jueves, 2 de diciembre de 2010

2221.- PATRICIO MAYA SOLÍS


Patricio Maya Solís
Nació en Quito, Ecuador (1982). Poeta. Vice en los Estados Unidos desde los doce años de edad. Actualmente estudia crítica de artes visuales en Syracuse University. Es editor de la sección cultural de la revista Saludable Light, para la cual contribuye con crítica de cine y arte contemporáneo. Sus cuentos y poemas han sido publicados en las antologías literarias: Citadel (Los Angeles City College, 2003) y Verbal Seduction (Syracuse University, 2009). En el 2007 su poema "Transeúnte" fue premiado en el primer concurso de poesía de la Organización de Estudiantes de Español de California State University en Los Ángeles, California, Estados Unidos.


EL VIEJO

¿A quién más?

A veces quisiera embriagarme de la criatura hembra
colores transfigurados de paisajes infantiles
o, sencillamente, del agrio licor de Baudelaire.

Pero no puedo: el viejo esta ahí. Agudo
tras el ventanal, descifrando laberintos
o balbuceando en anglosajón antiguo.

Lo miro desde lejos (él a mi nunca me mira;
no puede mirar a nadie). Tirita.
Le alcanzo la manta verde que le tejió su abuelita en 1906.

De a poco se le caen los ojos.

Sombrío sonrío,
tomo la llave, abro el portón oxidado
subo las gradas y cambio de acera
rumbo al MacArthur Park.

Paso el puente, saludo a mis compas
de ojos buenos con pinchazos en los brazos
aliento a los apostadores y me dejo estar
en la cadencia del insondable negligé
de las tetas de una ramera.

Me siento bajo un poste, acaricio
la sien de algún borracho dormido, aspiro flores
o la carne asada de las matronas Mexicanas.
Silbo al sol. Viene un perro raquítico;
me dejo lamer el rostro. Solo entonces
me doy media vuelta y regreso a casa, sudando.

Bajo las gradas,
me anudo la corbata Givencci,
despacio abro el portón y entro
de puntitas, tratando de no desvirtuar la cera.

Al fondo de la biblioteca, absorto en luz naranja,
está el viejo; texto Hebreo sobre su falda.

«Esencialmente lo quiero mucho», pienso,
sintiendo mi cuerpo punzar en lo gélido de la casona.

«¿Para usted qué significa “esencialmente”?»,
suspira, dejando un rastro de aliento en el ventanal.

Se ha recordado de la nada. Me callo, aunque
no he dicho palabra, voy a la cocina, le preparo
una sopita de fideos y me siento a su lado
sobre unos amarillentos diarios.

Esta noche, como tantas otras, conversa
en su vos pausada, de abuelo, de caminatas
en Ginebra, tigres de oro y fantásticas dagas árabes.

Entrada la eterna noche de astros y sombras
cabeza pesada de fábulas, como amuleto
para sobrevivir ciénagas medievales
—why not? — acordamos rezar un Padre Nuestro.

Afortunadamente, o gracias a Dios,
también el viejo suele soñar; por eso no me largo.








LA PERRA ARDIENTE

Es cierto que no hay nada mejor ni peor
que ella toque la puerta en la noche, imprevista.

A mi me ha pasado.

Sucede que estoy afeitándome,
cocinando o atendiendo a alguna u otra dama
y llega La Perra Ardiente con sus aires de divina garza.

Se me congela el mundo. Lo dejo todo.
Y no lo oculto.
Hago lo que me pida en donde sea.
La gente huye horrorizada.
Es que la Perra Ardiente tiene prioridad.
No me hablen de arte, droga, o la noche oscura del alma.
Ella se encarga de dejarme electrizado, orgacósmico.

Prefiere calles solas, casas oscuras de tipos muertos,
puntos de tensión, los tenues arrabales de la conciencia.

Alguna vez me guiñó el ojo en plena misa.
Corrí, sin comulgar, a tocarla en la parte de atrás.

Me cita en cualquier esquina, cuando y como quiere.
Y no es de fiar.

Me ha plantado en cada tugurio, cada callejón
lleno de basura. He besado a cada esperpento,
a cada imitación, buscando su fétido aceite.

Ahora mismo, pero bueno…

Alguna vez por algún motivo pensé en cazarla.
La busqué. Horas de horas la invoqué con velas.
Me cogió la noche helada y dormí en una fábrica.

En la mañana una vieja gritó y vino la policía.
“¿Qué hace desnudo bajo la maquinaria?”
“Leyendo a Mallarmé,” dije ruborizado.

El juez no estaba contento. Argumenté narcolepsia.
Tozudo me corrigió: “sonambulismo, hijo, sonambulismo”

Los sheriffs me regalaron ropa vieja y me fui a casa.

La muy perra estaba en el sofá, desparramada, ardiente.
despidiendo ese olor a acera y lubricante que no se va.
La odio. Mi perrita es así: vil, depravada, encantadora.







BARCADE KISS

a Cherry Coke

El beso blando
como un diminuto pavo real brotando aceite en el frío
gordo gato (burbujas acurrucando)
gato blanco (burbujas acurrucando)
gato durmiente gato (acurrucando burbujas acurrucando)
estirándose vapor, durmiéndose vapor,
acariciándose vapor
estancándose fluyendo, sediento;
fluyendo estancándose, cediendo
goteando
la noche
sólida

por ende levitó
por sembradíos nubales
(cigarrillos-solsticio, incineración-mandarina)
penumbras de tarde invernal
desinflose un pecho coqueteó suicida
precipitose una noche alas buitre

y abrió su paracaídas un segundo antes
de estrellarse en la vereda
burlose y empozose
(como el coyote cagándose a carcajadas)
entorno a su origen:
mojados cielos-chicle, ríos-sulfuro, esteros licor agrio
atípico hip hop, chubasco-saliva, buzzing video games

ajeno
anterior
en sí mismo

[no lejos, en los alleys : diurnos de pálidas oficinas
nocturnos, dulces como prostíbulos
dj scratchings :
cortejo caramelo, pulsaciones rozadas,
rara copulación adolescente
beats , sexo naranja, beats , púrpura (a)sexo, beats]
en tal entorno, a partir de sus pocos minutos de vida,
maduraba cataclísmicamente adolescente
cuando se partió como un pan tieso,
como un huevo duro,
como una luna de mármol
y rodó su bólido hacia la autopista de Tijuana
hasta hacerse inexpugnable y longevo,
hamacado en su choza ecuatorial
fumándose a sí mismo como un kamikaze
alcanzando la eterna inmolación, amén.

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