miércoles, 8 de diciembre de 2010

2383.- HUMBERTO FRANÇA


Humberto França (Caruaru, Brasil 1952) es Maestro en Historia y dirige el Centro de Literatura de la Fundación Joaquim Tabuco en Recife. Entre sus libros figuran A noite de um dia (1998) y Joaquim Nabuco, um pensador do Brasil (2005).




Traducciones de Horacio Castillo.



La batalla de la eternidad

Naves destruidas-
De las batallas fatídicas, las noticias.
El horror de los que regresaron,
la honra de los muertos profanada.

En el puerto, donde aguardas,
yacen los siervos lastimosos,
los sacerdotes humillados,
las vanas promesas de reparación.

Insomne, las vestiduras al viento,
sin inútiles lamentos,
contemplas tu océano.

Tus proyectos te destruirán.

Arden los monumentos.
Huyen, sin rumbo, los guerreros.
Fuego, caos-
ruinas de tu ciudad amada.

Resta el odiado exilio,
el recuerdo de los monumentos,
cuando perdiste,
por perfidia de los sabios,
por malhadados cálculos,
la batalla de tu eternidad.







Hoja intocada

Es delicioso ver un ave sorber el agua de la fuente.
El sol correr en el espejo,
la llama crepuscular despertar al felino que sueña.

Es delicioso ver cómo el mar lava un peñasco.
Y la extraña criatura canta en las profundidades,
con sonidos imperceptibles.

El ganado que, mansamente, se acuesta en las sombras
de la tarde y mueve, en silencioso rito, los cuernos hacia el sol, para comprender la luz
que declina al anochecer.

La leona toca, con el hocico frío, el barro tibio,
presiente en el aire la presa que pasa, distante.
La gacela que salta hacia la muerte, altiva y veloz
y los pájaros tardíos, sobre nidos flotantes.

Es delicioso ver la lechuza barriendo
la solitaria campiña, con nítido mirar
y la serpiente anidar en la templada roca.

Ver al perro, en soledad, dormir a los pies,
el rumor de una carne plena de sí misma,
y la mano exhausta que descansa
en la intocada hoja.








La noche de un día

Las hojas secas recubrían el lodo.
El lago dormía y croaban los sapos.
Tu mano se posó en mi costado,
una extraña antorcha ascendió en nosotros.

La luna, entre los arbustos,
espiaba tu cuerpo.
La piel en sueños,
al movimiento de la marea
en nuestra sangre.

Rápidos, los ojos de los felinos huían,
al percibir que hablabas,
sin que los labios se movieran.
Hasta que la madrugada abandonó el lago
y las luces nos encontraron muertos.








Perfumes

Tu mirar tiene perfumes.

Tu cuerpo está hecho de olores.
Esencias en las manos.
En los senos morenos, sándalo.

Del flanco emana un magnífico olor.
Dátiles aromáticos en los labios.
Perfumes de tu piel y de tu sangre,
aromas de tu cuerpo y del alma
en la incendiada carne-
en el cuerpo exangüe.







Sangre en el alma

Sangras en mi alma,
como un río fuera de cauce.
No llevaré la mano al pecho
en señal de arrepentimiento.
No elevaré una plegaria
a tu dios de pies de barro.

Y como quien asume un reino devastado, clamo,
sangras y más aún,
porque no creo en lo que afirmo
y mi boca está herida.



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