lunes, 30 de junio de 2014

ROSALÍA DE CASTRO [12.108]


Rosalía de Castro

Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1837 — Padrón, 15 de julio de 1885) fue una poetisa y novelista española que escribió tanto en lengua gallega como en lengua castellana. Considerada en la actualidad como una escritora indispensable en el panorama literario del siglo XIX, representa junto con Eduardo Pondal y Curros Enríquez una de las figuras emblemáticas del Rexurdimento gallego, no solo por su aportación literaria en general y por el hecho de que sus Cantares Gallegos sean entendidos como la primera gran obra de la literatura gallega contemporánea, sino por el proceso de sacralización al que fue sometida y que acabó por convertirla en encarnación y símbolo del pueblo gallego. Además, es considerada junto con Gustavo Adolfo Bécquer, como la precursora de la poesía española moderna.

Escribir en gallego en el siglo XIX, es decir, en la época en la que vivió Rosalía, no resultaba nada fácil por un gran número de razones, la mayor parte de ellas ligadas al pensamiento y estructuración de la sociedad del momento. La lengua gallega había quedado reducida a un mero dialecto, tan despreciado como desprestigiado, mostrándose cada vez más distante aquella época en la que había sido el idioma vehicular de la creación de lírica galaicoportuguesa (en forma de galaicoportugués). Toda la tradición escrita había sido perdida, por lo que se hacía necesario comenzar desde cero rompiendo con el sentimiento de desprecio e indiferencia hacia la lengua gallega, pero pocos eran los que se planteaban la tarea, pues esta constituiría un motivo de desprestigio social. En un ambiente en el que el castellano era la lengua de la cultura, al ser la lengua que la clase minoritaria dominante protegía, Rosalía de Castro le otorgó prestigio al gallego al usarlo como vehículo de su obra denominada Cantares Gallegos y afianzando el renacer cultural de la lengua.

Aunque fue una asidua cultivadora de la prosa, donde Rosalía sobresalió fue en el campo de la poesía, a través de la creación de las que pueden ser consideradas sus tres obras clave: Cantares Gallegos, Follas Novas y En las orillas del Sar. La primera de ellas representa un canto colectivo, artísticamente logrado, que sirvió de espejo dignificante a la comunidad gallega al emplearse la lengua de ésta, así como también fue útil para proseguir con la tendencia tímidamente iniciada por el pontevedrés Xoán Manuel Pintos con su obra titulada A Gaita Galega (1853). En la segunda, la escritora dio lugar a una poética de gran profundidad, que emplea el símbolo como método para expresar lo inefable y que revela la plurisignificación propia de la más elevada poesía; junto con las obras Aires da miña terra (Curros Enríquez), Saudades Gallegas (Valentín Lamas Carvajal) y Maxina ou a filla espúrea (Marcial Valladares Núñez) completa el conjunto de obras publicadas en la década de 1880 que hicieron de estos años una etapa clave en el desarrollo de la literatura gallega, si bien la obra de Rosalía siempre mantuvo una posición predominante con respecto al resto. Finalmente, en En las orillas del Sar se manifiesta un tono trágico que encaja con las duras circunstancias que rodearon los últimos años de la vida de Rosalía. Escrito en castellano, la obra ahonda en el lirismo subjetivo propio de Follas Novas al mismo tiempo que se consolidan las formas métricas que allí apuntaban. Inicialmente calificado de precursor y obviado por la crítica de su tiempo, hoy en día existen diferentes estudiosos que lo consideran como la principal creación poética de todo el siglo XIX.

En la actualidad, la figura de Rosalía de Castro y sus creaciones literarias continúan siendo objeto de una abundante bibliografía y recibiendo una constante atención crítica, tanto en el territorio español como en el extranjero. Es tal la aceptación y el interés que las obras de esta escritora despiertan en el mundo, que en las últimas décadas sus poemas han sido traducidos a idiomas como el francés, el alemán, el ruso y el japonés.

Infancia y juventud

Nació en la madrugada del 24 de febrero de 1837 en una casa localizada en el margen derecho del Camiño Novo, la antigua vía de entrada a la ciudad de Santiago de Compostela para todos aquellos viajeros procedentes de Pontevedra. Hija natural del sacerdote José Martínez Viojo (1798 - 1871) y María Teresa de la Cruz Castro y Abadía (1804 - 1862), una hidalga soltera de escasos recursos económicos, fue bautizada a las pocas horas de su nacimiento en la Capilla del Hospital Real por el presbítero José Vicente Varela y Montero, con los nombres de María Rosalía Rita y figurando como hija de padres desconocidos. Con frecuencia, los biógrafos de la escritora gallega han ocultado la condición eclesiástica de su padre, así como también trataron de obviar el hecho de que fue registrada como hija de padres desconocidos y que se libró de entrar en la Inclusa al hacerse cargo de ella su madrina María Francisca Martínez, fiel sirviente de la madre de la recién nacida.

«En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos treinta y seis, María Francisca Martínez, vecina de San Juan del Campo, fue madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos, llamándole María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la madrina, y va sin número por no haber pasado a la Inclusa; y para que así conste, lo firmo.»

Hasta cumplir los ocho años, Rosalía se encontró bajo la custodia de su tía paterna Teresa Martínez Viojo en la aldea de Castro de Ortoño, perteneciente al municipio coruñés de Ames. Es en esta época cuando la escritora toma conciencia de la dureza de la vida del labriego gallego, así como también será en esta parte de su vida cuando tenga conocimiento y vivencia del mundo rural propio de Galicia: la lengua, las costumbres, las creencias o las cantigas que tanto influyeron en su obra titulada Cantares Gallegos. Si bien no se conoce con exactitud la fecha en que la madre de Rosalía decide hacerse cargo de ella, se sabe que en torno al año 1850 la joven se traslada a la ciudad de Santiago de Compostela donde vivió junto a esta, aunque ya había convivido con anterioridad con ella en Padrón.Nota 1 Es en esta localidad gallega donde Rosalía recibió la instrucción que por aquel entonces era la más adecuada para una señorita (nociones básicas de dibujo y música), asistiendo de forma habitual a las actividades culturales promovidas por el Liceo de la Juventud junto con personalidades destacadas de la mocedad intelectual compostelana como Manuel Murguía (se duda si fue en este momento cuando conoce a Murguía o posteriormente, en su traslado a Madrid), Eduardo Pondal y Aurelio Aguirre. Todavía en la actualidad es motivo de discusión entre los diferentes críticos la relación que Rosalía mantuvo con Aurelio Aguirre, puesto que a pesar de que se desconoce si existió una relación sentimental entre ambos, la obra del mencionado sí que dejó huella en ciertos poemas de la escritora.

Madurez

En abril de 1856, Rosalía se trasladó a Madrid junto con la familia de su parienta María Josefa Carmen García-Lugín y Castro, en cuya compañía habitó la planta baja de la casa número 13 de la calle Ballesta. No se conoce con exactitud cuál fue el motivo que llevó a mudarse a la escritora, aunque Catherine Davis creyó posible que este hecho fuese debido al escándalo desencadenado a raíz del Banquete de Conxo, en el que desenvolvieron un papel relevante varios miembros del Liceo, como fueron Aguirre o Pondal. Un año después de llegar a Madrid, Rosalía publicó un folleto de poesías escrito en lengua castellana que recibió el título de La flor, siendo este acogido con simpatía por parte de Manuel Murguía, quien hizo referencia a él en La Iberia.

Posiblemente fue en Madrid, y no en el Liceo, donde Rosalía conoció a Murguía, con quien contrajo matrimonio el 10 de octubre de 1858 en la iglesia parroquial de San Ildefonso. Fue un amigo común el que posibilitó que ambos entablasen una relación que finalmente acabó en boda. Respecto de la relación que existió entre la pareja la crítica rosaliana sugiere diversas hipótesis, que van desde idílicos cuadros conyugales hasta posturas más que matizadas, que tomando como referencia escritos atribuidos a la poetisa, dibujan la psicología de una mujer solitaria, carente de felicidad y escéptica ante el amor. Sin embargo, Murguía fue la primera de las personas que animó a Rosalía en su quehacer literario, siendo él el responsable de la publicación de Cantares Gallegos. Tampoco le escatimó ni apoyo social ni intelectual en una época en la que la condición femenina era considerada como minusválida. Al año siguiente de casarse, Rosalía dio a luz en Santiago de Compostela a su primera hija, llamada Alejandra. A esta siguieron Aura (1862), que vino al mundo en el mismo año que feneció la madre de Rosalía; los gemelos Gala y Ovidio (1871); Amara (1873); Adriano Honorato (1875), que falleció a los diecinueve meses al precipitarse desde una mesa, y Valentina (1877), que nació muerta. Todos los hijos de Rosalía de Castro nacieron en Galicia, ya fuese en Lestrove, A Coruña o Santiago de Compostela.

El domicilio del matrimonio cambió en múltiples ocasiones, a lo que se añadió una separación del mismo a causa de las actividades profesionales de Murguía y graves problemas económicos derivados tanto de la inestabilidad laboral del mismo como de la parca salud de Rosalía. Todos estos factores configuran un panorama vital que contribuye a explicar la hipersensibilidad y el pesimismo de la escritora. En 1859, el matrimonio estaba residiendo en La Coruña. Luego pasa a Madrid, de donde Rosalía regresa a Santiago (1861) para volver a la capital española. Con posterioridad, existen referencias que permiten afirmar la presencia de la poetisa en Lugo y Santiago, además de algunos viajes que realizó el matrimonio a Extremadura, Andalucía, Castilla La Mancha y Levante. En el mes de septiembre de 1868 se produjo el levantamiento revolucionario español, conocido como La Gloriosa, pasando Murguía de ser secretario de la Junta de Santiago a director del Archivo de Simancas, cargo que ejerció durante dos años. A partir de este momento, la vida de Rosalía se desenvolvió entre Madrid y Simancas, siendo en la ciudad vallisoletana en la que escribió gran parte de las composiciones recogidas en Follas Novas. Es conveniente aclarar que en estos mismos años, es cuando se produjo el encuentro entre Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer. Desde 1871, Rosalía no sale de Galicia. Vivió a partir de este año en las Torres de Lestrove (donde residían sus parientes los Hermida de Castro), en Dodro (La Coruña), en Santiago de Compostela y Padrón, donde prácticamente se instala en 1875.

Últimos años

Los últimos años de la vida de Rosalía transcurrieron en la comarca de Padrón, lugar en el que se había consumido su infancia, así como buena parte de su juventud. La Casa grande de Arretén, nombre popular con que el que se conocía al pazo en el que había nacido su progenitora, ya no era de la propiedad de la familia, factor que propició que la escritora tuviese que residir en las Torres de Lestrove entre 1879 y 1882 mientras su marido se encargaba de la dirección en Madrid de La Ilustración Gallega y Asturiana. Finalmente, se trasladó junto con su familia a la casa llamada de La Matanza, situada en la parroquia de Iria.

Rosalía nunca disfrutó de una buena salud, pareciendo predestinada desde su juventud a una muerte temprana. Como detalle anecdótico señalar que a su médico principal, el catedrático D. Maximino Teijeiro, le dedica un libro poniéndole: "De su eterna enferma". También fue atendida, probablemente a requerimiento del anterior, por el cirujano y también catedrático D. Timoteo Sánchez Freire. De hecho, en las pocas cartas que se conservan y que ésta envió a su marido, con frecuencia se alude a las continuas dolencias que la atenazaban. Poco tiempo antes de fallecer, la escritora decidió pasar una temporada a las orillas del mar y por ello se trasladó a Santiago de Carril. Cierto tiempo después regresó al lugar de La Matanza, donde el cáncer de útero que padecía se fue complicando progresivamente desde 1883, mermando cada vez más a la ya de por sí débil salud de la escritora.Nota 2 Tras tres días de agonía falleció al mediodía del miércoles 15 de julio de 1885, en su casa de La Matanza, a consecuencia de una degeneración cancerosa del útero. El cuerpo inánime recibió sepultura al día siguiente en el cementerio de Adina, localizado en Iria Flavia, que curiosamente había sido cantado en una composición de Rosalía de Castro. No obstante, su cadáver fue exhumando el 15 de mayo de 1891 para ser llevado solemnemente a Santiago de Compostela, donde fue nuevamente sepultado en el mausoleo creado específicamente para la escritora por el escultor Jesús Landeira, situado en la capilla de la Visitación del Convento de Santo Domingo de Bonaval, en el presente Panteón de Galegos Ilustres.

Resultan especialmente ilustrativas las fidedignas líneas escritas por González Besada sobre los últimos momentos de Rosalía: «...recibió con fervor los Santos Sacramentos, recitando en voz baja sus predilectas oraciones. Encargó a sus hijos quemasen los trabajos literarios que, ordenados y reunidos por ella misma, dejaba sin publicar. Dispuso se la enterrara en el cementerio de Adina, y pidiendo un ramo de pensamientos, la flor de su predilección, no bien se lo acercó a los labios sufrió un ahogo que fue comienzo de su agonía. Delirante, y nublada la vista, dijo a su hija Alejandra: "abre esa ventana que quiero ver el mar", y cerrando sus ojos para siempre, expiró...». Sin embargo, desde Padrón es imposible ver el mar. Por ello resultan enigmáticas estas palabras puestas en boca de una persona para quién el mar fue una perenne tentación de suicidio.

Cantares Gallegos

Fue en 1863 cuando Manuel Murguía hizo entrega al impresor vigués Juan Compañel del manuscrito rosaliano de Cantares Gallegos, obra iniciadora del Rexurdimento pleno. Para comprender el origen de ésta, hay que tener presentes factores tales como la familiaridad de la poetisa con la música popular, la reivindicación romántica de las culturas tradicionales y de sus manifestaciones populares. Tal fue el éxito alcanzado por la obra que Rosalía de Castro fue invitada a participar en los Juegos Florales de Barcelona, aunque declinó el ofrecimiento. Además, escritores lusos de la generación de 1865, como son Antero de Quental o Teófilo Braga,manifestaron con prontitud su admiración por el libro, para en 1868 ser vertidos al catalán dos de los poemas de éste por parte de Víctor Balaguer.

Estructura y voces

El libro está enmarcado entre los poemas uno y treinta y seis, siendo prólogo y epílogo respectivamente. Además manifiesta una estructura circular al iniciarse con una composición en la que toma la voz una joven a quién convidan a cantar y al finalizar con la misma voz de la muchacha que se disculpa por su falta de habilidad para cantar las bellezas de Galicia.

De este modo, los poemas restantes quedan enmarcados por los que abren y cierran el discurso lírico y transformándose en una recreación de la artista popular que canta personalmente variopintos motivos, aunque en ciertos momentos le cede la voz a determinados tipos populares o incluso permite que en dos poemas hable la misma autora, concretamente en el número 25 y 33. En estos se hace evidente un yo lírico que puede entenderse como un método que Rosalía emplea con la intención de aparecer como un personaje popular más, dejándose patente su pertenencia a la comunidad rural.

Temática

En Cantares gallegos se encuentran recogidos cuatro núcleos temáticos fundamentales, que son el costumbrismo, el amor, el intimismo y en último lugar, el social-patriotismo.

Temática costumbrista: en un considerable número de composiciones predomina la descripción y la narración para presentar creencias, romerías, devociones o personajes característicos de la cultura popular gallega que Rosalía defendía frente a los estereotipos colonizadores.
Temática socio-patriótica: en este núcleo temático se engloban aquellas composiciones en las que la emigración, el abandono al que Galicia está condenada y la explotación de los gallegos en tierras extranjeras son los motivos a los que se recurre para criticar la situación de un pueblo gallego maltratado y reivindicar unos valores universales de justicia social.
Temática amorosa: Estos poemas nos muestran, desde una óptica popular, la manera de vivir el sentimiento amoroso diferentes personajes del pueblo en distintas circunstancias y situaciones.
Temática intimista: Se incluyen aquí "Campanas de Bastabales" y "Como chove miúdiño". La voz de la propia autora expresa sus sentimientos.

Follas novas

En 1880, Rosalía de Castro editó en la capital española el que fue su segundo y último libro de versos en lengua gallega, titulado Follas novas. Muchos de los poemas que componen el libro fueron redactados durante la estancia de la familia en Simancas (1869 - 1870), aunque también existen algunas creaciones literarias que datan de la década de 1870 y que antes de aparecer en el libro ya habían sido publicados en la prensa. El poemario se halla dividido en cinco partes (Vaguedás, Do íntimo, Varia, Da terra e As viuvas dos vivos e as viuvas dos mortos) de extensión variable y que no responden a una planificación previa, sino a una ordenación posterior a la elaboración de los textos.

Calificada como la obra más rica y profunda de Rosalía, Follas novas fue y sigue siendo considerada por buena parte de la crítica como el libro de transición entre la poesía colectiva de Cantares gallegos y el radical intimismo de En las orillas del Sar, en el que se da cabida a poemas de corte popular hasta creaciones que tratan el paso del tiempo y la muerte. También se caracteriza por ser una obra que tiene como trasfondo una notable intención social, que se manifiesta en la denuncia que la autora hace de la marginación del sexo femenino, de los niños huérfanos y de los campesinos, especialmente de aquellos que se habían visto en la obligación de emigrar ante las pésimas expectativas económicas del páís.

Estructura y núcleos temáticos

El libro se abre con una dedicatoria de la autora a la Sociedade de beneficiencia dos naturales de Galicia en La Habana, de la que había sido nombrada socia honoraria. A continuación aparece el prólogo de Emilio Castelar, al que sigue un significativo preámbulo de la escritora (titulado Dúas palabras da autora), en el que se explica la característica cohesión existente entre lo personal y lo social, entre los sufrimientos íntimos y las desgracias colectivas, que constituye el eje central del poemario. En este preámbulo, Rosalía pone de manifiesto su intención de no volver a escribir en gallego (cosa que reitera en una carta escrita a Murguía en julio de 1881).

Alá van, pois, as Follas novas, que mellor se dirían vellas, porque o son, e últimas, porque pagada xa a deuda en que me parecía estar coa miña terra, difícil é que volva a escribir máis versos na lengua materna.
Los núcleos temáticos básicos de Follas novas son dos: por un lado se diferencia un tipo de poesía subjetiva, que se corresponde con los dos primeros apartados en que se estructura el libro (Vaguidades y Do íntimo), donde la autora desenvuelve un discurso existencial pesimista y angustiado. Por otro lado existe una poesía objetiva, correspondiente a los apartados cuarto y quinto (Da terra y As viúvas dos vivos e as viúvas dos mortos), en la que se insiste en el aspecto reivindicativo de lo popular y del hombre gallego, y donde se tratan temas que ya aparecieran en Cantares gallegos, como la emigración y la injusticia social.

En el apartado tercero (Varia) coexisten trazas de la poesía objetiva y la subjetiva enseñando el complejo carácter que ofrece la realidad en toda su extensión para servir de puente entre la subjetividad de Do íntimo y la objetividad de Da terra.

La concepción de la vida

La obra poética, en la que el sentimiento constante y predominante es la saudade, nos ofrece una visión desolada del mundo y de la vida. También es reseñable la profundización en el yo que realiza la poetisa y que la lleva al descubrimiento de una saudade ontológica, un sentimiento misterioso e inefable de soledad sin relación con algo concreto, que está vinculado a la radical orfandad del ser humano. Esta tara existencial que Rosalía analiza desde su propia vivencia, se percibe como el hallazgo final de un proceso en el que la desgracia va marcando su vida por medio del sufrimiento y del dolor, siendo éste último inevitable, como nos lo revela en el poema Unha vez tiven un cravo. Ante esta situación, la única solución es la huida o pérdida absoluta de la conciencia.

Toda la visión desolada de la vida se intensifica con la angustia existencial que se deriva de la omnipresencia de un fantasma que atenaza su vida y que se manifiesta de forma especial en el símbolo oscuro, vago y polisémico de la negra sombra.

En las orillas del Sar

Rosalía, ésta publicó el que resultó ser su último libro de poemas, titulado En las orillas del Sar escrito íntegramente en lengua castellana. Aún no hay consenso entre la crítica literaria con respecto a la fecha en la que fueron creados los poemas recogidos en este libro. Sin embargo, las palabras de González Besada en su discurso de ingreso a la Real Academia Española marcaron a la crítica posterior, pues según el periódico El Progreso de Pontevedra, afirmaba que las creaciones ahora recogidas "En las orillas del Sar" han visto la luz pública en 1866. Por el momento han sido infructuosas todas las búsquedas del susodicho periódico, por lo que tampoco se puede afirmar que en él se encontrasen plasmadas las poesías rosalianas.

Compendio de obras prosísticas

Lieders (en lengua española, año 1858): este artículo publicado en El Álbum del Miño (Vigo) constituye el primer escrito en prosa en lengua castellana publicado por Rosalía de Castro, posiblemente como consecuencia de los comentarios favorables de Manuel Murguía y Benito Vicetto con respecto a su introducción en el ámbito poético.
La hija del mar (en lengua castellana, año 1859): su permanencia en Muxía le inspiró la ambientación de esta obra en prosa, que además fue la primera de las novelas de Rosalía. En ella se desenvuelve el tema del temperamento femenino, tratándose de un relato de marcado carácter reivindicativo en el que dos mujeres intentan defender su honra en medio de un ambiente predominantemente femenino.
Flavio (en lengua castellana, año 1861): en esta obra aparece por primera vez el tema del amor desengañado, siendo recurrente en la poesía que cultivó a partir de este momento. Se trata de una novela de la etapa de la juventud de la autora, quién la define como un «ensayo de novela».
El caballero de las botas azules (en lengua castellana, año 1867): considerada por la crítica la más interesante de las novelas de Rosalía y calificada por ésta como un «cuento extraño», constituye una enigmática fantasía satírica en la que la escritora gallega expone un surtido de relatos de corte lírico-fantástico con trazos costumbristas que tiene el objetivo de satirizar tanto la hipocresía como la ignorancia de la sociedad madrileña. Confluyen en su composición elementos provenientes de dos campos, como son la libre imaginación (influencia de E. T. A. Hoffmann) y la sátira realista de costumbres.
Hay en Madrid un palacio extenso y magnífico, como los que en otro tiempo levantaba el diablo para encantar a las damas hermosas y andantes caballeros. Vense en él habitaciones que por su elegante coquetería pudieran llamarse nidos de amor, y salones grandes como plazas públicas cuya austera belleza hiela de espanto el corazón y hace crispar los cabellos. Todo allí es agradable y artístico, todo impresiona de una manera extraña produciendo en el ánimo efectos mágicos que no se olvidan jamás.
Fragmento del capítulo I de la novela El caballero de las botas azules
Conto gallego (en lengua gallega, año 1864): apareció por primera vez en una publicación periódica en el año 1864, y hasta el descubrimiento de esta edición sólo se tenía conocimiento de la publicación realizada por Manuel de Castro y López en su Almanaque gallego de Buenos Aires, en el año 1923. El cuento refiere un motivo tradicional de la literatura misógina en la que dos amigos hacen una apuesta con la intención de demostrar cual de ellos logra seducir a la viúda el mismo día del entierro de su marido. El trazo característico del cuento es la economía narrativa: la trama se centra en el diálogo existente entre los personajes, mientras que la voz narradora limita sus intervenciones hasta lo imprescindible.

Las literatas (en lengua castellana, año 1866).

El cadiceño (en lengua castellana, año 1866): cuento de carácter satírico, en el que ciertos personajes se expresan en castrapo, una variante popular del castellano caracterizada por el uso de vocabulario y de expresiones tomadas del idioma gallego que no existen en castellano.
Ruinas (en lengua castellana, año 1866): es un cuadro de costumbres centrado alrededor de tres tipos humanos, tres habitantes de una pequeña villa, ejemplares por sus valores espirituales, que se sobreponen a su decadencia social.
El primer loco (en lengua castellana, año 1881): es una novela breve, en la que Rosalía obvia la moda realista del momento para retornar a las fórmulas románticas de su etapa más juvenil.
El domingo de ramos (en lengua castellana, año 1881).
Padrón y las inundaciones (en lengua castellana y publicado en La Ilustración Gallega y Asturiana, el 28 de febrero y el 8, 18 y 28 de marzo de 1881).
Costumbres gallegas (en lengua castellana, año 1881): en este artículo, Rosalía critica la costumbre que existía en el litoral gallego de ofrecer una mujer de la familia al marinero recién arribado. Cumple destacar que el escrito fue objeto de críticas muy duras, dentro del territorio gallego.

Lengua literaria

Categoría principal: Obras de Rosalía de Castro

El idioma que tenían a su disposición los iniciadores del Renacimiento romántico, que eran unos completos desconocedores de los textos medievales, era una lengua dialectal empobrecida, muy erosionada por la lengua oficial y fragmentada en variedades comarcales.

No se puede afirmar que Rosalía de Castro escribiese en un dialecto determinado, aunque su elástico sistema de normas lingüísticas tenga como base geográfica las hablas de las comarcas bañadas por el Sar y el Ulla, con una clara tendencia al seseo. Como consecuencia de la precaria situación en la que se encontraba la lengua gallega escrita de la época, Rosalía solía emplear vulgarismos (probe en lugar de pobre, espranza en lugar de esperanza y dreito en lugar de dereito son algunos ejemplos), hipergalleguismos (concencia o pacencia son dos ejemplos) y castellanismos (dicha, Dios, conexo...). También son habituales en sus obras las variaciones léxicas (frores, frois, froles o dor, dore, delor) y morfológicas, cuando se adoptando diferentes soluciones para la formación del plural de las palabras agudas.

A pesar de todo, a Rosalía le interesa más la vivacidad que la pureza de la lengua gallega que usa para expresarse, lo que deja patente en el prólogo de Cantares gallegos. Es allí donde se dice que a pesar de carecer de gramáticas y de reglas que propiciarán la aparición de errores ortográficos, la autora puso su mayor cuidado en reproducir el verdadero espíritu del pueblo gallego.

Importancia y significado de su obra en gallego

Con la publicación de Cantares Gallegos en el año 1863 se alcanzó el momento culmen del Rexurdimento de las letras gallegas, así como se marcó un punto de inflexión en la historia de la literatura gallega. Con un elevado ejercicio lingüístico y literario, la escritora prestigió al gallego como lengua literaria (si bien este idioma ya había sido utilizado para la creación literaria, como sucede con la lírica galaicoportuguesa) y reivindicó su uso. Además, por medio de los temas tratados en Cantares Gallegos, Rosalía otorga a su obra un carácter sociopolítico reflejando las duras y pésimas condiciones bajo las que se encontraba la sociedad rural gallega, al mismo tiempo que reivindicaba al gallego frente al castellano, y a Galicia frente al resto de España. Se puede decir que Rosalía pretendió defender y redescubrir a la cultura e identidad gallega, las cuales habían sido obviadas por la ideología centralista estatal. La huella de Cantares Gallegos quedó reflejada tanto en la posterior producción literaria como en el mismo pueblo gallego, que al verse reflejado en la obra rosaliana tomó conciencia de su propia dignidad. El éxito del libro se debió a la extraordinaria conexión que existió entra la escritora y las gentes de su región, llegándose al extremo de que el pueblo llegó a asumir un gran número de poemas y estrofas como versos comunitarios.

Con Follas novas Rosalía creó un universo nuevo y extremadamente personal, en el que el puro lirismo intimista alcanza la más alta realización artística, más allá de las vivencias estéticas, en una continua y angustiada pregunta sobre el sentido de la existencia humana. La poesía que se recoge en esta obra revela la conflictividad de un mundo en el que no existen valores eternos y verdades absolutas, y donde el ser humano se encuentra totalmente solo. Es la cosmovisión pesimista y angustiada la que trasluce la crisis de valores de la sociedad capitalista frente a la seguridad de la sociedad patriarcal, que aparece en descomposición por la acción de aquella.

Las críticas e influencias posteriores

La valoración de la obra rosaliana y la mitificación de la escritora se produjeron tras el fallecimiento de la misma, puesto que a lo largo de su vida esta fue permanentemente menospreciada y marginada, quedando fuera de escritos tan relevantes como La literatura en 1881 de Leopoldo Alas y Armando Palacio Valdés. Fue necesario esperar hasta los modernistas y la generación del 98 para que reconocieran en Rosalía a una creadora afín a su espíritu.

Los mayores promotores de Rosalía de Castro fueron los escritores del 98, quienes la dieron a conocer a través de sus escritos en toda la geografía española y en la América hispanohablante, valiéndose de su gran reconocimiento social y de la reedición de muchas de las páginas que fueron escritas por ellos y que versaban sobre la escritora. Principalmente, fueron Azorín y Miguel de Unamuno los más acérrimos valedores de Rosalía, quienes le dedicaron entre 1911 y 1912 un total de seis artículos que versaban sobre la escritora gallega. El resto de literatos noventayochistas no se pronunciaron en favor de Rosalía de Castro, y si lo hicieron fue de una forma muy tenue, como hizo Antonio Machado con una lacónica y tardía observación sobre la poetisa. Destacó también Ramón María del Valle-Inclán, pero en este caso por las duras críticas y juicios negativos que le dedicó a la obra rosaliana, a pesar de ser amigo de su marido, Manuel Murguía, quien se había encargado de la redacción del prólogo de la obra titulada Femeninas, del mismo Valle Inclán.

El independiente Juan Ramón Jiménez también se hizo eco de la obra rosaliana, dedicándole todo tipo de elogios y considerándola como la predecesora de la revolución poética iniciada por Rubén Darío. Considerándola una poeta del litoral, al igual que hacía con Bécquer, Jiménez le otorga el calificativo de innovadora y precursora del modernismo español.

Día de las Letras Gallegas

El 20 de marzo de 1963, tres miembros numerarios de la Real Academia Gallega, concretamente Francisco Fernández del Riego, Manuel Gómez Román y Xesús Ferro Couselo, enviaron una carta al que por aquel entonces ostentaba el cargo de presidente de la institución, Sebastián Martínez Risco, en la que se sometía a consideración de la Junta General la propuesta de celebrar el centenario de la publicación de la obra Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro. El 28 de abril, a consecuencia de la propuesta elevada al presidente, tiene lugar una Junta ordinaria en los salones municipales cuyo resultado fue la declaración del Día das Letras Galegas el 17 de mayo de cada año, quedando reflejada tal decisión en la acta de la sesión.

Todos sabemos que o libro rosalián editado en 1863, ten sido a primeira obra maestra con que contóu a Literatura Galega Contemporánea. A súa aparición veu a lle dar prestixio universal á nosa fala como instrumento de creación literaria. Representa, pois, un fito decisivo na historia da renacencia cultural de Galicia. Todos sabemos que el libro rosaliano editado en 1863, ha sido la primera obra maestra con la que contó la Literatura Gallega Contemporánea. Su aparición le proporcionó prestigio universal a nuestra habla como instrumento de creación literaria. Representa, pues, un hecho decisivo en la historia del renacimiento cultural de Galicia.
Punto primero de la carta.

Ninguén desconoce que o libro ten unha forza simbólica estraordinaria. Sendo a amosa máis reveladora do nivel cultural dos pobos, non é de estranar o afán de esparexelo e de lle abrir camiños pra ensanchar o ámpido dos seus leitores. No caso de Galicia, ningunha data máis axeitada pra enaltecer e difundir o libro eiquí producido, que a que conmemora a pubricación da obra coa que se encetóu o prestixio contemporáneo das Letras galegas. Nadie desconoce que el libro tiene una fuerza simbólica extraordinaria. Siendo la muestra más reveladora del nivel cultural de los pueblos, no es de extrañar el afán de esparcirlo y de abrir caminos para ensanchar el ámbito de sus lectores. En el caso de Galicia, ninguna fecha es más ajustada para ensalzar y difundir el libro aquí producido, que la que conmemora la publicación de la obra con la que se formó el prestigio contemporáneo de la Letras Gallegas.
Punto quinto de la carta.

A los dos días de alcanzarse un acuerdo en el seno de la institución, el presidente de la Real Academia Gallega procedió a la comunicación del mismo al Ministerio de Información y Turismo solicitando su permiso para poder llevar a buen término la iniciativa. El 14 de mayo, el delegado provincial del Ministerio al que se había acudido respondió de manera positiva a la propuesta. Así, aquel año de 1963 se honró lo figura de Rosalía por medio de diversos actos que fueron promovidos por la institución académica, teniendo esto como sede principal la ciudad de La Coruña. No obstante, en otras ciudades de toda Galicia también se promovieron distintos homenajes y actos con el objetivo de honrar tanto a la autora como a su obra.

Reconocimientos

En la actualidad, son varias las instituciones, espacios públicos y bienes de consumo designados con el nombre de Rosalía de Castro, poniendo esto de manifiesto el arraigo social que tiene la figura de la poetisa. De este modo, es posible encontrar centros de educación tanto en la Comunidad Autónoma de Galicia como en el resto de regiones de España, en Rusia, Venezuela (Teatro Rosalía de Castro) o en Uruguay llamados igual que la escritora, a lo que se debe añadir numerosos parques, plazas y calles, asociaciones culturales, premios otorgados a personas íntimamente vinculadas a la lengua gallega y española, bibliotecas, agrupaciones folclóricas, coros musicales e incluso un vino con Denominación de Origen Rías Baixas. Sin embargo, resulta curioso que un avión de la compañía Iberia, así como una aeronave perteneciente a Salvamento Marítimo, hayan sido bautizados igual que la escritora. Obviamente, también son varios los monumentos (placas conmemorativas y esculturas principalmente) dedicados a su figura en diversos países del mundo.

Con la emisión del 23 de octubre de 1979 apareció el último de los billetes de 500 pesetas, puesto que este sería substituido en 1987 por monedas de igual valor. El billete se distinguía por presentar en el anverso el retrato de Rosalía de Castro, grabado por Pablo Sampedro Moledo, así como por mostrar en el reverso la Casa-Museo de Rosalía sita en Padrón y unos versos con la caligrafía de su autora, pertenecientes a la obra Follas Novas. De esta forma, Rosalía de Castro se convirtió junto con Isabel la Católica, en el único personaje femenino no alegórico retratado en el anverso de un billete propiamente español.



Ángel

Todo duerme... del aire, el soplo blando
Callado va, con temeroso vuelo
El aroma esparciendo de las rosas;
Brilla la luna, y sueñan con el cielo
Los niños que reposan, contemplando
Flores, luz y pintadas mariposas.

¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,
Dormid en paz, que os cubren con sus alas
Los blancos y amorosos serafines,
Y adornándoos a un tiempo con sus galas
Hacen que en ondas os regale el viento
Blando aroma de lirios y jazmines.

Y, en tanto, el astro de la noche, lento,
Pálido, melancólico y suave,
Del aire azul recorre los espacios,
Globo de plata o misteriosa nave,
Vaga a través del ancho firmamento,
Por cima de cabañas y palacios.

Su tibia luz refléjase en la tierra
Como del alba la primer sonrisa
Que va a alegrar las aguas de la fuente;
Y al rizarse los mares con la brisa,
Cuanto su seno de hermosura encierra
Muéstrase allí, brillante y transparente.

Las plantas y los céfiros susurran
Con blando son, y acentos misteriosos
Lanza, al pasar, el murmurante río,
Y a través de los árboles frondosos
Las estrellas inmóviles fulguran
Chispas de luz en su ámbito sombrío.

Todo es reposo, y soledad, y sueño...
Sueño aparente y soledad mentida,
En el mundo del hombre... ¡hermoso mundo
Cuando, mintiendo, a amarle nos convida!
Y es que en que fuese amado puso empeño,
Quien llena cielo y tierra, y mar profundo.

Mas... ¿qué pálida sombra cruza el prado...
Errante, sola, fugitiva y leve?
Como si fuese en pos de un bien perdido,
Apenas al pasar las hojas mueve.
Y vaga al pie del monte y del collado
Cual tortolilla en torno de su nido.

Virgen parece por la undosa falda
Y por la blonda y larga cabellera,
Que el viento de la noche manso agita;
Bello es su rostro y dulce la manera
Con que pisa la alfombra de esmeralda,
Mientras su seno con ardor palpita.

¡Pobre mujer!... ¿Qué culpa, qué pecado
Como aguijón la ha herido en su inocencia,
Que el calor de su lecho así abandona?
Yo sondaré el dolor de tu conciencia,
Que no en vano a la tierra he descendido,
En nombre del Señor que la perdona.





Busca y anhela el sosiego

Busca y anhela el sosiego...
Mas, ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
Dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
Cual hoy, en su eterno afán,
De hallar el bien que ambiciona
-Cuando sólo encuentra el mal-,
Siempre a soñar condenado,
Nunca puede sosegar.





Del antiguo camino a lo largo

Del antiguo camino a lo largo,
Ya un pinar, ya una fuente aparece,
Que brotando en la peña musgosa
Con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
Entre un mar de verdura se pierden,
Dividiéndose en limpios arroyos
Que dan vida a las flores silvestres
Y en el Sar se confunden, el río
Que cual niño que plácido duerme,
Reflejando el azul de los cielos,
Lento corre en la fronda a esconderse.
No lejos, en soto profundo de robles,
En donde el silencio sus alas extiende,
Y da abrigo a los genios propicios,
A nuestras viviendas y asilos campestres,
Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
O las llamo, respóndenme y vienen.





Del rumor cadencioso de la onda

Del rumor cadencioso de la onda
Y el viento que muge;
Del incierto reflejo que alumbra
La selva o la nube;
Del piar de alguna ave de paso;
Del agreste ignorado perfume
Que el céfiro roba
Al valle o a la cumbre,
Mundos hay donde encuentran asilo
Las almas que al peso
Del mundo sucumben.





Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
De mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

-Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
Con la eterna primavera de mi vida que se apaga
Y la perenne frescura de los campos y las almas,
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?






En los ecos del órgano, o en el rumor del viento

En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
En el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
Te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
Sin encontrarte nunca.
Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
Otra vez de la vida en la batalla ruda,
Ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
Sin encontrarte nunca.
Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
Hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
Por eso vive triste, porque te busca siempre,
Sin encontrarte nunca.





Era apacible el día

Era apacible el día
Y templado el ambiente
Y llovía, llovía,
Callada y mansamente;
Y mientras silenciosa
Lloraba yo y gemía,
Mi niño, tierna rosa,
Durmiendo se moría.

Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

Tierra sobre el cadáver insepulto
Antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
Bien pronto en los terrones removidos
Verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
Jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
Para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
Te espera aún con amorosa afán,
Y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
Allí donde nos hemos de encontrar.

Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
Que no morirá jamás,
Y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
A desunir ya nunca volverá.

En el cielo, en la tierra, en lo insondable
Yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
Ni puede tener fin la inmensidad.

Mas... es verdad, ha partido,
Para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
De un día en este mundo terrenal,
En donde nace, vive y al fin muere,
Cual todo nace, vive y muere acá.

Una luciérnaga entre el musgo brilla
Y un astro en las alturas centellea,
Abismo arriba, y en el fondo abismo;
¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
En vano el pensamiento
Indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
Siempre al llegar al término ignoramos
Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

Arrodillada ante la tosca imagen,
Mi espíritu, abismado en lo infinito,
Impía acaso, interrogando al cielo
Y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
Con sus ecos responde a mis gemidos
Desde la altura, y sin esfuerzo el llano
Baña ardiente mi rostro enflaquecido.
¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
Lo puedes ver y comprender, Dios mío!

¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
Piadoso y compasivo
Vuelve a mis ojos la celeste venda
De la fe bienhechora que he perdido,
Y no consientas, no, que cruce errante,
Huérfano y sin arrimo
Acá abajo los yermos de la vida,
Más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
E impasible el divino
Rostro del Redentor, deja que envuelto
En sombras quede el humillado espíritu.
Silencio siempre; únicamente el órgano
Con sus acentos místicos
Resuena allá de la desierta nave
Bajo el arco sombrío.

Todo acabó quizás, menos mi pena,
Puñal de doble filo;
Todo menos la duda que nos lanza
De un abismo de horror en otro abismo.

Desierto el mundo, despoblado el cielo,
Enferma el alma y en el polvo hundido
El sacro altar en donde
Se exhalaron fervientes mis suspiros,
En mil pedazos roto
Mi Dios, cayó al abismo,
Y al buscarle anhelante, sólo encuentro
La soledad inmensa del vacío.

De improviso los ángeles
Desde sus altos nichos
De mármol me miraron tristemente
Y una voz dulce resonó en mi oído:
"Pobre alma, espera y llora
A los pies del Altísimo:
Mas no olvides que al cielo
Nunca ha llegado el insolente grito
De un corazón que de la vil materia
Y del barro de Adán formó sus ídolos."





Estaciones

Adivínase el dulce y perfumado
Calor primaveral;
Los gérmenes se agitan en la tierra
Con inquietud en su amoroso afán,
Y cruzan por los aires, silenciosos,
Átomos que se besan al pasar.
Hierve la sangre juvenil; se exalta
Lleno de aliento el corazón, y audaz
El loco pensamiento sueña y cree
Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
No importa que los sueños sean mentira,
Ya que al cabo es verdad
Que es venturoso el que soñando muere,
Infeliz el que vive sin soñar.
¡Pero qué aprisa en este mundo triste
Todas las cosas van!
¡Que las domina el vértigo creyérase!...
La que ayer fue capullo, es rosa ya,
Y pronto agostará rosas y plantas
El calor estival.
Candente está la atmósfera;
Explora el zorro la desierta vía:
Insalubre se torna
Del limpio arroyo el agua cristalina,
El pino aguarda inmóvil
Los besos inconstantes de la brisa.
Imponente silencio
Agobia la campiña;
Sólo el zumbido del insecto se oye
En las extensas y húmedas umbrías;
Monótono y constante
Como el sordo estertor de la agonía.
Bien pudiera llamarse, en el estío,
La hora del mediodía,
Noche en que al hombre de luchar cansado
Más que nunca le irritan,
De la materia la imponente fuerza
Y del alma las ansias infinitas.
Volved, ¡oh, noches de invierno frío,
Nuestras viejas amantes de otros días!
Tornad con vuestros hielos y crudezas
A refrescar la sangre enardecida
Por el estío insoportable y triste...
¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!
Frío y calor, otoño o primavera,
¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?
Hermosas son las estaciones todas
Para el mortal que en sí guarda la dicha;
Mas para el alma desolada y huérfana,
No hay estación risueña ni propicia.






Hora tras hora

Hora tras hora, día tras día,
Entre el cielo y la tierra que quedan
Eternos vigías,
Como torrente que se despeña,
Pasa la vida.

Devolvedle a la flor su perfume
Después de marchita;
De las ondas que besan la playa
Y que una tras otra besándola expiran.
Recoged los rumores, las quejas,
Y en planchas de bronce grabad su armonía.

Tiempos que fueron, llantos y risas,
Negros tormentos, dulces mentiras,
¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
En dónde, alma mía?






La canción que oyó en sueños el viejo (fragmento)

De pronto el corazón, con ansia extrema
Mezclada a un tiempo de placer y espanto,
Latió, mientras su labio murmuraba:
"¡No, los muertos no vuelven de sus antros!

Él era y no era él; mas su recuerdo,
Dormido en lo profundo
Del alma, despertóse con violencia
Rencoroso y adusto.

-No soy yo, ¡pero soy! -murmuró el viento--,
Y vuelvo, amada mía,
Desde la eternidad para dejarte
Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

"¡Aún has de ser feliz! -te dije un tiempo,
Cuando me hallaba al borde de la tumba-.
Aún has de amar-; y tú, con fiero enojo,
Me respondiste: "¡Nunca!-

"¡Ah! ¿Del mudable corazón has visto
Los recónditos pliegues?-,
Volví a decirte. y tú, llorando a mares,
Repetiste: "¡Tú solo, y para siempre!..

Después, era una noche como aquéllas;
Y un rayo de la luna, el mismo acaso
Que a ti y a mí nos alumbró importuno,
Os alumbraba a entrambos.

Cantaba un grillo en el vecino muro,
Y todo era silencio en la campiña,
¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,
Sombra, remordimiento o pesadilla.

Mas tú, engañada recordando al muerto,
Pero también del vivo enamorada,
Te olvidaste del cielo y de la tierra
Y condenaste el alma.

Una vez, una sola,
Aterrada volviste de ti misma,
¡Como para sentir mejor la muerte,
De la sima al caer, vuelve la víctima!
Y aún entonces, ¡extraño cuanto horrible
Reflejo del pasado!,
El abrazo convulso de tu amante
Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

"¡Aún has de ser feliz!-, te dije un tiempo,
Y me engañé. No puede
Serlo quien lleva la traición por guía,
Y a su sombra mortífera se duerme.

"¡Aún has de amar!-, te repetí, y amaste,
Y protector asilo
Diste, desventurada, a una serpiente
En aquel corazón que fuera mío.

Emponzoñada estás; odios y penas
Te acosan y persiguen,
Y yo casi con lástima contemplo
Tu pecado y tu mancha irredemibles.

¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba
Ardientemente y te amo todavía!...
Vuelvo para dejarte
Ver otra vez mi incrédula sonrisa.







Lágrima triste en mi dolor vertida

A la memoria de Aurelio Aguirre.

Lágrima triste en mi dolor vertida,
Perla del corazón que entre tormentas
Fue en largas horas de pesar nacida,
En fúnebre memoria convertida
La flor será que a tu corona enlace;
Las horas de la vida turbulentas
Ajan las flores y el laurel marchitan;
Pero lágrimas, ¡ay!, que el alma esconde,
Llanto de duelo que el dolor fecunda,
Si el triste hueco de una tumba anega
Y sus húmedos hálitos inunda,
Ni el sol de fuego que en Oriente nace
Seco su manantial a dejar llega
Ni en sutiles vapores le deshace,
¡Y es manantial fecundo el llanto mío
Para verter sobre un sepulcro amado
De mil recuerdos caudaloso río!






Las campanas

Yo las amo, yo las oigo,
Cual oigo el rumor del viento,
El murmurar de la fuente
O el balido de cordero.

Como los pájaros, ellas,
Tan pronto asoma en los cielos
El primer rayo del alba,
Le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van prolongándose
Por los llanos y los cerros,
Hay algo de candoroso,
De apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡Qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en la iglesia!
¡Qué extrañeza entre los muertos!






Los robles


1

Allá en tiempos que fueron, y el alma
Han llenado de santos recuerdos,
De mi tierra en los campos hermosos,
La riqueza del pobre era el fuego,
Que al brillar de la choza en el fondo,
Calentaba los rígidos miembros
Por el frío y el hambre ateridos
Del niño y del viejo.

De la hoguera sentados en torno,
En sus brazos la madre arrullaba
Al infante robusto;
Daba vuelta, afanosa la andana
En sus dedos nudosos, al huso,
Y al alegre fulgor de la llama,
Ya la joven la harina cernía,
O ya desgranaba
Con su mano callosa y pequeña,
Del maíz las mazorcas doradas.

Y al amor del hogar calentándose
En invierno, la pobre familia
Campesina, olvidaba la dura
Condición de su suerte enemiga;
Y el anciano y el niño, contentos
En su lecho de paja dormían,
Como duerme el polluelo en su nido
Cuando el ala materna le abriga.


2

Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
En tierra cayeron
Encinas y robles!;
Y a los rayos del alba risueña,
¡Qué calva aparece
La cima del monte!

Los que ayer fueron bosques y selvas
De agreste espesura,
Donde envueltas en dulce misterio
Al rayar el día
Flotaban las brumas,
Y brotaba la fuente serena
Entre flores y musgos oculta,
Hoy son áridas lomas que ostentan
Deformes y negras
Sus hondas cisuras.

Ya no entonan en ellas los pájaros
Sus canciones de amor, ni se juntan
Cuando mayo alborea en la fronda
Que quedó de sus robles desnuda.
Sólo el viento al pasar trae el eco
Del cuervo que grazna,
Del lobo que aúlla.


3

Una mancha sombría y extensa
Borda a trechos del monte la falda,
Semejante a legión aguerrida
Que acampase en la abrupta montaña
Lanzando alaridos
De sorda amenaza.

Son pinares que al suelo, desnudo
De su antiguo ropaje, le prestan
Con el suyo el adorno salvaje
Que resiste del tiempo a la afrenta
Y corona de eterna verdura
Las ásperas breñas.

Árbol duro y altivo, que gustas
De escuchar el rumor del Océano
Y gemir con la brisa marina
De la playa en el blanco desierto,
¡Yo te amo!, y mi vista reposa
Con placer en los tibios reflejos
Que tu copa gallarda iluminan
Cuando audaz se destaca en el cielo,
Despidiendo la luz que agoniza,
Saludando la estrella del véspero.

Pero tú, sacra encina del celta,
Y tú, roble de ramas añosas,
Sois más bellos con vuestro follaje
Que si mayo las cumbres festona
Salpicadas de fresco rocío
Donde quiebra sus rayos la aurora,
Y convierte los sotos profundos
En mansión de gloria.

Más tarde, en otoño
Cuando caen marchitas tus hojas,
¡Oh roble!, y con ellas
Generoso los musgos alfombras,
¡Qué hermoso está el campo;
La selva, qué hermosa!

Al recuerdo de aquellos rumores
Que al morir el día
Se levantan del bosque en la hondura
Cuando pasa gimiendo la brisa
Y remueve con húmedo soplo
Tus hojas marchitas
Mientras corre engrosado el arroyo
En su cauce de frescas orillas,

Estremécese el alma pensando
Dónde duermen las glorias queridas
De este pueblo sufrido, que espera
Silencioso en su lecho de espinas
Que suene su hora
Y llegue aquel día
En que venza con mano segura,
Del mal que le oprime,
La fuerza homicida.


4

Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
Cariñosa a la escueta montaña
Donde un tiempo la gaita guerrera105
Alentó de los nuestros las almas
Y compás hizo al eco monótono
Del canto materno,
Del viento y del agua,
Que en las noches del invierno al infante
En su cuna de mimbre arrullaban.

Que tan bello apareces, ¡oh roble!
De este suelo en las cumbres gallardas
Y en las suaves graciosas pendientes
Donde umbrosas se extienden tus ramas,
Como en rostro de pálida virgen
Cabellera ondulante y dorada,
Que en lluvia de rizos
Acaricia la frente de nácar.

¡Torna presto a poblar nuestros bosques;
Y que tornen contigo las hadas
Que algún tiempo a tu sombra tejieron
Del héroe gallego
Las frescas guirnaldas!


15

Alma que vas huyendo de ti misma,
¿Qué buscas, insensata, en las demás?
Si secó en ti la fuente del consuelo,
Secas todas las fuentes has de hallar.
¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
Y hay en la tierra flores perfumadas!
¡Sí...! Mas no son ya aquellas
Que tú amaste y te amaron, desdichada.


16

Cuando recuerdo del ancho bosque
El mar dorado
De hojas marchitas que en el otoño
Agita el viento con soplo blando,
Tan honda angustia nubla mi alma,
Turba mi pecho,
Que me pregunto:
"¿Por qué tan terca,
Tan fiel memoria me ha dado el cielo?"


17

Del antiguo camino a lo largo,
Ya un pinar, ya una fuente aparece,
Que brotando en la peña musgosa
Con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
Entre un mar de verdura se pierden,
Dividiéndose en limpios arroyos
Que dan vida a las flores silvestres
Y en el Sar se confunden, el río
Que cual niño que plácido duerme,
Reflejando el azul de los cielos,
Lento corre en la fronda a esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,
En donde el silencio sus alas extiende,
Y da abrigo a los genios propicios,
A nuestras viviendas y asilos campestres,
Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
O las llamo, respóndenme y vienen.


18

Ya duermen en su tumba las pasiones
El sueño de la nada;
¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
O gusano que llevo en mis entrañas?
Yo sólo sé que es un placer que duele,
Que es un dolor que atormentando halaga,
Llama que de la vida se alimenta,
Mas sin la cual la vida se apagara.


19

Creyó que era eterno tu reino en el alma,
Y creyó tu esencia, esencia inmortal;
Mas, si sólo eres nube que pasa,
Ilusiones que vienen y van,
Rumores del onda que rueda y que muere
Y nace de nuevo y vuelve a rodar,
Todo es sueño y mentira en la tierra,
¡No existes, verdad!


20

Ya siente que te extingues en su seno,
Llama vital, que dabas
Luz a su espíritu, a su cuerpo fuerzas,
Juventud a su alma.

Ya tu calor no templará su sangre,
Por el invierno helada,
Ni harás latir su corazón, ya falto
De aliento y de esperanza.

Será cual astro que apagado y solo,
Perdido va por la extensión del cielo,
Mudo, ciego, insensible,
Sin goces, ni tormentos.


21

No subas tan alto, pensamiento loco,
Que el que más alto sube más hondo cae,
Ni puede el alma gozar del cielo
Mientras que vive envuelta en la carne.

Por eso las grandes dichas de la tierra
Tienen siempre por término grandes catástrofes.







Los tristes


1

De la torpe ignorancia que confunde
Lo mezquino y lo inmenso;
De la dura injusticia del más alto,
De la saña mortal de los pequeños,
¡No es posible que huyáis! cuando os conocen
Y os buscan, como busca el zorro hambriento
A la indefensa tórtola en los campos;
Y al querer esconderos
De sus cobardes iras, ya en el monte,
En la ciudad o en el retiro estrecho,
¡Ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
Y señalan con íntimo contento
Cual la mano implacable y vengativa
Señala al triste y fugitivo reo.


2

Cayó por fin en la espumosa y turbia
Recia corriente, y descendió al abismo
Para no subir más a la serena
Y tersa superficie. En lo más íntimo
Del noble corazón ya lastimado,
Resonó el golpe doloroso y frío
Que ahogando la esperanza
Hace abatir los ánimos altivos,
Y plegando las alas torvo y mudo,
En densa niebla se envolvió su espíritu.


3

Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?
Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
Son como niebla que disipa el alba,
¡Qué sabéis del que lleva de los suyos
La eterna pesadumbre sobre el alma!


4

Cuando en la planta con afán cuidada
La fresca yema de un capullo asoma,
Lentamente arrastrándose entre el césped,
Le asalta el caracol y la devora.

Cuando de un alma atea,
En la profunda oscuridad medrosa
Brilla un rayo de fe, viene la duda
Y sobre él tiende su gigante sombra.


5

En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

Henchido está el ambiente de agradables aromas,
Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
Mas él siente que rugen con sordo clamoreo
De sofocados gritos y de amenazas mudas.

¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
Hasta las más recónditas profundidades llega;
Mas sus hermosos rayos
Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
O ya del desengaño a la menguada sombra.

¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
Los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
Esa quietud sombría que infunde la tristeza.


6

Cada vez huye más de los vivos,
Cada vez habla más con los muertos
Y es que cuando nos rinde el cansancio
Propicio a la paz y al sueño,
El cuerpo tiende al reposo,
El alma tiende a lo eterno.


7

Así como el lobo desciende a poblado,
Si acaso en la sierra se ve perseguido,
Huyendo del hombre que acosa a los tristes,
Buscó entre las fieras el triste un asilo.

El sol calentaba su lóbrega cueva,
Piadosa velaba su sueño la luna
El árbol salvaje le daba sus frutos,
La fuente sus aguas de grata frescura.

Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
La luna entre brumas veló su semblante,
Secóse la fuente, y el árbol nególe,
Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

Dejando la sierra buscó en la llanura
De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
Y a un río profundo, de nombre ignorado,
Pidióle aguas puras su labio sediento.

¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
La sed que atormenta y el hambre que mata;
¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
Agrandan las sombras que en torno le cercan,
Allá en lontananza la luz de la vida,
Hiriendo sus ojos feliz centellea.

Dichosos mortales a quien la fortuna
Fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
Si veis tantos seres que corren buscando
Las negras corrientes del hondo Leteo.





Los unos altísimos

Los unos altísimos,
Los otros menores,
Con su eterno verdor y frescura,
Que inspira a las almas
Agrestes canciones,
Mientras gime al chocar con las aguas
La brisa marina de aromas salobres,
Van en ondas subiendo hacia el cielo
Los pinos del monte.

De la altura la bruma desciende
Y envuelve las copas
Perfumadas, sonoras y altivas
De aquellos gigantes
Que el Castro coronan;
Brilla en tanto a sus pies el arroyo
Que alumbra risueña
La luz de la aurora,
Y los cuervos sacuden sus alas,
Lanzando graznidos
Y huyendo la sombra.

El viajero, rendido y cansado,
Que ve del camino la línea escabrosa
Que aún le resta que andar, anhelara,
Deteniéndose al pie de la loma,
De repente quedar convertido
En pájaro o fuente,
En árbol o en roca.






Margarita


1

¡Silencio, los lebreles
De la jauría maldita!
No despertéis a la implacable fiera
Que duerme silenciosa en su guarida.
¿No veis que de sus garras
Penden gloria y honor, reposo y dicha?

Prosiguieron aullando los lebreles...
-Los malos pensamientos homicidas!-
Y despertaron la temible fiera...
-¡La pasión que en el alma se adormía!-
Y ¡adiós! en un momento,
¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!


2

Duerme el anciano padre, mientras ella
A la luz de la lámpara nocturna
Contempla el noble y varonil semblante
Que un pesado sueño abruma.

Bajo aquella triste frente
Que los pesares anublan,
Deben ir y venir torvas visiones,
Negras hijas de la duda.

Ella tiembla..., vacila y se estremece...
¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
Con expresión de lastima infinita,
No sé qué rezos murmura.

Plegaria acaso santa, acaso impía,
Trémulo el labio a su pesar pronuncia,
Mientras dentro del alma la conciencia
Contra las pasiones lucha.

¡Batalla ruda y terrible
Librada ante la víctima, que muda
Duerme el sueño intranquilo de los tristes
A quien ha vuelto el rostro la fortuna!

Y él sigue en reposo, y ella,
Que abandona la estancia, entre las brumas
De la noche se pierde, y torna al alba,
Ajado el velo..., en su mirar la angustia.

Carne, tentación, demonio,
¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
¡Silencio...! El día soñoliento asoma
Por las lejanas alturas,
Y el anciano despierto, ella risueña,
Ambos su pena ocultan,
Y fingen entregarse indiferentes
A las faenas de su vida oscura.


3

La culpada calló, mas habló el crimen...
Murió el anciano, y ella, la insensata,
Siguió quemando incienso en su locura,
De la torpeza ante las negras aras,
Hasta rodar en el profundo abismo,
Fiel a su mal, de su dolor esclava.

¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
Hacer traición a su virtud sin mancha,
Malgastar las riquezas de su espíritu,
Vender su cuerpo, condenar su alma?

Es que en medio del vaso corrompido
Donde su sed ardiente se apagaba,
De un amor inmortal los leves átomos,
Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

Sedientas las arenas, en la playa
Sienten del sol los besos abrasados,
Y no lejos, las ondas, siempre frescas,
Ruedan pausadamente murmurando.
Pobres arenas, de mi suerte imagen:
No sé lo que me pasa al contemplaros,
Pues como yo sufrís, secas y mudas,
El suplicio sin término de Tántalo.

Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
En que, salvando misteriosos límites,
Avance el mar y hasta vosotras llegue
A apagar vuestra sed inextinguible.

¡Y quién sabe también si tras de tantos
Siglos de ansias y anhelos imposibles,
Saciará al fin su sed el alma ardiente
Donde beben su amor los serafines!






Meditación en el umbral

No, no es la solución
Tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
Ni apurar el arsénico de Madame Bovary
Ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
Del ángel con venablo
Antes de liarse el manto a la cabeza
Y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
Las vigas de la celda de castigo
Como lo hizo Sor Juana. No es la solución
Escribir, mientras llegan las visitas,
En la sala de estar de la familia Austen
Ni encerrarse en el ático
De alguna residencia de la Nueva Inglaterra
Y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
Debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo que no se llame Safo
Ni Mesalina ni María Egipciaca
Ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.





Negra sombra

Cuando pienso que te fuiste,
Negra sombra que me asombras,
A los pies de mis cabezales,
Tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
En el mismo sol te me muestras,
Y eres la estrella que brilla,
Y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
Si lloran, eres tú que lloras,
Y eres el murmullo del río
Y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
Para mí y en mí misma moras,
Ni me abandonarás nunca,
Sombra que siempre me asombras.





Orillas del Sar


I

A través del follaje perenne
Que oír deja rumores extraños,
Y entre un mar de ondulante verdura,
Amorosa mansión de los pájaros,
Desde mis ventanas veo
El templo que quise tanto.

El templo que tanto quise...
Pues no sé decir ya si le quiero,
Que en el rudo vaivén que sin tregua
Se agitan mis pensamientos,
Dudo si el rencor adusto
Vive unido al amor en mi pecho.


II

Otra vez, tras la lucha que rinde
Y la incertidumbre amarga
Del viajero que errante no sabe
Dónde dormirá mañana,
En sus lares primitivos
Halla un breve descanso mi alma.

Algo tiene este blando reposo
De sombrío y de halagüeño,
Cual lo tiene en la noche callada
De un ser amado el recuerdo,
Que de negras traiciones y dichas
Inmensas, nos habla a un tiempo.

Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
Y afligido mi espíritu, apenas
De su cárcel estrecha y sombría
Osa dejar las tinieblas
Para bañarse en las ondas
De luz que el espacio llenan.

Cual si en suelo extranjero me hallase,
Tímida y hosca, contemplo
Desde lejos los bosques y alturas
Y los floridos senderos
Donde en cada rincón me aguardaba
La esperanza sonriendo.


III

Oigo el toque sonoro que entonces
A mi lecho a llamarme venía
Con sus ecos, que el alba anunciaban,
Mientras, cual dulce caricia,
Un rayo de sol dorado
Alumbraba mi estancia tranquila.

Puro el aire, la luz sonrosada,
¡Qué despertar tan dichoso!
Yo veía entre nubes de incienso
Visiones con alas de oro
Que llevaban la venda celeste
De la fe sobre sus ojos...

Ese sol es el mismo, mas ellas
No acuden a mi conjuro;
Y a través del espacio y las nubes,
Y del agua en los limbos confusos,
Y del aire en la azul transparencia,
¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.

Blanca y desierta la vía
Entre los frondosos setos
Y los bosques y arroyos que bordan
Sus orillas, con grato misterio
Atraerme parece y brindarme
A que siga su línea sin término.

Bajemos, pues, que el camino
Antiguo nos saldrá al paso,
Aunque triste, escabroso y desierto,
Y cual nosotros cambiado,
Lleno aún de las blancas fantasmas
Que en otro tiempo adoramos.


IV

Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
Siempre serena y pura;
Y con mirada incierta, busco por la llanura
No sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
No sé qué flor tardía de virginal frescura
Que no crece en la vía arenosa y desierta.

De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
Gallardamente arranca al pie de la vereda
La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
Prestando a la mirada descanso en su ramaje
Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada
Que las pupilas ciega,
Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

Como un eco perdido, como un amigo acento
Que suena cariñoso,
El familiar chirrido del carro perezoso
Corre en las alas del viento y llega hasta mi oído
Cual en aquellos días hermosos y brillantes
En que las ansias mías eran quejas amantes,
Eran dorados sueños y santas alegrías.

Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
Fondóns cerca descansa;
La cándida abubilla bebe en el agua mansa
Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano:
Donde de los vencejos que vuelan en la altura
La sombra se refleja;
Y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
Por entre la verdura de la frondosa orilla.


V

¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh, Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!
Mas el calor, la vida juvenil y la savia
Que extraje de tu seno,
Como el sediento niño el dulce jugo extrae
Del pecho blanco y lleno,
De mi existencia oscura en el torrente amargo
Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
Una visión de armiño, una ilusión querida,
Un suspiro de amor.

De tus suaves rumores la acorde consonancia,
Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
A impulsos del dolor;
Secáronse tus flores de virginal fragancia;
Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
El alba su candor.

La nieve de los años, de la tristeza el hielo
Constante, al alma niegan toda ilusión amada,
Todo dulce consuelo.
Sólo los desengaños preñados de temores,
Y de la duda el frío,
Avivan los dolores que siente el pecho mío,
Y ahondando mi herida,
Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
Eternas de la vida.


VI

¡Oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
Del Sar cabe la orilla,
Al acabarme, siento la sed devoradora
Y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
Y el hambre de justicia, que abate y anonada
Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
De tempestad airada.

Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
Tras del Miranda altivo,
Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
Con su frente de niño de rosas coronada,
Y con su luz serena:
En mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
Mezcla de gloria y pena,
Mi sien por la corona del mártir agobiada
Y para siempre frío y agotado mi seno.


VII

Ya que de la esperanza, para la vida mía,
Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
A mi morada oscura, desmantelada y fría
Tornemos paso a paso,
Porque con su alegría no aumente mi amargura
La blanca luz del día.

Contenta el negro nido busca el ave agorera,
Bien reposa la fiera en el antro escondido,
En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
Y mi alma en su desierto.







Pobre alma sola

¡Pobre alma sola!, no te entristezcas,
Deja que pasen, deja que lleguen
La primavera y el triste otoño,
Ora el estío y ora las nieves;

Que no tan sólo para ti corren
Horas y meses;
Todo contigo, seres y mundos
De prisa marchan, todo envejece;

Que hoy, mañana, antes y ahora,
Lo mismo siempre,
Hombres y frutos, plantas y flores,
Vienen y vanse, nacen y mueren.

Cuando te apene lo que atrás dejas,
Recuerda siempre
Que es más dichoso quien de la vida
Mayor espacio corrido tiene.





Recuerda el trinar del ave

Recuerda el trinar del ave
Y el chasquido de los besos;
Los rumores de la selva,
Cuando en ella gime el viento,
Y del mar las tempestades,
Y la bronca voz del trueno;
Todo halla un eco en las cuerdas
Del arpa que pulsa el genio.

Pero aquel sordo latido
Del corazón que está enfermo
De muerte, y que de amor muere
Y que resuena en el pecho
Como en bordón que se rompe
Dentro de un sepulcro hueco,
Es tan triste y melancólico,
Tan horrible y tan supremo,
Que jamás el genio pudo
Repetirlo con sus ecos.





Sed de amores tenía

Sed de amores tenía, y dejaste
Que la apagase en tu boca,
¡Piadosa samaritana!
Y te encontraste sin honra,
Ignorando que hay labios que secan
Y que manchan cuanto tocan.
¡Lo ignorabas..., y ahora lo sabes!
Pero yo sé también, pecadora
Compasiva, porque a veces
Hay compasiones traidoras,
Que si el sediento volviese
A implorar misericordia,
Su sed de nuevo apagaras,
Samaritana piadosa.
No volverá te lo juro;
Desde que una fuente enlodan
Con su pico esas aves de paso,
Se van a beber a otra.







Soledad

Un manso río, una vereda estrecha,
Un campo solitario y un pinar,
Y el viejo puente rústico y sencillo
Completando tan grata soledad.

¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
Basta a veces un solo pensamiento.
Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
El puente, el río y el pinar desiertos.

No son nube ni flor los que enamoran;
Eres tú, corazón, triste o dichoso,
Ya del dolor y del placer el árbitro,
Quien seca el mar y hace habitable el polo.






Te amo... ¿Por qué me odias?

Te amo... ¿Por qué me odias?
-Te odio... ¿Por qué me amas?
Secreto es éste el más triste
Y misterioso del alma.

Mas ello es verdad... ¡Verdad
Dura y atormentadora!
-Me odias porque te amo;
Te amo porque me odias.







Tú para mí, yo para ti, bien mío


I

Tú para mí, yo para ti, bien mío
-Murmurábais los dos-
"Es el amor la esencia de la vida,
No hay vida sin amor".

¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
¡Qué albos rayos de sol!...
¡Qué tibias noches de susurros llenas,
Qué horas de bendición!

¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
En cuanto Dios crió,
Y cómo entre sonrisas murmurábais:
"¡No hay vida sin amor!"


II

Después, cual lampo fugitivo y leve,
Como soplo veloz,
Pasó el amor..., la esencia de la vida...;
Mas... aún vivís los dos.

"Tú de otro, y de otra yo" , dijísteis luego.
¡Oh mundo engañador!
Ya no hubo noches de serena calma,
Brilló enturbiado el sol!...

¿Y aún, vieja encina, resististe? ¿Aún late,
Mujer, tu corazón?
No es tiempo ya de delirar, no torna
Lo que por siempre huyó.

No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
Frío y desolador.
Huella la nieve, valerosa, y cante
Enérgica tu voz.
¡Amor, llam inmortal, rey de la tierra,
Ya para siempre, adiós!






Una sombra tristísima, indefinible y vaga

Una sombra tristísima, indefinible y vaga
Como lo incierto, siempre ante mis ojos va
Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
Corriendo sin cesar.
Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo
Al ver su ansia mortal,
Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.






Ya duermen en su tumba las pasiones

Ya duermen en su tumba las pasiones
El sueño de la nada;
¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
O gusano que llevo en mis entrañas?
Yo sólo sé que es un placer que duele,
Que es un dolor que atormentado halaga,
Llama que de la vida se alimenta,
Mas sin la cual la vida se apagara.







Ya no mana la fuente

Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
Ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.

Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura
Donde humildes violetas el espacio perfuman.

Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

El sediento viajero que el camino atraviesa,
Humedece los labios en la linfa serena
Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.






Yo no sé lo que busco eternamente

Yo no sé lo que busco eternamente
En la tierra, en el aire y en el cielo;
Yo no sé lo que busco; pero es algo
Que perdí no sé cuando y que no encuentro,
Aún cuando sueñe que invisible habita
En todo cuanto toco y cuanto veo.
Felicidad, no he de volver a hallarte
En la tierra, en el aire, ni en el cielo,
Y aún cuando sé que existes
Y no eres vano sueño!






NEGRA SOMBRA

(Follas Novas, 1880)

Cando penso que te fuches, 
negra sombra que me asombras, 
ó pé dos meus cabezales 
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida, 
no mesmo sol te me amostras, 
i eres a estrela que brila, 
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas, 
si choran, es ti que choras, 
i es o marmurio do río 
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo, 
pra min i en min mesma moras, 
nin me abandonarás nunca, 
sombra que sempre me asombras.






ADIÓS, RÍOS, ADIOS, FONTES

Adiós, ríos; adios, fontes;
adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei,
prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...
.........................................
Mais son probe e, ¡mal pecado!,
a miña terra n'é miña,
que hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ó que naceu desdichado.
Téñovos, pois, que deixar,
hortiña que tanto amei,
fogueiriña do meu lar,
arboriños que prantei,
fontiña do cabañar.
Adios, adios, que me vou,
herbiñas do camposanto,
donde meu pai se enterrou,
herbiñas que biquei tanto,
terriña que nos criou.
Adios Virxe da Asunción,
branca como un serafín;
lévovos no corazón:
Pedídelle a Dios por min,
miña Virxe da Asunción.
Xa se oien lonxe, moi lonxe,
as campanas do Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.
Xa se oien lonxe, máis lonxe
Cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo...
¡Miña terra, ¡adios!, ¡adios!
¡Adios tamén, queridiña!...
¡Adios por sempre quizais!...
Dígoche este adios chorando
desde a beiriña do mar.
Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás...
tantas légoas mar adentro...
¡Miña casiña!,¡meu lar!





Unha vez tiven un cravo

Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón,
i eu non me acordo xa se era aquel cravo
de ouro, de ferro ou de amor.
Soio sei que me fixo un mal tan fondo,
que tanto me atormentóu,
que eu día e noite sin cesar choraba
cal choróu Madalena na Pasión.
“Señor, que todo o podedes
-pedínlle unha vez a Dios-,
dáime valor para arrincar dun golpe
cravo de tal condición”.
E doumo Dios, arrinquéino.
Mais…¿quén pensara…? Despois
xa non sentín máis tormentos
nin soupen qué era delor;
soupen só que non sei qué me faltaba
en donde o cravo faltóu,
e seica..., seica tiven soidades
daquela pena…¡Bon Dios!
Este barro mortal que envolve o esprito
¡quén o entenderá, Señor!…

(Follas novas, 1880)




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