martes, 14 de diciembre de 2010

2460.- ANA MONTOJO MICÓ


Nací el 7 de mayo de 1949 en Madrid.
Terminé mis estudios secundarios y empecé a trabajar a los diecisiete años.
Mi vocación literaria se despierta desde que alcanza mi memoria, pero los avatares de la vida no me permitieron desarrollarla de forma más o menos continuada hasta el año 93, fecha en la que caí en el taller que por entonces dirigía Enrique Gracia en la Casa de la Cultura de Majadahonda. Fue una experiencia decisiva en mi desarrollo como poeta, que nunca le podré agradecer lo suficiente. Él creyó en mí, me animó a escribir insistentemente y me enseñó todo lo que sé.
En el año 1998 gané el premio de poesía de mujeres "Carmen Conde" del Ayuntamiento de Majadahonda con el poema Cuando vuelvas, dedicado a mi hijo Jaime, fallecido a los ocho años. Tengo que decir que la literatura y, en concreto la poesía, fueron una ayuda impagable para canalizar el dolor de su pérdida.
Mis poetas favoritos, aparte del propio Enrique Gracia, van desde Pablo Neruda a Luis García Montero, pasando por Mario Benedetti, Ángel González o José Hierro, sin olvidar a mi amigo Francisco García Marquina ni al inclasificable y magnífico Joaquín Sabina, pero por encima de todos ellos y sin querer hacer comparaciones, con el que más me identifico por su sensualidad y su claridad en el lenguaje es con Jaime Gil de Biedma.
Actualmente compagino mi empleo en la Administración con el trabajo de correctora de textos profesional como free-lance. Desde enero de 2007 escribo en el blog EL HUMO CIEGA MIS OJOS, alternando poesía y prosa, temas personales, generales o de actualidad.
Recientemente he sido finalista en el premio de poesía JUAN VAN HALLEN del Ayuntamiento de Torrelodones.

WEB DE LA AUTORA



Si pudiera vivir nuevamente mi vida
En la próxima trataría de cometer más errores.
(Jorge Luis Borges)

Yo, al revés que el poeta, cometí
casi tantos errores como pude,
si por error se entiende
dejar el corazón a la intemperie,
expuesto a toda suerte de peligros
salvo el de ser feliz y acostumbrarme.

A gala tengo
haberme equivocado muchas veces
sin haber aprendido casi nada,
y permitirme el lujo de estrenar
en cada amanecer
una nueva derrota reluciente.

He bebido el ahora de manera insensata;
como si cada día fuera el último
del resto de mi vida
y el futuro tan solo se tratase
de un incierto espejismo.


Hice mal casi todo lo importante:
No ahorré ni una peseta,
fumé, no hice deporte,
y hasta me enamoré de algún extraterrestre
sin requerir informes de solvencia.

Tuve hijos
y no los preparé para el mañana;
me limité a quererlos mucho más
de lo que hubiera sido razonable.

Y aquí estoy
instalada de golpe en el futuro
sin chaleco antibalas, sin fortuna,
sin refugio antiatómico siquiera
que pueda protegerme
de la lluvia de abril y de tus ojos,
amor ...y de tus ojos.









Camina por el parque
un miércoles de otoño
sin ton ni son, sin perro,
sin silla que empujar
de anciano ni de niño.

No anda ni deprisa ni despacio
se deja acariciar
por el sol mentiroso de noviembre.

No corre tras un cuerpo inverosímil,
sólo fuma con música de pájaros.

Enfermo terminal de soledades,
parado, jubilata, delincuente
o al menos sospechoso de tristeza.







Bailan los árboles
un ritmo melancólico
de revuelos en verde y amarillo.

Lástima que la lluvia
les ponga perdiditos los volantes.








Cuando se lo encontró no ocurrió nada,
si acaso
una vaga emoción de espejo roto
y un difuso deseo de matarle.

Deslizaron apenas
algún fácil cumplido
y un beso en la frontera del recuerdo.

Con tanta nieve
hubo que hablar del clima,
con cuidado, eso sí,
de no romper el hielo.

Y también de la crisis
política, trabajo,
como si todo eso
fuera la gran historia de sus vidas









Sólo diré que te quiero
si es a punta de navaja.
Joaquín Sabina

Cuando al amor le da por suicidarse
no hay quien sea capaz de detenerlo;
de pronto se congelan los abrazos
y queman las palabras de ayer mismo.

Regresan los sicarios del orgullo
desde un negro reducto masoquista,
a destruir la cándida inconsciencia,
de querernos sin turno de preguntas
cuando éramos idiotas como niños.

Ahora que hemos crecido y somos listos,
no nos engaña nadie; nos protege
nuestro propio demonio de la guarda
de cualquier tentación de ser felices
para poder dormir, plácidamente,
sobre la tibia almohada del fracaso.










Pesa la tarde,
las hojas ya no pueden con su alma
sin un soplo de aire que las mueva;
los minutos corren con parsimonia
y se me caen los párpados
esperando que vuelvas.

Cuando llegues
no sé si seré yo la que te aguarde
o me habré convertido en árbol seco,
sin fruto de palabras ni de abrazos;
quizá esta calma chicha
pueda acabar conmigo.

Solo pido
que de una vez estalle la tormenta
y nos deje desnudos y de frente,
empapados y limpios,
que nos lave la culpa
o acaso nos arrase sin remedio.









Es peligroso abrir algún cajón
en tarde de domingo,
para restablecer el orden de las cosas.

A veces aparecen fotos como enemigos
de antes de que me entrara
la edad por todas partes.

Llaves que ya no abren las puertas del olvido
y relojes parados
en la hora feliz de las promesas.

Libros de misa, estampas
de vírgenes con lágrimas de vidrio
que aún reflejan
un resquicio de fe donde agarrarse.

Canicas de arco iris con las que nadie juega,
tarjetas de visita cuyos nombres
apenas corresponden a algún rostro.

Talonarios de cuentas desahuciadas,
poemas inconclusos
y un pin de No a la Guerra irreductible.

Piedras, conchas, recuerdos
que no recuerdo ya qué me recuerdan.

Cartas amarillentas que me amaron
y creo que yo amé;
pero los que no han muerto
huyeron en legítima defensa.

Y es que en este cajón, hace ya tiempo
que ni siquiera encienden los mecheros.








Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
(Jorge Luis Borges)

Llueve, llueve sin tregua,
por una vez parece que va en serio;
lloverá sin parar
hasta que no penetre en la conciencia
ningún rayo de sol,
hasta que los deseos se disuelvan
en el suelo encharcado de mi parque
donde se miran los columpios.

Hasta que ya no quede
ni un lunar en tu cuerpo sin mojarse
y regreses a casa chorreando.











A estas horas
la luz ya no entra en casa y la tristeza
se tiñe de amarillo por los bordes.

Hay que vivir tan solo con lo puesto
porque anochece pronto y a tus ojos
ya no les queda tiempo
para volverse del color del agua.

Cuando amanezca
serán los sueños pólvora mojada,








Te lo regalo todo.
La mañana sin horas
y la gota de escarcha que persigo
por el cristal helado.

El gorrión insolente que se empeña
en volver a inventar la primavera
cuando febrero engaña a los almendros.

Te regalo este día
que se abre a mis sentidos
aunque sé que hoy tampoco
lograré seducirle.

Te regalo la noche interminable
y el alba sin tu cuerpo
declarándose en huelga a mi costado.

La música que habita mi silencio,
los fantasmas que pueblan mis rincones,
la edad que me recorre todo el cuerpo,
la que soy, la que fui, la que no seré nunca.

No se me ocurre nada mejor con qué comprarte.
Nada más codiciable que el otoño
que no me hiela aún la piel del alma.









No era muy de fiar cuando te dije:
te lo regalo todo, era un exceso.

No pidas que te dé mi vida entera
¡Qué mas quisiera yo...!
Pero ya no podría ser aquella
a quien dices amar si te la entrego.

Te daré la mitad y eso ya es mucho.
La otra la necesito
para seguir el rastro de la gota de escarcha,
y advertir al almendro que es mentira
el canto del gorrión,
no vaya a florecer antes de tiempo.
Necesito este día y muchos otros
con sus noches a cuestas
para pactar contigo
los mínimos servicios de la huelga
de abrazos caídos.

Y mi silencio es mío, me hace falta
para acallar el ruido atronador
que viene del recuerdo.


Te invito, sin embargo, a que compartas
conmigo los otoños
que vienen a dorarnos los surcos en el alma,
y a empaparnos de lluvia generosa.









Hoy creo recordar que me gustaba
enredar con los dedos en tu pelo
sin embargo
no sé si era verdad
el ritmo de tu aliento,
si tus ropas olían a tabaco,
si tus piernas tenían la curiosa costumbre
de pegarse a las mías al quedarte dormido,
si existió alguna vez
la exacta geografía de tu espalda,
si el hueco de tu hombro se ajustaba
igual que un molde a mi perfil derecho...

Es que mi piel recuerda los detalles
pero ignora tu nombre.










Hace un millón de años que te fuiste
y todavía quedan
residuos de tus besos en las sábanas
como briznas de pan
dispersas en la cama de un enfermo.

Hace un millón de años que no siento
tus dedos en mi espalda
y sigue como nuevo
el tatuaje de sueños
que me grabaste a golpe promesas.

Hace un millón de años que ventilo
aquella habitación
que ofreciera hospedaje a tus abrazos
pero el aire no borra
el rastro de tu cuerpo.

Hace un millón de años que te espero
con la puerta entornada
por si ocurre el milagro de que vuelvas
algún amanecer
a escribir en mi vientre versos alejandrinos.

Hace un millón de años que no estás
pero aún tu fantasma me persigue
en las noches sin luna,
sin fugaces perseidas ni aguacero;
sin rayo que me parta.









Vivo a base de dar palos de ciego
y a veces el bastón no toca nada,
sino un aire cargado de vacío.

No hay un lugar más triste
que el estruendo de voces extranjeras
aturdiéndome el alma,
ahogando el eco de mis soledades.

Pero en este mercado
la tristeza no vende,
es preciso reír a toda costa,
bailar, tirar cohetes celebrando la vida
y ser feliz, por si esto fuera poco.

Con este panorama
una intenta agarrarse a las palabras
como último asidero
antes de despeñarse en el silencio.

Palabras que se adhieran a un saliente del muro
o en su defecto,
a un corazón perdido en la intemperie
que haga menos violenta la caída.









Si pudiera guardarme para siempre
un momento cualquiera
escogería aquel que tú ya sabes
-entendiendo que tú podrías ser cualquiera-
y lo atesoraría
prensado entre las páginas de un libro cualquiera.

Porque hay ciertos instantes diminutos
silenciosos, discretos
de los que no se habla
ni merecen siquiera una mirada
pero quedan grabados como las cicatrices.

Y contigo -que puedes ser cualquiera-
yo he vivido unas cosas que ni te las sospechas.









Cuando se soltó el pelo la niña bien
ya no era niña, y bien, a duras penas.

Le quedó tan estrecho el vestido de novia
que tuvo que tirar
por la calle de en medio, no sin antes
pasarse por el Monte
a empeñar el anillo de pedida,
los cubiertos de plata y algún sueño
que, según le informara el funcionario,
era de pacotilla y sin contraste.

Dejó atrás
un guión previsible de futuro imperfecto
con dos niños o tres, una carrera
profesional consorte de brillante ingeniero,
director general o algo más gordo,
y un chalet con piscina y con gimnasio
que mantuviera en forma la tristeza.

En ciertos mentideros, la niña bien
pasó de santa a puta en lo que canta un gallo;
los novios sin papeles
y los números rojos mostrando las vergüenzas
la dejaron de golpe
con la reputación hecha unos zorros.

Y sin otra salida decorosa
aquella niña bien,
después de probar suerte en la política,
tuvo que dedicarse a escribir versos
que al fin y al cabo
es cosa de respeto.










Ignoro en qué momento
comencé a perder pie donde pisaba,
cuándo me transformé
en la mujer que anda algunos pasos
por delante de mí,
sin volver la cabeza.
Yo no puedo alcanzarla.

La que fui no regresa
y la que soy a veces corre tanto
que se me escapa.

Y me quedo perdida, tan lejos de las dos,
equidistante,
confiando en que acojas
a la que junto a ti llegue en mi nombre.








Es una tarde gris que medio llueve,
medio hace sol. Yo apenas medio siento;
no sé por qué me invade esta medio tristeza…

medio recuerdo a los que medio quise
y medio me quisieron
que medio se me han ido
en una medio muerte.

Y me he quedado aquí medio borracha,
medio viviendo
en el centro de nada, medio amando.








Casi amanece ya en Antón Martín.
Dos jóvenes se besan,
creo que están borrachos de cerveza y de noche.

Y tú
vuelves de madrugada
desde un indefinido rincón de la memoria
a arrancarme la risa adolescente
mientras nos regalamos los restos de nosotros
cuando ya no nos queda
ni siquiera el derecho a equivocarnos.

Mañana
y los días que vengan y los años
seguiremos viviendo como antes.

Quedará de recuerdo tu mechero
que acaso me ilumine
la noche en que agonicen las estrellas.








Cámbiame tus certezas por mis dudas,
tus sólidas verdades
por mis incertidumbres gaseosas.
Tu razón absoluta
por mis contradicciones relativas,
tus frases lapidarias
por cualquier verso suelto que me sobre.

Tus ciegas convicciones
por una gota de mi escepticismo,
tu seguro de vida
por alguna sorpresa en mi futuro,
tu rígida coraza
por el amor a pecho descubierto,
tu aparente alegría
por mis noches reales de tristeza,
tu inflexible moral
quizá por el final de mis principios
tu existencia perfecta
por lo que no aprendí de mis errores.

Pero ya me conoces
así que no lo pienses demasiado;
yo no tengo palabra
y tal vez me arrepienta del negocio.










Suele ocurrir en noches ateridas
que el corazón se aparca en cualquier sitio,
medio esquinado, apenas intuyendo
que vendrá el desencanto con la grúa,
costará un dineral recuperarlo
y deberán pagarse las multas atrasadas.

Y quedará en la boca
un empacho de besos fronterizos
entre el sueño y el blues,
una resaca más, de color sepia,
con un sabor eléctrico
a ginebra barata.







En tiempos de apretarse el cinturón
es bueno reciclar los sentimientos
y no andar por ahí dilapidándolos.

Revolver en el cuarto de los trastos
y pegar los pedazos de esas noches
que se hicieron añicos.

Tapizar el sofá desvencijado
y rellenar con besos
la soledad que hunde sus extremos.

Poner en la cocina unos geranios
y comerse el orgullo que sobró de la cena
aliñado con salsa de ternura.

Dar la vuelta a los trajes, brillantes ya de hastío,
dejarlos como nuevos
solo con un pespunte de ironía.

Son muchos los recursos para ahorrar amarguras
tarde o temprano
ha de llegar el tiempo de gastarlas.










Con los años, la pena
de tan raída solo duele a nada...
(Francisco García Marquina Última Galería)

Llega un tiempo de niebla tan espesa
que no distingue el alba del crepúsculo
pero tampoco importa demasiado.

Cuando el pasado es un desbarajuste
y las guerras civiles, las proclamas
que marcaron la vida
no interesan a nadie.

Cuando ya no se escuchan
las palabras que nunca se dijeron
y todos los parientes
son parientes lejanos.

Cuando el futuro ha dejado de existir
y queda el miedo
a que fueran mentira las certezas
y ahora Dios no se dé por aludido.


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