domingo, 13 de febrero de 2011

ANTÓN CASTRO [3.006]




Antón Castro 

Santa Mariña de Lañas-Arteixo, A Coruña, 1959

Escribe en castellano y en gallego. Reside en Zaragoza desde el otoño de 1978.

Es autor de ocho libros de relatos: Mitologías (IFC, 1987), Los pasajeros del estío (Olifante, 1990) El testamento de amor de Patricio Julve (Destino, 1995, 2000; Xordica, 2011), Vida e morte das baleas (Espiral Maior, 1997), Los seres imposibles (Destino 1998), Golpes de mar (Destino, 2006), Fotografías veladas (Xordica, 2008) y El dibujante de relatos (Pregunta, 2013), ilustrado por Juan Tudela.

Es autor de dos novelas: El álbum del solitario (Destino, 1999) y Cariñeña (Ediciones 94, 2012).

En 2010 publicó el poemario Vivir del aire (Olifante); en 2011, aparecía su segundo poemario, en verso y prosa, El paseo en bicicleta (Olifante), y en 2012 la antología Versión Original (Isla de Siltolá).

También ha publicado biografías, libros de entrevistas y cuatro libros de literatura infantil y juvenil; entre ellos El niño, el viento y el miedo (Nalvay, 2013) y La leyenda de la ciudad sumergida (nalvay, 2014).
En 2013 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural.



«La música»

¿Cuál es el misterio de la música?
¿De dónde viene, quién arranca el aullido de las notas
que son como una película tejida de emociones?
Habría querido tener oído, entender
esas matemáticas del alma, saber acariciar
la trompeta o el oboe, habría querido
abrazar el cuerpo de seda de una viola
y pulsar el temblor de agua de sus cuerdas,
su languidez atusada de brisas y espumas.
Todas las mañanas oía la letanía de un instrumento
mientras leía el periódico y paseaba a mi perra Noa.
Era Carlos, un río de música al que llaman Carlos.
Era Carlos, el director de la banda. Un día me dijo:
«La música no se aprende nunca. Es como el amor:
se mejora con la práctica. A fuerza de deseo».

De Antón Castro, Vivir del aire (Olifante, 2010).



El libro de Antón Castro.



LOS DOS QUE DUERMEN

No sé si me gusta más levantarme a tu lado al alba
o dormir abrazado a ti. Sentir cómo lates,
cómo te arrugas sobre ti misma
como quien busca el acoplamiento perfecto de las almas.
Percibo entonces, antes de que se desaten las tentaciones,
el calor de tu espalda y tus nalgas, el torrente
de la melena y su olor a melocotón o a mora.
Te lo digo a menudo: eres atrabiliaria con el champú.
Quedo un instante así, inmóvil como un barco que siente,
tembloroso como la luz de la sinrazón,
me quedo como si fuera un pájaro abatido
que parpadea y sueña el mejor de todos los vuelos.
A veces te duermes. Y ronroneas. Y musitas palabras
intraducibles, frases completas que me cuentas como
si estuvieras presa en la alucinación del olvido.
Estoy feliz así. En ese instante, cuando el mundo
se desmaya, le pido a la carne que no se altere,
que apacigue sus ardores, que no enturbie la noche
de gemidos y de risas y de batallas de sudor,
y me digo a mí mismo que, algunas veces, el mejor sonido
es el del silencio, el de la respiración de dos que se aman
y escuchan la música del corazón sin saber si despertarán.

De Antón Castro, Vivir del aire (Olifante, 2010).


TORRE DEL ABEJAR

A Eduardo Laborda.

Mi padre siempre ha sido una criatura irreductible.
Aparecía y desaparecía como el viento y la lluvia.
Era como si tuviera una segunda vida, o una tercera,
era como si estuviese incomodado consigo mismo
y con todo el mundo. Vivía de arrebato en arrebato:
de maldición en maldición, de fuga en fuga,
de rutinas casi insondables, de silencios, de gritos.
Mi madre, ante nuestra perplejidad, solía decir:
“Antes no era así. Era un hombre normal, suave,
que se contentaba con su suerte y con sus paisajes.
La guerra lo cambió: le destrozó el ánimo y la templanza,
y le volcó un arsenal de pesadillas y tigres en el sueño”.
Así lo dijo: tigres en el sueño. Mi madre, cuando quería,
era un completo misterio: leía, se apasionaba con el arte
y buscaba la belleza en las pequeñas cosas de cada día.
Nos regalaba cuadernos y lápices, nos hablaba del Quijote,
de la luz invisible de Velázquez y del cine de su niñez.
Y era capaz de definir así el estado inestable de su marido.
Ambos procedían de Trasobares: allí habían sido labradores.
Mi padre no dominaba los oficios de la huerta;
en cambio conocía todos los secretos de la fruta.
Yo lo veía injertar con mimo y creía que hacía magia.
Le gustaban los albaricoques, las pavías y los melocotones,
tenía diversas clases de uvas, de higos y de brevas,
y trampeaba entre los surcos con los tomates y los melones.
Nos habían dejado una torre familiar: Torre del Abejar,
y ese era el refugio de mi padre. Cuando llegaba marzo,
se encolerizaba, discutía con todos y se volvía insoportable:
era su forma de anunciar que iba a marcharse a las tierras.
Entonces solo lo veíamos de vez en cuando. Ni nos echaba
en falta ni nosotros teníamos ganas de aguantar su genio.
En noviembre, cuando regresaban el cierzo y el frío
reaparecía como un fantasma, desharrapado y débil.
Si quería, tenía un poderoso instinto de supervivencia.
Durante esos casi seis meses, o más, iba a verlo a la torre.
Era un espacio inquietante y tal vez inconmensurable.
La casa imponía pavor. Como las eras y los cobertizos.
Cerca de allí, años atrás, se había cometido un crimen.
Cerca de allí pasaban los canales de riego y las cascadas.
Mi padre iba y venía a su antojo con la libertad del solitario
que espera el milagro constante de las noches y los días:
brisas, resplandores, cielos encapotados, plenilunios de verano.
Casi a diario, a partir de mayo, llevaba la fruta
al Mercado Central de Zaragoza: colocaba su remolque
en la bicicleta y lo llenaba de fruta. Siempre hacía lo mismo:
lo colmaba con lentitud, colocando las piezas en canastos.
Me conmovía su obstinación de agricultor en paz.
Me miraba y decía: “La fruta no soporta bien el traqueteo”.
Me hacía gracia. Yo lo observaba como a un extraño.
O a un poseído. Me gustaba verlo pedalear por los caminos,
entre los maizales, entre los árboles, levantando polvo,
un polvo pegajoso y dorado que le manchaba las sienes.
Era como si solo allí, en la Torre del Abejar, fuera
auténticamente afable: el padre que había soñado para mí.
Un día me llevó al mercado en su remolque. Tendría seis años.
Era su pasajero, su colaborador, el hijo inesperado.
Insistía: “Recuerda que la fruta no soporta bien el traqueteo”.

Hace años que murió. A menudo pienso en él
y recuerdo lo que siempre nos contaba mi madre:
“La guerra lo cambió: acabó con sus sueños felices”.
Ella lo recibía en casa, en las dos o tres casas que hemos
tenido, con infinita compasión. No le preguntaba nada.
No podía, ni quería, acceder al fondo de sus tinieblas.
No quería excitar el tigre sonámbulo de su dolor antiguo.
A menudo pienso en mi padre y recuerdo aquel viaje,
de ida y vuelta, en bicicleta al Mercado Central.
A veces se giraba para verme. “Agárrate fuerte”, decía.
En aquella mirada me pareció adivinar ternura y miedo,
y creí entender algo de su extraña forma de vida.

de 'El paseo en bicicleta'.



VIDA, MÚSICA Y MUERTE DE NICO

A Juanjo Blasco Panamá.

Todo en ti, hermosa Christa, fue un constante enigma,
un subterfugio del dolor, de la luz y de la sombra.
Casi nadie sabe con certeza dónde naciste.
¿Fue en Colonia o en Budapest? ¿Fue en 1938 o en 1943?
Qué importa. La vida pronto te mostró sus escalofríos:
tu padre, el hombre que te contaba historias del tren
que cruzaba el bosque rumoroso de los cuentos de hadas,
falleció en un campo de exterminio. Ya vivías en Berlín.
En un viaje a Ibiza, años después, uno de tus amantes
decidió cambiarte el nombre: para él, y para todos,
serías siempre Nico. Nico, en homenaje a un fotógrafo:
el apasionado amor que tu amante había perdido.
Ya serías para siempre la bella Nico. La maldita.
La moderna que hacía pensar en Twiggy, en Jane Birkin
o incluso en Marianne Faithfull, mujeres de ardor
y arrojo que desordenan la furia del deseo.
Pronto te convertiste en una musa, como Edie Sedgwick.
Cantabas con una fría y metálica voz, acaso andrógina,
desfilabas como nadie con una elegancia antigua,
paseabas con misterio y asombro en La Dolce Vita
de Federico Fellini. En tu derredor se multiplicaban
las leyendas: le habías arrebatado el marido a Anouk Aimée,
habías vuelto loco a John Cale, a Gainsbourg y a Andy Warhol,
y tu corazón se inflamaba de todas las drogas de la tierra.
A solas, cuando te abrazabas a tu querido armónium,
leías a Hölderlin, a Baudelaire, a Blake y a Coleridge:
tu música era como un canto medieval sacrílego
y tu alma se vaciaba en soledad y desamparo a cada hora
con aquellos versos tan tristes como tus venas.
Vivías en el arte, en la música, en el teatro, en la pasión.
En Nueva York tomaste clases con Lee Strasberg
y hechizaste a Bob Dylan, a Lou Reed y a tantos otros
que escribieron para ti, como los chicos de la Velvet.
Cada uno de tus discos era más inquietante y sombrío:
te empeñabas en seguir todos los caminos de la derrota.
Las notas se encadenaban con un sarpullido de oscuridad.
Jugabas a ser una diosa imposible, una sacerdotisa lejana,
y a la vez, junto a Philippe Garrel, una poseída: dicen
que tomabais imágenes desde la cubierta de la Ópera Garnier.
Decían que capturabais los lamentos de la luna sobre París.
Luego, te marchaste a Ibiza, con tu hijo y casi en secreto.
Dijiste que Christian Aaron era hijo de Alain Delon
y de un pasado amor que dejó cicatrices en la sangre.
Tu último disco, ‘Camera Obscura’, tenía algo de responso
y de canto mortuorio de quien se despide del mundo.
¿Habías querido anticipar tu epitafio de exiliada en la tierra?
Y a la vez, con su perfecta tristeza, era una obra maestra.
Un día, mientras paseabas por la ciudad en bicicleta,
ocurrió aquello: se te paró el corazón y te desplomaste.
Tu cabeza se golpeó terriblemente contra el suelo.
Alguien te llevó al hospital: no acertaron con el diagnóstico,
ni era insolación ni el rescoldo de una noche de excesos.
Y al día siguiente fallecías de un derrame cerebral,
tú, Christa Päffgen, inolvidable Nico que jamás
quisiste renunciar a las sucesivas formas del luto.

Recuerdo cuando llegó la noticia a mi periódico,
El día de Aragón. Fue hacia las seis de la tarde.
El redactor musical dijo: “Nico, el animal más bello de la música,
el ángel terrible, la mujer fatal y provocadora, ha cantado
su última melodía”. Cogió el retrato tuyo que mandó
la agencia y lo rompió en dos mitades. Así saliste:
con el rostro y los ojos partidos, y el cabello muy rubio.
“Una caída de bicicleta pone fin al enigma de Nico”,
decía el titular. En letras más pequeñas se añadía:
“La cantante, modelo y actriz alemana murió en Ibiza
donde se había recluido con sus fantasmas”.

de 'El paseo en bicicleta'.

[http://poesiaparaperdidos10.blogspot.com/]




"Elegía"

Laurent Fignon (1960-2010)

Algunos campeones parecen surgir de la nada.
Descienden sobre la tierra como el águila de los montes
o como el rudo tejón dispuestos a conquistarlo todo:
la niebla de las cumbres, la lluvia de los descensos,
los peligrosos barrizales, los kilómetros del llano.
Laurent Fignon, como antes Coppi, Ocaña o Charly Gaul,
apareció de golpe con una pedalada insaciable,
con esa arrogancia juvenil que es desparpajo y desafío.
Era uno de los jóvenes pupilos del bretón Bernard Hinault,
al que llamaban el intratable señor de los bosques. El leñador.
Fignon apenas tenía 23 años. Surgió, demarró y tomó distancia:
voló hacia el Alpe d’Huez y La Plagne ante el estupor general,
voló hacia París a tumba abierta en plena insurrección:
aprovechó una caída de Pascal Simon y todas las escaramuzas
de Ángel Arroyo y de otro debutante: Perico Delgado.
Exhibió un talento innato y un gran sentido de la aventura.
Se convirtió en el campeón más joven desde hacía exactamente
medio siglo: desde que en 1933 venciese Georges Speicher.
Volvió a ganar en 1984 en otra carrera incontestable
y su jefe de filas no se lo podía creer. ¿Adónde va ese loco
con sus gafas empañadas y el cabello de oro deslucido?
¿Por qué me abandona en el fango, por qué me burla
en cualquier calzada, cómo se atreve a humillar al campeón?,
se preguntaba el ‘Caimán’ que a todo aspiraba, como Merckx.
Fignon estuvo a punto de vencer en 1989: perdió ante el
[renacido
Greg Lemond por ocho segundos en París. Lloró de dolor
y escupió al mundo su ira, su inesperado desdén de derrotado.
Aquella estuvo a punto de ser su resurrección, tras años de
[lesiones,
de insolencia, de placenteras y etílicas noches y de otros
[venenos.
Perdió el Tour agónicamente y la sonrisa, y ganó su único Giro.
Laurent Fignon fue joven e inconsciente y un ciclista romántico,
un ‘profesor’ de la ruta que amaba los gatos de Baudelaire.
La muerte lo sorprendió demasiado joven mientras ensalzaba
las gestas de otros y se aferraba al ciclismo para seguir soñando.
Poco antes de cerrar los ojos miró hacia las colinas del mediodía
y, con una voz aflautada, murmuró: “Maldigo mi enfermedad”.
Cedía para siempre el maillot amarillo que más codició.
Vivir.

de 'El paseo en bicicleta'.



AMOR Y BRICOLAJE

Déjame que te lo diga. Mejor: déjame que lo piense:
en esta casa solo soy algo feliz por verte feliz a ti 
pero vivo con la sensación de que no tengo 
ni un instante de respiro. Todo es demasiado provisional.
Todo depende del aire, de la lluvia, de un vecino furioso
o de eso tan inquietante que llamamos azar.
Siempre vivo en alerta, en tensión. A la desesperada.
Siempre falla algo: el agua, la calefacción, algún motor, 
un permiso, un canal de riego, siempre aparece una deuda 
acumulada desde ayer mismo o desde hace siglos.
Siempre hay un árbol podado a destiempo, 
uno de esos que ni deberíamos haber podado.
 Acuérdate del nogal, ahora es un árbol desnudo, un tronco 
sin ramas, un esqueleto descalabrado en medio del jardín. 
Ya lo sé: soy aprensivo, temeroso, dubitativo.
Antes que contigo, me he casado con el pánico.
¿Sabes si se heredan los miedos y la incertidumbre?
Vivo en la cuerda floja permanente. Mi ánimo pende
de un hilo invisible, soy fatalista y enfermizo.
Siempre me pongo en lo peor: qué agobio, qué agonías, 
¿cuándo te dedicarás a ser feliz, cuándo te abandonarás
a la noche, a los mares de maíz, al olor del tomillo?,
me dices a cualquier hora. Entonces, me callo y te miro.
Desde aquí o desde allá. Desde la ventana, mientras suenan
Regina Spektor, Suzanne Vega, Carole King o Noa.
En ese instante, casi me pareces una extraña: 
la mujer inesperada que ha tomado el jardín, que coge 
las brevas y que planta los tomates. La mujer
que se sienta en el porche con su gazpacho, 
que se lanza a la piscina y se olvida del mundo: 
incluso de mí y de mi angustia. 

                                       De nuevo, tengo
que decírtelo, ha llamado el vecino de al lado: 
le molesta el ladrido de nuestra perra y no tiene agua.
¿Podrías mirar tú si se ha disparado el motor de la bomba?



TCHAIKOVSKY

Amabas la música sin saberlo. 
De niño seleccionabas en el dial canciones
para tu madre en la aldea remota, 
ante el lavadero y la fuente de las salamandras.
Aprendías la melodía del viento iracundo.
Por la noche te invadía el miedo: el acordeón
de los pinos agitaba su letanía obsesiva.
Pero aquel día era otra cosa. Y era la misma 
acaso: la música es agua de luz, temblor de estrellas,
un arañazo de felino y de seda en el alma.
Ni siquiera conocías mucho al profesor:
vivía en una casa iluminada, blanca, con jardín,
y una mujer trajinaba entre las flores y los libros.
Pensaste: qué sonrisa esquiva, qué misterio lleva
desde el pelo hasta la floreada falda, qué melancolía.
El profesor te invitó a pasar: no sabías si era 
su estudio, el cuarto de estar o el refugio del arte.
Te enseñó discos: muchos discos con el pudor 
de quien expande la certeza de sus dones. 
El meu amic el mar de Llach, Réquiem de Mozart.
Él escogió por ti: Piotr Ilich Tchaikovsky. Así lo dijo.
Con la seca trompetería de todas las consonantes.
Se acercó al aparato, comprobó el estado de la aguja
y puso el disco. Temblabas. Temblabas doblemente:
por el gesto delicado o la suavidad del instante, 
y por todo lo que te esperaba. La tormenta de luz.
El maremoto de sonidos. El surtidor de sensaciones.
Antes de despedirse dijo: «Desde esta ventana
se ve el mar, las mariscadoras, las barcazas al sol.
Y desde aquella te asomas al bosque rumoroso: 
hay caballos, fantasmas y ninfas al acecho».
Cerró suavemente la puerta y te dejó dentro.

No toqué nada. Como un sonámbulo o un poseso,
la melodía me llevaba al mar o al bosque.
Como un poseso, me quedé sin palabras.



RIAZOR
      
                         A Sara, que admira a Amaral

Recuerdo cómo eras entonces. Cómo eras.
Rabiosa y dulce a la vez, parecías flotar
en el aire o sobre la espuma. Parecías estar
aliada con un torbellino de certezas.
Amabas a otros. Sobre las rocas, en los montículos
de arena o en las grutas húmedas de sal.
Y en los bosques sagrados: te desmelenabas, 
deslizabas en sus oídos palabras de lumbre,
sílabas que escocían como un puñal antiguo,
rosas lejanas, olores rotos de la memoria
que se desvanecían bajo los pinos y los arces.
No recuerdo cómo nos encontramos.
Se desmigaba el lento atardecer del playerío.
Quizá nos anduviésemos buscando. Intuías
de golpe cuándo desordenabas un corazón;
sabías mirar con el fulgor incisivo del sol,
y así me miraste, con aquel falso desdén que usabas
cuando alguien te importaba de pronto, 
cuando elegías otro prisionero de tus enigmas.
Te vi allá abajo, avanzando por la playa de Riazor, 
donde moría suavísimo el oleaje. Sola.
La ciudad se estrechaba entre los roquedales
y parecía querer abrazarte en su intimidad
de caracola. Bajé a trompicones, con esa abrupta 
complicidad de dos amigos que se esquivan.
Te acompañé. Dimos una, dos, tres vueltas.
Me recordaste que eras de un pueblo lejano, 
un pueblo de buitres y celajes imposibles,
de ríos insomnes y de viñedos. En realidad, dijiste, 
no eras de ningún sitio. Te sentías la hija del mar,
de ese cosquilleo incesante de las olas
y aquel, me decías, era el mejor escenario
de tus tiempos muertos, entre clase y clase.
El tiempo aparte que rara vez compartías.
Apareció la lluvia y sacaste el paraguas de paseo.
Buscamos un refugio entre las rocas. Te acercaste. 
 O me acercaste a ti, a tu talle, a tu negro pantalón 
de pana, a tu intenso olor a pachulí y a granada.
Hablabas sin hablar con tus tenebrosos ojos
y la barbilla montaraz de quien ha besado mucho.
Levantaste el jersey y me dijiste: «¿Sabrías 
matarme de amor, sobre los peñascos, y luego, 
trocito a trocito, devolverme a la corriente?».

No sé muy bien qué hice. Llevo cinco años
encadenado a la noche y sus delirios. 
Y aquí, entre tinieblas, te cuento una y otra 
vez cómo te recuerdo, cómo aún me dueles.
Te fuiste con el alarido de la resaca, mar adentro, 
confiada, ajena a los destellos del faro. 



AMOR DE MADRE
                                      
                                  [5 de mayo de 2013]

Nunca he tenido palabras suficientes para ti.
A ti te gustaron mucho desde niño y las coleccionabas
como se coleccionan cromos o recortes de prensa.
Me habría gustado decirte que recuerdo
cada instante de tu niñez, tus miedos, 
cómo corrías tras las olas, cómo mirabas a todas 
las mujeres con descaro, con el dolor
de un querer imposible y precipitado. A veces
pensaba que las deseabas a todas: para ti, en tus sueños,
en un futuro feliz que imaginabas junto al mar.
Nunca he tenido la certeza del cariño. Ni he conocido
el idioma de la ternura, la última seda de las caricias.
Te vi crecer. Enfurecerte en las tardes solitarias.
Encerrado con tus libros y con tu silencio.
Envuelto en la soledad y sus cuchillos de luto.
Recuerdo lo que te gustaba: una conversación, 
un nuevo libro, una película de amor apasionado.
No conozco a tantas actrices que te hacían 
perder la razón, repetir sus diálogos, decir su nombre.
Después, cuando empezabas a irte de casa,
cuántas veces te esperé asomada a la ventana.
Tu padre apenas decía: ¿viene el chaval? Ven, mujer,
descansa, ya vendrá. Mañana nos espera la tierra.
No le hacía caso. ¡Cuántas veces te esperé hundida
en el abismo de la noche, ya sin lágrimas! Esperé en vano.
Un día, cuando creíamos haberte perdido ya,
cuando una extraña forma de locura se había instalado
en tu corazón y en tu cabeza, en tu cabeza loca,
nos anunciaste que te marchabas. Que te ibas de casa, 
no sé si al fin del mundo o aún más lejos.
Compostela. Madrid. Barcelona o Zaragoza.
Tu padre no se lo creía. No podía aceptar que hubiera
dejado de ser imprescindible o importante en tu vida, 
como aún lo era, de otro modo, para tus dos hermanos.
Nunca tuve las palabras necesarias para ti.
Tampoco entonces. Se me empañaron los ojos
y los ánimos. Se me oscureció la alegría.
Ha pasado el tiempo. Y sigo sin saber ponerle vocablos
a mi melancolía, a mi propia sensación de pérdida.
La vida se me apaga: ya lo sabes. He tenido un ictus,
ando con dificultad, no sé si volveré a verte.
He rebasado esa edad que te aproxima al adiós. 
Por eso, esta mañana he cogido el último cuaderno
intacto que me queda y te he puesto solo tres líneas:
«Hijo mío, verdaderamente siempre he sentido una gran
pasión por ti. Quiero que lo sepas, estés donde estés,
en Compostela, en Zaragoza o en el fin del mundo».
Si no te importa, llámame si alguna vez te llegan.



BUSCANDO A DEBRA WINGER

Perdí la cabeza por ti,
antes, mucho antes de Tierras de penumbra.
Mucho antes de que fueras poeta 
y una criatura mortal frente a la noche.
No sabría decir por qué. La luz de tu sonrisa,
tu picardía, tu fuerza, la manera en que bebías
la claridad del mundo en cada abrazo.
Me gustabas siempre: en cada diálogo,
en cada beso, en esa alegría incontenible
de estar a punto de irte para siempre a otra playa.
Pero cuando te vi en El cielo protector,
me sentí enfermo, poseído de amor. 
Entendía, y no entendía, tu pasión por el desierto,
el helado rescoldo del plenilunio en la arena,
la muerte inesperada de un amor disipado.
Y luego, llegaste a aquel villorio, 
a otra forma de prisión. Y a la violencia 
del anhelo. Aún te veo: extraña y extranjera,
arrebatada y muda, mientras te acariciaban 
y sorbían el sudor de tus muslos. Aún te veo:
lejana y sola contra la tiniebla y la escarcha.
Aún te veo: a horcajadas, a punto de estallar
como el torbellino de todos los deseos.
¿Recuerdas? Tú eras la piel del escalofrío.

Luego te esfumaste. A otro mundo,
a otras formas del olvido y del silencio.
Incluso salieron a buscarte. Querían, como yo,
saber de ti: buscaban a Debra Winger 
y a las mujeres como tú que desaparecían de la pantalla.
Esa película perseguía a un fantasma, 
una ninfa de antaño, vulnerable y sensual.
Ese rescate imposible enerva todos mis sentidos.
Cierro los ojos e imagino que estás ahí, 
en el interior de la pantalla a punto de decirme: 
«Ven. A veces solo en el cine se cumplen
los mejores sueños, peligrosamente juntos».



UNA BRISA NOCTURNA

                A Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate

Vivían con las palabras precisas.
Con las suyas y con las de los otros:
con las de Fernando Pessoa y Rilke,
con las de Juan Ramón Jiménez,
con las de Stéphane Mallarmé.
Y esas palabras, en forma de versos,
andaban por la casa como pájaros 
inquietos, como las notas huidizas 
de una ópera o de un río de sílabas.
Vivían entre las piedras y el cielo, 
entre los búcaros y el aleteo
de las telas. Siempre había un olor
a madera y a intimidad cercada.
Los libros estaban cerca. Los discos,
los cuadernos y una cesta de frutas.
Al llegar la noche, él se retiraba 
a un palomar que era su obrador,
su estudio y el oratorio de la poesía.
Hablaba con Ofelia, con Zenobia,
con Beatriz, el delirio de Dante.
Congregaba a los espectros del verbo.
Había un instante en que ella subía
a sentarse a su lado: temblaba la luna
y encendía la fronda de los olivos.
Una brisa retornaba del campo
y entraba por la ventana para ellos.



UNA TARDE EN EL JARAMA

La escritora necesitaba la compañía del whisky
para soltarse la lengua. La suya era una vida
trabajada contra el destino y la ira. Estábamos
en una de esas cenas íntimas que suceden 
a una tertulia con público apasionado.
Una de esas cenas donde las confidencias
van y vienen, y con ellas los chismes, los secretos.
Cuando todos habíamos liquidado los postres,
ella dijo: “Ni los escritores sabemos nada de amor.
A mí me ocurrió. Me casé enamorada, fui madre
de inmediato, bebía los vientos por él, lo deseaba, 
lo deseaba tanto como la inspiración y la gloria.
Un día, no sé por qué, me cruzó la cara. Y tiró
una de mis libretas por la ventana: la seguí un instante, 
se caía al vacío como un pájaro condenado. 
En aquellas páginas hablaba de nosotros, de las noches

de pasión y de la nostalgia instantánea del sexo.
Me marché de casa poco después: con otra libreta,
malherida, humillada y sin nuestro único hijo.
Camilo José Cela, a quien siempre había visto como 
un ogro, me recogió en su casa. Me cedió un cuarto
y me dio todo su cariño y el de su mujer menuda.
Temblaba de día y de noche. Sufría con la luz.
Me habría arrojado por un precipicio. Soñaba.
Pensé que me había olvidado de escribir. Lloraba.
Un día me encontré con un hombre, afable, 
que miraba el vuelo de los gorriones del parque.
Que subía y bajaba de los tranvías. Dibujaba
y sonreía y montaba en bicicleta como un chiquillo.
Tuve la sensación de que él tampoco
esperaba nada del mundo ni de sus accidentes.
Le hablé. Concertamos varias citas. A orillas 
del Manzanares, en el Retiro, en un tren de cercanías.
En un cine de doble sesión. Allí nos besamos
cuando la pantalla se iluminó con los ojos líquidos
de Ingrid Bergman. ¿Por qué lloras tú también?
Nos fuimos a vivir juntos. Recuperé a la escritora 
que siempre había llevado dentro, y a la ebanista
que construía castillos y palacios y barcas a la deriva,
y a la niña artista que pintaba alondras en el bosque.
Ya no sabía bien si los dibujos eran míos o eran suyos.
Una tarde nos fuimos al Jarama. Recuerdo la corriente
agitada, los vencejos entre nubes de fuego, la brisa.



TESTIGOS DEL JARDÍN BOTÁNICO

                                         A Rafael Navarro. Fotógrafo

Les tengo miedo a los aviones, a los barcos y a las autopistas. Por
eso no me atrevo a viajar. Me desplazo con la imaginación: a los 
museos del mundo, a las ciudades como Praga, Venecia y Lima, a los
paisajes de la Toscana, a los cementerios lejanos y, sobre todo, a los
jardines. A los jardines botánicos de medio mundo. Me fascinan, me
enloquecen. Sueño con ser mota de luz, pájaro ínfimo, brizna del
valle o un golpe de viento para internarme en ellos como si fueran
mi hábitat, y yo un explorador incansable. Un coleccionista de aromas y de
colores. Sueño con no ser, ni siquiera fantasma 
invisible, y hacerme un cubículo entre las plantas. Por eso te llamé:
Ven. Te reservo una sorpresa. Se llama Testigos. Tampoco te dije 
más. No sabía si vendrías. Qué inquietud la del enamorado que
espera, qué llanto sordo se deslíe en silencio por todos los rincones
y, a la vez, qué ilusión, qué desvarío, qué ansiedad pervertida e
infantil. Yo me decía: ¿Y si viniera, si se atreviese a abandonar sus
últimos maniquíes, los poemas, los cigarrillos y el cieno oscuro de 
sus sueños, y viniera? Viniste. Con una resaca grandiosa de besos y 
de telas, de madrugada y de alcohol. Te abracé y, sin decirte nada, te
empujé hacia dentro. En letras bien grandes leíste: Testigos de Rafael
Navarro. Una exposición de fotos de naturaleza, de paisajes de
claridad tenue o nítida, de fronda voraginosa. Una muestra de los
viajes del fotógrafo a jardines botánicos de todo el mundo: Estados
Unidos, Roma, Milán, Londres, islas desconocidas. Te dije: “Vamos
a besarnos ante el corazón de la hiedra. Y allí, bajo la aureola de
ensueño de las corolas. Y allá, entre esa espesura de flores silvestres 
que huelen a mar y a girasoles». Nos besamos. Aquí, allá, y aún bajo
otra instantánea: esa que revela que una flor ha sido hendida por un 
insecto con su parsimonia obscena. Cuando apareció el guardia, me 
empujaste hacia un bosque de helechos, mojado por la lluvia.
Dijiste: «Ven. Saltemos dentro. Tú y yo nunca hemos estado en

el edén».



LA ISLA DEL CINE

El Cine Real era un paraíso en la oscuridad.
El centro de todas las fantasías, la isla del tesoro,
el campo de pruebas de las primeras pasiones imposibles:
íbamos al cine en los fines de semana a enamorarnos
irremediablemente. Antes de conocer el amor,
y quizá antes de haber saboreado el mar y sus mareas,
en la plenitud de la inocencia a punto de quebrarse,
quisimos a Ava Gardner, Edwige Fenech, Claudia Cardinale, Elsa Martinelli,
amábamos los ojos negros de Concha Velasco
y sus muslos deslumbrantes que no exigían ningún desnudo.
El Cine Real era como un refugio, tierra adentro,
mientras caía la lluvia y se encenagan las calzadas
y los campos de maíz y nuestras arboledas pobladas de caballos.
Todo podía suceder en el cine. En la pantalla, en nuestra
quimérica cabeza, en el temblor inesperado de la entrepierna
o quizá dos butacas más adelante, más atrás o en las de al lado.
O en aquel gallinero sombrío que olía a incertidumbre
y tentación. A veces solo batallaba la asfixia de los besos.

Todo podía suceder. Y un día, sábado, tercera y última sesión,
la de las diez, se estremecieron los planetas
y el silencio oscuro y mi corazón, zarandeado de súbito.
De repente, con su faldita breve y sus ojos encendidos,
apareció Isabel, mi prima, la que tenía molino y furgoneta,
la que había perdido un novio en el servicio militar,
allá en las marismas de Cádiz. La llamé y se sentó a mi lado.
Aproveché el NO-DO. Y le dije al oído las triviales confidencias
de quienes llevan algunas semanas sin verse.
Luego le hablé de lo poco que sabía de la película.
Se titulaba El día de la ira y la protagonizaba uno de mis actores favoritos: Giulianno Gemma

El malo malísimo era Lee Van Cleef. Un pistolero torvo.

No tardó en empezar la sesión.
Yo la miraba de reojo sin ser visto, o eso creía,
pero pronto me di cuenta de que ella hacía algo parecido.
Un brillo lateral parecía despertar centellas en su rostro.
O una luna gigante de misterio que irrumpe tras el vendaval.
Ladeó la cabeza hacia mi rostro y percibí su piel suave,
la olorosa textura de su media melena negra y arbolada de leves rizos.
Hubo un instante en que me cogió las manos, quizá fuese
solo la mano izquierda. La memoria me duele y me traiciona.
La llevó a su boca y la acarició con los labios.
Juraría que noté la humedad de su lengua.
El terciopelo de su saliva. La carnal densidad de mi propia lumbre.
La apretó, cedió en su presión, jugueteó con los dedos,
uno a uno, de dos en dos, no sé si recuerdo bien o lo invento.
Y entonces, cuando se levantaba el polvo y retumbaba
en el centro del desierto que avanza con su silbo de sierpe,
condujo mi mano hacia su pierna y allí la dejó, a solas,
con el afán quizá de que llegase hasta el centro inexpugnable.
La mano y mi pánico se quedaron indecisos, perplejos,
como quien teme arrojarse hacia el fondo de un precipicio.

Isabel, diez o veinte minutos después, me besó la oreja.
Me digo ahora, me justifico tal vez, tantos años después:
se impacientó de esperar y de mala conciencia.
Me sentí su amante secreto. El galán clandestino de la función
que aún no sabe cómo pecar en la penumbra.
Me puso una moneda en la mano y me la cerró con suavidad.
Era el tesoro inesperado de la isla del cine.
«Tengo que irme –dijo-. No soporto las películas del oeste.
Espero que sepas guardarme el secreto, primo».

Ha pasado más de media vida. El doble del tiempo del olvido.
A veces en la oscuridad, aún la siento: cercana, temblorosa, con los pies descalzos
y la falda corta de una actriz que desordena y paraliza mi deseo.

-De 'El musgo del bosque' de Antón Castro. Prensas Universitarias de Zaragoza: La Gruta de las palabras. Zaragoza, 2016. 81 páginas.



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