martes, 12 de julio de 2011

4147.- JUAN CARLOS ORIHUELA


Juan Carlos Orihuela nació en la Paz, Bolivia, en 1952. Es poeta y dramaturgo. Actualmente es profesor y director del Instituto Nacional Universitario de Bolivia para el estudio de las Humanidades. En 1991 recibió el Premio de Dramaturgia para Radio, otorgado por el Westdeutscher Rundfunk Koln (WDR) de Alemania. Su trabajo fue luego transmitido por la radio en alemán, flamenco y español. Ganó el Concurso Nacional de Poesía Franz Tamayo, en 1988. Es Ph. D en Literatura de la Universidad de California. Ha sido profesor de Literatura Latinoamericana y de Literatura Americana del Siglo XVIII. Ha publicado cinco libros de poemas.



I

Los cuerpos se reconocen en los cuerpos
no son pasajeros.

Están ahí diciendo y contando
son siempre una pasión cíclica que funda
la única comunidad posible después de la unidad.

Los cuerpos se transmiten
se consiguen alrededor de cosas sueltas
que se impiden el paso olvidándose de sí.

Todo en ellos semeja gotas en descaro por donde
descienden las sombras de otros cuerpos
intentando justificar sus alianzas
en el fastidio
como si el roce o el tacto no fueran suficientes.

En los cuerpos perviven las constelaciones
los rencores
el desdén
la fe
la poca monta la corona
las palabras no deseadas.

En los cuerpos se predice el olvido
y el tiempo de la holganza suele ser el anticipo
de una historia contada en la insubordinación
de una mirada que se reconoce en las aguas
con cautela.

Provistos de un pudor cercano al odio
los cuerpos son siempre el exceso
lo no hecho
o lo hecho hasta decir basta.

Los cuerpos son las lágrimas soberbias
de las maldiciones y de las reverencias
que se desbordan en los filos
hasta que un brazo los recoge y alimenta
y entonces
parias
los cuerpos se encogen y se dejan llevar
mansos
hasta sus impredecibles refugios.

Los cuerpos pasan por el mundo
intercambiando obsequios
inscribiéndose a sí mismos como un tatuaje mutuo
que los hace mirarse en los espejos y conocerse en
las miradas de las fieras y las aves.

Son la innecesaria reverencia del gesto oblicuo
un corte de sesgo en el recuerdo de otros cuerpos
que les salieron a paso para narrarles las cenizas
de otros cuerpos que optaron por una caída abierta
y ya no volvieron.
Los cuerpos son el centro del remordimiento.







II

Como en el cuerpo
los huecos de la tierra se levantan desde el humo
hasta que las madrigueras no resueltas recuerden
su nombre
y los lagos develados continúen abriendo sordamente
este territorio de furia y letanías.

En la dureza del monte reconozco el cuerpo boliviano
en las abras y ventisqueros
en la unidad no dicha de sus piedras sobrias
en el gesto indecoroso de su
colectividad solitaria
en la sangre que gotea por un lenguaje viejo
reconozco el cuerpo de Bolivia.

Cuerpo mayor surcado por los nudos de nuestros cuerpos
estremeciendo su temperatura sedentaria
sometiéndose manso
a los cánticos y a las invocaciones
de los cuerpos presentes.

Cuerpo mayor desde donde se invoca
a los cuerpos ausentes
que ya fueron alojados por la serenidad
y se deslizan nómadas
en medio de la brisa
vigilando nuestra travesía.

Cuerpo mayor detenido en la obsolescencia de las
palabras impresas en el aturdimiento del poder.

Cuerpo mayor como el reverso mundano de la luz
desahuciado de cosas sueltas
radical único
cuerpo irrepetible realizando su labor en el centro
pero también en el arriba y en el afuera del cuerpo
en el centro y en el abajo que se expande al resto
a la vigilia y a la sombra.

Fragmentos de Cuerpos del cuerpo (La Paz, 2000)






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