
a este clavar los ojos en el suelo
respirando un cigarro
como un murciélago quizá.

Así alzo la mirada solamente
si la noche se cierne
silenciosa y abierta,
y tiemblan los espacios como gran arboleda
encendida de grillos,
y parece que algo va a nacer.
Entonces, solo entonces,
alegra el respirar.





CONFESIONES

Soy bestia umbilical, delgada y andariega,
con un aire de pájaro en la calle.

Atado a los semáforos
por ley irrevocable.

Suelo ser atacado por mis hábitos
y por los vendedores ambulantes
que me auscultan la cara
de bar destartalado y decadente.

Amo la ciudad más que a nadie:
las calles y edificios,
noches pobladas de mamíferos
domésticos y astutos, que transitan por bares,
y beben, y comen, y se ríen, y se ríen, y se mueren.

Soy bestia siempre en celo,
pájaro individual, enfermo.

Confiado ciegamente en mis zapatos,
no me pierdo un detalle
de lo que está pasando, que es muy grave.

Me entristecen los hombres, me deprimen
sus orejas, sus dientes, y las blandas
extremidades; las ojeras;
y los rostros desérticos, tortuosos;
bigotes, anteojos, pelos, anillos, monedas;
cigarros defendidos
contra viento y marea; el fraudulento
pudor de las camisas;
y el orgullo, ese orgullo inconcebible...

Sobre todos,
los hombres que van solos por el mundo,
unánimes espaldas, hombros, rabia.
¡Voltear los autobuses, y tocarles
la oreja a los absurdos transeúntes,
saber de abuelas suyas y de hermanas,
y de la fecha atroz en que nacieron!
Cordialmente aborrezco
a los hombres de gafas, que saludan
suficientes, constreñidos,
con una mano blanda, lisa, como de nieve,
y se vuelven, y mueren
de cara ante el periódico;
a todos los que pasan
las horas entre muslos y aguardientes
perpetuando la fiesta de este mundo.

Extraña la ciudad cuando parece
no haber nadie, ni voces de Zutano o Mengano,
cuando una sombra inmensa, resollando
se descuelga de muros, y se manda a cambiar,
de una vez por todas, hacia un patio sin hambre;
aunque haya transeúntes
con ojos de paloma y pecho duro,
y algunos que se tienden en las calles
con un olor a muertos
y a padre avejentado por sus sueños.

Ninguna novedad hoy en la tarde.
La ciudad y su curso inevitable.
Yo, bestia umbilical, pájaro enfermo,
he de seguir de noche
atado al parpadear de los semáforos,
a la misma ciudad donde parece
que ya no habita nadie.





BIOGRAFÍA ANÓNIMA

Soy un oscuro ciudadano
abandonado en medio de las calles
por el cuchillo sin pan de mediodía,
despojado y marchito
como el reloj de las iglesias,
sin otro oficio que vagar entre disfraces.

Soy el familiar venido a menos,
enraizado a las tabernas
y a la complicidad del bandolero.
Mi voz naufraga en los cristales de las tiendas,
y he perdido la vista en los periódicos,
pero tengo los pies bien puestos sobre la tierra
y una almohada que vuela por los hospitales
y por los dormitorios del oscuro hogar de nadie.
Tengo una celda amable en las comisarías,
y suelo bailar a hurtadillas bajo la noche
con mi camisa blanca
y mi corbata deshojada.

Soy un oscuro ciudadano
extraviado por el mundo:
voy cogiendo colillas de cigarros,
y canto en los tranvías,
y me peino hacia atrás, valientemente,
para mostrar mi noble frente anónima
en los baños públicos y en los circos de mi barrio.

Soy un oscuro habitante; no soy nadie;
en nada me distingo de algún otro ciudadano;
tengo abuelas y parientes que se han ido
y una espalda ancha que socava
la pared amiga de las cervecerías.

Soy una ola entre todas las olas,
una ola que se levanta
a las seis de la mañana
porque ya no puede
oler el polvo de su casa,
una ola que se alza, alborozaba
hacia las playas
para un retorno interminable al centro de las cosas
donde las olas todas
se empujan mutuamente
estériles y solas.

Porque no soy digno de mi semen,
Señor, yo no soy nadie;
estoy en medio de las calles
girando como un organillero
con mi camisa gastada, inamovible,
mirándome la punta del zapato
por si alguien quiere darme
una moneda que no quiero,
aunque nadie me ha visto pasar
esta tarde ni nunca,
porque nunca soy alguien,
ni siquiera un oscuro ciudadano
resucitado por el hombre.

Mi voz ha muerto en los cristales de las tiendas,
y tengo una espuma de mar aquí en la boca, ebrio,
porque soy una ola entre todas las olas,
que viene a morir en esta arena de miseria
decentemente con su traje de franela
y su ciega corbata
como buen hombre que era.

Fui un oscuro ciudadano,
Señor, no lo divulgues,
cesante, ¡sí!
Hasta aquí llegó la vida,
pero recuerda al fin:
yo nunca pedí nada
porque tuve camisa blanca.





CIUDADANO

No sé de donde viene mi costumbre
de agravarme a las siete de la tarde.
Quizá solo por ser un transeúnte
sin bigote o pañuelo, sin zapato ni amante.

No sé para qué vivo y por qué muero,
si ha tiempo me dijeron las gitanas
que tendré vida cara con final de perros:
o sea que no pienso morir como dios manda.

Conozco bien las piedras de andar, la vista gacha;
recojo los cigarros que pueblan las cunetas
agradeciendo todo en mis andanzas
de oscuros pies de barro y de madera.

Si yo fuera un cantor como soñaba,
me iría por el mundo cantando mis desdichas
para vivir del canto mío y que me escucharan
los que sueñan con una risa limpia.

Pero no tengo voz, ni pañuelo, ni amante;
no sé por qué me vuelvo amigo de los perros
cuando soy un transeúnte de la tarde
sin saber por qué vivo y por qué muero.


_______________________________________
Marcelo Novoa nació en Viña del Mar en 1964. Es poeta y ex-critico literario. Fundó la Editorial Trombo Azul de Valparaíso. Allí publicó LP (1987) y Minorías (1988). En Ril editores pubicó la primera entrega de Arte Cortante (1996) su libro de poemas en fuga, que continuó e el año 2002, bajo el sello de la Universidad de Valparaíso.







LOS CUADERNOS DE ARMANDO RUBIO
Ausencia y Presencia del Poeta Adolescente

Por Jaime Quezada


Prosa y poesía de Armando Rubio, además de ilustraciones, dibujos, fotografías, reproducciones facsimilares de cuadernos originales y, en general, un cuidado y artístico diseño de edición. Trabajo editorial que bien revela y deja en evidencia el amor de literatura y el amor de arte que el libro conlleva en su forma y contenido. Y, en especial, y esto tiene un mérito de importancia, edición de libro con sello regional –Camino del Ciego Ediciones- que nos viene desde Los Ángeles (la mismísima sureña ciudad natal mía) y ciudad a la cual tan ligado adoptiva y literariamente está también el mismísimo Rafael Rubio, compilador de esta póstuma obra.

He aquí Los Cuadernos de Armando, libro hasta ayer inédito de Armando Rubio (1955-1980), autor muy siempre presente en la literatura poética chilena y así sea en la literatura memorial desde la década de los años ochenta. Y de manera muy emotiva, también, en mi propia y misma personal relación de fraternal amistad, que permanece “con la fraternidad de los astros” (en frase muy suya) vivificadoramente en aquel, este y todo tiempo.

Un autor niño este Armando, que ya a los 9 años andaba leyéndose a Gabriela Mistral con afanosa motivación y hallazgo, y escribiendo unos primeros versos en un torcerle no el cuello al cisne sino al ritma y rima tus acciones, como bien pedía Rubén Darío, el modernista y azulado poeta nicaragüense. Un autor escolar y adolescente, este Armando, haciéndose cuento el mismo después de leer a Chéjov o a Kafka  en una búsqueda de aventuras, atracciones y artes literarias. Un autor jovencísimo, este Armando, que ya toma conciencia, en su sentido y en su espíritu, de una escritura que lo llama imantada y devotamente al poema muy original y resuelto suyo o al cuento muy cuento del narrar los más variados temas del vivir diario.


Por aquí lo conocí yo en sus mismísimos veinte años, cargado siempre de cuadernos, carpetas y  lecciones varias; con poemas de leer y revisar en borradores y tachaduras; con lecturas de amanecer y su comedia humana y su valentía de narrar lo maravilloso cotidiano; con un Cuervo volando en las páginas de Edgar Allan Poe o con un sol sin estridencia, que nace para todos cada mañana, según el decir de William Saroyan. Que uno y otro autor iba con él en sus entonces fervorosas lecturas y sin apartarse de un luminoso en el camino de delirio, desasosiego y viaje del maldito y bendito Kerouc. Y ya entonces me di cuenta que estaba yo junto a un niño-adolescente-joven poeta, como quien dice fuera de serie, de un talento nato y neto, de autor en estado natural y literariamente in puribus amado de los dioses.

Y ahora estos Cuadernos -sus cuadernos- para el bien ojear a ojo abierto y el mejor hojear a hoja-página plena. Volumen que reúne y selecciona poesía y prosa, que una y otra tiene aquí un vínculo o vasos comunicantes en sus temas y tratamientos de escritura. Si bien los poemas seleccionados no pasan de 10, algunos breves y algunos sorprendentes (Todo hombre tiene derecho a ser persona, para destacar admirativamente uno) vienen a dar síntesis y precisa concisión al tema prosístico resueltamente desarrollado, aunque cada poema tiene, por cierto, su autonomía o universo propio y un tratamiento sintáctico singularísimo; tratamiento que da identidad al lenguaje poético de Rubio, siempre cargado de herencias lecturales muchas y de otras literariamente familiares.

A su vez, esta prosa, llamémosla “armantina” -de Armando- estampas, relatos, cuento-cuento, constituye todo un personalísimo mundo creativo en sus humanos, vivenciales y curiosos temas, y que dejan un no sé qué de gozo, alegría, desfachatez, compasión, virtuosismo, soltura de cuerpo, sorpresa, reflexión,  ya sea por la historia o anécdota  del relato en su buen contar, ya por el resuelto y sencillo y cotidiano lenguaje en su escritura. Agréguese, por lo demás, y en cada uno de los vívidos relatos, a personajes o protagonistas en sus acciones si reales o ficticias, si imaginarias o autobiográficas, pero siempre humanizados en sus inocencias o en sus riesgos, en sus sueños u obsesiones, en sus victorias o derrotas, en sus laberínticas pesadillas o en sus vidas cotidianas. ¡Qué capacidad de comunicación escritural a flor de página y qué sentido de humano sentimiento en un pobre diablo boxeador o en un melancólico o ambicioso gran fakir o en la ironía y vanidad y caricatura en un elocuente presidente!

Estos registros, en sus redes y comunicaciones, se cruzan y entrecruzan en sus expresiones más amplias: Mirada de pensar y de reflexionar y de detalles u observaciones casi cuestionadoras del vivir. Si el poema de Rubio en su texto breve, casi epigrama o casi soneto en su intensidad y desarrollo exige aire, ritmo, forma, nos ofrece también gracia, ironía, y no vedado alegre o trágico humor (Retrato de una anciana ajena), humor que se traspasa también a la misma prosa y  que llega, la más de la veces, a una cierta picaresca e ironía muy molde clásico de  barrocos quevedianos. 

Esta  llamada prosa narrativa deja, sin embargo, libre el lenguaje y a sus anchas el desarrollo de la historia relatada, no hay ataduras posibles, sino la frase breve y cargada, según el caso, de intensidad dramática o de resuelta desfachatez: gracia y sencillez y humor y hasta ternura. Quizás esto último –la ternura- sea siempre presencia y figura en el relato, aun cuando el asunto sea muy diverso: el boxeador alcohólico que cae vencido en sus propias cuerdas de sangre en el ring, o aquel gato blanco muerto y despanzurrado en una calle, muy vientre abierto y revelador de toda una curiosa hermosura: “¡Qué hermosos son los gatos recién muertos!”,  exclama el autor. Así, lo trágico y lo grotesco y hasta lo carnavalesco (enanos, fakires, ancianas, jugadores de básquetbol) no están exentos de una nada de leve ternura y belleza creadora. Lo humano de lo humano en esta  escritura, aunque sus protagonistas sean también animalizados personajes (gatos, perros, arañas, pequenes) como salidos de fábulas de un tiempo otro en un tiempo de lechuzas y noches oscuras, que era el Chile de la época de estas escrituras.

También, y  quiérase o no, en estos Cuadernos salta a cada instante, como ley propia o lei motiv, una lúdica remirada evocativa del reino de la infancia, la suya muy suya, sin duda, del autor –“una multitud de ensueños y recuerdos”-, sin caer en lo meramente autobiográfico, por cierto, pero sí  en una constante y figurativa representatividad de lo familiar en el padre-padre y en la madre- madre. De ahí el siempre entorno de elementos familiares y cotidianos los que vivifican esencialmente tanto esta poesía como esta prosa: mesas, sillas, comedores, ventanas, escaleras, siempre escaleras, patios, habitaciones, en fin la casa como universo o escenario o teatro del vivir en medio de sombras, alucinaciones y fantasmas: La familia tiene un lenguaje que sólo la casa conoce (poema La casa). También: Y hay voces familiares que ahogándose caen / a la sombra solemne que recorre las piezas (poema La puerta entreabierta). Así sea, a su vez, la calle como tránsito de lo urbano, de lo cosmópolis y de lo vagamundo-existencial.

Escenario o teatro, digo, que eso suelen ser varios de estos relatos en su representatividad de lo gestual o de la frase parlamento que no descuida la farsa, la ironía y lo alegórico en su plural decir de lo directo y espontáneo.  El sentimiento del humor, se ha dicho, cuando el humor conlleva su gracia, su desgaire, su revés de lo grotesco, su absurdidad o su irremediable expresión de lo kafkiano: La cabeza, ese breve, enigmático, imaginario y onírico cuento es un ejemplo de ejemplos. Léase también el cuento El presidente. Y en fin, cuando la no seriedad es la seriedad del decir.

No se puede ignorar, también, el tema obsesivo de la muerte, que está siempre acechando en una estrofa en estos poemas o en el envés de una página en estos relatos, quizás como una búsqueda de eternidad creadora: “la muerte siempre la había pensado como algo ajeno y remoto, ahora la sabía certera, turbia, adentrándose en la piel”, en el decir de Matías, muchacho personaje del estremecedor cuento del mismo nombre: Matías. Otros muchos elementos o formas o maneras del narrar dan carácter y sello e identidad a todo el presente volumen.



Armando Rubio, se nos revela ahora en su intensa y vivencial presencia de lo humano y de lo literario, queda dicho, en estos sus Cuadernos de prosa y poesía. Y tal cual como  si uno entrara en esa intimidad y secreto muy suyo, que deja de ser muy suyo para hacerse pluralmente ya no secreto sino lectura de todos en su gozo y encantamiento. “No quiero descansar”, dice Armando Rubio en unas sensitivas palabras bienhechoras hacia el final de su póstumo y admirativo libro: “Quiero incendiar el universo, hurgar todos los rincones del vacío que no existe. Eternidad creadora, eternidad perdida buscando tu sombra. Aquí estoy. ¿No tengo acaso el derecho de volver a ser un niño?”

Ya en 1983, hace redondamente treinta años, su padre, el poeta Alberto Rubio (La greda vasija) –“hermano mío por el oficio”, como llama a su hijo, seleccionó y ordenó la edición de Ciudadano (Ediciones Minga, Santiago), libro primero y único y también póstumo de Armando, que reúne casi cuarenta poemas que habían quedado manuscritos o dactilografiados en  páginas de cuaderno y en hojas de escritorio tamaño oficio.

Pero antes de la publicación de este notable Ciudadano, y mucho antes, y en el entorno de la poesía chilena de los ochenta, Armando Rubio fue presencia y participación diaria en el sentir y escribir y leer la poesía en el medio semi cultural de un Santiago de Chile y en un país acosado por la mano militari. La poesía se hacía sospechoso diálogo y ardido manifiesto. Aun así, Armando y su generación está en la aventura y en la guerrilla de la desafiante lectura pública (refugio López Velarde, Sociedad de Escritores de Chile,  Sech). O del recital abierto a cabeza pensante (Agrupación Cultural Universitaria, Acu). O el encuentro o las jornadas literarias de arte joven (Instituto Cultural de Las Condes). O en las páginas de Poesía para el camino, una antología de la Unión de Escritores Jóvenes (1977) y en cuyas páginas Armando sobresale con su novedosa Canción a Isadora Duncan, que baila en un café de París y un soldado que arroja la primera granada del catorce. 

Allí y acá, en la oralidad y en la escritura, nuestro joven poeta ciudadano se llevaba ya nuestras admiraciones y motivaciones. La poesía, entonces, no estaba cantando en vano. El miércoles 17 de diciembre de 1980, doce días después de su trágica e inesperada muerte,  Armando iba a estar en una misma programada lectura con otros poetas en el entonces activo Cafée ULM (“un lugar para el arte y la amistad” como rezaba su logotipo), ahí en Alameda 151. El día programado llegó, también Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, José María Memet, Bruno Serrano, Silvia Manríquez, Gustavo Adolfo Becerra, Guido Eytel, Jaime Quezada…  Y unas Nubes: “Niño, las nubes no son de algodón / las nubes son el bostezo de Dios. / Niño, las nubes no son un adorno / las nubes son un estorbo / no nos dejan ver a Dios. (Poema Las Nubes, de Armando Rubio).

Y ese niño, que a los 9 años ya se estaba leyendo a Gabriela Mistral y que a sus 23,  y en un viaje a la tierra elquina misma de la poetisa, viaje del cual tengo el más feliz recuerdo, Armando Rubio escribió veloz pero perpetuamente unos breves versos que leyó en la tumba-cerro de la autora de Tala, en Montegrande, y cuya hojita manuscrita de su puño y letra (y la muestro aquí), conservo hoy como verso-hueso-santo: Perdóname, Gabriela / por haber bebido / por haber comido / por haber reído. / Porque no me es dado el comer / el beber / y el reír / si no te miro. Eran sus gratitudes, sin duda, desde su día primero. 

Y gratitudes, por cierto, que ahora doy y damos a nuestro joven poeta Rafael Rubio, su hijo, por esta armónica, oportuna  y bien representativa selección de esta prosa y poesía de Armando Rubio, su padre. Y a Camino del Ciego Ediciones y a Cristián Fuica, su editor y artista visual, por darnos estos Cuadernos originales de un niño-adolescente-joven autor que permanece en nosotros como el día primero también. Y en palabras del propio y amado Armando : ¡Si yo fuese eterno, no tendría la libertad de elegir entre la vida y la muerte!

Sala Ercilla
Biblioteca Nacional de Chile. Santiago, jueves 30 de mayo, y 2013




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