martes, 15 de febrero de 2011

3040.- ANDRÉ DOMS



ANDRÉ DOMS

Nota y traducción de MARCO ANTONIO CAMPOS

Nacido en Bruselas (Bélgica) en marzo de 1932, André Doms hizo
estudios de filosofía y letras (filología romana) en la
Universidad Libre de Bruselas. Profesor en la enseñanza
media hasta 1982. Empieza desde entonces un período de
estancias largas en la Europa central y los Balkanes.
Reside a orillas del Mosa (Namur) desde 1994. Poeta, ha publicado
una docena de libros desde 1953, entre los cuales destacan
L’aube et l’aval, La fascinante consummée, Poursuite d’Ulysses, L’ost /
Rhapsodie, Fleuve y Au présent de l’histoire. Ha publicado cinco
libros de crítica y ensayo y sus artículos principales aparecieron
en los tres volúmenes de Tenir parole (2000).
Ha realizado varias antologías y traducido y adaptado
numerosas obras de poetas y prosistas húngaros, serbios,
macedonios, croatas, italianos, rumanos y finlandeses, entre otros.
Ha sido traducido a varias lenguas.




Prosigue Ulises


ELEGÍA 1

Pregunto
Quién habita la noche
sabiendo cómo calla la boca malva
se pierde la máscara de la vida
los ojos que erran en campo de ausencia
quién habita la noche
sino los ojos hundidos
en torno de las cosas
cuando la náusea la agria demencia
seria se empeña en tejer
rojo y negro
en invadir de sangre de cerca de lejos
la mujer en el corazón
de mi tiempo de corazón
quién habita mi noche
y con esto el tiempo no puede nada









ELEGÍA 4

¿Qué habría sido yo sino uno de los profetas
de la imperfección de vida
cantor ávido ciego
albañil de lo inútil
o el que pesa ebrio sus glosarios
No importa quién me habite
No ser sino frases
distraídas imprudentes
cuando el odio en la fiesta
aullaba hasta en tu cuarto
amartillaba tu obsesión
te descuartizaba
Y pregunto
¿cuál fuego de mi mano te requirió?
En el jardín de noche ya pasada
¿olvidas al poeta?










ELEGÍA 5

Que dios juzgue
solo en el goce de sus días de cólera
que nos juegue con nuestras palabras
y ponga allí muerte por vida
que triture su sangre con nuestra carne
y se complazca en ver el ángel
caer que consagre la infamia,
lacere la resplandeciente
de escarlata y de noche hablo yo del sentido perdido
de los corazones cosidos de absurdo
ternura evaporada demasiado
nudo de dolor que late
y pregunto
por qué el sufrimiento
incumbe al hombre








Ulises no murió aquí
Su mujer sí el perro
Tan insensata la casa de Ítaca
Hasta el viaje :
un rito
si partes de nuevo sin esperar más
a lo que un dios te conmine

No eres sino un hombre
en unos labios
De los con qué marcan las
que van a desaparecer
Haz que ese nombre
tome
retome cuerpo







Jamás su edad de razón
el lodo indubitable
Habitaré la fuente
donde espuman las estaciones
la luz repartida
Carrera hacia los soles
Gozo
Me restituyo a lo imponderable
a tu párpado
a los dedos
de nuestro despertar







Si lo acorralas
entre tus palabras huye el ser
Cuenta antes bien
el ojo de la tempestad la gran carena
y aquélla que rema evidente
en tu palabra
El viento reflejará
tu rostro menos improbable




____________________________

¡Avanza! Éste es precio del equilibrio.
No te aferres al árbol,
al marco, a los dichos sentidos prohibidos.
Tienes el ala, y la emoción puede traer
signos desenfrenados. Traza en el aire
frente al bello desprecio del incidente,
sobre el tiempo músico sin
temer un silencio que nazca de ti.







“Enseñas cómo socavar
arrancar, desmantelar hasta la
cabeza de Atenea.” Contesta: roca
o grano, ¿de qué fiarse?
El niño quiere creer en el castillo
de arena, busca un cemento
para sus piedras, arregla
el icono que le prolonga.
Inalcanzable línea, sin imagen
que en ti, que desapareces.





Campos de reposo –dicen–.
Cuerpos demudados, disueltos en
sudarios de una paz indecible.
Aquí, aún, se ocupa el espacio:
baldosas sagradas, precio de las cruces
y estandartes. Incalificable
muerte sembrada de llano césped.
¡Verde espanto! No aíslen
sus difuntos:
¿quién rodea la ausencia?






Las pesadillas que me alcanzan
– y me escondo en ellas: ¿habré despertado
una llamarada, clavado en la madera
un búho – o el hombre?
Durmiente en mi camino, espigador
de otoño, temo que cabeza
y vientre me jueguen. ¿Quién es su
dueño? ¿Qué rayo busca
tierra en mí?
El profeta se oye cada
vez más culpable.





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